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14 de junio de 2024

Consejos para la mejor coalición.


"Renovar nuestro Estatuto supone una extraordinaria oportunidad y puede ser una trampa mortal si no incorpora a la izquierda abertzale de hoy."


La coalición que van a formar PNV y PSE es el mejor Gobierno posible para la Euskadi de hoy. El entendimiento entre estas dos fuerzas políticas ha sido clave en nuestra ya larga historia democrática y autonómica. Muchos de los grandes logros en este periodo son fruto de este pacto, y el clima sereno y estable de la sociedad vasca de hoy es consecuencia de una filosofía que los hace posibles: el respeto y la aceptación del diferente en una sociedad con un abierto abanico identitario. 

Un nuevo lehendakari y una nueva composición de su Gobierno iniciarán la próxima legislatura en un clima político general enrarecido por el populismo, la polarización y la crisis democrática en general y sometido a formidables retos socioeconómicos en un escenario geopolítico hostil. 

Hay tres consejos, cargados de buena intención, que se me ocurren para nuestro próximo Gobierno. El primero tiene que ver con el compromiso más ambiguo y delicado de las bases de su acuerdo: renovar nuestro Estatuto de Autonomía. Se trata, al mismo tiempo, de una extraordinaria oportunidad y puede ser, también, una trampa mortal. El objetivo debe ser lograr un consenso que incluya a EH Bildu sin que su coste sea perder al PSE y al PP. Si PNV y EH Bildu imponen su mayoría y se decantan por un procedimiento ilegal (consulta vasca antes del trámite en las Cortes) y por un contenido soberanista (el derecho a decidir y la bilateralidad confederal), perderemos toda la base social del autonomismo constitucional. A su vez, aprobar un nuevo Estatuto sin incorporar a la izquierda abertzale de hoy sería democráticamente inaceptable y configuraría un marco jurídico político inestable y divisivo, con la segunda fuerza política (o la primera, según se mire) contra el régimen político del país. 

Siempre he pensado que un nuevo Estatuto nos permitiría hacer una exposición de motivos consensuada sobre nuestra historia reciente, una actualización de los derechos y deberes de los vascos en la sociedad actual (inexistente en el Estatuto de Gernika) y una actualización-modernización de nuestro régimen competencial, en una concepción federalista de nuestro autogobierno. No es poca cosa. No será fácil cuadrar ese círculo, pero si no encontramos la fórmula, mejor dejarlo estar y esperar ocasiones más propicias. Al fin y al cabo, en nuestro marco autonómico actual todos convivimos y, de hecho, todos lo asumimos. No hay urgencias que justifiquen un mal peor. 

El segundo consejo llama a las cosas. Los servicios públicos –en particular, la sanidad, la vivienda para los jóvenes y los cuidados a los mayores– reclaman concentrar la acción del Gobierno y priorizar el gasto en ellos. Me habría gustado que los socialistas hubiéramos planteado la gestión de la sanidad como requisito de la coalición. El fracaso reciente del PNV y el éxito de los socialistas en este campo en tiempos pasados (Freire y Bengoa) merecía ese esfuerzo de continuidad, pero supongo que los negociadores saben lo que hacen. En cualquier caso, el nuevo Gobierno vasco tiene ante sí un enorme desafío para dar un impulso a estas tres importantes áreas de la acción política. La campaña electoral ya puso de manifiesto el enorme descontento de la ciudadanía vasca con algunos servicios de Osakidetza, especialmente la Atención Primaria y las consultas de especialistas, que este Gobierno tendrá que abordar con urgencia . 

En el mismo sentido, el problema de la vivienda para los jóvenes en nuestras ciudades, a excepción quizás de Vitoria, se ha convertido en existencial para muchos de ellos. Respecto a los servicios de cuidados a los mayores, es opinión unánime que las residencias deben quedar como red de recursos solo para las personas sin autonomía y que debemos, por el contrario, fortalecer una red de cuidados domiciliaria mucho más extensa e integral. Todas estas prioridades exigirán una revisión presupuestaria profunda. Los gobiernos tienen tendencias inerciales hacia gastos y partidas reiteradas que conviene revisar en profundidad. En este caso, esta revisión parece más que necesaria. 

Por último, un consejo sobre el funcionamiento interno. Muchos gobiernos de coalición funcionan con una autonomía total de las carteras y una falta de cohesión y de consenso en la acción general del Ejecutivo y en la vida parlamentaria. La forma de evitar estos compartimentos estancos no es solo la jerarquía del lehendakari, sino un comité interno en el Gabinete que negocie permanentemente las acciones de todos. Se trata de crear un equipo técnico y político en el interior del Gobierno (no fuera de él) muy discreto y dirigido por personas de confianza de los dos líderes que desbrocen y pacten todos los temas y trasladen, en su caso, a los partidos las diferencias insalvables. 

Quiero pensar que el pacto PNV-PSE será consecuente con su tradición y con su buen hacer. Solo espero que el éxito les acompañe.

Publicado en el Correo, 14 junio 2024

3 de abril de 2024

Más abertzales que izquierdas.

Todos los analistas coinciden en que el crecimiento electoral de Bildu se debe a tres factores principales:

 1) Han aprovechado muy bien sus oportunidades para ser una fuerza principal de las coaliciones progresistas de la política española en estos últimos años (2018-2024). Sus apoyos al bloque de izquierdas han sido constantes, plenos e incondicionados, lo que les ha proporcionado un incuestionable perfil social y un protagonismo evidente en el freno a las derechas en España. 

2) Su pasado no les pesa, especialmente entre el electorado joven. Es más, bien puede decirse que sus votantes premian su apuesta por la política y olvidan sus responsabilidades históricas en la violencia. 

3) Con intencionado cálculo han hecho desaparecer de su programa el objetivo independentista de su proyecto. Es notable el lenguaje moderado en los planos identitarios del discurso político abertzale.

Cada uno de estos argumentos merecería muchos matices, pero me voy a detener en las contradicciones que surgen de la combinación de sus dos características principales: ser abertzales y de izquierdas. Quienes peinamos canas en la política vasca sabemos bien que todas las tensiones ideológicas que ha sufrido ese movimiento, genéricamente llamado izquierda abertzale, han sido precisamente por la dialéctica entre esas dos banderas: la roja del socialismo y la verde de la patria.

Pues bien, desde la década de los 60 hasta aquí, todos los debates entre ambas opciones y todas las escisiones producidas en ETA han sido para imponer la corriente nacionalista a la de izquierdas. Todos los movimientos ideológicos de izquierda: ETA VI, LKI, EMK, Euskadiko Ezkerra, etcétera, fueron sucesivamente derrotados y expulsados, hasta que ETA y Batasuna impusieron el objetivo independentista como santo y seña de su lucha en los años ochenta. Hasta hoy.

Es verdad que «ahora no estamos en eso» (en la independencia), «pero no renunciamos a ella», dicen los líderes de Bildu estos días. Es un hábil ejercicio de pragmatismo (entre otras razones porque el apoyo al independentismo, hoy, no llega al 15% de la población vasca), pero quienes les votan deben ser conscientes de ese taimado gradualismo y del objetivo final que les guía.

Bildu muestra en sus mensajes a personas procedentes de la izquierda vasca que, al parecer, asumen la compatibilidad de sus aspiraciones de justicia social e igualdad, de fraternidad de clase y de europeísmo, con un proyecto independentista. A mi juicio esas cualidades políticas y humanas no caben en el independentismo vasco.

¿Cómo es posible ser independientes y construir Europa? Seamos claros: en la Europa de hoy -y más en la de mañana- no caben regiones europeas desprendidas de sus Estados-nación. La Europa de hoy está amenazada y todos nuestros esfuerzos futuros exigen armonizar veintisiete Estados en sus múltiples desafíos de competitividad, defensa, mercados, entre otros. Desde el independentismo no se hace Europa, se la destruye.

¿Cuál será nuestra solidaridad con los territorios de nuestros orígenes: Extremadura, Castilla, Galicia, Andalucía... cuando nos independicemos de España? ¿Nos importarán algo su sistema de pensiones o sus infraestructuras o su nivel educativo o sanitario cuando reclamemos separarnos de España? Porque nadie debería olvidar que si un día tuviéramos que negociar nuestra independencia, estos temas estarían sobre la mesa.

«Euskadi necesita recuperar soberanía, porque cuando hubo una pandemia no podíamos decidir muchas cosas». Esta declaración reciente del candidato de Bildu descubre bien las contradicciones del independentismo con la izquierda.¿Qué habríamos decidido solos? ¿Contra quiénes irían nuestras supuestas decisiones soberanas? Ridículo, por no decir patético.

El independentismo impone una concepción pacata, limitada, insolidaria, para nada fraterna con el resto de españoles, con quienes convivimos y compartimos historia y aspiraciones. El proyecto independentista nos exige renunciar a una identidad cultural y política española, presente en nuestras vidas y condición de cosmopolitismo, europeísmo y solidaridad con nuestros conciudadanos.

Aceptar su calculado pragmatismo de hoy, sabiendo -porque eso sí reconocen- que su verdadero y sentido proyecto es separarse y construir un Estado independiente, es aceptar una estrategia engañosa que contradice los sentimientos y aspiraciones de muchos votantes que se sienten de izquierdas y no comparten el objetivo independentista. Yo no niego el derecho a declararse de izquierdas a quienes son independentistas pero la clarificación electoral nos demanda no llamar izquierda al independentismo. Abertzales, sí, pero la izquierda no es eso.

Publicado en el Correo, 3/04/2024

4 de febrero de 2024

Pactos y coaliciones.

Comparto plenamente la clarificación preelectoral del PSE-EE rechazando la coalición de gobierno con Bildu. Interpreto que el candidato socialista cree necesario dejar clara esa firme determinación y la considero por ello irreversible. Las razones son conocidas. Nos separa un mundo en relación con su violencia del pasado, cuyas barreras éticas están muy presentes todavía, y un universo no menor en relación con su proyecto independentista para Euskadi. Ambas diferencias confirman las preferencias por la coalición con el PNV, con el que acabamos de hacer el pacto foral y municipal en julio de 2023 y con el que gobernamos en el actual Ejecutivo vasco. 

Estos pactos vienen de lejos. Personalmente, tengo una amarga experiencia de nuestros resultados electorales después de nuestras coaliciones de gobierno con el PNV y, sin embargo, mantengo una positiva opinión sobre sus efectos políticos y económicos en nuestro país. Pocos recuerdan ya que los socialistas hicimos lehendakari a Ardanza en 1987, aun teniendo dos diputados más que el PNV, y que aquel pacto (con el de Ajuria Enea posterior) fue el inicio de la victoria democrática sobre ETA .Y que aquel Gobierno puso las bases de la gran modernización del Gran Bilbao y de la profunda transformación industrial del País Vasco. 

