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2 de marzo de 2017

Encuentros: Ramón Jáuregui y Fernando Vidal. 2/03/2017




Ramón Jáuregui, portavoz del PSOE en el Parlamento Europeo, conversa con Fernando Vidal (director del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia de Comillas) sobre la crisis de la socialdemocracia, los retos de la globalización y las difíciles relaciones de la Iglesia con los socialistas cuando aparecen en la agenda asuntos como el aborto.
Desde que se afilió, en 1973, no ha habido período en el que Ramón Jáuregui (San Sebastián, 1948) no haya desempeñado algún papel protagonista en el PSOE. A sus 68 años es hoy portavoz de los socialistas españoles en el Parlamento Europeo y uno de los encargados de la ponencia política en el 39 congreso que celebrará su partido en junio. No es creyente, pero ha sido siempre uno de los grandes valedores de la corriente Cristianos Socialistas. Fue ministro de la Presidencia con José Luis Rodríguez Zapatero, durante uno de los períodos de mayores desavenencias entre la Iglesia y el PSOE.

Le une una amistad de muchos años a Fernando Vidal (Vigo, 1967). El presidente de la Fundación RAIS, la mayor organización de ayuda a las personas sin hogar en España, es además director del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia de Comillas.

La conversación –celebrada el 25 de febrero en el Congreso de los Diputados– comienza con la situación interna del PSOE. Jáuregui la achaca a la «gestión de la crisis económica» y a que «la transición desde Zapatero no ha sido precisamente un éxito», especialmente en el último año, en el que «hemos gestionado muy mal la derrota electoral». Fernando Vidal apunta a limitaciones estructurales que afectan a todas las corrientes ideológicas en Europa, aunque de manera especial a la socialdemocracia, fruto de la dificultad de seguir financiando determinados servicios sociales. «Todo lo que alabemos al Estado del bienestar es poco, pero necesitamos ir más allá, que la sociedad civil se haga cargo de gestionar bienes públicos a través de conciertos, de convenios, de autogestión…». «Los partidos, ¿han sido capaces de integrar a la sociedad civil?», se pregunta. «¿Qué pasa con las familias, con las empresas, con la comunidad católica (que es el 70 % de este país)?»

Ambos señalan con preocupación «el desafecto hacia el sistema democrático», con el agravante de la ausencia de un debate serio sobre los problemas actuales. «Con las redes sociales se han multiplicado por millones los comunicadores, pero se ha banalizado el debate político, y esto hace extraordinariamente difícil la pedagogía ante decisiones políticas complejas en un mundo que está hiperinformado pero solo epidérmicamente», constata el político vasco. Llegamos así al auge de los populismos.

¿Trump es un síntoma definitivo de la crisis del sistema surgido tras la II Guerra Mundial?

Ramón Jáuregui: Nadie lo sabe, pero yo soy de los que cree que es un peligro importante. 2017 en Europa no va a ser tan catastrófico. Pienso que Le Pen no va a ganar en Francia y que va a haber un Gobierno europeísta y democrático en Holanda. Pero las tentaciones populistas y las tendencias electorales son enormemente peligrosas.

Fernando Vidal: La solución a la mayor parte de problemas que estamos viendo es unir a la sociedad civil en un gran contrato. Eso es apostar por el vínculo, mientras los populismos representan nostalgias de volver al control: al poder de la nación, al poder de una sola etnia blanca… Y eso genera división. Pero lo decisivo no es hoy tener más poder, sino mayor capacidad de vinculación, lo cual requiere llegar a acuerdos, reconocimiento del otro…

Le han criticado, Ramón, por ser uno de los grandes defensores en el Parlamento Europeo del CETA, el acuerdo de libre comercio con Canadá.
R.J.: Hay muchos jóvenes de izquierdas que son muy antiguos. Creo que la izquierda moderna debe tener una agenda no contra la globalización, sino para regularla. ¿Que el CETA es imperfecto? Probablemente, pero deja muy atrás la Ronda de Doha con nuevos estándares sociolaborales, medioambientales, de defensa de la justicia pública… Yo sinceramente creo que marca el primer paso de una regulación progresista del comercio internacional. Hay otros retos pendientes en la gobernanza de la globalización, como el control de los movimientos de capitales, involucrar a las empresas en el respeto a los derechos humanos en todo el mundo, la cooperación al desarrollo y el cambio climático. Para mí esta es la manera de afrontar la globalización, no convertirnos en luditas que se oponen a la máquina.

Eso es casi doctrina social de la Iglesia.

F.V.: Sí, estoy muy de acuerdo. Y señalaría también una crisis de la democracia sentimental, de la vinculación emocional al proyecto político. Frente a lo cual necesitamos alianzas con las comunidades religiosas y otros grupos, sin olvidar un factor tan importante como la incorporación de las clases medias de Latinoamérica, África y Asia. Van a cambiar la sociedad civil global y necesitamos establecer puentes con la ciudadanía de estos lugares.


R.J.: Eso es muy importante. Con los movimientos migratorios no es que hayamos fracasado en Europa –que por supuesto lo hemos hecho–, es que ni siquiera nos hemos planteado cómo resolver esta cuestión. Es como un señor que se sienta a ver un documental del National Geographic en su butaca diciendo: «Qué interesante todo esto que está pasando», sin comprender que se están removiendo los cimientos del suelo en que nos encontramos.

