20 de enero de 2022

Venezuela: volver a empezar.

¿Sería posible replantear una nueva estrategia para Venezuela? ¿Qué pasos habría que dar?

Las elecciones provinciales y locales del pasado 21 de noviembre han provocado una especie de parálisis en los movimientos internacionales en favor de la democratización de Venezuela. La victoria del partido del Gobierno en 19 de las 23 provincias en las que se elegía gobernador y en 223 alcaldías (incluida Caracas) de las 335 ciudades en las que se elegía alcalde, ha dejado mudos a quienes esperábamos que estas elecciones fueran el comienzo de un proceso de conquista democrática desde la base de las instituciones del país.

Han sido unas elecciones ventajistas y desiguales, pero el cómputo electoral no es discutible. Éste es, en esencia, el mensaje del informe provisional que ha emitido la misión de observación electoral de la UE. Es preciso recordar que millones de venezolanos emigrados por la crisis humanitaria del país, no han podido votar. Que la participación electoral apenas ha superado el 43% y que el gobierno ha utilizado importantes ventajas sobre la oposición en la Administración electoral: monopolio televisivo, propaganda gubernativa, ayudas a la población vulnerable con “mensaje electoral”….etc. Ya se sabe que el PSUV y su gobierno tienen un control autoritario del poder y que sus prácticas son antidemocráticas y represivas. Pero, con todo, los partidos de la oposición han participado, han pactado su presencia en el Consejo electoral y el recuento de los votos no ha sido puesto en cuestión. La repetición electoral en Barinas y el triunfo electoral de la oposición en un Estado tan simbólico para el chavismo, lo acreditan. Esa especie de segunda vuelta ha sido la ocasión para que la oposición sumara sus votos al candidato mayoritario y su victoria por eso ha sido aplastante.

Lo cierto es que muchas de las estrategias diseñadas y puestas en marcha para derrocar a ese régimen han fracasado y, hasta cierto punto, una sensación de derrota y de desánimo se ha extendido en las cancillerías de la comunidad internacional y en la solidaridad democrática de todo el mundo, con la oposición venezolana. De la victoria abrumadora de la oposición en las elecciones legislativas de hace 6 años, que ocupó casi dos tercios de los escaños, a los resultados locales de 2021, media un abismo. Unas cuantas conclusiones deberíamos ser capaces de extraer.

La primera, es recordar que el gobierno de Maduro no aceptó aquella derrota y a través de trampas y represión anuló la cámara legislativa y destruyó la oposición ilegalizando partidos, encarcelando líderes, creando una Asamblea Constituyente fantasma paralela y forzando al exilio a sus más encarnizados enemigos.Todo ello confirmó la naturaleza antidemocrática del régimen chavista y la vocación totalitaria de la mayoría de sus dirigentes y puso – y desgraciadamente pone -en cuestión la viabilidad de una transición pactada en la que la aceptación de la derrota es condición sine qua non de juego limpio.

La segunda, es que las esperanzas de derrotar al régimen por la presión internacional y por las sanciones, se han desvanecido. El grupo de Lima se convirtió en punta de lanza de esa estrategia internacional (impulsada por Estados Unidos) y las sanciones al país (petróleo, bloqueo financiero, etcétera), acabaron por hundir la gestión económica del gobierno, ya de por sí calamitosa. El resultado lo conocemos: crisis humanitaria y cinco millones de venezolanos huyendo del país. En este contexto, la operación Guaidó y su continuidad al frente de una Asamblea Legislativa paralela, es solo un símbolo carente de unidad interna y de operatividad política. Su apoyo internacional ha disminuido extraordinariamente y su capacidad de convocatoria y de representación es mínima, lo que cuestiona su viabilidad.

La tercera, es reconocer que una oposición dividida difícilmente vencerá la fortaleza del PSUV en el gobierno. Es hora de asumir que estos años de dura represión y de notables divisiones internas, también han desgastado a la oposición y que su credibilidad social es baja. El pueblo está cansado de movilizaciones infructuosas, las divisiones entre los partidos son patentes y en algunos de ellos hay diferencias estratégicas notables entre exilio e interior. Algunos de los liderazgos más conocidos han dejado de serlo y la demanda de renovación en la dirección de algunas formaciones parece evidente. Recuperar la confianza y las esperanzas de cambio de la población, me parece la tarea más urgente e importante de la oposición venezolana. Es una opinión personal, pero para acreditarla, basta comparar los resultados electorales del 2021 con los obtenidos en 2016, cuando la oposición fue capaz de presentar listas conjuntas. De hecho, conviene recordar que si esta hubiera ido unida a estos comicios, con candidatos pactados en cada provincia, habrían ganado no cuatro sino diecisiete de las provincias. La suma de sus votos en todas ellas refleja esos resultados.

A comienzos de 2022, es necesario replantearse caminos y estrategias para que Venezuela recupere libertades, democracia y prosperidad. Europa es y debe ser agente principal del nuevo momento venezolano porque mantiene un alto nivel de presencia y prestigio como potencia mediadora. Su papel en el proceso electoral de noviembre de 2021 acompañando a la oposición como observación internacional, su diplomacia comprometida con los valores democráticos, su constante mediación en favor del diálogo, la negociación y un proceso pacífico de transición, la limitación de sus sanciones a responsables personales de la represión sin perjudicar nunca al pueblo venezolano y por último su contribución cuantiosa a la crisis humanitaria dentro y fuera del país, especialmente con la emigración, han convertido a Europa en el agente internacional imprescindible para la salida democrática del país.