Efectivamente, fue el Partido Socialista de Euskadi el que, desde finales de los 70 del siglo pasado, reclamó una y otra vez al nacionalismo vasco «unidad democrática frente al terrorismo». Estuvimos muy solos en una demanda, demasiado tiempo despreciada, que exigía un frente unido de los demócratas ante los violentos. Fue el Partido Socialista el que antepuso a sus intereses partidistas el logro de un acuerdo con el nacionalismo vasco en el que el lehendakari asumió un liderazgo social imprescindible para deslegitimar la violencia, estableciendo así una estrategia democrática unitaria contra ella. Aquel acuerdo y el Pacto de Ajuria Enea (1988) fueron el comienzo de la larga marcha para la derrota de la violencia. 

Fuimos los socialistas vascos los que asumimos los costes económicos y sociales de una reconversión industrial imprescindible. Recordar la conflictividad social de aquellos años y comprobar la evolución económica debería permitirnos reconocer ahora la necesidad perentoria de aquella reconversión, la enorme cantidad de recursos económicos empleados en amortiguar sus costes y los extraordinarios efectos conseguidos en la diversificación y en la modernización tecnológica de la economía vasca de hoy. Basta mirar nuestras ciudades, nuestros parques tecnológicos y nuestros activos industriales, culturales y turísticos para poder confirmar lo que digo. 

Fue durante el Gobierno de Patxi López como lehendakari cuando acabó ETA y resulta muy difícil imaginar un final mejor para aquella violencia que sufrimos tantos años. También en esta delicada fase de nuestra historia reciente los socialistas vascos jugaron un papel arriesgado y muchas veces incomprendido para hacer posible la paz que hoy disfrutamos. 

La Euskadi de hoy se explica por el acierto de esta coalición y por sus logros. Quizás su mayor mérito es que expresa mejor que nada y que nadie la pluralidad social e identitaria de nuestra ciudadanía. La clave de su estabilidad fue la seriedad y la moderación de ambos partidos, pero también la distinta naturaleza política de nuestros respectivos electorados. Siempre tuvo una doble tensión dialéctica interna. En el ámbito ideológico, el PNV se acomodó a las aspiraciones izquierdistas del PSE (vivienda pública, sanidad, protección social…) y el PSE se adaptó a las exigencias nacionalistas (identidad, autogobierno, Cupo) sobre la base de que estas se sometían al Estatuto y a la Constitución. Las cuestiones doctrinales en las que el PNV expresaba posiciones nacionalistas propias quedaban formalmente expresadas en discrepancias pactadas. El reciente acuerdo suscrito por el PSOE y el PNV para la legislatura confirma esta orientación, porque la autodeterminación, santo y seña de Bildu para su proyecto independentista, ha desaparecido de ese acuerdo y el PNV ha situado su proyecto político en la actualización del régimen foral, con base en los derechos históricos de los territorios forales. Si tenemos en cuenta que el apoyo del PNV a la legislatura de Sánchez se basa en la aprobación de un nuevo Estatuto sobre esas bases, es fácil deducir la lógica continuidad de la actual coalición, aunque el candidato socialista, como es normal, busque la máxima fuerza electoral para mejorar sus posiciones y su poder en ella. 

Dejo para otra ocasión comentar las dificultades políticas derivadas de esa actualización de los derechos históricos para el modelo autonómico-constitucional. Muchos creemos que la actualización de los derechos históricos es precisamente el autogobierno que tenemos y pretendemos modernizar nuestro Estatuto mejorando el autogobierno en una perspectiva federal. No oculto una seria preocupación respecto al germen confederal que puede derivarse de la bilateralidad (enigmática expresión de soberanías iguales) que, en mi opinión, no cabe en nuestra Constitución. Pero eso queda para más adelante.

Publicado en El correo, 4/2/2024

23 de noviembre de 2023

"Somos nación", ¿...Y?

El año que viene habrá elecciones autonómicas y previsiblemente las dos fuerzas nacionalistas se disputarán el liderazgo político del país. Una de ellas acaba de protagonizar una manifestación en Bilbao bajo el eslogan de ‘Somos nación’. La otra ha centrado su negociación de la investidura con el PSOE en «el reconocimiento nacional de Euskadi». De ambos eslóganes no podemos deducir gran cosa. Somos nación, ¿y qué?, podríamos añadir. Porque la plurinacionalidad de España ya se contempla en la Constitución cuando se establece que el Estado está integrado por naciones (nacionalidades dice la Constitución) y por regiones. Eso significa que se acepta a Euskadi como nación, que España también lo es, constituyendo su Estado como una nación ‘con’ naciones y no ‘de’ naciones. No somos una confederación de pueblos originarios y soberanos que se agrupan voluntariamente, sino una nación construida desde hace siglos, en la que existen pueblos con una identidad nacional propia.

Para atender a esas identidades construimos un modelo de autogobierno que nos permite asegurar la pervivencia de las señas culturales, históricas y políticas de nuestra identidad y nos garantiza un autogobierno más amplio que el que tiene cualquier Estado federal del mundo. Es más, un autogobierno financiado con un Concierto que permite la recaudación de todos los impuestos, pagando un Cupo al Estado por las competencias estatales, generosamente calculado a nuestro favor. Los problemas surgen cuando a la nación le atribuimos inexorablemente la creación de un Estado y para conseguirlo establecemos el camino de la autodeterminación a través de un referéndum. Hay miles de pueblos originarios con identidad nacional. Si la ecuación identidad y lengua propia es nación y a cada nación le corresponde un Estado, el mundo se fragmenta sin remedio. Basta mirar al viejo Imperio Austrohúngaro para comprobarlo.

Es bueno exponer las razones de quienes nos oponemos a este proyecto para clarificar posiciones preelectorales. Primero, con total sinceridad: esa independencia no es posible. Europa nunca admitirá un país escindido de un Estado miembro y fuera de Europa no es posible ser ni estar. Segundo, la independencia de Euskadi sería inmensamente peor para sus ciudadanos que el autogobierno actual. Los costes de un Estado propio serían enormes, lo que elevaría nuestras contribuciones fiscales. Las repercusiones económicas en nuestro tejido empresarial serían muy negativas. Nuestro sistema de pensiones sería insostenible (recaudamos 4.000 millones menos que lo que ingresamos por cuotas de la Seguridad Social). Y nuestra capacidad de defender nuestros intereses en las mesas globales (es decir, casi todas) sería nula.
Entonces, me dirán algunos, ¿por qué no votamos? Porque no podemos votar solos lo que corresponde decidir a todos (somos parte de un Estado en el que el resto de ciudadanos y sus instituciones también tienen derecho a decidir). Porque el referéndum nos obliga a una opción binaria independencia sí o no, y creemos que la política debe encontrar otras soluciones más complejas a nuestro acomodo o encaje territorial y que el referéndum queda para que el pueblo acepte o no esa solución. Porque la fractura social producida por un proceso de esa naturaleza arruina la convivencia interior por mucho tiempo. Porque la experiencia nos demuestra que los referendos decisorios son fácilmente instrumentados por razones de coyuntura y frecuentemente falseados por ‘fakes’ que mueven potencias ajenas. Los resultados del Brexit para Reino Unido están a la vista de todos.

Miremos la experiencia internacional reciente. El Tribunal Supremo de Reino Unido negó a Escocia la convocatoria unilateral de un nuevo referéndum, alegando que su pertenencia al reino no les permite decidir a ellos solos lo que afecta al conjunto del Estado. Por otra parte, las experiencias de Quebec y de Escocia, que votaron en su día y donde perdieron las opciones de independencia, nos demuestran que el daño económico y social de esos procesos en esas regiones es irreversible. Toronto se ha llevado gran parte de la economía de Quebec y Escocia siente esos mismos efectos, mucho más después del Brexit.

 De manera que el reconocimiento nacional de Euskadi puede y debe proyectarse en una nación autogobernada dentro de un Estado que reconoce para ello su identidad cultural y política. Esa es la mejor forma de ser nación. De hecho, no hay otra, por mucho que les pese a muchos conciudadanos a los que me gustaría convencer de que sus sentimientos tienen que adaptarse a la realidad y a la conveniencia de todos. El consenso interior de un pueblo importa mucho más que la victoria de unos sobre otros.

Publicado en El correo, 23/11/2023

12 de junio de 2023

Bildu y el voto nacionalista.

El éxito electoral de Bildu el 28-M merece algunas reflexiones. De entrada, es preciso destacar que de todos los partidos socios de la coalición de Gobierno en España es el único que ha salido fortalecido. Las razones de esta excepción hay que buscarlas en la peculiar mirada del electorado vasco a su propia realidad política.

El escándalo provocado por sus listas y la utilización masiva de este hecho en la campaña nacional han sido el primer factor en su favor. La presencia de exterroristas en sus candidaturas no provoca la misma indignación moral y política en el País Vasco que en el resto de España porque la sociedad vasca tiene una voluntad de olvido y de superación, quizás por la autocrítica que suscita su propio comportamiento, incompatible con el uso electoralista de esa circunstancia. Cabe, pues, interpretar que este hecho no ha provocado rechazo electoral a Bildu porque una parte de la sociedad vasca no solo no recrimina su pasado, sino que premia su apuesta política por la paz y las vías democráticas. Esto es particularmente así en la población joven, que o bien no sabe mucho de nuestra vieja tragedia o simplemente no la valora de manera tan crítica y censurable como lo hacemos las personas de más edad.

La segunda circunstancia explicativa de sus resultados es que ha jugado muy bien sus cartas ideológicas de izquierda en sus apoyos al Gobierno de coalición. Tan es así que ha superado al PNV en su papel de ‘conseguidor’ en Madrid, dada la composición y el discurso del Gobierno central en esta legislatura. Sus apoyos han sido muy puntuales, pero decisivos en momentos y materias muy significativas: pensiones, Presupuestos... Y eso les ha proporcionado un protagonismo en el espacio de la izquierda que explica, en parte, su clara penetración en el electorado de Podemos.

Hay tambien un cierto desgaste del PNV, fruto de su larga hegemonía histórica en las instituciones locales vascas y consecuencia en parte también de la incomodidad manifiesta en la que se ha movido en la política estatal, apoyando a un Gobierno con el que no siempre coincidía, especialmente en las áreas de Podemos, y con el que, por primera vez en su historia, veía ensombrecido su protagonismo en la gobernación española por la competencia antes señalada de su principal rival nacionalista. Tampoco es descartable un reproche electoral por el estado del servicio público de salud (Osakidetza). La pandemia desnudó múltiples carencias que no se han corregido, muy significativamente en el servicio de Atención Primaria y en las largas listas de espera para consultas de especialistas . Hay áreas en las que el Gobierno vasco tiene acreditada una gestión eficaz (industria, infraestructuras, servicios sociales...); pero es poco comprensible que, con más recursos públicos que otras comunidades autónomas, hayamos dejado en situación tan precaria la prestación social más importante.