¿Hablamos de cristianos y socialistas? Fernando ponía antes en valor la «capacidad de vinculación». Usted, Ramón, ha reclamado que en su partido los cristianos «puedan expresarse con libertad sin perder su compromiso con la fe».
R.J.: Lo primero que quiero aclarar es que no soy persona de fe, aunque en mi partido me han puesto esa etiqueta.

En el libro 50 cartas a Dios, escribió usted: «No te veo, pero te tengo por un aliado».

R.J.: Yo pienso que el cristianismo es una fuente de enriquecimiento de nuestra ideología y diría incluso que de autentificación, porque quienes desde el Evangelio se incorporan al PSOE vienen con la pureza y la grandeza de convicción de estar con los humildes. Por eso he pretendido superar la peligrosa confusión histórica de un partido anticlerical y antirreligioso. Esta es mi convicción, pero inclusive desde una perspectiva más táctica creo que esta es una conexión sociológica que no debemos perder.

F.V.: Hay varias cuestiones en juego en la relación con el PSOE o cualquier partido: la comunidad y la familia, la libertad en la educación… Y una agenda de asuntos éticos no resueltos en la sociedad, como la eutanasia, la maternidad subrogada, el aborto… La política puede alcanzar soluciones momentáneas, pero es en la cultura donde tenemos que dar la batalla. Mientras tanto, para que las cosas funcionen, deben resolverse estas controversias desde la prudencia. Dicho esto, los católicos son ideológicamente muy plurales, y la Iglesia debe ser capaz de acompañarlos como madre y animarlos a la participación política en todas las opciones legítimas.

¿Qué pasa con esos temas más polémicos, como el aborto?
R.J.: Yo reivindico como Habermas que la Iglesia tenga libertad de expresión. Acepto y agradezco su punto de vista, siempre que ella acepte el límite de que solo expresa su propia moral y no puede imponérsela al conjunto de la sociedad. Y creo que en eso hemos avanzado bastante, porque en los primeros años de los gobiernos de Zapatero la Iglesia adoptó una posición beligerante contra el derecho del Parlamento a decidir sobre ese tipo de cuestiones. En cuanto a los cristianos en el PSOE, les dimos la oportunidad de enriquecer nuestro propio debate, lo hicieron fantásticamente bien y después no han sido correspondidos desde el partido. Yo siento una cierta frustración por todo eso.

No es antidemocrático criticar decisiones de una mayoría parlamentaria, como tampoco es antidemocrático criticar a Trump, un presidente democráticamente elegido.

R.J.: Siempre que no se cuestione que el poder legislativo tiene el derecho de elaborar una ley.

F.V.: Creo que a veces hemos optado más por estrategias de poder que por generar comunidad. Esto no solo ha generado una reacción negativa en el ámbito socialista, sino que dentro de la comunidad católica hemos sufrido una ruptura fuerte, que todavía no se ha conseguido coser. Se dilapidó el legado de la Iglesia de la Transición con toda esa idea del encuentro.

R.J.: Yo recuerdo cruzarme con manifestaciones, esos sábados en los años duros del Gobierno de Zapatero, en la que los manifestantes lo mismo estaban contra el matrimonio homosexual que contra el estatuto de Cataluña, con mucha gente traída en autobuses desde parroquias.

F.V.: Esto conecta con algo que ocurrió en EE. UU. a finales de los 70, cuando se produce una concertación de las iglesias evangelistas, pentecostalistas y parte del mundo católico, y se termina asumiendo que la sociedad no se va a cambiar por una convicción o por la vía de expandir una espiritualidad, sino que hay que hacerlo al asalto. Eso llevó al poder a Reagan, pero también a que la nación más teísta del mundo esté en estos momentos en las mayores tasas de laicismo de su historia, y con enormes fracturas sociales.

R.J.: Un paréntesis: en la profunda crisis que vivimos en España, en los sectores más pobres, la Iglesia es un agente fundamental, ya sea con los comedores o con la red de Cáritas.

¿Habría algún posible punto de entendimiento en el aborto, por ejemplo en el trabajo para evitar que ninguna mujer se vea abocada a ello?

R.J.: No creo que tengamos dificultad en encontrarnos en eso. Yo no estoy en contra de las políticas pronatalidad. Ni creo que nadie quiera el aborto, ni siquiera las más acérrimas defensoras. No veo problemas en eso.

F.V.: El problema no está en la política, sino en la cultura. Yo estoy totalmente en contra del aborto, pero tengo que reconocer que hoy parece existir un gran consenso en el Parlamento. Por eso creo hay que profundizar en todas estas cuestiones. Y para eso necesitamos sentarnos juntos. Si no tenemos la comensalidad, si se ha dividido tanto la población en bandos que parecen irreconciliables, se hace imposible el diálogo. Puede haber diferencias, pero nunca se puede romper la fraternidad. No puedes hacerte una caricatura y disparar tus balas contra una gente que ni conoces, y esto va por una parte y por la otra. Aquí, al lado del Congreso, a 100 metros, hemos tenido una instalación donde los diputados podían ver todos los días un gran póster de un niño colgando de una mano y abajo una dentadura de cocodrilo. ¿Quien pasara por ahí iba a sensibilizarse, o a sentirse insultado?