En pocos conflictos internacionales de los que nos rodean puede Europa ser tan protagonista y decisiva como lo es en el caso venezolano. EEUU presente y resolutivo, poco puede hacer en Venezuela después de tanto olvido y de tanto error estratégico como los cometidos por la anterior Administración estadounidense.

¿Cuáles deberían ser los pasos a dar en los próximos meses?

Reanudar las conversaciones de México, interrumpidas por el gobierno venezolano escudándose en las elecciones de noviembre. Aunque, realmente, fue debida a su airada reacción a la extradición a Estados Unidos de Alex Saab, empresario colombiano-venezolano, presunto testaferro de Maduro. La UE debe apoyar al gobierno de Noruega en la recuperación del diálogo de México entre gobierno y oposición. La vía del acuerdo interno es la única. Es la que garantiza que el proceso sea pacífico y protagonizado única y exclusivamente por los venezolanos. El contenido de ese acuerdo debe delimitar condiciones, plazos y garantías de los procesos electorales pendientes de legitimación democrática: presidenciales y legislativas.

Cabe deducir que las mejoras económicas que se empiezan a ver en Venezuela y la victoria electoral en las elecciones de noviembre, estimularán y favorecerán a los sectores más proclives al acuerdo, en el complejo mundo interno del PSUV.

La negociación política no debería limitarse a los procesos electorales pendientes. Algunas reformas del sistema institucional deberían ser también abordadas, especialmente las referidas a un mayor equilibrio de competencias entre el Ejecutivo y el Legislativo (reduciendo los excesos de autoritarismo presidencial) y asegurando la independencia del poder judicial.

En segundo lugar, la negociación de México debe estar inteligentemente acompañada de un doble proceso internacional, adecuar las sanciones a los avances que se produzcan en las negociaciones institucionales y crear un plan de estabilización macroeconómico para las finanzas públicas del país. Suavizar las sanciones implica permitir recuperar producción petrolera, abrir mercados y desbloquear los movimientos financieros, todo ello, claro está, en función de los compromisos democráticos asumidos en la negociación por parte del Gobierno. Un plan macroeconómico de estabilidad y recuperación económica, debería ser negociado con el Fondo Monetario Internacional y los Bancos Multilaterales de desarrollo. Para ambos fines, será necesario incorporar a Estados Unidos al proceso de negociaciones y a la evolución positiva de las mismas.

La Unión Europea debería acompañar las negociaciones de México con conversaciones políticas de alto nivel con los países aliados de Venezuela en la escena geopolítica internacional. Hay dos circunstancias que ayudarán en este intento. Por un lado, los cambios políticos que se están produciendo en la región. Chile, Perú, Bolivia, Argentina tienen gobiernos de izquierda y quizás este mismo año puedan tenerlos también Colombia y Brasil. Estos gobiernos nada tienen que ver con el viejo grupo de Lima y es posible que promuevan un acercamiento al diálogo del propio gobierno venezolano. Por otro, los temas de negociación con Cuba, Irán, Rusia y China en el marco del multilateralismo abierto que defiende Europa, dan excelentes oportunidades de que esas potencias presionen al régimen chavista en favor de una salida democrática negociada

Europa debe diseñar un plan humanitario específico de ayuda y cooperación a Venezuela de acuerdo con el gobierno venezolano. La cooperación europea debe hacerse presente en planes dirigidos a las principales urgencias sociales del país: salud, alimentación, poblaciones vulnerables y aportación de materiales esenciales. Un plan especial de vacunación también debería ser necesario. La ayuda a los países limítrofes que reciben la emigración venezolana (Colombia, Perú, Ecuador) debe ser acordada en planes de cooperación conjuntos. Por último, los países europeos deberían favorecer la acogida y regularización de migrantes venezolanos garantizándoles estatus legal y protección social.

La Unión Europea debe fortalecer su trabajo de relación con la sociedad venezolana organizada, tanto dentro como fuera de Venezuela. En primer plano, para reforzar la integración política de esta, recuperar la confianza en las fuerzas políticas representativas y en las instituciones democráticas y ayudar a la extensión de una narrativa de diálogo interno y de deliberación democrática como horizonte de futuro para el país. Esto es, particularmente, necesario en estos momentos. En el segundo, para articular a la sociedad venezolana de la diáspora e involucrarla en la salida democrática, asegurando entre otras muchas cosas, su derecho al voto, además de su opinión sobre el futuro del país a través de las asociaciones creadas en diferentes Estados de la Unión Europea.

Es solo una propuesta. Quizás voluntarista. Quizás ingenua. Pero, ¿no es hora ya de replantearse estrategias fracasadas? “Volver a empezar” es iniciar de nuevo el único camino de salida democrática y pacífica al conflicto de Venezuela: el diálogo y la negociación acompañados de ayuda y solidaridad internacional.

Publicado en esglobal , 20/01/2022






19 de enero de 2022

Lo que los símbolos esconden.