Bildu, a su vez, ha modernizado y suavizado sus perfiles (incluso los estéticos), ajustándose al ‘statu quo’ político y asumiendo un pragmatismo propositivo evidente .Ninguna de sus propuestas programáticas ‘tocaba’ los intereses económicos de la ciudadanía vía impuestos y han desaparecido de sus discursos extremismos ideológicos u ocurrencias ecológicas. No han aparecido elementos identitarios de su proyecto nacional. El euskera, la Ertzaintza, el Estatuto, la independencia... no han tenido significación alguna en la campaña ni en sus medidas programáticas. Todo ello ha hecho que el voto a Bildu haya sido un voto cómodo, fácil, casi guay, provocando el efecto de una mayoría nacionalista abrumaduramente mayoritaria si la sumamos a la del PNV.

Dicen los dirigentes de Bildu que ellos son una fuerza nítidamente independentista, pero lo cierto es que esconden este perfil como señal de su proyecto porque saben que, si esa fuera su bandera política real, muchos de los votos que reciben no se sostendrían. La experiencia de Cataluña aconseja mucha prudencia al nacionalismo en general. No solo por el fracaso de las estrategias unilaterales y radicales, sino también porque una parte importante del acomodado voto nacionalista en Euskadi abandonaría ambas formaciones si la tensión identitaria vasca fracturara nuestra sociedad.

Este es un tema que merece un análisis más sosegado porque los dirigentes nacionalistas más abiertamente independentistas (tanto en Bildu como en el PNV) aplazan tácticamente esa reivindicación hasta contar con una mayoría social de apoyo a su proyecto, esperando que su mayoría electoral refleje esa aspiración. Pero olvidan que su pragmatismo táctico adormece ese señuelo y acomoda crecientemente a la sociedad vasca con el marco autonómico estatal. A los hechos me remito: en los tiempos en los que la suma electoral de las dos fuerzas nacionalistas casi alcanza los dos tercios de los votantes, la voluntad independentista ronda el 20% de los ciudadanos vascos.

Publicado en el Correo, 12/6/2023

9 de febrero de 2023

Comunistas abertzales.

La escisión comunista surgida en las juventudes de SortuBildu nos recuerda tiempos lejanos. La tensión ideológica entre patria y proletariado fue intensísima en nuestra tierra en los años 70 como consecuencia de un tiempo de confusiones muy primarias y de apasionadas emociones. La pulsión izquierdista de muchos movimientos políticos de aquella época de antifranquismo clandestino chocaba frecuentemente con los brotes nacionalistas que, claro está, también animaban y vertebraban aquellos movimientos.

Todas las escisiones de la primitiva ETA tuvieron ese fondo argumental, con los frentes obreros o comunistas de la época, y siempre acabó venciendo el ideal patriótico con toda su batería sentimental como argamasa. En contra de lo que algunos jeltzales de la época solían decir, ETA nunca fue una organización de comunistas vascos, por mucho que el socialismo se añadiera a su ideario, más como un apéndice retórico que como corazón de su cuerpo doctrinal. ETA mató por Euskadi y la izquierda abertzale que le sucedió es y será nacionalistas antes que nada y más que ninguna otra cosa. 

Por eso, observo con curiosidad y no poca sorpresa la aparición de unas juventudes comunistas, a sí mismas llamadas Gazte Koordinadora Sozialista (GKS), surgidas en el seno del espacio político de la izquierda abertzale, y me pregunto cómo y por qué ha crecido una opción netamente comunista en un espacio sociocultural y político monopolizado por el nacionalismo. 

Todo parece indicar que se trata de jóvenes abertzales que han tomado como guía ideológica de su militancia el liderazgo de un movimiento socialista radical que abiertamente llaman comunismo. Su aparición en los últimos años en el contexto social de las organizaciones englobadas en el llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) responde seguramente a varias circunstancias. 

La primera de ellas es la desaparición de ETA. Sin violencia y sin la jerarquía militar, el pensamiento es más libre y los jóvenes –estudiantes, sobre todo– y dirigentes de algunos gaztetxes han debido de considerar que las causas tradicionales del movimiento obrero estaban abandonadas por sus direcciones. La segunda es que Bildu ha abrazado una estrategia de conformismo institucional aceptando las reglas democráticas y participando dócilmente del juego político. Es más, su grado de colaboración política con el Gobierno de coalición del Estado y su indisimulado proyecto de alcanzar mayorías de gobierno en Euskadi alejan a estos jóvenes de tanto pragmatismo político y de tantas componendas como las que se derivan de su apoyo al Ejecutivo de España. 
Es fácil imaginar que estas circunstancias han acabado forzando la escisión de unos jóvenes que nacieron en ese entorno y que han crecido bajo estos nuevos parámetros políticos. Si a eso añadimos las sanciones económicas de algún Ayuntamiento de Bildu (Hernani) por colocar txoznas en el pueblo en fiestas y el boicot informativo que les han declarado sus medios de comunicación, entenderemos bien la lucha en solitario que han emprendido estos jóvenes comunistas vascos a través de GKS y múltiples publicaciones y manifestaciones, como la que tuvo lugar hace unos días en Bilbao. Por cierto, a destacar su iconografía: todo son banderas rojas y ni una sola ikurriña. Hablan de Perú, de la OTAN, de la guerra en Ucrania, se declaran internacionalistas y pretenden ser «la herramienta política de la clase trabajadora vasca». Claramente se observa en sus escritos y en sus planteamientos políticos una primacía de la causa proletaria sobre la pulsión nacionalista. 

¿Tienen futuro? Lo dudo. Ser comunista en el siglo XXI me parece anacrónico y dudo mucho de que su vanguardia arrastre masas, pero su idealismo y su tensión con los nacionalistas me han recordado aquellos tiempos pasados y en concreto una vieja anécdota de mi juventud en mi barrio de Herrera en San Sebastián a finales de los años 70. Un grupo de los miembros del Olentzero que recorría casas y bares del barrio la tarde de Nochebuena reclamó vestirse con el buzo de obreros que éramos y abandonar las típicas vestimentas de baserritarras: blusa negra, albarcas, boina, etcétera. Gran Debate, discusiones acaloradas, divisiones fraternas... Por supuesto, ganaron las blusas. 

A mediados del siglo pasado se hizo famosa la frase «quien no es comunista de joven no tiene corazón y quien no es socialdemócrata de adulto no tiene cabeza». Cierto que la frase se ubicaba (Clemenceau 1929) en la euforia de la Revolución rusa y en la tensión ideológica entre comunismo y socialismo que atravesó toda la izquierda política europea de la época. Pero, con todo, no deja de sorprender que esa radicalidad proletaria aparezca de nuevo hoy, en 2023, en las aquietadas aguas sociales del País Vasco y pretendan nada más y nada menos que convertir a la vieja izquierda abertzale en izquierda sin más. 

Publicado en El Correo, 9/2/2023

4 de enero de 2023

Nicolás Redondo, un sindicalista de hierro.



El socialismo guipuzcoano de los primeros años setenta del siglo pasado estaba aglutinado en torno a un grupo de jóvenes abogados que giraba alrededor de Múgica y Benegas. El del socialismo vizcaíno era Ramón Rubial y la margen izquierda de la ría y dentro de su mundo fabril, Altos Hornos y sobre todo La Naval. Allí destacaban dos figuras prominentes: Lalo y Nico, es decir, Eduardo López Albisu, padre de Patxi y Nicolás Redondo Urbieta padre del otro Nico.

Era el tiempo del tardofranquismo, una época de luchas y esperanzas, entre el final de la dictadura y el comienzo de la libertad. Eibar y la margen izquierda eran lugares casi míticos para nosotros y la figura de Nicolás Redondo era referencial en nuestro primitivo socialismo.

Yo estuve en Suresnes, un pequeño pueblecito en las afueras de París, en 1974, cuando Nico hizo su gran renuncia a liderar el PSOE del Interior en favor de 'Isidoro', el Felipe de poco después. A aquello lo llamamos 'el pacto del Betis' porque un pacto del socialismo vasco y asturiano con el andaluz (el de la famosa foto de la tortilla) derrotó las pretensiones de liderazgo de Pablo Castellanos. Nico fue generoso e inteligente. Generoso porque pudo ser y no fue, e inteligente porque su renuncia abrió el paso a un líder que hizo ganador al PSOE.

Era recio y seco. No era fácil bromear con él, salvo cuando utilizaba su ironía para sus críticas y sonreía como sin hacerlo. Daba seguridad por la firmeza de sus convicciones y por la seriedad con la que las expresaba. Era duro con su entorno. Mucho con sus adversarios y algo menos con sus colaboradores, pero en todo caso duro. Hombre de palabra directa, forjado en un sindicalismo del hierro y en el socialismo clandestino de los años 60, de un país pobre y gris por las penurias y triste por la represión y la falta de libertad. Contra todo ello luchó Nico y eso le hizo así.

Dicen que se distanció de Felipe cuando sus caminos se encontraron liderando ambos la UGT y el PSOE respectivamente. No sé cuándo comenzó su alejamiento, pero fue notorio a partir del 83. En lo personal, intuyo que sus respectivas personalidades nunca congeniaron. En lo político, entiendo que Nico quiso romper con las excesivas connotaciones negativas de un partido en el Gobierno, obligado hacer y decidir cosas muy difíciles de admitir para un sindicato.

No hay que olvidar que la marca UGT- PSOE estaba demasiado unida en la clandestinidad y que el mismo Nico fue diputado al Congreso en aquellas memorables elecciones de 1982. Su ruptura se escenificó en 1985 cuando Nico abandonó el pleno del Congreso para no votar la reforma de la Seguridad Social que había preparado su antiguo colaborador y ministro del Trabajo entonces, Joaquín Almunia.

Visto con perspectiva, Nico acertó al ubicar al sindicato socialista al margen del Gobierno y al establecer con él una dialéctica de reivindicación y de presión. La huelga general de 1988 fue la gran ruptura con el PSOE y el inicio de un camino autónomo estrictamente sindical para la UGT.

En estas decisiones influyeron mucho los dirigentes de USO, que se habían fusionado con UGT pocos años antes y especialmente el sindicalista más preclaro de la UGT de aquellos años, también vasco, Jose Maria Zufiaur.

Nico mantuvo, no obstante, hasta el final de sus días, una profunda atracción política y una lucidez de análisis encomiables a su edad. Se mantuvo hasta el final como lo que fue siempre en su vida: un hombre de hierro.