Fernando mencionó antes la educación concertada, donde el acuerdo político tampoco es siempre fácil.
F.V.: La concertación es posiblemente la fórmula más acabada de colaboración de lo público con la sociedad civil. También en esto hay que huir de caricaturas que presentan una imagen elitista de la escuela concertada. Y nos falta perspectiva. En Francia hay más alumnos concertados que en España, lo que debería llevarnos a quitarnos ese complejo de una laicidad negativa para ir hacia una laicidad participativa.

R.J.: Estoy bastante de acuerdo.
 
 
 
Entrevista para Alfa & Omega.2/03/2017
Fotos: María Pazos Carretero.

12 de enero de 2015

Fanatismo y violencia: Mezcla explosiva.



Con Sergio Gutierrez y Eider Gardiazabal


“Los caricaturistas, al igual que los artistas o los intelectuales, son como esos canarios que se bajan a las minas para advertir de una fuga de grisú; si cantan, es que todo va bien, si mueren, hay que temerse lo peor”. La frase no es mía, sino de Laurant Raphaël, el redactor jefe del diario belga Le Vif, pero resume muy gráficamente una grave preocupación que surge a raíz del execrable atentado contra el semanario parisino Charlie Hebdo. Es la preocupación por la libertad, que tanto esfuerzo, tanta sangre y tanta lucha ha costado conseguir en las sociedades democráticas avanzadas.

Los asesinos de las 17 personas que murieron la semana pasada en Francia no sólo pretendían acabar con las vidas de seres humanos inocentes y aterrorizarnos a todos, que también. Su objetivo principal, su verdadera meta, era acabar con el derecho consagrado por las constituciones europeas a creer o no en una fe u otra, y a escribirlo o dibujarlo o simplemente a vivir conforme a esos principios. Acabar con el derecho a ser quien uno es, y a expresar a través de la palabra, el humor, el arte o la política los propios pensamientos, las convicciones, las críticas, la discrepancia, los sentimientos.

No lo podemos permitir. Por eso todos somos Charlie Hebdo. La mejor manera de mostrar nuestra solidaridad con las familias y amigos de las víctimas es decir que no nos van a callar, que no nos vamos a dejar llevar ni por el miedo ni por el odio, como lo hicieron ayer millones de personas en la manifestación de París y en otras ciudades europeas.

Soy vasco. He vivido amenazado por la violencia terrorista durante décadas. He visto caer amigos a manos de esa violencia. Pero al final en España la razón y la democracia triunfaron sobre la barbarie y el terror. Sé muy bien de qué estoy hablando.

Ojalá hoy las voces de Charlie Hebdo y las del resto de víctimas de estos espantosos crímenes siguieran vivas, cantando a plena voz su mensaje. Sirvan nuestra indignación y nuestra repulsa para mantenernos firmes en la reivindicación de lo que ellos representaban: la libertad.

1 de diciembre de 2014

Dignidad trascendente

Las crónicas ya han contado que el Parlamento Europeo acogió al Papa Francisco con afecto y le escuchó con atención y agrado. Ha habido polémica con esta visita. Algunos diputados protestaron y criticaron la invitación al Jefe de la Iglesia Católica a la sede de la soberanía popular europea.

Yo no creo en Dios, pero quise oír al Papa. No soy católico pero me interesa lo que ocurre en la Iglesia y me atrae el discurso de este Papa.

Deploro la teocracia y los regímenes políticos sometidos a leyes religiosas o influidas por jerarquías eclesiásticas, pero eso, nada tiene que ver con una visita institucional a nuestro Parlamento.

Reivindico la laicidad y sus conquistas: la separación del Poder político de la Iglesia, el matrimonio civil, la enseñanza laica y las universidades públicas, los cementerios civiles y tantas otras cosas. Pero la laicidad no es antirreligiosa ni negadora del hecho religioso. La verdadera laicidad es incluyente y tolerante de la fe.

Nunca admitiré que los códigos morales y las leyes reguladoras de los derechos y deberes personales sean fijados por exigencias o demandas religiosas. La soberanía popular como única y exclusiva fuente legitimadora de la Ley, no es negociable. Pero admito el derecho de la Iglesia y de sus creyentes para intervenir en el debate público y exponer sus códigos morales en materias sensibles a sus principios.

Soy socialista y por ello, las dos palabras que mejor identifican mis convicciones políticas y mis aspiraciones humanas, son solidaridad e igualdad. Pero los socialistas no tenemos el monopolio de su aplicación. De hecho, reconozco que muchos militantes de la solidaridad lo son por sus creencias religiosas. Dicho de otro modo, llevo muchos años viendo a múltiples organizaciones y voluntarios que dan mucho de su vida o su vida incluso, para atender a los desfavorecidos y para combatir la pobreza y la marginación. Bien podríamos llamarlos socialistas sin carnet o socialistas por su fe.