Al iniciarse la presidencia francesa de la Unión Europea, en el mismo semestre en el que se elegirá el próximo o la próxima presidente/a de la República, vuelve a nosotros ese país tan próximo y tan desconocido a veces, con toda la intensidad de sus apasionantes retos. Muchos de ellos nos conciernen como europeos y otros como demócratas, sometidos por ello a los mismos embates populistas y nacionalistas que asaltan nuestra cultura democrática .

Nacionalista fue la reacción política al simbólico acto de colocar la bandera europea (en exclusiva), bajo el Arco del Triunfo con motivo de la inauguración de la presidencia francesa. Es verdad que Macron se enfrenta a líderes ultranacionalistas en las presidenciales francesas y es inevitable que estos aprovechen cualquier acto del presidente para desgastarlo. Pero el volumen y la intensidad de las reacciones al gesto expresan ese nacionalismo estatal y en el fondo antieuropeo que late en la extrema derecha de toda Europa. Desde Budapest hasta Milán, desde Varsovia a París o a Madrid.

Macron ya tuvo otro gesto de valentía europeísta en la noche electoral de la segunda vuelta, el día de su victoria sobre Le Pen en 2017, cuando subió al formidable escenario del Louvre, decorado con las banderas de Europa y a los sones del himno europeo. Fue una imagen emocionante, llena de fuerza simbólica, después de una campaña electoral en la que su rival reivindicaba un referéndum para abandonar el euro, prometía cerrar fronteras a la inmigración y una ley de protección al consumo francés. Su victoria por ello estuvo preñada de un europeísmo militante y quiso simbolizarlo de aquella valiente manera.

Ahora, al inaugurar el semestre de la Presidencia francesa de la Unión, ha repetido su gesto, esta vez en pleno Arco del Triunfo, emblema de Francia y honra a sus caídos, lo que le ha valido ser acusado de “traición y ultraje a los valores franceses". Lo triste es que al escándalo del ultranacionalismo francés se haya sumado Melenchon, el líder de Francia Insumisa, que con su retórica oposición a los tratados europeos, proyecta un confuso antieuropeísmo.

La guerra de símbolos entre Nación y Europa no es exclusiva de Francia, aunque en París (todo lo que ocurre en Francia sucede en París), adquiere un nivel más espectacular e internacional. Estuvo también presente, hasta la exageración, en el debate del Brexit, en el Reino Unido, cuando la narrativa nacionalista británica despreciaba la europea. Yo lo he visto en el propio Parlamento Europeo, cuando una orquesta interpretaba el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía en la solemne inauguración de la legislatura y todos los diputados elegidos en muy diferentes Estados, por partidos antieuropeos o euroescépticos, daban la espalda al centro del hemiciclo, como expresión de su rechazo a ese simbólico himno.

Desgraciadamente, no es solo gestual ese rechazo. En Varsovia y en Rumanía sus tribunales constitucionales se niegan a reconocer la primacía del derecho europeo sobre el derecho nacional. En Karlsruhe, sede del Tribunal Constitucional alemán, se han dictado sentencias parecidas a propósito de los préstamos europeos en la crisis de 2008- 2012, señalando que Alemania no podía comprometer ayudas financieras a otros estados sin permiso del Bundestag. En Roma se cansaron de culpar a Bruselas de todos los daños económicos de Italia. En Budapest se ha hecho rutina el discurso autoritario, nacionalista y antieuropeo.

En el fondo, lo que esconden estas disputas simbólicas y estas narrativas nacionalistas es la negación de la democracia europea, encerrando esta, es decir, las reglas que ordenan nuestra convivencia política, al espacio nacional, como si fuera de él resultara imposible encontrar los requisitos prepolíticos de la democracia. Como si el Estado de Derecho solo fuera posible en la nación, donde el interés público, la comunidad cultural, la identidad nacional, la historia, etcétera, hacen posible el juego democrático y por tanto como si en Europa nada de todo esto existiera. Negando así la comunidad europea, el espacio público europeo, las elecciones y las instituciones europeas, la Europa misma.

Hace unos años participé en un debate en la Universidad de París con Sami Nair y el antiguo ministro francés de defensa Chevenement. Hablábamos de terrorismo y cuando reivindiqué una policía europea capaz de concentrar, ordenar y analizar la información antiterrorista de toda la Unión, me sorprendió la encendida defensa de la soberanía policial francesa que hizo el exministro, aludiendo a que la democracia de la República no permitía cuestionar la soberanía nacional en funciones esenciales del Estado.

Es un razonamiento a veces oculto, a veces muy explícito, que ataca los fundamentos de la construcción europea. Porque 60 años después de que los padres fundadores construyeran esa "unión en la diversidad", esa formidable arquitectura para superar siglos de guerras, vecindades enfrentadas, odios nacionales, memorias encontradas, historias bélicas amañadas, tantos y tantos relatos de unos contra otros, las bases de aquel proyecto han sido puestas en cuestión por esos mismos sentimientos que pretendían superar.

