28 de abril de 2022

Entrevista: “Europa en el espejo” publicada en la revista Ciudad Nueva”

Entrevista completa de Victoria Gómez con Ramón Jauregui: “Europa en el espejo” publicada en forma abreviada en la revista Ciudad Nueva de 5/2022.


 

25 de abril de 2022

Otra crisis: más Europa. Nuevos retos.


Ya podemos concluir que, pasado solo un mes desde el inicio de la guerra en Ucrania, Europa es más Europa, es mejor Europa. El viejo diagnóstico de Jean Monnet se ha convertido en un tópico, pero es verdad: las crisis nos permiten avanzar en integración y esa ley, tan evidente como la gravedad, establece el principio de que las respuestas a diferentes problemas europeos siempre exigen soluciones unitarias e integradoras. Así ocurrió con la pandemia y tuvimos que comprar vacunas en nombre de la UE y creamos el Next Generation en un extraordinario paso integrador al emitir deuda mutualizada. Así ocurrió en la respuesta al Brexit, con una negociación unitaria que, además de brillante tácticamente, fue capaz de armonizar intereses nacionales antagónicos. Así ocurrió con la crisis del euro que, al margen de las políticas económicas aplicadas, produjo significativos avances en la gobernanza de la moneda común. 

Podríamos remitirnos a otros momentos de crisis en nuestra historia comunitaria para recordar pasos gigantescos, a veces auténticos momentos refundacionales, del viejo Tratado de Roma. El ataque ruso a Ucrania ha provocado una reacción sucesiva de acciones políticas y humanitarias desconocidas e impensables solo unas semanas antes. La acogida a los refugiados de la guerra es uno de ellos. Después del fracaso político en nuestra respuesta a la crisis migratoria de 2015, asombra ver la reacción social y administrativa para acoger a millones de ucranianos que salen de su país. Es emocionante ver a miles de ciudadanos de cualquier signo y condición viajando a las fronteras ucranianas para llevar ayuda y traer refugiados. Es fantástico ver con qué rapidez integramos a los niños en nuestro sistema educativo o concedemos permisos de residencia y trabajo que otros, antes, eran incapaces de obtener durante años.

 También ha resultado extraordinaria la capacidad de adoptar sanciones de una dimensión desconocida contra Rusia y contra cientos de sus dirigentes y oligarcas en muy pocas semanas. Uno recuerda lo difícil que era y el tiempo que costaba adoptar sanciones muy personalizadas y muy limitadas contra unos pocos responsables de regímenes represores y descubre que tantas dificultades y exigencias de unanimidad han sido superadas como por arte de magia. 

La unidad política ha sido lo más importante. Unidad frente a Rusia y frente al mundo. Unidad en la OTAN. Unidad respecto a una geopolítica hostil. 

Pero sobre ese telón de fondo de avance integrador y respuesta solidaria, la Unión Europea enfrenta nuevos retos, nada fáciles, derivados en parte de esa patada al tablero que nos ha dado Putin con su golpe bélico. Veamos algunos de ellos. 


1 - Autonomía energética y liderazgo en la lucha contra el cambio climático. 

Somos dependientes en casi un 80% de la energía fósil externa, especialmente del petróleo y del gas. Incluso del carbón, aunque mantenemos algunas minas en Europa (Alemania, Polonia, España…). Hemos trazado un horizonte exigente para reducir nuestras emisiones al 55 % en 2030 y alcanzar la neutralidad en 2050. Nuestra apuesta por las renovables como fuente energética es máxima y nuestra estrategia medioambiental sostenible lidera las políticas públicas del mundo. La pregunta surge sobre el corto plazo: ¿será capaz Europa de reducir o prescindir del gas y del petróleo rusos manteniendo sus objetivos medioambientales en esta década? ¿Nos obligará ello a utilizar fuentes energéticas muy contaminantes (carbón) o muy peligrosas (nuclear)? Esta ecuación entre autonomía energética y liderazgo medioambiental está en nuestra mesa. 

2 - Autonomía estratégica y liderazgo industrial. 

Necesitamos relocalizar industrias y manufacturas de bienes esenciales. La pandemia puso de manifiesto la dependencia europea de mascarillas o de respiradores, por decir solo dos cosas. La guerra en Ucrania también nos generará problemas de suministro de bienes alimentarios. Hubo una deslocalización apresurada e incontrolada y necesitamos una planificación europea de relocalizaciones manufactureras y productivas. Desde los laboratorios a los chips, desde la agricultura a la industria militar. 
Paralelamente necesitamos flexibilizar nuestras reglas internas sobre la competencia. Una normativa y una jurisprudencia muy rigurosas en beneficio del consumidor europeo. Se necesita atender la necesidad de grandes competidores europeos en sectores mundializados y muy competitivos: desde los componentes electrónicos a la industria espacial, desde los fabricantes de coches o de ferrocarriles a la industria aeronáutica. 