Todas estas razones me parecen obvias para explicar mi conformidad con la visita del Papa al Parlamento de Estrasburgo este martes 25 de noviembre de 2014, respondiendo a una invitación que le hizo el Presidente Schulz. No es necesario aludir a que ya recibimos hace 26 años a Juan Pablo II o a que también hemos recibido al Dalai Lama o a que es también un Jefe de un Estado. A mí me basta para escucharle ser un anfitrión educado, un demócrata tolerante y un laicista incluyente.

Además me interesa este Papa. Me parece que está dando a la Iglesia Católica un giro de modernidad y de transparencia, de austeridad y de sensibilidad social, tan necesario como profundo. Modernidad para adaptar a la Iglesia a un mundo transformado y a una sociedad diferente de la del siglo XIX o XX, respecto a la mujer, a la familia, el sexo, a la homosexualidad, etc. Transparencia en las finanzas de la Iglesia en el Vaticano y en el combate a la corrupción y a la pederastia. Austeridad en el ejemplo de su vida, desde su alojamiento en Roma en un convento, a sus vestidos. Desde sus discursos a sus viajes. Y por fin, el giro social. Por fin, una Iglesia de los humildes. Un Evangelio para el pueblo, comprometido con los que sufren, reivindicativo de la dignidad humana antes incluso que de la caridad cristiana.

Su discurso de ayer (escribo precipitadamente en la tarde del martes 25) no defraudó estas expectativas. Dos palabras resumieron una intervención rica en contenidos, llena de mensajes y muy europeísta: Dignidad Transcendente. ¿Qué quiso decir el Papa con esa expresión? El centro de su discurso fue la reivindicación de la dignidad humana como el corazón de todo proyecto político. Y lo más interesante, la concreción de esa dignidad son los Derechos Humanos. Frente a tanta vulneración en el universo de esa dignidad (por el hambre, por la esclavitud laboral, por la explotación de seres humanos,..) el Papa eleva la bandera universal de un código de derechos, fundado en creencias y valores que a su vez, fundaron Europa.

Y por qué "transcendente". Porque esos derechos, esa dignidad de las personas hay que insertarla en la sociedad, en la vida común, en el bien público, en la red de derechos y deberes de los otros.

Fue un discurso desde Europa y para Europa. Apelando a la Europa de la Paz y del diálogo pero reivindicando una Europa creativa y emprendedora, capaz de mirar al mundo, en palabras de Francisco, "como en la pintura de Rafael, con Platón mirando al cielo y Aristóteles tendiendo la mano a la tierra".

Publicado en "Vida Nueva"

23 de septiembre de 2013

Educación, laicidad y acuerdos con el Vaticano.

Jornada celebrada en la sede de PSOE, en Ferraz, el jueves 19 Septiembre 2013. 

Presentador: Rafael Simancas. Secretario de Formación CEF-PSOE 
Introductor y moderador: Ramón Jáuregui.Coordinador Conferencia Política PSOE 
Ponentes: Aurora Ruiz. Colectivo Lorenzo Luzuriaga. 
Carlos García de Andoin. Cristianos Socialistas. 
Guillermo Meijón. Grupo Parlamentario Socialista. 
Javier Fernández Vallina. Universidad Complutense de Madrid.


27 de mayo de 2013

Socialismo y Cristianismo en laicidad.

“Socialismo y cristianismo en laicidad”
Carta abierta a Ximo


Ramón Jáuregui, Diputado socialista y ex Ministro de la Presidencia y
Carlos García de Andoin, Politólogo, Coordinador Cristianos Socialistas
País Vasco


En 1994, hace dos décadas, convenimos en la necesidad de tender puentes entre socialismo y cristianismo. Uno, desde la orilla de la política, como dirigente, el otro desde la religión, como militante. Eran tiempos en que el PSOE tras más de una década en el gobierno acusaba un fuerte desgaste ético, pérdida de impulso transformador y distanciamiento de las nuevas problemáticas sociales. Por su parte la Iglesia se había hecho conciliar y la vieja caridad paternalista se transformaba en un voluntariado de nuevo rostro, con tanto testimonio de abajamiento a la periferia como compromiso con la emancipación. La teología de la liberación nos hablaba del pobre como sujeto histórico. Había en aquel cristianismo auténticos socialistas sin carnet. Cuando ya Cristianos por el Socialismo era pasado podíamos proseguir el surco de nueva manera, como cristianos en el socialismo ¿por qué no recorrer aquel camino?

            Nos arremangamos. La paz, la regeneración ética de la política y el combate contra la exclusión social eran los campos de encuentro entre un socialismo y un cristianismo movidos por una doble convicción. Primera, ya es hora de pasar definitivamente la página de aquella laicidad que nos enfrentó, para construir esa laicidad amiga, donde se hacen posibles el encuentro y el diálogo. Segunda, entre la estrella polar del socialismo que es la igualdad (Bobbio) y la maldita costumbre de la Biblia de ponerse del lado de los pobres, no sólo hay compatibilidad sino más aún, afinidad. En una y otra convicción allí estaba Ximo García-Roca ofreciendo profundidad, creando puentes y dibujando horizontes.