En una tribuna que publicó en la víspera electoral de mayo de 2019, Macron decía "el repliegue nacionalista no tiene propuestas; es un NO sin proyecto". "Los nacionalistas se equivocan cuando pretenden defender nuestra identidad apelando a la salida de Europa, porque es la civilización europea la que nos une, nos libera y nos protege"

Volvamos al principio. La presidencia francesa del Consejo Europeo es muy importante. Solo Francia puede dar impulsos a la "autonomía estratégica europea", concepto fundamental en los tiempos de competencia global y dependencias tecnológicas como los que vivimos. Solo Francia puede dar un fuerte impulso a la Europa de la defensa, en tiempos de amenazas múltiples a la seguridad europea. Nadie mejor que Francia para proceder a una delicada y equilibrada revisión del Pacto de Estabilidad. Solo Francia es capaz de construir los consensos que Europa necesita en tantas cosas importantes

Por eso, creo que España tiene que sumarse a los ejes vertebradores del futuro europeo con París, Berlín y Roma lo antes posible y por eso también nos envolvemos en la bandera europea de Macron, en sus elecciones presidenciales, a la vista de que la izquierda francesa está destrozada y que los rivales de derecha y de ultraderecha viven de sus odios miserables a los otros y esconden, en sus guerras de símbolos, un nacionalismo anacrónico y reaccionario para el futuro de Europa y para nuestras vidas.

Publicado en El Diario.es 19/01/2022

18 de enero de 2022

¿Fomentar la natalidad?

Euskadi puede intentar mejorar su bajísima tasa de nacimientos o afrontar los efectos en sanidad, educación, inmigración o atención al envejecimiento.

Es un hecho que el País Vasco tiene la tasa de natalidad más baja de toda Europa. Si la medimos en número de nacimientos por cada mil habitantes, nuestra tasa es de 6,7, frente al 7,1 de España, que a su vez es de las más bajas de la Unión Europea, junto a Italia, (6,8). Por seguir con las estadísticas, en Euskadi nacieron 14.739 niños en 2020 y esa cifra desciende ininterrumpidamente desde 1975, año en el que había nacido 39.646 niños, con una tasa de natalidad del 19,1. En estos últimos 45 años, la cifra de nacimientos por año se ha dividido casi por tres y la tasa de natalidad ha descendido casi 13 puntos.

 ¿Deben preocuparnos estos datos? Hay países en los que se han puesto en marcha políticas muy potentes de fomento de la natalidad y de protección a las familias y han alcanzado cifras mucho mejores que las nuestras. Francia, sin ir más lejos, y Suecia tienen una tasa del 10,9 y países nórdicos como Dinamarca y Noruega, el 10,4 y 9,8 respectivamente. Irlanda alcanza la más alta de Europa, 11,2, casi el doble que el País Vasco. Seguramente hay factores sociológicos propios que también explican estas cifras. El catolicismo irlandés y la población inmigrante en Francia favorecen sus tasas de natalidad, además de las políticas propias de fomento de esos países. 

Pero vuelvo a la pregunta: ¿es importante que tengamos tan pocos niños si cubrimos con inmigrantes nuestro déficit poblacional? Me lo pregunto seriamente, porque vienen a Euskadi muchas personas de todo el mundo y nuestra población total no desciende. Veamos: si tomamos el año 2019 como referencia (2020 es anómalo por la covid), nacieron en Euskadi 15.418 niños, murieron 21.560 personas y llegaron 34.687 inmigrantes (18.834 de América Latina). Eustat nos dice que sus previsiones demográficas no alteran la población vasca en los próximos diez años. Si hoy somos 2.181.000 habitantes, en 2030 seremos 2.185.000. Dicho de otro modo, la tasa de reemplazo, situada en 2,1 niños por mujer (Euskadi apenas supera uno por mujer), la cubrimos con inmigración. 

Los intentos públicos de fomentar la natalidad han fracasado en nuestro país. El famoso cheque-bebé de 2.500€ por niño nacido solo duró tres años (2007-2010) y no tuvo efectos en esa estadística. Las medidas de conciliación laboral y familiar han atenuado pero notado los perjuicios de la maternidad en las carreras laborales de las mujeres. Conviene recordar a estos efectos que en el País Vasco hay muchas más mujeres licenciadas universitarias (246.000 frente a los 181.000 hombres) y esos perjuicios en las carreras laborales son más evidentes en las profesiones más cualificadas. Por unas razones u otras, lo cierto es que en Euskadi las estadísticas y las tendencias son estas. Los problemas de una tasa de natalidad tan baja no afectan tanto a la población total, sino a la estructura interna de esa población. De una parte, el aumento de la población mayor, es decir, de la pirámide invertida, provoca una fuerte demanda de cuidados y servicios sanitarios que deben ser atendidos y que requieren fuertes inversiones públicas. De otra, nuestra población laboral sufre un claro desajuste de profesiones cualificadas, algo que es evidente en la fuerte sociedad industrial y tecnológica vasca. Los servicios educativos de preescolar e infantil se vacían, los funcionarios públicos envejecen y algunos barrios se degradan. Por último hay un riesgo de pérdida de dinamismo económico cuando más del 25 % de la población tiene más de 60 años. 