Imagen: Fundación Felipe González

9 de julio de 2022

Lec­tu­ras ne­ce­sa­rias de la vio­len­cia vas­ca.

Por qué otro libro sobre la violencia vasca? La propia editorial se pregunta de esta manera en la contraportada de ‘Lecturas de la violencia vasca. Un pasado presente’ del que son editores Luis Castells y Fernando Molina (Libros de la Catarata). Y se responde que «todavía no se ha escrito lo suficiente y sobre todo, no se ha aprendido lo necesario, de ese terrible pasado que no puede estar más presente».

Se me ocurren varias razones más para justificar esta iniciativa que aporta análisis y testimonios dirigidos a recordarnos, no tanto los hechos, como sus responsables, y no tanto lo que pasó como las responsabilidades colectivas sobre una tragedia demasiado larga y demasiado dolorosa. El simple hecho de llamar ‘vasca’ a la violencia que sufrimos, dice mucho del intento.

Todas las colaboraciones buscan confrontar lo que pasó con las actitudes que directa o indirectamente hicieron posible tanto horror. Desde la invención de un pasado utópico en el que basar su violencia a la construcción del relato nacional a base de matar. Desde la cómoda equidistancia ante las violencias, a la cobardía del silencio colectivo. Desde la justificación moral de una lucha, comprendida aunque se tildara de equivocada, hasta la utilización malvada de su chantaje a la democracia. Desde la justificación de los asesinatos con el ‘algo habrá hecho’, hasta la falta de piedad y de compasión con las víctimas.

Hay mucha necesidad de escribir, leer, filmar y narrar, contando la verdad sobre lo ocurrido para golpear la desmemoria y para preguntar abiertamente: ¿cómo fue posible? Pero la memoria es puñetera y volverá y nos reclamará justicia y verdad. Por eso, estas miradas inéditas sobre nuestra violencia son bienvenidas. Son necesarias. Porque la gente joven no sabe. Porque muchos olvidan. Porque circulan relatos falsarios que hay que combatir. Porque se lo debemos a las víctimas a las que maltratamos con una frialdad social, una falta de compasión humana y una cobardía colectiva que merecen ser recordadas.

Hay dos corrientes de fondo a lo largo de los nueve capítulos del libro, bastante comunes a los diferentes análisis y testimonios que nos ofrecen sus autores. El reproche moral a la violencia de ETA, la condena de su terrorismo, se hace desde esferas radicalmente vasquistas. No se trata de un discurso político partidario. No es la voz del Estado. No se corresponde con las líneas editoriales o con las múltiples condenas oficiales e institucionales. No se excluyen tampoco las censuras y condenas rotundas a los abusos policiales, a las torturas y a la violencia contraterrorista al margen de la ley.

Preguntas y autocríticas

Es el testimonio de una periodista de ETB, Ana Aizpiri, que nació en un caserío de Elgoibar y que pregunta una y otra vez, en un medio hostil, por qué mataron a su hermano. Es la autocrítica de una fonóloga y escritora vasca, miembro de Euskaltzaindia, Lourdes Oñederra, que se pregunta por qué el mundo del euskera fue tan proclive a entender y justificar el terrorismo y tan insensible con los asesinatos. Estremece recordar cómo se movilizaban contra el cierre judicial de un periódico, al tiempo que callaban cuando se asesinó a Joseba Pagaza. Un mundo que se extraña cuando un bertsolari se atreve a citar un asesinato en uno de sus versos al que ese mismo mundo le pregunta extrañado a qué viene esa cita y es criticado por ello. Es la descripción del mundo abertzale que apoya a ETA en el País Vasco francés con base en oportunismos y desconocimientos de lo que ocurre a pocos metros, con la violencia de sus protegidos. Es el testimonio de Imanol Zubero contando la génesis de Gesto por la Paz cuando jóvenes cristianos enfrentan la violencia desde la radicalidad moral de que nunca hay razones para matar al semejante.

La otra idea, muy explícita en las aportaciones de los dos historiadores y editores del libro, Luis Castells y Fernando Molina, se refiere a las conexiones entre nacionalismo y ETA o si se quiere entre violencia y relato nacionalista. Este fue siempre un tema vidrioso porque el nacionalismo ha puesto mucho empeño en desligar la causa nacionalista del terrorismo (recordemos el empeño que tenían los burukides en calificar a ETA como una organización marxista-leninista). Lo cierto es que se trata de una ecuación incuestionable porque la causa nacionalista, «un pasado inventado», en palabras de Fernando Molina, fue alfa y omega de ETA desde el principio de los tiempos. Hasta el punto de que ese fue su santo y seña en todas sus acciones y en todas sus escisiones, incluidas las de los tiempos actuales en sus juventudes. De estos capítulos surgen ideas y debates actuales: ¿es Euskadi hoy más nacionalista de lo que habría sido si no hubiera existido ETA? Es una ucronía especulativa que ya había tratado Ruiz Soroa y que ofrece opiniones tan libres como contradictorias.

Lourdes Pérez nos describe interesantes perspectivas sobre la relación de la Prensa con el terrorismo y nos recuerda la naturalidad con la que asumimos el lenguaje etarra en nuestra manera de describir las acciones violentas y la importancia del nombre de las cosas en la percepción social de las mismas. Luis Rodríguez Aizpiolea repasa sus propias crónicas de los años ochenta para justificar su optimista pronóstico sobre el final de la violencia a finales de los ochenta, una vez producido el acuerdo de Ajuria Enea y después de la ruptura de las negociaciones de Argel por parte de ETA. Un pronóstico atrevido pero acertado, porque, ciertamente, a finales de aquella década maldita, se pusieron las bases de un proceso que nos traería la paz. Es verdad que, desgraciadamente, veinte años más tarde.

Nueve artículos de máximo interés también a efectos de analizar aspectos poco investigados en la historia de la violencia vasca como por ejemplo el papel de la mujer en el mundo de ETA, cosa que hace desde varios diferentes planos Izaskun Sáez de la Fuente. Nueve artículos que bien podrían haber sido diez si los editores del libro hubieran incluido un capítulo sobre el final de ETA. Final que bien merece un epílogo feliz sobre la extraordinaria victoria de nuestra democracia sobre nuestra violencia vasca.
 
Publicado en El Correo, 9 Julio 2022

12 de febrero de 2022

Una propuesta constructiva.

Una comisión, tanto en el Congreso como en el Parlamento vasco, debería analizar la pandemia y sus consecuencias y extraer enseñanzas para el futuro.

Hemos pasado ya dos años de pandemia. En este tiempo ha ocurrido de todo. Hemos discutido entre comunidades y Gobierno central. Hemos acabado en los tribunales disputando la procedencia y la legalidad de las medidas preventivas contra la extensión de los contagios. Hemos visto y sufrido las carencias de nuestro sistema público de sanidad, desbordado por una catástrofe desconocida hasta hoy. Asistimos asustados a la posibilidad de que otras zoonosis nos traigan nuevos virus o que la Covid-19 mute de nuevo.

Nuestro sistema laboral se ha puesto a prueba ante el ‘shock’ de oferta que originó la aparición del virus y las bajas por enfermedad siguen provocando anomalías productivas y educativas en fábricas y colegios. Nuevas formas de teletrabajo han llegado para quedarse, aunque su regulación es compleja. La enumeración de consecuencias de la pandemia podría ser interminable. 
Me pregunto si no es suficiente como para que una comisión parlamentaria concentre la enorme cantidad de información existente y analice las consecuencias, las enseñanzas, las conclusiones para el futuro que hay que extraer para afrontar nuevas situaciones semejantes o simplemente para ordenar el mundo resultante de lo que ha sucedido. 
No hay en nuestra experiencia democrática demasiados ejemplos de este tipo de trabajo en sede parlamentaria. Recuerdo algunas de estas comisiones de información en materias horizontales sobre problemáticas transversa‐ les a ministerios y territorios, generalmente ubicadas en el Senado. Sin embargo, cada vez hay más de estas materias que sobrepasan una política sectorial concreta y demandan una aproximación de nuestros representan‐ tes públicos al margen de la disputa partidista y de la dialéctica Gobierno-oposición. En el caso que nos ocupa, las razones para su constitución son evidentes. Solo desde el punto de vista sanitario y en el contexto del reparto competencial entre Estado y comunidades autónomas hay materia suficiente. No digamos si se añaden los problemas legislativos y la insuficiencia del estado de alarma como base legislativa de excepción a la vista de las sentencias del Constitucional. Pero dejemos ese plano a la competencia y a la iniciativa del Congreso de los Diputados. 
¿No hay parecidas y suficientes razones para tomar esa iniciativa en el Parlamento vasco? ¿No debería nuestra Cámara representativa abordar un trabajo de recopilación de información sobre todo lo que ha ocurrido aquí a lo largo de estos dos años, llamando a comparecer a decenas de representantes y protagonistas de la sociedad vasca, para que aporten sus experiencias y recomendaciones?

Es necesario oír a hosteleros y directores de colegio, a médicos y enfermeras, a juristas y responsables políticos, a empresarios y sindicatos, a epidemiólogos y expertos en salud pública, a directores de residencias de ancianos y de hospitales. Hay que pedir informes con conclusiones a varios departamentos del Gobierno: Educación, Salud, Economía, Trabajo... Y a otros muchos protagonistas de nuestra vida económica y social, desde Confebask a organizaciones económicas sectoriales, para que pongan en limpio recomendaciones sobre cómo afrontar situaciones semejantes en el futuro. De la misma manera, la revisión y ajuste de nuestro marco jurídico para aclarar las competencias del Ejecutivo y soportar –con amparo judicial– las medidas que son necesarias para este tipo de casos. 
No hablo de una comisión como las que se crean para investigar escándalos derivados del mal funcionamiento de las administraciones. No se trata de una comisión contra nadie, sino para analizar nuestra actuación ante esta catástrofe y estudiar las medidas a proponer a nuestro sistema político, institucional, gubernativo, judicial, etcétera que nos permitan afrontar con más certezas y acierto situaciones semejantes. 
El Parlamento vasco ha creado a lo largo de sus más de 40 años de existencia once comisiones de investigación o estudio. Dos en las dos últimas legislaturas: Hiriko y comedores escolares. Las anteriores tienen parecido origen: bebés robados, duplicidades institucionales, irregularidades en la contratación de servicios sanitarios... La pandemia y sus efectos es, con muchísima diferencia, el tema de mayor dimensión e importancia de los que nos han ocupado en nuestra experiencia como comunidad autónoma. 
A esta comisión de estudio acudirían los parlamentarios con ánimo de escuchar, aprender y analizar lo ocurrido. No se trata de investigar ninguna circunstancia oculta ni de aprovechar la iniciativa para hacer tarea partidista. Se trata de que, al final, elabore un informe con conclusiones y recomendaciones que deberían guiar un con‐ junto de actuaciones de los poderes públicos que nos permitan enfrentar otras pandemias o circunstancias catas‐ tróficas semejantes, con una organización institucional e instrumentos públicos mejores. Nada más, pero nada menos. 
Nadie mejor que el Parlamento para esta tarea.