En aquel 1994 año Ximo publicó “Solidaridad y voluntariado”. Estábamos todavía sumidos en la crisis los 90. Ya había voces que argumentaban la necesidad de desmantelar un Estado de Bienestar que acababa de nacer pero desechaban por insostenible. En este contexto Ximo escribía que el tercer sector y el voluntariado no podían ser utilizados como “una coartada para desmantelar los compromisos del Estado”. En Bilbao nos decía el voluntariado necesita “competencia humana y calidad técnica, con el amor no basta”; debe ser “sujeto social capaz de ser interlocutor de las políticas sociales”. Dos años después hacíamos la Ley de Voluntariado del País Vasco impulsando la formación y la creación del Consejo de Voluntariado para canalizar la interlocución del voluntariado en las políticas sociales.

Dimos el salto a Madrid, en los Encuentros Cristianos y Socialismo, recurrimos nuevamente a Ximo. Recordamos que decía en presencia del candidato J. Borrell (1999): la exclusión social es el “escenario obligado para el encuentro del socialismo y el cristianismo”. Cristianismo y Socialismo no son dos territorios que acotan sus fronteras sino que están llamados a derribar los muros identitarios para salir al encuentro “con y desde los excluidos”. Ni uno ni otro pueden arreglar solos la exclusión. A la tradición socialista “le sobran razones para enfatizar la necesidad de los agentes políticos, remover las causas de la exclusión y atribuir al Estado el papel principal en las políticas de redistribución”, pero sin alianzas sociales, sin ecumenismo social, “sin comunidades de sentido con sus organizaciones sociales”, no hay inclusión social a “la medida humana”, porque “el Estado no es un sustituto del corazón”. Ahí es necesaria la tradición samaritana que se despliega en proximidad y cercanía.

En efecto estábamos de acuerdo con Ximo en que cristianismo y socialismo comparten “la misma pasión por las víctimas y la sensibilidad por reducir el sufrimiento humano provocado por circunstancias históricas y evitables”. En aquellas fechas, año 2000, el PSOE introducía a propuesta de los cristianos socialistas el primer programa potente de políticas de cooperación al desarrollo en que destacaban una secretaría de Estado de Cooperación y el objetivo del 0,7%.

Recordamos bien, como organizadores, cuando dijiste que aquellos encuentros Cristianos y Socialismo podían significar “perversamente” que el cristiano para ser socialista necesita “una motivación especial mientras que los populares nunca necesitarán de un encuentro de estas características porque se suponen en su casa”.

Luego vino la renovación del PSOE. La nueva igualdad –que venía con todo derecho- dejó en un segundo plano la vieja igualdad. Eran tiempos de posmaterialismo, a caballo de un crecimiento económico que resultaría tan frágil y espumoso. También vino la involución de la religión. El cristianismo de la mediación perdía fuelle ante las formas fundamentalistas que parece se acomodaron mejor al mundo de la globalización. La religión dejaba de ser compromiso con la exclusión para asociarse a la intolerancia y al extremismo. Todo ello dejó el proyecto, el tuyo y el nuestro, a la intemperie.

Pasado el primer año de gobierno la idea de tender puentes había acabado hecha añicos. La Iglesia católica veía en el PSOE un adversario antropológico, mientras el Gobierno se enfrentaba a una jerarquía eclesiástica que se había erigido en el primer adversario político. La derecha católica sintió amenazado el corazón de su pensamiento. La patria era amenazada por el Estatut de Catalunya, la familia católica por el matrimonio homosexual y la religión se veía amenazada por la reforma educativa. Queríamos pasar definitivamente la página de aquella laicidad que nos enfrentó en los siglos XIX y XX, pero la polarización política sobre los valores reabrió nuevamente el debate político el debate del laicismo. La Iglesia a la sacristía, toda palabra es injerencia en el debate democrático. Toda legislación y todo legislador no conforme a la ley natural (¿) son ilegítimos. No había lugar para los puentes sino para las trincheras. O laicos o cristianos.

En este contexto escribías Ximo, un artículo sobre la laicidad en Iglesia Viva 221 (2005). La laicidad es la autoridad última de la conciencia y la emancipación del individuo; la laicidad es el espacio público donde se producen las relaciones entre el poder político y las comunidades religiosas; la laicidad es la configuración plural de la sociedad civil de forma multicultural. Nosotros defendíamos la laicidad incluyente. Una idea de laicidad que no es antirreligiosa que reconoce el lugar público de la religión en la sociedad democrática, en la deliberación y en la construcción de una sociedad con más cohesión, más decente, con más  virtud ciudadana. Así quedo en las resoluciones del 37 Congreso del PSOE (2008): “más laicidad para una mejor convivencia”. Allí dijimos  que “la laicidad constitucional, fruto de un pacto entre los españoles, no es una propuesta para la confrontación sino para garantizar las libertades y para construir la convivencia de una ciudadanía plural en valores y creencias”. 

En aquel artículo de 2005 ponías el dedo en la llaga sobre varios de los problemas aún pendientes: la pervivencia de un esquema de “reparto de poderes” entre dos potestades de carácter decimonónico; la necesidad de afirmar definitivamente que no es la verdad la que tiene derechos sino que es la persona el sujeto de derechos; la denuncia de una laicidad burguesa que dibuja un espacio neutro vacío de valores y relleno de individuos aislados sin vínculos ni tradiciones.