Por eso, quizás debiéramos intentar mejorar nuestra bajísima tasa de natalidad con algunas políticas que han tenido cierto éxito en algunos países con situaciones semejantes. La Republica Checa ha conseguido subir del 1,1 al 1,7 su tasa de fecundidad y los casos citados de Francia y los países nórdicos deben ser estudiados.

 En todo caso, si decidimos no aventurarnos en unas políticas de fomento de la natalidad, bien por sus altos costes, bien porque son de dudosa eficacia o porque, en definitiva, consideramos que hay una cierta voluntad social de vivir así, con estas bajísimas tasas de fecundidad, lo consecuente será reconstruir el entramado comunitario –el ecosistema social, si preferimos llamarlo así– tomando medidas que enfrenten los desajustes derivados de esa decisión colectiva. La sanidad vasca, por ejemplo, necesita una inyección presupuestaria considerable, mucho más después de las carencias que nos ha mostrado la pandemia. La captación de inmigrantes formados puede reclamar una búsqueda más selectiva en países de cultura semejante. La planificación de los cuidados gerontológicos para las próximas décadas parece urgente. La reorganización de nuestro sistema educativo requiere ajustes internos. El urbanismo de algunos barrios ‘envejecidos’ demanda actuaciones especiales. También la política de inclusión social deberá ser adaptada a nuevas situaciones de exclusión. 

Es importante introducir este tema en nuestro debate político y, sobre todo, en nuestras previsiones presupuestarias.

18/01/2022, El Correo.

1 de enero de 2022

La levedad de España y la UE en Latinoamérica.

Parafraseando a Kundera, Europa y España mantienen una preocupante “levedad política” en América Latina, desde hace más de una década. Coincide está pérdida de peso e influencia con el agravamiento de todos los males estructurales que sufre la región, a raíz de la covid-19. Simplificadamente, América Latina está muy mal y nosotros no estamos. Quizás sea una frase demasiado injusta, para con nuestra cooperación, para con el volumen de nuestra presencia económica y para con el entramado institucional que mantenemos en y con América Latina. Pero es provocadora de una reflexión que necesitamos hacer y de una reacción que nuestros entramados sociales y políticos debemos tener con urgencia. 

No repetiré el diagnóstico pesimista de la América Latina actual. Es demasiado conocido y genera un peligroso desinterés en círculos económicos y en determinadas cancillerías europeas. Diré simplemente que el estancamiento económico de estos últimos años y los daños de la pandemia, amenazan la recuperación futura; que la región está más desunida y fracturada que nunca y que la democracia, finalmente asentada en todos los países a finales del siglo pasado, hoy sufre una peligrosa crisis de credibilidad social y una alarmante aparición de populismos de distinto signo, en un contexto de polarización ideológica extrema. Perú y Chile son los últimos ejemplos, pero hay otros en los que todos pensamos. Diferentes y enquistados conflictos nacionales representan bien este panorama descriptivo y la inestabilidad institucional de otros muchos, lo certifican. 

La gran pregunta es si nuestra presencia e influencia están al nivel de los intereses que representamos y si nuestra acción exterior en la región corresponde al papel que históricamente hemos ejercido en América Latina. Por recordar solo el pasado más reciente, España fue clave en los Acuerdos de Paz de la región centroamericana en Esquipulas en 1985. Fue España quién abrió la puerta de Europa a la región promoviendo la organización de la Primera Cumbre UE- AL en Rio de Janeiro en 1999, germen de la Asociación Estratégica birregional. Fueron las grandes empresas españolas quiénes invirtieron en la modernización de sus servicios básicos (telefonía, bancarización, energía, electrificación, telecomunicaciones etcétera), en la primera década de este siglo, la más brillante económicamente hablando para América Latina. Fue España quién impulsó los grandes Acuerdos de Asociación y libre comercio entre Europa y los países latinoamericanos. Fue España quién creó e implementó la arquitectura institucional de la SEGIB y de los organismos sectoriales (Justicia, Seguridad Social, Educación etcétera de la comunidad iberoamericana). 

Lo cierto es que por circunstancias propias y ajenas, España ha reducido su papel y su influencia en la región. Aunque sean ejemplos puntuales, son significativos los casos de Colombia, Venezuela o Nicaragua. No estuvimos en el proceso de paz de Colombia, perdimos lugar en las negociaciones de Venezuela y aunque en 1979, en el triunfo de la Revolución Sandinista, nuestra embajada fue la única del mundo abierta, hoy no tenemos embajador porque tuvimos que retirarlo ante las ofensas del dictador Ortega a nuestro país. 