Publicado en El Correo, 12/02/22

18 de enero de 2022

¿Fomentar la natalidad?

Euskadi puede intentar mejorar su bajísima tasa de nacimientos o afrontar los efectos en sanidad, educación, inmigración o atención al envejecimiento.

Es un hecho que el País Vasco tiene la tasa de natalidad más baja de toda Europa. Si la medimos en número de nacimientos por cada mil habitantes, nuestra tasa es de 6,7, frente al 7,1 de España, que a su vez es de las más bajas de la Unión Europea, junto a Italia, (6,8). Por seguir con las estadísticas, en Euskadi nacieron 14.739 niños en 2020 y esa cifra desciende ininterrumpidamente desde 1975, año en el que había nacido 39.646 niños, con una tasa de natalidad del 19,1. En estos últimos 45 años, la cifra de nacimientos por año se ha dividido casi por tres y la tasa de natalidad ha descendido casi 13 puntos.

 ¿Deben preocuparnos estos datos? Hay países en los que se han puesto en marcha políticas muy potentes de fomento de la natalidad y de protección a las familias y han alcanzado cifras mucho mejores que las nuestras. Francia, sin ir más lejos, y Suecia tienen una tasa del 10,9 y países nórdicos como Dinamarca y Noruega, el 10,4 y 9,8 respectivamente. Irlanda alcanza la más alta de Europa, 11,2, casi el doble que el País Vasco. Seguramente hay factores sociológicos propios que también explican estas cifras. El catolicismo irlandés y la población inmigrante en Francia favorecen sus tasas de natalidad, además de las políticas propias de fomento de esos países. 

Pero vuelvo a la pregunta: ¿es importante que tengamos tan pocos niños si cubrimos con inmigrantes nuestro déficit poblacional? Me lo pregunto seriamente, porque vienen a Euskadi muchas personas de todo el mundo y nuestra población total no desciende. Veamos: si tomamos el año 2019 como referencia (2020 es anómalo por la covid), nacieron en Euskadi 15.418 niños, murieron 21.560 personas y llegaron 34.687 inmigrantes (18.834 de América Latina). Eustat nos dice que sus previsiones demográficas no alteran la población vasca en los próximos diez años. Si hoy somos 2.181.000 habitantes, en 2030 seremos 2.185.000. Dicho de otro modo, la tasa de reemplazo, situada en 2,1 niños por mujer (Euskadi apenas supera uno por mujer), la cubrimos con inmigración. 

Los intentos públicos de fomentar la natalidad han fracasado en nuestro país. El famoso cheque-bebé de 2.500€ por niño nacido solo duró tres años (2007-2010) y no tuvo efectos en esa estadística. Las medidas de conciliación laboral y familiar han atenuado pero notado los perjuicios de la maternidad en las carreras laborales de las mujeres. Conviene recordar a estos efectos que en el País Vasco hay muchas más mujeres licenciadas universitarias (246.000 frente a los 181.000 hombres) y esos perjuicios en las carreras laborales son más evidentes en las profesiones más cualificadas. Por unas razones u otras, lo cierto es que en Euskadi las estadísticas y las tendencias son estas. Los problemas de una tasa de natalidad tan baja no afectan tanto a la población total, sino a la estructura interna de esa población. De una parte, el aumento de la población mayor, es decir, de la pirámide invertida, provoca una fuerte demanda de cuidados y servicios sanitarios que deben ser atendidos y que requieren fuertes inversiones públicas. De otra, nuestra población laboral sufre un claro desajuste de profesiones cualificadas, algo que es evidente en la fuerte sociedad industrial y tecnológica vasca. Los servicios educativos de preescolar e infantil se vacían, los funcionarios públicos envejecen y algunos barrios se degradan. Por último hay un riesgo de pérdida de dinamismo económico cuando más del 25 % de la población tiene más de 60 años. 

Por eso, quizás debiéramos intentar mejorar nuestra bajísima tasa de natalidad con algunas políticas que han tenido cierto éxito en algunos países con situaciones semejantes. La Republica Checa ha conseguido subir del 1,1 al 1,7 su tasa de fecundidad y los casos citados de Francia y los países nórdicos deben ser estudiados.

 En todo caso, si decidimos no aventurarnos en unas políticas de fomento de la natalidad, bien por sus altos costes, bien porque son de dudosa eficacia o porque, en definitiva, consideramos que hay una cierta voluntad social de vivir así, con estas bajísimas tasas de fecundidad, lo consecuente será reconstruir el entramado comunitario –el ecosistema social, si preferimos llamarlo así– tomando medidas que enfrenten los desajustes derivados de esa decisión colectiva. La sanidad vasca, por ejemplo, necesita una inyección presupuestaria considerable, mucho más después de las carencias que nos ha mostrado la pandemia. La captación de inmigrantes formados puede reclamar una búsqueda más selectiva en países de cultura semejante. La planificación de los cuidados gerontológicos para las próximas décadas parece urgente. La reorganización de nuestro sistema educativo requiere ajustes internos. El urbanismo de algunos barrios ‘envejecidos’ demanda actuaciones especiales. También la política de inclusión social deberá ser adaptada a nuevas situaciones de exclusión. 

Es importante introducir este tema en nuestro debate político y, sobre todo, en nuestras previsiones presupuestarias.

18/01/2022, El Correo.

20 de octubre de 2021

Avanzan, pero nunca llegarán.

Positivo, aunque insuficiente. Ese sería el análisis más objetivo, más equilibrado de la reciente declaración de Otegi-Sortu, para conmemorar el décimo aniversario del fin de la violencia. Entre las valoraciones extremas de ese comunicado, las que consideran que ha sido un paso histórico y las que lo desprecian, creo que el término medio es el más justo y el que contempla con más precisión su significado.

Es positivo porque nunca habían llegado tan lejos: “Queremos trasladarles (a las víctimas) nuestro pesar y nuestro dolor por el sufrimiento producido”. Realmente no es la primera vez que lo hacen, pero nunca lo hicieron tan solemne ni tan expresamente. El día y el lugar elegidos y la forma en que lo expresaron añadieron simbolismo y cierta sinceridad al reconocimiento del daño causado.

“Nunca debió haberse producido”. ¿Es esto una condena? No, no llega a tanto, aunque sí es una autocrítica, que, sin embargo, ya fue introducida en el comunicado de ETA de 2018, cuando anunciaron la disolución de la banda. “ETA reconoce la responsabilidad directa que ha adquirido en ese dolor y desea manifestar que nada de ello debió producirse jamás o que no debió prologarse tanto en el tiempo”. (abril 2018)

Como verán, esto ya estaba dicho, pero eso no quita que tenga un valor hacerlo, en una cumbre de la izquierda abertzale, aunque sea tan tarde. El significado político más relevante es la confirmación de una paz que resulta irreversible.

Puede que el objetivo de Sortu sea reforzar su legitimidad política y abrir así expectativas de gobierno y de poder que estaban cerradas por las exigencias éticas no cumplidas. Pero, incluso en ese caso, tranquiliza saber que su apuesta política, tan tardía como forzada por su propia derrota, es bienvenida.

Este es el sentimiento mayoritario de la sociedad vasca cuando ve y lee este tipo de declaraciones. La paz se ha asentado en nuestras calles y en nuestras vidas de una manera rápida y sólida. En poco tiempo, nos hemos acostumbrado a está normalidad maravillosa que nos fue arrebatada a lo largo de casi toda nuestra vida.

¿Es suficiente? En mi opinión no lo es. Falta el reconocimiento de que matar estuvo mal. Falta un reconocimiento político de que la lucha armada nunca fue necesaria y que su verdadero error político y moral fue combatir a sangre y fuego a la democracia, al autogobierno, al pluralismo y al pueblo. Falta reconocer la injusticia de aquella opción. Falta asumir la culpa y la responsabilidad del daño causado a tantos inocentes y falta hacerlo con claridad y sin escudarse en la vieja filosofía del conflicto. Falta decir “Matar estuvo mal”.

¿Pueden llegar a este punto? Es muy difícil porque supone una enmienda a la totalidad de toda su historia. Representa un reconocimiento de que sus crímenes y su propio dolor no sirvieron para nada. Algo parecido a lo que respondieron algunos “provos” (militantes del IRA) cuando sus dirigentes les explicaron los acuerdos del “Good Friday” (GFA) “¿Se nos está diciendo que, visto lo visto, nunca deberíamos haber emprendido la lucha armada?”

Pues eso.

Publicado en  Huffington Post, 20/10/2021

13 de octubre de 2021

Fin de ETA: 10 años que transformaron nuestro mundo.

Han pasado ya 10 años desde que ETA anunciara “el cese definitivo de su acción armada”. Fue una tarde memorable. Estábamos en Vitoria e íbamos a iniciar un debate electoral con Alfonso Alonso (PP) y Emilio Olabarría (PNV). Decidimos suspenderlo y tomarnos unas cervezas con los asistentes. Siempre creímos que un día así nunca llegaría. Unos años más tarde, en mayo de 2018, anunciaron la disolución de la banda. Se cumplían 50 años de su primer atentado mortal, el guardia civil José Pardines, asesinado por Txabi Etxebarrieta en Aduna (Tolosa), verdadero comienzo de la historia criminal de ETA.

Al comienzo de esta tragedia, muchos creyeron que había razones para su lucha. Fue el primero de muchos errores. Nunca lucharon por la democracia española. Es más, luego la combatieron a sangre y fuego. Pero, aunque la democracia hubiese sido su razón política, nunca hubo razones para matar. Nunca, ninguna. De aquellos polvos vinieron luego grandes lodos. Su origen fue un fanatismo nacionalista, construido sobre una patria mitológica y una identidad etnicista excluyente. Situarlos en el marxismo-leninismo fue también equivocado. Creer que su lucha era revolucionaria engañó a demasiados, demasiado tiempo.

Su error, su inmenso error, fue despreciar la enorme generosidad de la amnistía, que no dejó ni uno solo de sus presos en la cárcel y las enormes avenidas de libertad y de autogobierno que configuraron la Constitución y el Estatuto de Gernika a finales de los años setenta. Desprecio agresivo y brutal porque su estadística asesina es elocuente: 74 asesinatos entre 1968 y 1977 y casi 800 entre 1978 y 2011, con particular incidencia en los años 1978 a 1984 con 390 asesinatos.