Proponías dos retos que siguen vigentes: una laicidad abierta a una nueva conexión de la política con religión, en condiciones de democracia, a través de los valores; una laicidad intercultural como mestizaje y convivencia frente a las identidades cerradas y en conflicto, promotora de inclusión social, cultural y política. Nosotros en el 37 Congreso en una extensa declaración sobre la laicidad defendíamos la complementariedad entre la democracia laica y una religión pública: “la democracia proporciona el mejor marco a la libertad de conciencia, al ejercicio de la fe y el pluralismo de las religiones” evitando de esta manera derivas fundamentalistas; por su parte “la religión por su contribución a la producción moral, a la cohesión social y a la expresión cultural es un complemento valioso de la sociedad democrática”.

Desde el año 2008 la brutal crisis económica ha impuesto una agenda política bien distinta. La vieja igualdad ha vuelto a las portadas, también la austera ética de la virtud recta. El valor de lo colectivo y de la militancia ciudadana recobran la vitalidad que nunca debieron perder. Decías Ximo hace 15 años que cristianismo y socialismo compartíamos adversario; que era necesario pleitear juntos contra el huracán neoliberal que entronizando lo individual estaba operando la “destrucción sistemática de todas las estructuras colectivas”. Decías que “cuando se debilita lo colectivo, los débiles no pueden resistir al furor económico, a la prepotencia del poder y a los egoísmos corporativos”. Es lo que estamos viendo y padeciendo. En efecto la cultura neoliberal ha disuelto vínculos preparando el camino mientras hoy la economía neoliberal, cuan tsunami, impacta contra las estructuras colectivas de solidaridad y cohesión de que nos hemos dotado, estas que son “el distintivo de una civilización” construida “sobre el pacto social, por el cual el enfermo dependía del sano mientras estaba enfermo, el anciano dependía del joven en la misma manera que éste dependió ayer de aquel, el parado se apoyaría en el trabajador mientras estuviera en el paro”. ¿Será demasiado tarde? ¿Podremos corregir el rumbo antes del desmoronamiento total?

Una pregunta es del todo pertinente para los que como tú y nosotros somos de la tradición de tender puentes y tejer redes: ¿puede ser la crisis ocasión para un reencuentro del socialismo democrático con las tradiciones del profetismo religioso?

Cuando todo, también la política se muestra débil y frágil para proteger los derechos ciudadanos ante el huracán neoliberal, nadie sobra para crear alianzas y levantar muros de resistencia. Si algo caracteriza la religión es la acontemporaneidad. El peso de la tradición, la referencia trascendente y la relevancia del factor antropológico hacen a la religión especialmente refractaria a los cambios culturales rápidos. Este carácter, con efectos tan negativos en el caso del avance de la igualdad de género o de los derechos civiles de homosexuales, puede sin embargo operar positivamente, como casa edificada sobre roca, en la necesaria rearticulación de la sociedad civil y de la política frente a la devastación de la crisis. No es empresa fácil someter la “lógica del don” a la “lógica del mercado”.


Hermann Cohen, el referente del socialismo ético neokantiano -fundador de la Escuela de Marburgo e inspirador del socialismo humanista de Fernando de los Ríos- en la última etapa de su evolución intelectual, cuando se revuelve contra la disolución de la religión en el universalismo ético ilustrado, dice que la religión –para él era el profetismo judío- aporta dos cosas: la primera, los pobres son los “fiadores históricos de la humanidad”, la suerte de Dios está unida a ellos, su destino histórico es la pauta de la verdad del universalismo moral; la segunda, la “individualidad moral”, la religión enfrenta al individuo ante su responsabilidad inalienable e ineludible ante Dios, impidiendo tanto su disolución como hacer descansar en otros su responsabilidad ante el prójimo. Cohen vio en la religión judía las raíces profundas que preservaban el individualismo moral frente a su disolución por el capitalismo industrial, por el marxismo materialista y por el Estado fascista.

La crisis nos obliga a volver a los fundamentos, a las raíces, a prescindir de hojarasca y papel couché para quedarnos con lo esencial. Toca tanto al socialismo como al cristianismo beber del propio pozo de nuestras tradiciones. ¿Por que no construir juntos los muros de resistencia frente al nuevo totalitarismo, el que todo lo somete, el  económico?

Nos solías citar Ximo, a E. Sábato. La verdadera resistencia es la “que combate por valores que se consideran perdidos”. Te necesitamos ahí como “roca”, más ahora que el huracán arrecia.

Un abrazo. 

Carta incluida en el libro Brújulas de lo social. Voces para un futuro solidario de Joaquin García Roca.

20 de julio de 2008

Funerales y laicidad


El empeño de un periódico madrileño por titular en primera tres días seguidos sobre la supresión o no de los mal llamados funerales de Estado en el documento sobre laicidad del congreso del PSOE, me ha suscitado la oportunidad de una reflexión algo más amplia sobre laicidad y símbolos religiosos en los actos públicos de la oficialidad española.