3 - Pacto de Estabilidad y Crecimiento Económico. 

La pandemia ya nos obligó a suspender la aplicación del pacto por razones extraordinarias ante la caída de ingresos y el incremento del gasto público. La presidencia francesa planificó el comienzo de una delicada negociación entre el Norte (frugales) y el Sur (endeudados) de ese importante pacto interno de la Unión. La guerra lo ha vuelto a posponer y, lo que es más importante, ha alterado las bases macroeconómicas de todos los países europeos generando nuevas demandas de gasto que los futuros presupuestos nacionales tendrán que abordar. El acuerdo europeo sobre Reglas Fiscales es clave en las difíciles situaciones presupuestarias de la mayoría de los países europeos. 

4 - La Europa social. 

Reconstruir el Contrato Social Europeo exige atender las enormes necesidades de protección social a los más débiles: parados, working-poors, excluidos sociales, etcétera, y a las clases medias empobrecidas. También combatir la desigualdad rampante que nos ha dejado el neoliberalismo de los últimos 30 años. Son necesarias nuevas políticas predistributivas (salarios mínimos, ingreso mínimo, educación igualitaria, intervención pública en los mercados de vivienda, energía, etcétera). La armonización social de la Unión es tarea pendiente y frecuentemente olvidada.

5 - El pacto migratorio. 

La línea divisoria entre países del Este (Visegrado)-Oeste, creada en 2015 en materia de asilo-refugio y política migratoria en general, ha saltado por los aires. Ahora toda Europa ha decidido acoger a los refugiados ucranianos. ¿Será este hecho el comienzo de un gran acuerdo europeo en esta importantísima materia? Lo dudo. Más allá de la satisfacción moral que la acogida Europea nos produzca, me temo que se trata de una coyuntura especialmente sensible que, sin embargo, reducirá los márgenes socioeconómicos de los países europeos para migraciones futuras. Migraciones que no se detendrán y que incluso cabe prever aumentarán después de la guerra en los bordes exteriores del Este y que no se atenuarán en los límites mediterráneos del sur. Europa tendrá que hacer frente a una situación que exigirá acuerdos internos tan difíciles como necesarios. El gran pacto migratorio europeo sigue pendiente y quizás mañana sea más difícil todavía. 

6 - La Europa de la defensa y la OTAN. 

Nadie serio cuestiona que Europa tiene que hacer nuevos esfuerzos en material defensivo y en organización militar. La cuestión es si esos esfuerzos se dirigen hacia una Europa de la defensa, es decir, hacia una unificación militar de los ejércitos nacionales y una industria militar europea que acaben constituyendo una fuerza militar europea, manteniendo una relación estrecha con la OTAN o, por el contrario, nuestros esfuerzos inversores deben dirigirse hacia la OTAN y a reforzar la contribución europea al Tratado del Atlántico Norte. Aquí estamos divididos. Los países del Este y los bálticos quieren más OTAN y desconfían de la capacidad defensiva del proyecto europeo. Francia lidera la estrategia unificadora de los ejércitos nacionales para construir una Europa de la defensa, que nos dé también autonomía geopolítica en el mundo. La guerra en Ucrania también ha inclinado las opciones mayoritarias hacia la OTAN y la cumbre de junio en Madrid será definitoria de esta inclinación.

7 - El papel de Europa en una geopolítica hostil. 

El mundo ha girado hacia el Pacífico y nos margina. La nueva bipolaridad es Estados Unidos-China y no es solo geopolítica: es democrática, es tecnológica, es económica y social. Es de modelos de vida. Europa tiene que sobrevivir a estas marginaciones, a esa hostilidad, a esos nuevos retos. Debemos tener fuerza para hacer nuestras elecciones autónomamente y para forjar nuestras alianzas con libertad. Para definir nuestras posiciones y defender nuestros valores con influencia y capacidad negociadora. Para defender nuestros intereses económicos y sociales en todo el mundo. El debate está unido al sistema defensivo europeo y a nuestro marco de relaciones con EEUU, sobre el que pende la amenaza de la vuelta de Trump. 

8 - Ampliación. 