Nunca se les ha llamado así, pero ETA fue, objetivamente, una organización golpista durante los años de construcción democrática de España. Sus intencionados ataques a mandos militares y a políticos y guardias civiles, día sí, día también, buscaban objetivamente provocar a los aparatos fácticos del Estado, en una espiral “acción-represión” en la que, desgraciadamente, también cayó una democracia débil, asediada y demasiado aislada en el País Vasco de entonces.

El gran salto de paz lo dimos con el Pacto de Ajuria Enea. Otorgar al nacionalismo vasco el liderazgo en la deslegitimación social de la violencia (Ardanza: “No compartimos con ellos ni métodos ni fines”), e introducir en el país una nueva línea divisoria entre demócratas y violentos que sustituyó a la nefasta separación entre nacionalistas y no nacionalistas, fue definitivo en la superación del magma social que promovía o amparaba la violencia. Aquel Gobierno de coalición, PNV-PSE (PSOE), construido en gran parte sobre la generosidad socialista, inició otra etapa que resultó clave en la derrota final del terrorismo.

Durante muchos años la democracia permitió la coexistencia del brazo político de la banda, creyendo y esperando que la violencia desaguara a la política. La disolución de ETA Político-militar a comienzos de los años ochenta y la creación de Euskadiko Ezkerra (gracias a Mario Onaindía, Juan María Bandrés y Juan José Rosón) animaron esta convicción. Hasta que descubrimos que esa confianza era ingenua. En 2002, fruto del Pacto antiterrorista, decidimos ilegalizar su partido y su entorno social. Rectificar fue un acierto. La experiencia nos había demostrado que aprovechaban los espacios legales para retroalimentar y reforzar socialmente su violencia. De hecho, la ilegalización y la persecución judicial de su entorno ayudó a que emergiera en Batasuna una fuerte corriente política interna que reclamaba el fin de la violencia, antes de que esta arruinara su causa. Ellos ayudaron también a buscar el final.

Han pasado muchos años y mucho sufrimiento, pero el final ha sido extraordinario. Mirando atrás, con la perspectiva de estos 10 años que han hecho irreversible la paz, nadie puede dudar de que la democracia española también superó este difícil reto. No hubo concesiones políticas. Sus presos cumplen sus penas y las víctimas ocupan la centralidad del relato. Ningún país de los que han sufrido fenómenos semejantes ha logrado un final tan limpio, tan rotundo, sin perjuicio ninguno a la justicia y al Estado de derecho. Que su entorno político participe de la democracia y de sus instituciones es la mejor manifestación de nuestra superioridad moral. “O votos o bombas”, decía Alfredo Pérez Rubalcaba, con esa inteligente sencillez con que resumía ideas complejas. Su renuncia a la violencia les otorgaba el derecho a la representación política que obtuvieran con sus votos. Por eso, resulta lamentable que algunos se empeñen en conceder a la violencia un triunfo que nunca obtuvo y devaluar, o peor, cuestionar así, la victoria de la democracia sobre el terror.

Otro de los grandes mitos de esta tragedia es la que atribuye a la sociedad vasca la victoria sobre ETA. Realmente tenemos que reconocer que la reacción social a la violencia fue tardía y débil. Muchos vivimos la soledad de las víctimas y la frialdad política y eclesiástica del país durante muchos años como para poder decirlo. La reacción social contra ETA comenzó realmente en julio de 1997 cuando secuestraron y mataron a Miguel Ángel Blanco y se organizó en defensa de las víctimas con la creación del ¡Basta Ya! a principios del nuevo siglo. Fue importante en la fase final de la violencia, pero a ETA la venció la policía, desarticulando sus comandos y sus cúpulas, y convenciéndoles así de la imposibilidad de su triunfo y por tanto de la inutilidad de su lucha. En ese contexto, la aparición del terrorismo yihadista, el fin de la violencia en Irlanda, la presión interna de sus cuadros políticos y una escenificación internacional hábilmente gestionada por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y Rubalcaba, hicieron el resto.

Hoy el País Vasco vive relajado y feliz. Tal y como pensábamos muchos, la pulsión radical se ha atenuado. El nacionalismo es mayoritario, pero su mayoría está limitada por la moderación y condicionada a su pragmatismo. Los sentimientos identitarios siguen siendo muy fuertes, pero la pretensión independentista se ha reducido al 20% de la población, algo menos de la mitad de lo que las encuestas mostraban hace 10 años.

Cabe preguntarse para qué tanta tragedia. En No digas nada, una buena fotografía literaria del terrorismo irlandés, Patrick Radden narra el momento en el que los dirigentes del IRA dan cuenta a sus militares de los Acuerdos de Viernes Santo. Dolours Price, una de las históricas militantes, pregunta finalmente: “¿Se nos está diciendo que, visto lo visto, nunca deberíamos haber emprendido la lucha armada?”. Los paralelismos son evidentes.

Al final de Patria, una excelente novela de Fernando Aramburu y una buena serie de televisión, las dos mujeres protagonistas de la historia, la viuda del asesinado y la madre del etarra, amigas antes y enemigas después, se cruzan en la plaza del pueblo, a la salida de misa, y se dan un abrazo. Es un abrazo ligero, tenue, casi obligado por el encuentro fortuito. Parece un abrazo de reconciliación, de perdón, pero no llega a tanto. Sin embargo, expresa bien dos sentimientos que inundan la sociedad vasca a los 10 años del final del terrorismo. De una parte, cierta generosidad que impregna el corazón de la mayoría, deseosos de construir una sociedad que supere las heridas abiertas por esta tragedia de cuarenta años. De otra, el olvido, la huida del pasado, una especie de fuga hacia el futuro que aleje de nuestros recuerdos tanta desgracia y tanta culpa. Nadie quiere responder esta pregunta tan incómoda que —desgraciadamente— nuestros hijos no nos hacen: ¿cómo fuisteis capaces?

Publicado en El país, 13/10/2021

25 de julio de 2021

¿Para qué un nuevo estatus?

" Las preocupaciones de los vascos no son identitarias, son sociales, medioambientales, de salud, de pensiones, de futuro real, no ilusorio"

Más allá de las diferencias surgidas en la tramitación del nuevo estatus de Euskadi entre PNV y Bildu, ambas fuerzas políticas mantienen una expectativa común sobre los resultados de las negociaciones del Gobierno con la Generalitat, por si de ellas surge algún indicio de avance en ese artilugio jurídico político llamado derecho a decidir.

En el fondo, una bilateralidad con una especie de soberanía propia, que permita a Euskadi pactar su forma de estar en España en un régimen confederal es lo que pretende el PNV. Sería –como ellos mismos dicen– un ‘Concierto Político’ semejante al Concierto Económico en el que el derecho a decidir de los vascos sería siempre respetado en un régimen de pacto permanente. La consulta previa a los vascos es la forma ingeniosa de privar a los españoles y a las Cortes de su opinión sobre ese estatus. Abiertamente inconstitucional y políticamente inviable, en mi opinión. 

La propuesta auto determinista de Bildu es más simple y se orienta, como en Cataluña, a un referéndum de independencia –sí o no– con negociación posterior del proceso en caso de triunfo del sí. Aunque el nuevo estatus que propone el PNV es más sofisticado y quiere ser más respetuoso con el marco legal actual, contiene igualmente elementos potencialmente explosivos para el proyecto unitario de España.

 Me pregunto qué necesidad tenemos los vascos de cambiar nuestro estatus y meternos en esta incierta andadura. Porque si se tratara de mejorar nuestro autogobierno, creo sinceramente que hay un margen interesante de negociación. Es más, habría una gran oportunidad de consolidar el consenso estatutario, incluyendo una compleja pero necesaria explicación de nuestro tiempo pasado en su exposición de motivos que satisficiera los conceptos simbólicos e históricos de nuestra diversidad identitaria. Serviría también para poner un cierre solemne a nuestra tragedia violenta de los últimos cuenta años. Difícil, sí, pero conveniente para nuestra convivencia interior y necesaria para superar la fractura social que todo este drama nos dejó.
 Esa reforma mejoraría además sensiblemente nuestro autogobierno con una carta de derechos y deberes mucho más actual y explícita que el actual Estatuto y por supuesto podría avanzar en materia de autogobierno, si la reforma se vincula a una reforma constitucional, a todas luces necesaria en nuestro país. 
A cambio de tan esperanzador y razonable horizonte, nuestros nacionalistas quieren reabrir nuestro eterno e irresoluble debate para llevarnos –otra vez– al debate identitario, al horizonte independentista, aunque ese sea un camino de fracturas internas irresolubles y de presagios más que preocupantes en todos las órdenes. 

¿Qué necesidad tenemos de meternos en ese lío? La mayoría de los vascos se siente cómoda en este estatus del autogobierno. Lo dicen los estudios sociológicos de todo signo. Diez años después de la paz, el porcentaje que desearía la independencia es del 20%, lo que demuestra que la violencia favorecía un artificioso y miedoso apoyo a las tesis más extremistas del nacionalismo. Basta ver y vivir la sociedad vasca de hoy para comprobar esta evidencia. Las preocupaciones de los vascos no son identitarias, son sociales, medioambientales, de salud, de pensiones, de futuro real, no ilusorio. 

Comprendo que PNV y Bildu tienen que alimentar la llama sagrada de su sentimental proyecto, pero a quienes no somos nacionalistas nos corresponde decir alto y claro que no queremos cambiar de estatus; que no queremos irnos de España a ninguna parte; que es mentira que la independencia equivalga a soberanía y que la verdad es que aumentan nuestras dependencias; que nuestra economía irá a peor; que no somos sostenibles en pensiones, ni en gasto social; que Europa no quiere más fracturas interiores de sus Estados; que ninguna independencia puede garantizar las ventajosas condiciones actuales del Concierto y que, por el contrario, será muy cara para los vascos; que es falsa por imposible la configuración de marcos sociolaborales independientes en el contexto de la economía europea; que nunca estaremos mejor que como estamos con el autogobierno vasco. Podríamos dar mil razones más y es conveniente que se digan y se oigan. 

PNV y Bildu están en su derecho de alimentar esta vía, de una u otra forma, y Podemos puede hacer seguidismo nacionalista. Pero el PSOE está en la obligación de negarse por convicciones políticas propias y por exigencias de nuestra Constitución. Mejorar el Estatuto, sí; cambiar de estatus, no. Ese fue el mensaje claro de Idoia Mendía en estas mismas páginas, para que el PSOE sea el partido en el que confían una mayoría de españoles no solo como el partido de izquierda sensato sino también como el partido más armónico y razonable en un modelo territorial autonómico-federal para España. 
Perder esa confianza es condenar al PSOE y a España. 

Publicado en el Correo, 25/07/2021

30 de junio de 2021

El comienzo del tardofranquismo.