Empezaré por lamentar que, una vez más, los titulares periodísticos eleven a categoría la anécdota y acaben reduciendo un interesante y profundo documento elaborado por el partido del Gobierno sobre un tema sensible y poliédrico, a una frívola y simplificada decisión que, además, no nos corresponde. Porque, efectivamente, la naturaleza, religiosa o no, de los actos fúnebres, corresponde a la familia del fallecido. La asistencia de representantes públicos no convierte a los funerales en 'funerales del Estado'. Y por último, hay muchos actos de despedida a los muertos que son de naturaleza laica y que se complementan frecuentemente con los actos religiosos de forma natural: capilla ardiente y funeral, por ejemplo, sin que nadie adopte una radical e innecesaria decisión para elegir artificiosamente entre unos y otros.

Les contaré a qué viene todo esto. En la resolución que los socialistas aprobamos sobre laicidad, en el 37 congreso, se hacía un largo exordio sobre la necesidad de avanzar en una mayor cultura laica en nuestro país. En un párrafo en el que se describían los retos y reformas que debemos incorporar a nuestras instituciones y costumbres, para avanzar en ese principio y a título de ejemplo se citaban los funerales de Estado. Primer titular: 'Se suprimirán los funerales de Estado'. El día que se votó este texto y a sugerencia de varios congresistas, eliminamos esa cita porque lo importante era la idea y el ejemplo - los funerales de Estado- era innecesario y además inoportuno. Segundo titular: 'Marcha atrás en la supresión de los funerales de Estado'. Días después, descubierta la supuesta intervención de Rodríguez Zapatero en el asunto, se volvía a la primera y a cuatro columnas: 'Zapatero frenó el plan del PSOE de suprimir los funerales de Estado'.

Durante el congreso y en mi calidad de ponente informé a la prensa de que se había decidido eliminar esa referencia porque es la familia quien decide y porque en la liturgia, civil o laica, no hay una ceremonia comparable a la religiosa para despedir a los muertos. Por este último razonamiento he recibido críticas encendidas que acepto con deportividad pero que no comparto. He asistido a centenares de funerales religiosos con las víctimas de ETA. En alguna ocasión y por deseo de la familia, la inhumación se ha producido sin acto religioso y la tristeza de la despedida ha sido gélida. Los socialistas de Eibar acostumbran a enterrar a los afiliados del partido en una ceremonia laica que celebraban (ignoro si lo siguen haciendo) en las escaleras del cementerio eibarrés. Arriba, en el rellano de la última escalera, en la puerta de entrada al cementerio, se colocaba 'el cura laico', nuestro querido Benigno Bascarán en su día. Desde allí hacía un discurso sobre la vida del compañero fallecido. Elogiaba sus virtudes, repasaba sus momentos vitales, contaba alguna anécdota y poco más. Con todo, había una liturgia laica, aunque fría y poco propicia al duelo, al acompañamiento familiar y al protocolo de la condolencia.

No es casualidad que sean los funerales los actos religiosos menos asaltados por la competencia de la laicidad. Véase las bodas. Hace veinte años el 90% de las bodas eran religiosas. Hoy hay más ceremonias civiles laicas que religiosas. Poco a poco se ha construido una liturgia laica en la que intervienen padres o padrinos, el oficiante hace un discurso sobre el contrato del matrimonio, se leen poemas, los niños acompañan con alguna cosa escrita en su inocente lenguaje y en fin, música clásica debidamente elegida o alguna intervención coral, hacen el resto. Curiosamente, estos elementos laicos empiezan a incorporarse a los funerales religiosos con intervenciones de familiares o amigos al final de la misa o durante ella, haciendo al funeral difícilmente sustituible en este doloroso acto.

Pero, más allá de esta anecdótica cuestión, lo importante es reconocer la necesidad de avanzar en la laicidad constitucional, concepto que podríamos resumir en cuatro principios: libertad religiosa y de conciencia; igualdad de trato y no discriminación del Estado; separación entre Estado y cualquier confesión religiosa y la cooperación con las confesiones religiosas teniendo en cuenta las creencias religiosas de los ciudadanos.

Mi admirado J.M. Ruiz Soroa escribió no hace mucho un argumentado reproche contra una intervención parlamentaria mía en la que negaba la necesidad de una ley para prohibir la presencia del crucifijo en ceremonias públicas. También aquí acepto la crítica y la lógica de que los poderes públicos generen conductas laicas, aunque discrepe sobre la oportunidad de hacerlo mediante leyes prohibicionistas. Mi posición era y es que la laicidad es una cultura que debe ir siendo implantada conforme la ciudadanía la comprende y la asume. No ha hecho falta una ley para quitar los crucifijos de juzgados y escuelas y sin embargo en la mayoría de los lugares públicos ya no hay simbología religiosa. Dicho lo cual, admito que tenemos todavía mucho camino por recorrer.