Nuestros recursos para la acción exterior y para la cooperación sufrieron drásticos recortes en la crisis de 2010 y no hemos recuperado esos medios para hacernos presentes en múltiples espacios en los que nuestra experiencia y colaboración podrían resultar imprescindibles. Nuestro sistema de partidos, muy presente en América Latina hasta los primeros años de este siglo, ha desaparecido. Las únicas fundaciones de pensamiento político presentes en América Latina son las alemanas. Nos alarma la presencia de Vox en México o en Perú y en otros países latinoamericanos fortaleciendo vínculos ultras, pero la preocupación debería llegar al PP y a sus ausencias en su arco ideológico latinoamericano. Lo mismo podría decirse de la alarmante debilidad de las organizaciones socialdemócratas y de su sustitución por expresiones bolivarianas de una izquierda populista con graves deficiencias democráticas. El PSOE debería reforzar y retomar una presencia política, de todo punto necesaria, en muchos países latinoamericanos para hacer fuerte el proyecto socialdemócrata en Estados particularmente necesitados de esas soluciones. En Brasil, por ejemplo, es probable la victoria de Lula el año próximo y la influencia política y económica de ese país en toda América Latina, es fundamental. Vemos el proceso constituyente chileno y se hacen notorios los paralelismos con la Constitución de 1978 pero nuestro consejo y ayuda a un proceso tan importante como difícil, brilla por su ausencia. Lo mismo pienso de la delicada situación peruana o ecuatoriana. Los vínculos políticos de España y la experiencia política europea en múltiples políticas: cohesión social y territorial, regiones transfronterizas, etc. no están suficientemente presentes en la región latinoamericana. 

Es verdad que España ha ganado influencia en las élites a través del creciente peso en la formación de cuadros en sus prestigiosas escuelas posgrado. Pero se trata de una influencia técnico-económica, sin mayor trascendencia política institucional. Es verdad también que España sigue siendo un inversor principal en la región, que el 30% de nuestras inversiones en el exterior se dirige a América Latina y que una parte importante del negocio y de los beneficios de muchas de nuestras principales empresas, se producen en América Latina. Pero eso ocurre al tiempo que se están produciendo desinversiones notables de algunas de nuestras compañías más importantes y la búsqueda de mercados alternativos en otros continentes (EEUU, Canadá y Asia), cada vez más aceleradamente. 

A su vez, América Latina tiene ya otros grandes socios económicos. China en particular con cuya fuerza expansiva como comprador y como inversor resulta difícil competir. Pero no solo. Asia y el Pacífico resultan mucho más dinámicos que Europa, en comercio especialmente, y Rusia también realiza una presencia comercial y geopolítica creciente en la región. 

Lo cierto es que China ha ido ocupando los vacíos económicos y de poder que tanto EEUU como Europa hemos ido dejando en las últimas décadas. No es solamente la formidable capacidad de compra y de inversión de China, la que nos está superando, como señalaba en el párrafo anterior, sino su asertiva política exterior en la región y la consolidación de una imagen de aliado solidario frente a los retos globales. 

La presencia del líder Chino Xi Jinping en la región en esta última década y la creación de una estructura birregional permanente acompaña la creciente inversión en infraestructuras tecnológicas de comunicación y de energía, (con vistas a la decisiva batalla por el 5G), así como su presencia en la red de puertos y en las comunicaciones y transporte global. A su vez, la llegada de la vacuna Sinovac, a varios países de América Latina, en el primer semestre de 2021 añade una inteligente imagen de amistad política. De hecho, China está concentrando la producción de su vacuna SINOVAC en laboratorios latinoamericanos con Chile en primer lugar. 

Hay una razón que explica, en parte, la postergación de América Latina en nuestra política exterior. España ha concentrado la mayoría de sus esfuerzos en los temas europeos y en su vecindad norteafricana. Cierto que Europa no es política exterior propiamente, pero la intensidad de las sucesivas crisis de la Unión han absorbido nuestros principales preocupaciones y nuestros mayores esfuerzos. Comenzando por la crisis económico-financiera del Euro (2009-2014), la crisis migratoria, con las guerras de Oriente Medio (2015) como origen, el Brexit (2016), continuando con las convulsiones antieuropeas de diferentes países y culminando con la Pandemia.

Europa se ha hecho tan imprescindible -afortunadamente, podríamos añadir- que gran parte de nuestro debate político y económico gira en su entorno. ¿Explica esto nuestra pérdida de influencia en América Latina? No totalmente, pero, sin duda es un factor fundamental que se produce, casi sin darnos cuenta, como complemento de otros de diferente naturaleza, propios y ajenos. 

Ajenos lo son las múltiples fracturas político-institucionales que sufre la región latinoamericana. Cuesta encontrar otro periodo histórico en el que las tensiones nacionales e ideológicas hayan fracturado más extensa y gravemente al conjunto de la región. El conflicto de Venezuela dio lugar a la creación del Grupo de Lima. En Consecuencia, las Cumbres UE-CELAC se suspendieron sin solución de continuidad. La Alianza del Pacífico está en punto muerto desde que México la metió en el congelador. MERCOSUR está lastrada en sus avances por problemas internos y por la recelosa mirada respectiva de Brasil y Argentina. Ni UNASUR ni ALBA funcionan mínimamente. CELAC ha sido abandonada por Brasil y los esfuerzos mexicanos de su presidencia protémpore, no han llegado a buen puerto a pesar de la cumbre de este año 2021. La falta de acuerdos para abordar las consecuencias de la pandemia (financiación, vacunas, etc.) es quizás la expresión más penosa de esas fracturas. Una América Latina tan desunida, es un interlocutor incómodo o sencillamente imposible, para avanzar en las relaciones políticas y económicas con España y Europa, lo que nos obliga a concentrar en la bilateralidad nacional muchos de nuestros intereses comunes. Sin olvidar que las sinergias y la potencialidad política que podríamos obtener de una alianza UE-AL en la escena global, quedan reducidas a cero. La cumbre birregional de diciembre de 2021 Unión Europea - América latina, como sustituto a las cumbres UE-CELAC, suspendidas desde 2015, abren, no obstante, un mínimo umbral de expectativas a esa relación. Pero, hay otros factores -estos propios-, además de los ya citados, que perjudican gravemente nuestro papel en América Latina. Parte de la polarización política que sufre la región latinoamericana nos llega y se traslada al debate interno español provocando una fractura inédita en nuestra política exterior. Durante más de treinta años, desde el comienzo de nuestra democracia, la política exterior española quedaba fuera de la dialéctica gobierno-oposición. Grosso-modo, los dos grandes partidos respetaban la acción exterior del gobierno, o la pactaban, o simplemente evitaban trascender con sus diferencias al espacio público. Eso acabó desde que nuestro sistema político se hizo multipartidista.