Bien podríamos decir que el juicio de Burgos fue el comienzo del fin. Lo que fue concebido como un ejercicio represivo, como una manifestación de la fuerza del régimen, sancionando con la máxima severidad la violencia política, se convirtió en el comienzo de la verdadera rebelión democrática contra el franquismo. Esa es mi primera reflexión sobre aquellos años que transcurren en nuestra juventud entre 1968 y 1975. 

El juicio de Burgos tuvo una enorme repercusión interna e internacional. El régimen decidió celebrarlo en “aparente legalidad”. Permitió la información haciéndolo relativamente abierto, admitió la “defensa política” de los acusados, incluso toleró su gestualidad patriótica. Corresponsales extranjeros, abogados famosos, largos discursos políticos de las defensas y el temor generalizado de que las condenas a muerte eran posibles, –más bien se preveían seguras–, hicieron el resto. El seguimiento social del juicio fue enorme y las movilizaciones consecuentes a la sentencia, inolvidables. 

Yo no era militante del PSOE, todavía. Si mi convocatoria a esta mesa –con tan ilustres y queridos compañeros– se ha hecho en mi condición de representante del PSOE clandestino de aquella época, debo decir y confesar, desde ya mismo, que no conocía al PSOE entonces. Era un empleado de la Fundición Victorio Luzuriaga SA de Pasajes. Trabajaba como ingeniero técnico en la Oficina de Proyectos y allí llevaba desde 1962, cuando, a los catorce años entré como aprendiz para ser oficial ajustador. Conocía bien aquella fábrica en la que trabajábamos más de dos mil obreros y eso me permitió iniciar mi aventura antifranquista, precisamente con las movilizaciones y huelgas que sucedieron a la sentencia y a las amenazas del Garrote vil. 

 Yo no era militante del PSOE, pero sí me considero un activista de la época. Recuerdo con emoción las convocatorias a la huelga, el reparto de panfletos, las pegatinas en las puertas de los lavabos, y con especial orgullo las “culebras” en las que un grupo de activistas recorríamos los talleres aplaudiendo y exigiendo a los trabajadores que nos siguieran parando la actividad. La culebra se hacía grande y larga y los talleres quedaban vacíos y los trabajadores ocupábamos las calles. 

Vivimos esos días de la sentencia y las protestas sociales contra ella, las primeras mieles de la victoria antifranquista. Porque recuerdo que aquel combate lo ganó la democracia y lo perdió el régimen, cuando cedió a la presión interna y sobre todo internacional y conmuto la pena de muerte. Pienso que fue así porque, cinco años más tarde, prescindieron de apariencias legales y de publicidad judicial y con nocturnidad y alevosía fusilaron a tres miembros del FRAP y a dos de ETA. Fue un triste mes de septiembre de 1975. 

Mi conexión con el PSOE fue posterior al juicio de Burgos, en los primeros años setenta. Yo estudiaba Derecho por las noches y fueron algunos profesores (Jaime Montalvo, catedrático de Derecho del Trabajo) y algunos abogados donostiarras (Benegas, Maturana, Múgica, Iparraguirre, etc.) los que me “captaron” en una envolvente muy simple, porque yo era entonces una presa fácil. Fue Gregorio Peces Barba, en el verano donostiarra de 1973, el que tiró la caña y me presentó al PSOE de la época. Eran pocos en San Sebastián, más en Éibar y muchos en la margen izquierda. 

El PSOE de los años setenta en Guipúzcoa era una organización mezcla de nostalgia y renovación. Un PSOE histórico mayoritariamente instalado en varias ciudades francesas, unos miembros del Gobierno vasco del exilio en Bayona, que mantenían la llama institucional y en parte la conexión histórica de 1937 con Juan Iglesias a la cabeza, algunos grupos en Amara Viejo, en Tabacalera, afiliados individuales en San Sebastián, Irún… y luego, los abogados encabezados por Enrique Múgica y Txiki Benegas. Y por supuesto, una organización clandestina en Eibar, relativamente numerosa y encabezada por nuestro “cura laico” Benigno Bascarán. 

Pero antes, en los años inmediatamente posteriores al juicio de Burgos, mí activismo antifranquista me llevó a conocer a un militante nacionalista a quién quiero rendir tributo en estas líneas. Gerardo Bujanda trabajaba en el departamento de compras, muy cerca del de proyectos y todo el mundo sabía quién era y dónde militaba, porque había sido detenido varias veces y porque no ocultaba su pensamiento. Gerardo era muy buena persona y además generoso. Cuando se acercó a mí (supongo para sumarme a la red clandestina del PNV) y yo le expresé mis simpatías por la socialdemocracia europea y por tanto por el PSOE, su respuesta fue traerme El socialista desde “el otro lado”. Es fácil suponer que Gerardo conocía a miembros socialistas del Gobierno Vasco en el exilio (en Bayona) y disponían del periódico oficial del PSOE histórico en el exilio. Pues bien, nuestra colaboración PNV- PSOE se inició entre nosotros repartiendo indistintamente Euzkadi y El Socialista en los talleres de la fábrica. Recuerdo que otro militante jeltzale, Martín Elizasu, colaboraba también en estos repartos. Curiosamente, el PSOE descubrió después que, alguien que no conocían, repartía su órgano oficial en una zona en la que no estaban. 

Fueron años duros, pero inolvidables. La andadura democrática había comenzado con las protestas contra el juicio de Burgos y parecía irreversible. Digo la andadura democrática, no la lucha democrática. Porque sería injusto olvidar que esas protestas que vivimos esos años fueron también –sobre todo podríamos decir– consecuencia de la militancia clandestina de luchadores valientes y de partidos fundamentales (PC. MC., El Felipe etc.) que, desde los años sesenta habían sembrado de valores y aspiraciones ese camino. La otra reflexión que me gustaría compartir es la que se refiere a la dialéctica nacionalista-obrerista qué tan apasionadamente nos atrapó aquellos años. Personalmente la viví y cabe decir que la sufrí ya desde entonces. Nací y crecí en un barrio obrero de San Sebastián. En Herrera, muy cerca del puerto de Pasajes en una familia muy numerosa (diez hermanos) con un padre republicano, huido de Navarra y excarcelado del Fuerte de San Cristóbal. En la intimidad de nuestro hogar, se respiraba un socialismo muy primario, utópico, confuso. Recuerdo las miradas emocionadas y ensimismadas de mi padre a Rusia como el paraíso proletario que decían ser. Mi entorno fabril en una factoría combativa y relativamente concienciada, me hicieron mucho más socialista que nacionalista. Pero mi entorno lo era y mucho. Varios de mis amigos fueron fundadores y militantes de ETA y el espacio vital de la cuadrilla (ya se sabe, un espacio íntimo y casi fraterno en la vida vasca) era absolutamente nacionalista. Excursiones al monte con ikurriñas, aprendizaje del euskera, fiestas vascas, etc. etc. 

En agosto de 1968 yo tenía veinte años y recuerdo muy bien cómo celebro mi entorno el asesinato de Melitón Manzanas. Esa fue mi primera ruptura con el mundo nacionalista. No compartí el alborozo con que fue recibida la noticia. No fui capaz de intuir lo que aquel atentado presagiaba, pero algo íntimo me decía que se había iniciado un camino peligroso. Había, por supuesto, un rechazo ético a la muerte provocada, al asesinato premeditado y buscado, pero, además, creo recordar que me inundó una enorme preocupación por el uso de la violencia para la defensa de nuestras confusas aspiraciones de entonces.

 Al redactar estas líneas recuerdo un pasaje impactante de una novela que casualmente estoy leyendo por recomendación de mi librero de cabecera y compañero de tertulias hoy, Ignacio Latierro (LAGUN). “No digas nada” es una fotografía brutal de la guerra del IRA en Irlanda, descrita por un periodista de The New Yorker, Patrick Radden Keefe. El pasaje dice así: 

En agosto de 1994, el IRA declaró un alto el fuego. Por lo visto, las negociaciones auspiciadas por el padre Alec Reid habían dado sus frutos. Dolours Price y otros republicanos fueron convocados en un club social de West Belfast para conocer la decisión. Sentados detrás de una mesa, tres representantes hicieron un resumen del plan. La tregua era un paso positivo; no una victoria, desde luego, pero tampoco una derrota. A algunas personas les costó entender por qué el IRA deponía las armas sin la promesa de los británicos de que se retirarían de Irlanda. Se habló de la ingente cantidad de víctimas mortales. En un momento dado, Price levantó el brazo y preguntó: “¿Se nos está diciendo que, visto lo visto, nunca deberíamos haber emprendido la lucha armada?”. 

Dolours Price era una conocidísima militante del IRA, autora de numerosos atentados, y respetada en el entorno de los “provos” (ejército provisional) por su larguísima huelga de hambre en la cárcel británica. Cuando escucha las condiciones del acuerdo de Good Friday su pregunta resulta reveladora. Después de cuarenta años de guerra contra los británicos, después de más de 3.500 muertos y de tanto dolor y tragedia para todos, el IRA reconoce que la política es el espacio del juego y que la democracia es el camino. Reconocen que en Irlanda del Norte hay británicos que quieren ser UK. y que solo la democracia determinará el futuro de su país. Y me pregunto, ¿No hubiera sido mejor que lo comprendieran antes?. Algo parecido pienso de mis amigos de entonces. Es muy semejante la pregunta que todos deberían hacerse en Euskadi sobre nuestra propia tragedia. Es muy oportuna la reflexión autocritica sobre aquella apuesta que parecía heroica y generosa y acabó siendo cruel y autoritaria. Y además, inútil. Fue mala, horriblemente mala para todos y no sirvió para nada. 

Vivíamos aquellos años en una dualidad que inspiraba nuestro futuro político. En la clandestinidad de la Iglesia vasca (muy nacionalista en su orientación) se celebraban reuniones de “formación” histórica. Ahí descubrimos, por ejemplo, que las guerras carlistas no habían sido guerras de “sucesión” sino de “secesión”. Eran, se nos decía, las primeras reacciones del pueblo vasco contra España y la eliminación foral. Eran pues, el germen de la lucha por la independencia. Todo era muy simple también muy falso, pero, en aquellos años y en aquel entorno, parecía la verdad revelada. Pero, en la fábrica se palpaba y se vivía movimiento obrero, luchas de clases. En el patio de la fábrica vi llegar, varias veces, autobuses con inmigrantes castellanos o extremeños que bajaban del autobús literalmente con sus maletas de cartón para pasar al botiquín, hacerse una ligera revisión médica y ponerse el buzo para entrar en aquella fundición llena de grafito y suciedad. Luego acabarían comprando un piso en Santa Bárbara (un barrio construido por nacionalistas que se aprovecharon de esta inmigración masiva) y malviviendo en condiciones precarias. Allí, escribió Raúl Guerra Garrido Cacereño una novela realista de aquella triste realidad. 