Nadie sabe todavía cómo saldremos de la guerra, pero nadie duda de que Ucrania será Europea o no será. Tenemos un debate serio pendiente sobre la ampliación al este (Ucrania-Moldavia) y hacia los Balcanes. Son países conflictivos y algunos no cumplen requisitos básicos de ingreso, pero estamos obligados a darles un horizonte cierto de admisión y un proceso de asimilación razonable. De no hacerlo, la influencia de Rusia y China sobre ellos será difícil de evitar y nuestra vecindad se complicará más todavía. Esta hipótesis quizás nos plantee una revisión sobre nuestra estructura interior. Un núcleo de países fuertemente integrado en torno al euro y un marco concéntrico de asociación estrecha podría ser una solución. Muy especulativo, lo sé, pero muy necesario. 

De manera que no hay tiempo para mostrarnos satisfechos de lo avanzado. Nuevos retos llaman con urgencia en este camino de progresos pactados que es la integración Europea.


Boletín Fundación Yuste nº 15. 25/04/2022

20 de abril de 2022

Lo cruel es bajar impuestos.

Decía Feijóo hace unos días, que era cruel no bajar impuestos a la vista de la extraordinaria inflación de los últimos meses. Más allá del oportunismo propio de un líder de la oposición en tiempos difíciles y de la benevolencia con la que podamos juzgar a quien quiere hacerse notar en los primeros días de su nuevo liderazgo, sorprende la contundencia de su frase, e importa - y mucho- el tema elegido para confrontar con el Gobierno.

Porque parece claro que esta será la razón que explique su negativa a aprobar el Decreto de medidas urgentes contra la crisis derivada de la guerra en Ucrania y el alza de los precios energéticos. A falta de conocer la propuesta concreta de su “rebaja de impuestos”, la idea misma, el fondo de esa alternativa fiscal, merece severas críticas.

Para empezar, no merecemos un debate tan ramplón como el propuesto, en un tema tan complejo e importante. Todos los sistemas tributarios occidentales necesitan una revisión profunda para adaptarse a las grandes transformaciones económicas derivadas de la globalización y de la digitalización. Entre otras cosas, para poder capturar múltiples rentas derivadas de esas transformaciones. En concreto, el sistema tributario español sigue basado en las importantes reformas introducidas en los primeros años ochenta y hoy padece ineficiencias e injusticias que solo serán posibles abordar mediante reformas basadas en la ciencia fiscal y adoptadas mediante amplios consensos políticos.

En segundo lugar, puestos a elegir algún impuesto sobre el que actuar urgente y puntualmente, el señor Feijóo podría haberse fijado en aquellos que muestran un preocupante descenso recaudatorio. Por ejemplo, Sociedades, Plataformas tecnológicas, Fortunas, etcétera o podría haber puesto el dedo en la llaga de la evasión fiscal a múltiples paraísos o en la sofisticada ingeniería fiscal de las empresas transnacionales. No es este un mensaje ideológico, como podría parecer. El FMI, el G20 y la OCDE, están alertando hace años sobre estos “agujeros fiscales” y hoy se están aplicando tributaciones fiscales mínimas para evitar la elusión y se están discutiendo convenios multilaterales (BEPS) para combatir la erosión de las bases y el desplazamiento de los beneficios.

Habría sido mucho más innovador - y justo-, que el PP hubiera reclamado avances en la coordinación internacional de todas estas iniciativas y si la urgencia reclamara extraordinarias medidas fiscales - y yo creo que así es-, podría haber planteado un impuesto especial a la riqueza o gravar las emisiones de dióxido de carbono, entre otras medidas fiscales a incorporar a nuestro sistema tributario. En definitiva, medidas dirigidas a evitar que sigan aumentando las pérdidas de ingresos tributarios derivadas de la evasión y la elusión fiscal y que producen un creciente sentimiento de injusticia fiscal y de alarma social en la ciudadanía. Como dice el propio Fondo Monetario Internacional, “amplifican la desigualdad y las percepciones de injusticia.

No es ni una ONG ni un partido revolucionario quien lo dice. Es el FMI: “el 1% de la población más rica, que tiene el 40% de la riqueza, evade el 25 % de sus ingresos usando estructuras en paraísos fiscales”. Por eso los mensajes de Kristalina Georgieva insisten en tres ideas rotundas:

No es conveniente bajar impuestos en tiempos de crisis e inflación, hay que evitar que los estados compitan entre sí para bajar impuestos y, dada la situación actual, hay que mantener el gasto social necesario.

Resulta muy decepcionante que el PP se aleje de estas tendencias internacionales, las desprecie - o peor, que las desconozca - y se límite a sugerir una “bajada de impuestos” como panacea al sufrimiento de la gente por la subida de precios. Se supone que asumen una caída en la recaudación fiscal de un país con una alta deuda pública y con un déficit estructural, agravado en tiempos de crisis extraordinarias como las que vivimos (pandemia en el mundo y guerra en Europa).