El propio gobierno mantiene en su seno visiones encontradas en algunas realidades políticas latinoamericanas. Demasiadas evidencias muestran las simpatías y la colaboración del partido minoritario del gobierno con las izquierdas bolivarianas y su posicionamiento ideológico a favor de la interpretación y de los intereses de esas expresiones políticas y de sus líderes en buen número de los conflictos que allí se producen. Por supuesto, la política exterior española la representan y la dirigen el Presidente del Gobierno y el Ministro de Asuntos Exteriores, pero eso no evita que la percepción exterior de nuestra política, quede, a veces, en entredicho. 

A su vez, el partido en la oposición hace ya tiempo que viene utilizando la política exterior española como una parte sustancial de su estrategia de desgaste al gobierno. Los conflictos enquistados en América Latina son utilizados de manera reiterada para cuestionar la posición española y la fuerte polarización que atraviesa la política latinoamericana, marca y acentúa las posiciones políticas internas. España ha dejado de ser percibida con claridad y su división debilita extraordinariamente nuestra acción exterior. En el Parlamento Europeo se vive una situación similar. La tensión política española se traslada, desgraciadamente, a los grupos políticos europeos. La ausencia de representantes del Partido Popular europeo en la Misión de observación electoral europea a las elecciones regionales del pasado 21 de noviembre en Venezuela es una buena muestra de ello. 

Otra grave circunstancia se ha añadido a este cuadro. Europa está poniendo en duda nuestro marco de asociación política y comercial con América Latina. El éxito de lograr un Acuerdo comercial con Mercosur, después de veinte años de negociaciones, ha quedado estancado por las dificultades de ratificación en algunos países europeos (por razones que esconden un proteccionismo caduco) y en el Parlamento Europeo (por razones medioambientales perfectamente discutibles). Lo cierto es que un acuerdo de una significación económica y política enorme para Europa con el espacio económico más moderno y dinámico de América Latina, duerme el sueño de los justos en los cajones europeos, hasta después de las elecciones presidenciales francesas. Muy probablemente morirá definitivamente si las reformas y garantías medioambientales que exige Europa, después de que la negociación acabara, no son aceptadas por alguno de los gobiernos de Mercosur. Es más, un cambio de gobierno en Brasil, altamente probable en 2022, también cuestionaría el texto negociado, lo que condena al fracaso, el que hubiera podido ser el más importante Acuerdo comercial y de Asociación política de Europa y de América del Sur.

Pero, más grave todavía, los dos Acuerdos de Asociación y Libre Comercio más importantes que Europa suscribió con México y Chile, hace ahora veinte años, corren el riesgo de quedar empantanados por distintas razones, una vez superada la negociación de su actualización-modernización. Chile por su proceso constituyente y electoral y México porque no acepta -con razón en mi opinión- el Split del acuerdo para aprobar separadamente la parte comercial de la asociación política, ante las dudas que muestra Europa en su ratificación parlamentaria. Es ofensivo para México rebajar su actual acuerdo a un tratado comercial y dejar el Acuerdo de Asociación política pendiente de una ratificación parlamentaria más que dudosa. Lo que, por cierto y dicho sea de paso, cuestiona, cada vez más gravemente, la capacidad negociadora de la UE ante la Comunidad Internacional, dadas las dificultades políticas de ratificación parlamentaria (Parlamento Europeo, Parlamentos Nacionales y algunos Parlamentos regionales) de sus Acuerdos Comerciales y de Asociación Política. 

España lamenta esta situación y naturalmente, trabaja para evitar este desastroso panorama. Pero su influencia en Europa no llega a tanto. Es verdad que no resulta fácil superar ciertos vetos europeos pero, muchas cancillerías latinoamericanas observan nuestras dificultades para defender su causa en Europa y recelan de nuestro poder de influencia. 

Esta es una cuestión capital de nuestra política exterior. España ha sido y es, la voz más autorizada para decidir la estrategia europea en relación a los temas latinoamericanos. Mucho mas ahora mismo, con Borrell al frente de la política exterior europea. La pregunta es si estamos siendo capaces de defender estos mutuos intereses en el seno de una Europa que solo mira a su vecindad en el Este y en el mediterráneo y se preocupa de su marginalidad en Asia, mirando al mar de China a través del Indo-Pacífico. 