Yo vivía esa dualidad, nacionalista en la cuadrilla y en el barrio y obrerista en la fábrica rodeado de movimientos sindicalistas (CC.OO. principalmente) e ideológicos (E.M.K; O.R.T; P.T; P.C., etc.). Mis inclinaciones fueron claras desde entonces. 

Terminaré contando una anécdota que refleja muy bien esa dialéctica. En Navidades, como en todos los pueblos, nuestro barrio organizaba su “Olentzero”. Éramos un grupo numeroso, treinta o cuarenta chicos y chicas que recorríamos las casas cantando las diez o doce canciones vascas de la Navidad. En Herrera había un palacio llamado Gaiztarro, en el actual emplazamiento de la urbanización Bidebieta1. Los Gaiztarro eran una familia capitalista dueña de algunas factorías o minas, no lo recuerdo con exactitud. Pues bien, uno de aquellos años, los sectores obreristas del Olentzero, capitaneados por militantes de E.M.K. propusieron cambiar la indumentaria y vestirnos con buzos para hacer la ronda de Nochebuena y expresar así, especialmente en la visita al Palacio, nuestra condición de clase obrera. Fue una polémica enorme. La recuerdo ahora divertida porque nos mantuvo ocupados varias semanas. Por supuesto, la corriente vasquista ganó y seguimos vistiendo abarcas, pantalón milrayas, blusa negra y txapela. Siempre fue así. 

Referencias bibliográficas: Patrick Radden Keefe. 2020 No Digas Nada. RESERVOIR BOOKS.

Publicado en revista "Grand Place" nº14. Junio 2021

21 de noviembre de 2020

Participación y pactos



Podemos busca una alianza estratégica con Bildu y ERC, que devalúa el entendimiento de los socialistas vascos con el PNV y veta a Ciudadanos.

Gritad, gritad, que mientras gritáis, no matáis», decía Ernest Lluch a quienes intentaban boicotear un acto público del PSE en el corazón de la Parte Vieja donostiarra. No creo incurrir en ningún oportunismo sectario si especulo con el pensamiento de Ernest respecto a la polémica sobre el juego político de Bildu en la actualidad.

Su ingenioso y valiente estímulo a que quienes mataban, o apoyaban que otros lo hicieran, siguieran gritando permite una interpretación especulativa sobre su apoyo a la participación política de los herederos políticos de ETA en las instituciones democráticas. Es más, quienes le conocimos y disfrutamos de su amistad sabemos bien que la famosa ecuación ‘política o violencia’, que con su capacidad sintética habitual Alfredo Pérez Rubalcaba tradujo por «Votos o bombas», estaba en el eje de sus pensamientos. En el 20º aniversario de su asesinato, nuestro recuerdo de aquel amigo sabio y catalán singular nos permite reivindicarle como el socialista dialogante y generoso que fue.

La democracia siempre planteó ese dilema a quienes equivocadamente decidieron continuar su violencia cuando se inicio la reconstrucción democrática en España y el autogobierno en Euskadi. A pesar de nuestros esfuerzos, en aquellos años, por convencerles de que la Constitución suponía una verdadera ruptura con el régimen franquista, de que la democracia no estaba tutelada por los poderes fácticos y de que el autogobierno del Estatuto de Gernika no era de cartón-piedra y permitiría una plena recuperación de la identidad vasca, ellos decidieron intensificar su lucha y matar de manera masiva y cruel.

Pero la mano abierta de la política siempre estuvo tendida como contrapartida al abandono de la violencia. El Pacto de Ajuria Enea, por ejemplo, contenía esa promesa como núcleo fundamental de nuestra oferta. Por cierto, acompañada de la reinserción de sus presos y el compromiso de la profundización autonómica-democrática, como trasfondo político. Incluso en el Pacto Antiterrorista de 2000 se reiteraba esta idea, aunque esta vez acompañada de la exclusión legal de su entorno político si la violencia continuaba .

Pues bien, esta es la esencia del final de ETA y la coherencia democrática de nuestro sistema político. Abandonaron la violencia y participan en política, reciben el voto de una parte de la ciudadanía y la representan en las instituciones. La más grave confusión la producen quienes otorgan a ETA una victoria por su continuidad política, devaluando la extraordinaria victoria de la democracia sobre la violencia, despreciando la Paz que disfrutamos desde hace casi diez años y olvidando que disolvieron su banda hace más de dos años.

Participan, además, porque nuestra Constitución no es militante sino tolerante. A diferencia de Alemania, que construyó su marco democrático con el recuerdo de su responsabilidad en la guerra y excluyó a los partidos fascistas, antisemitas, etcétera, la nuestra se configuró sobre una cultura de tolerancia y aceptación de todas las expresiones políticas, incluidas aquellas que pretendían su destrucción.

Pero otra cosa es incorporarlos a la dirección del Gobierno o compartir con ellos objetivos estratégicos, mediante pactos políticos. Quiero creer que en los pactos presupuestarios con Bildu, el PSOE no asume ninguno de esos propósitos. El problema es que Podemos sí los asume y pretende además articular con Bildu y ERC una mayoría estratégica de largo plazo, para realizar una «transformación histórica de España». El problema es también que esa alianza se hace devaluando el entendimiento de los socialistas vascos con el PNV y vetando la incorporación de Ciudadanos a la mayoría de apoyo al Gobierno. Esa es la perspectiva estratégica que algunos rechazamos, unida a las exigencias de un suelo ético que el propio Parlamento Vasco ha definido como condición de plenitud de juego político .

Tenemos todo el derecho a decir que no compartimos nada con quienes dicen que van a Madrid «a destruir el régimen» (se supone que el de nuestra Constitución). No queremos traspasar los límites de un modelo autonómico-federal para introducirnos en la autodeterminación o en el confederalismo. No creemos conveniente el cuestionamiento de la forma de Estado. Nos preocupa la crisis macroeconómica y social de España después del Covid y creemos que los esfuerzos y sacrificios que vienen necesitan de consensos amplios, no de frentes sectarios.

Ya sabemos que nuestro tiempo pasó. Pero, ¿podemos decir lo que nos inquieta?

Ilustración: Josemari Alemán Amundarain

Publicado en El Correo y El Diario Vasco. 21/11/2020


22 de febrero de 2020

Imposible olvidar.

El recuerdo de las víctimas es necesario para que el único relato de la verdad de lo que pasó no se pierda ni se manipule. Por eso también, olvidar es imposible. 

El asesinato de Fernando Buesa nos descabezó. El socialismo alavés quedó huérfano de un líder que lo fue todo en la política alavesa y que lo era todo en el socialismo vasco. Fue una víctima muy bien buscada. Parecida a Enrique Casas, al que mataron en San Sebastián quince años antes, descabezando también el socialismo guipuzcoano. No había consuelo en aquellos trágicos momentos. Todo era dolor y drama. Incluso desesperanza. Demasiadas veces, en momentos como aquellos, pensábamos que aquella tragedia no acabaría nunca

Recuerdo bien aquella tarde. La sede del partido con los compañeros hundidos, llorando por las esquinas de despachos y pasillos. Los abrazos, los pésames, las visitas de unos y otros, las llamadas, los planes de reacción... Recuerdo bien que acompañé a Jaime Mayor, entonces ministro de Interior, a casa de Fernando. Nuestra conversación —serena a pesar de todo— con Nati, su viuda, nuestras condolencias a sus hijos... imposible olvidar. 

Pero es más importante recordar el contexto histórico y el significado político de aquel atentado, porque explica mejor lo ocurrido unas horas después y sobre todo, porque el final de la violencia, diez años después, se cimentó, en parte, en la estrategia de firmeza y de unidad democrática que empezó a gestarse a raíz de aquel atentado.

Dirigentes políticos del PP y del PSE, concejales, militantes, jueces, además de policías y guardias, fueron los principales objetivos de ETA.

 Veníamos de una tregua iniciada en octubre de 1998, que Mayor Oreja calificó de trampa, con razón, y que ETA rompió en enero de 2000, asesinando en Madrid al teniente coronel Blanco en enero de ese año y a Fernando y a su escolta Jorge Díez, en febrero. Luego vendrían muchos más. Dirigentes políticos del PP y del PSE, concejales, militantes, jueces, además de policías y guardias, fueron sus principales objetivos. ETA había decidido eliminarnos físicamente, a los dos partidos que obstaculizábamos su proyecto totalitario.

La tregua fue consecuencia del Pacto de Estella, un acuerdo político por el que el nacionalismo abrazaba el camino de la autodeterminación y la unidad abertzale. El PNV rompió así diez años de alianza política con el PSE, liquidó el Pacto de Ajuria Enea, el de la unidad de los demócratas y prometió a ETA la defensa política de la independencia a cambio de la paz. Quiero creer que lo hizo de buena fe. Pero ETA les engañó.

El asesinato de Fernando Buesa fue un golpe político brutal a esa estrategia porque Ibarretxe gobernaba con el apoyo de Batasuna, el brazo político de los asesinos, y Fernando era el jefe parlamentario de la oposición a ese Gobierno y a ese proyecto. La ruptura se añadió a la tragedia y la sociedad vasca vivió la tarde de aquel sábado en Vitoria la más cruda expresión de su propia fractura. Unos, llorando de rabia y gritando "ETA asesina" y otros cegados por su error, gritando "Ari, Ari, lendakari".

La otra gran lección de aquellos hechos y de aquel contexto, fue que al terror había que derrotarlo, no aplacarlo con concesiones o promesas políticas.

 En el verano de aquel año, Rodríguez Zapatero secretario general del PSOE, propuso a Aznar, presidente entonces con mayoría absoluta, un pacto antiterrorista para hacer fuerte la democracia, para resistir con unidad y firmeza el ataque contra la democracia.

Más tarde, esta vez a propuesta del Gobierno, aceptamos hacer una ley para ilegalizar el entorno político y social de la violencia. Los jueces les persiguieron. La Policía les derrotó operativamente. Finalmente les ganamos y fue un final feliz.

El recuerdo de las víctimas es necesario para que el único relato de la verdad de lo que pasó no se pierda ni se manipule. Por eso, también, olvidar es imposible.

Han pasado nueve años desde que la violencia acabó y la democracia ganó. Limpiamente, sin concesiones, con justicia. Para siempre 

Pero ¡atención! Han pasado nueve años desde que la violencia acabó y la democracia ganó. Totalmente, limpiamente, sin concesiones, con justicia. Plenamente. Para siempre. No olvidemos tampoco esto ni lo pongamos en duda. Entre otras cosas, para poder decir con orgullo a las víctimas y a sus deudos que murieron por defender unos valores, unas ideas, un sistema que finalmente venció el asalto del terror y logró la paz por la que ellos lucharon.

Publicado en EL Confidencial, 22/02/2020