El PP sabe que España sufre una insuficiencia crónica grave de Ingresos Públicos en comparación con los países europeos y sabe también que España no puede reducir su gasto público, relativamente inferior al de los estados de bienestar de nuestros socios. Por eso cuesta mucho entender que se proponga reducir la recaudación de un país que sistemática y reiteradamente recauda menos de lo que necesita.

Lo verdaderamente cruel es olvidarse de esta evidencia y asumir que las políticas de atención social y protección a los que menos tienen sufran más restricciones en tiempos de más necesidad.

Publicado en eldiario.es 20/04/2022

18 de abril de 2022

De nuevo, la igualdad.

La igualdad ha sido la palabra clave del socialismo. Nada explica mejor, en tan solo un término, el ideario, las aspiraciones primarias y los programas políticos; todo el universo ideológico que, a lo largo de la historia moderna, ha configurado eso que llamamos ‘la izquierda’. La igualdad ha sido paulatinamente conquistada, como si de una gran montaña se tratara: en una escalada que alcanzaba nuevas cotas, colocando una tras otra palancas, estribos y escalas; clavando pitones en la fisura de las rocas. Una durísima ascensión nunca culminada. En las políticas públicas de protección social de principios del siglo XX, desde el llamado Estado bismarckiano al Estado del Bienestar de finales del mismo siglo, pueden contemplarse los avances de esa escalada y la metáfora de la montaña es perfecta para constatar esa evolución.

Pero cuando creíamos que el único sentido de la marcha de esa aspiración histórica era avanzar y alcanzar la cima, nos hemos encontrado con retrocesos inesperados, con obstáculos insalvables, para constatar que esa palabra, esa aspiración natural de los seres humanos –esa demanda de justicia– reclama una urgente actualización de nuestras soluciones, herramientas y artilugios con los que enfrentar el hielo y la verticalidad de las paredes de la montaña.

Algunos estudios han demostrado que la desigualdad interna de los diferentes países y la global, entre ricos y pobres, han aumentado. Y aunque la globalización ha reducido la pobreza en el mundo y más de mil millones de personas se han incorporado al trabajo formal en las cadenas planetarias de producción, lo cierto es que la participación del trabajo en la renta global se ha reducido y la rentabilidad del capital ha aumentado considerable y desproporcionadamente.

En este sentido, Antoni Vich Parkinson y Thomas Piketty explicaron bien estos procesos de acumulación de riqueza y rentabilidad del capital en una economía globalizada y financiarizada, en un contexto de dominio ideológico del neoliberalismo que a lo largo de los últimos 30 años nos ha adormecido con planteamientos seductores sobre competencia, individuo, libertad, anti estatismo, etc. como requisitos del crecimiento.

Mientras tanto, los obstáculos de nuestra vieja ascensión se acumulaban como si una tormenta perfecta de viento y nieve nos asaltara en plena escalada. Ha sido una noche demasiado larga en la que una globalización desgobernada nos privaba de las herramientas nacionales para combatir el dumping social de la producción mundializada. A su vez, las nuevas tecnologías generaban nuevas brechas de desigualdad, las deslocalizaciones productivas expulsaban al paro a muchos obreros manuales (y empobrecían a las clases medias y a los trabajadores semi cualificados) y la legislación laboral y el sindicalismo resistían con dificultades los cambios que imponían las plataformas y la digitalización (y muchas veces sus luchas eran simplemente resistenciales).

De pronto descubrimos que la fiscalidad nacional era incapaz de luchar contra el capital escondido en paraísos fiscales y que la progresividad fiscal en los impuestos directos se reducía al tiempo que el ingreso de sociedades se desplomaba de manera alarmante. Empezamos a constatar que los viejos instrumentos de la igualdad en las políticas redistributivas eran menos eficaces de lo que creíamos. La educación universal y gratuita no nos hacía iguales frente al mundo laboral globalizado y tecnificado; la sanidad privada se nos escapaba y crecía creando un espacio más cualificado en confort (aunque no en calidad) y en eficacia de servicio.

Ya estábamos observando que el mundo laboral precarizado empobrecía a gran parte de nuestros trabajadores. Muchos sectores económicos competían en base a salarios bajos y sus empleados malvivían. La agricultura, el transporte, el turismo, la hostelería… son demasiados. Demasiados work-poors. Después se sumaron los trabajadores de las plataformas digitales y los servicios de comercio online, además de otros muchos.