Es bastante comprensible, no obstante esa preocupación por nuestra vecindad al observar las muy serias amenazas que se están acumulando contra Europa como actor global. Los incidentes en la frontera polaca con Bielorrusia son expresión del agravamiento de las relaciones con Rusia, que se suman a nuestros riesgos en Ucrania, Turquía, Balcanes y Oriente Medio. Crecientes amenazas que han obligado a nuestros Ministros de Exteriores a abordar sin más dilación el documento elaborado por el Alto Representante: “Strategic Compass” que debería ser el inicio de una Fuerza Militar conjunta de la Unión Europea sin cuestionar nuestra vinculación con la OTAN. 

Pero, volviendo a la cuestión, la pregunta es si América Latina está en el radar europeo o es una mancha marginal y sin pulsión, en ese radar del mundo que se ve desde Bruselas. No es una pregunta retórica. Desgraciadamente fue el mismo Alto Representante para la política exterior de la Unión Europea quien la respondió, recientemente, a la vuelta de su primer viaje a América Latina, después de casi dos años de mandato ( con permiso de la COVID), al decir que “ las relaciones con América latina no están en el radar de la Unión Europea”. 

También debemos repensar el gran instrumento iberoamericano, la SEGIB. Fue una gran iniciativa que puso en evidencia el esplendor de nuestra apuesta latinoamericana aquellos años. Ha sido y es, un instrumento valioso, en gran parte, por el impulso poderoso de sus Secretarios Generales, Enrique Iglesias y Rebeca Grynspan. Sus cumbres han sido importantes y se han mantenido siempre, a pesar de las enormes divisiones latinoamericanas a las que me referí más arriba. Su protagonismo y sus actividades han colocado a la comunidad iberoamericana en el tablero de nuestras políticas. Baste recodar, por ejemplo, el Convenio Multilateral Iberoamericano de Seguridad Social, un convenio importante y modélico de cooperación internacional en un área tan importante como son las carreras de cotización de los trabajadores en países diferentes. 

Pero ha llegado el momento, de abordar el futuro de la SEGIB con el nuevo Secretario General, elegido a finales de noviembre pasado en República Dominicana y de darle nuevos impulsos, de revisar el formato y el contenido de las Cumbres, incluso de fortalecer su estructura englobando en su funcionamiento los organismos sectoriales, en materia de Seguridad Social, Educación, Ciencia y Cultura, Justicia y Juventud. Reforzar las sedes de SEGIB en México, Colombia y Uruguay y aumentar su presupuesto para abordar estas tareas, también debiera ser contemplado. Desgraciadamente, la elección del nuevo Secretario General por votación ajustada ha roto una de las grandes fortalezas de la SEGIB: el consenso. La Cumbre de Santo Domingo ha introducido en SEGIB parte de las divisiones internas de la región y eso no había ocurrido hasta la fecha. Mala señal.

Todo esto sucede en un contexto de cambios internacionales acelerados y concatenados. Lo sabemos, todo evoluciona rápidamente y la geopolítica después de Trump está en plena ebullición. El riesgo de marginalidad para América Latina y también para Europa, aconsejan replantear nuestra alianza en la búsqueda de mutuos beneficios y en la convicción de que nuestros valores, deben ser defendidos en común, haciendo más fuerte nuestro peso en la escena internacional. No son solo valores, con ser estos muy importantes. Son también intereses muy complementarios. El liderazgo europeo en la lucha contra el cambio climático por ejemplo, obtendría una fuerza considerable si contara con la Alianza de América Latina en una defensa común del proceso de lucha contra el Cambio Climático. La biodiversidad de su naturaleza, las reservas de agua, la amazonia, etc. hacen de América Latina un continente imprescindible para establecer un pacto mundial de transición ecológica. La agenda digital y el modelo regulatorio (privacidad, competencia, derechos de los usuarios, etc.) de los europeos, encontraría un aliado fundamental en un subcontinente de 600 millones de personas y un desarrollo tecnológico notable (más de 1.000 unicornios). Así podríamos seguir con la cultura, con el Comercio Internacional regulado, con la fiscalidad internacional… La escena internacional, cargada de retos globales, reclama fortalecer el binomio UE-AL por el bien de importantes causas humanas, y porque nuestro peso geopolítico aumenta exponencialmente con nuestra alianza. 

Es hora de repensar esta alianza UE-AL. Es hora de que España ofrezca un nuevo impulso a su política exterior y de cooperación con América Latina. Es hora de reforzar SEGIB y la gran comunidad iberoamericana. Se me ocurre que una forma de hacerlo - entre otras muchas- sería el encargo a un comité de sabios de un Informe Básico que oriente nuestras relaciones en los próximo años a la luz del tablero mundial. En 2010, la UE encargó a Felipe González y a un grupo de expertos de varios países europeos visualizar la Europa 2030 y definir sus retos principales. Una iniciativa semejante podría ser aconsejable. 

Hay demasiada gente que se acomoda al presente. Como si el presente fuera el único estado de las cosas o la forma natural de la realidad. No, este presente no puede ser el futuro de nuestras relaciones con América Latina. No es sostenible. No es coherente con nuestra historia. No sería justo para con tantos pueblos a los que queremos tanto.

Publicado en la revista: POLÍTICA EXTERIOR. 1/1/2022