En resumen, la igualdad nos llama a nuevas propuestas en un mundo atravesado por disrupciones seculares (digitalización, transición ecológica, globalización financiera y productiva), sometido a tensiones macroeconómicas y geopolíticas desconocidas (la guerra, la crisis energética, y el desplazamiento a Asia de la economía) y en una sociedad en la que se suceden cambios sociales paradigmáticos (envejecimiento, migraciones, concentración urbana, etc.). Hace falta mucha reflexión en la izquierda para descubrir las nuevas circunstancias en las que se desarrolla esta lucha y, sobre todo, mucho análisis e innovación en las respuestas. He aquí algunos de los campos en los que deberemos situar nuestras nuevas propuestas.

La fiscalidad

La globalización financiera se ha convertido en un sumidero de fortunas, patrimonios y beneficios empresariales. Las haciendas nacionales se enfrentan al secreto bancario y a la opacidad fiscal de una industria financiera que ha construido una verdadera ingeniería fiscal al servicio del fraude, la evasión y la elusión en todo el mundo. En los últimos 10 años se ha avanzado, pero queda mucho por hacer.

La fórmula Piketty de una fiscalidad a la riqueza es tan razonable como difícil de implementar. Pero es el camino. Otra vía es la armonización del Impuesto de Sociedades con el establecimiento de un impuesto mínimo general que corrija las distorsiones de las deducciones y las desgravaciones. La fiscalidad universal para las tecnológicas (plataformas digitales) es también imprescindible. Por último, la rentabilidad del capital en transacciones financieras y en plusvalías de corto plazo también merecen ser revisadas al alza.

La predistribución

La izquierda debe revisar sus herramientas y políticas contra la desigualdad manteniendo sus fórmulas ‘distribuidoras’: fiscalidad y subsidios, pero fortaleciendo e innovando en políticas predistributivas, es decir, aquellas que corrigen las diferencias de renta, modificando el funcionamiento del mercado hacia mayores dosis de equidad y en beneficio de poblaciones vulnerables. Aquí encontramos los salarios mínimos y otras intervenciones públicas para cerrar el abanico salarial disparatado de la actualidad. También, claro está, la formación y la educación, que están condicionadas por el estatus social y que han perdido su anterior capacidad de igualación o ascensor social. Además, la intervención pública en mercados fuertemente discriminatorios por razón de renta, se hace más necesaria que nunca: vivienda, energía, movilidad, etcétera.

El combate a las brechas de la disrupción digital

Son múltiples los escenarios de esas nuevas divisiones sociales: entre los mayores y el resto de la sociedad, entre los trabajadores con dominios digitales o sin ellos, entre territorios mejor o peor o nada conectados, en el acceso ciudadano a servicios esenciales a través de internet. La igualdad tiene nuevos y graves retos en la digitalización social y hacen falta intervenciones públicas para afrontarlos y evitarlos.

El dualismo laboral

Caminamos hacia una sociedad laboral muy dual, demasiado diferente. Demasiados trabajadores precarizados y demasiadas diferencias entre los empleados fijos y bien cualificados y los contingentes. El mercado laboral se ha devaluado en calidad y seguridad, y a la izquierda (y sindicatos) nos corresponde una larga marcha de mejora de las condiciones generales de trabajo. Más allá de acciones puntuales positivas, aunque tímidas, sobre el marco legislativo actual, queda mucho por innovar respecto a un mundo que precisa de mayor seguridad y calidad en las condiciones laborales.

La personalización de las políticas del bienestar

Por último, las políticas clásicas del bienestar deben adaptarse progresivamente a las necesidades específicas de una población cada vez más diversa y personalizada. La explosión de la diversidad personal no es un capricho cualitativo del momento identitario que vivimos, sino la consecuencia de una realidad hasta hace poco oculta en la clasificación general de los colectivos. No es casualidad que esas demandas se expresen hoy con más fuerza que nunca. En la actualidad, las políticas de protección social –mayores ingresos mínimos, inserción social, etc.– tienen que atender demandas heterogéneas y múltiples con fórmulas de gestión más descentralizadas y flexibles. La ciudad adquiere aquí también especial significación, porque hay que dotar a los municipios de competencias y recursos para atender la singularidad de sus políticas de protección social.

También es importante la colaboración pública-privada, especialmente con las asociaciones de voluntariado social, para la implementación de esas políticas personalizadas gracias a su conexión con la realidad del tejido social vulnerable. Combatir la desigualdad nos exige no tratar por igual a los desiguales. En cada colectivo hay diversidades que la política del bienestar tiene que atender.

Publicado en Ethic, 18/04/2022