En primer lugar, la necesidad de construir y educar a las generaciones jóvenes en una ética pública cívica cuyos principios y contenido vienen dados por los valores constitucionales y la declaración universal de los derechos humanos. Aquí destaca la importancia de Educación para la ciudadanía. Segundo, el desafío de crear una cultura pública laica y prácticas de ciudadanía basadas en la tolerancia activa y la deliberación, sin exclusiones ni pretensiones impositivas. Tercero, la consolidación de unas relaciones de cooperación apropiadas, caracterizadas por la igualdad y no discriminación con las diferentes confesiones religiosas. En cuarto lugar, la igualdad ante el estado de ciudadanos y asociaciones cuya libertad religiosa y de conciencia se expresa en orientaciones laicas, no específicamente religiosas. En último término, la desaparición de la confesionalidad que pervive en espacios y prácticas de las instituciones públicas, y la eliminación progresiva de símbolos religiosos en los edificios y actos públicos. Todo ello de acuerdo al sentir general de la ciudadanía, pues no es nuestro propósito actuar por imperativo legal sino dirigir y acompañar esta evolución de la sociedad española. Por todo ello, sí hemos adoptado la decisión de reformar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa (LORL) y abordar en ella estas medidas. El mandato constitucional de aconfesionalidad así lo exige. Pero hacerlo con prudencia y acompañando a la sociedad en una cultura tolerante de la laicidad, es lo más inteligente en un país cuya memoria histórica algo nos enseña sobre esta delicada cuestión.

El Correo,20/07/2008

22 de enero de 2006

Te encontré...pero sigo sin verte.


No tengo fe. Viví , con la emoción de esa edad, una adolescencia y una juventud de entusiasmo religioso. Creía entonces en un Dios de justicia y de igualdad, en una religión generadora de virtudes personales, en un Evangelio como fuente de emancipación humana. Tradición religiosa, educación cristiana y una Iglesia abierta a la protesta antifranquista de aquellos años sesenta me acogieron bajo sus faldas para darme formación, amigos, conciencia y argumentos, motivación moral en aquella juventud reprimida y limitada en tantas cosas, al tiempo que rebosante de tantas otras, como plena de ilusiones y esperanzas.

Viví entonces la fe. Creí en un Dios alfa y omega de la vida, en un Dios protector y exigente, referencia moral de mis actos y de mi conducta, espacio obligado de mi espiritualidad. Intenté ajustarme a las normas de una vida religiosa honesta, lo que no era fácil a aquella edad y me mantuve fiel y coherente con esas creencias y sus consecuencias hasta bien entrada mi madurez.

Pero poco a poco dejé de creer en Ti. Una narración histórica incomprensible. Una explicación teológica abstracta y esotérica. Una visión del mundo acientífica e irreconciliables dentro de la misma Iglesia. Una pluraridad de fes y de vivencias religiosas tan antagónicas como irreconciliables dentro de la misma Iglesia. Una Iglesia oficial y otra jerárquica alejada y distante, amiga de mis enemigos. ¡Tantas cosas! Pero, sobre todas ellas, lo que me alejó de Ti fue la política. No, no digo la política tal como la conocemos hoy, con sus estructuras orgánicas y administrativas, con sus cargos representativos y toda la liturgia que acompaña a la democracia.

No. Hablo de la política en su estado puro. Hablo de la militancia antifranquista de finales de los sesenta, el sindicalismo en la fábrica, la épica de las actividades clandestinas, la cárcel, la solidaridad, el panfleto, la pegatina, la multicopista, la reunión secreta, las manifestaciones por la libertad y los derechos humanos. Hablo de una fuerza irresistible cargada de justicia y de emoción para superar la España franquista, la Euskadi oprimida y la justicia pisoteada.
Allá por el sesenta y ocho, cuando yo tenía veinte años , la política y el sindicalismo empezaron a ocupar mi corazón, es decir, mis inquietudes, mis aspiraciones, mis nuevas referencias morales. Eran cosas palpables, comprensibles, necesarias, como los sindicatos, los derechos, la democracia. Era un proceso que evolucionaba en un discurrir irrefrenable hacía el fin de la dictadura y el amanecer de la libertad y la democracia. Era la solidaridad en su máxima y mas emocionante expresión, como cuando había que parar la fábrica en el Proceso de Burgos contra el fusilamiento de los condenados por el tribunal militar. Todo eso me atrajo y me comprometió para siempre.

Pero nunca dejé de pensar en el cristianismo como referencia moral y compromiso. Respeté sus enseñanzas y reconocí a quienes desde su fe, proclamaban ideales de justicia y trabajaban honrada y desprendidamente por los demás. Es más, encontré más y mejores socialistas que en mi propia casa en aquellos voluntarios cristianos que, desde un compromiso evangélico profundo y auténtico, ejercían la solidaridad con los parados, con las familias desestructuradas, con los enfermos de sida o con los jóvenes que habían fracasado en la escuela. Cristianos jóvenes trabajando por la paz, por el desarrollo del Tercer Mundo, luchando contra la exclusión y educando a quienes más lo necesitaban. Ahí volví a encontrarte.

Te encontré en mis amigos socialistas cristianos o cristianos socialistas, con los que tendí puentes para unir dos conceptos y dos mundos afines y complementarios, absurdamente separados por la historia española y por un siglo XX de enfrentamientos y desencuentros entre izquierda e Iglesia o, quizá mejor, entre Iglesia e izquierda. Te encontré en una multitud de compañeros que se acercaron al partido por su fe y que militan en la izquierda de muchos países como consecuencia de su compromiso evangélico.

Te encontré en países pobres en forma de teología liberadora. Te encontré en barrios marginales en forma de múltiples organizaciones que prestan sus brazos al Estado del bienestar y ejercen la solidaridad personal con un sacrificio desconocido en estos tiempos de individualismo y consumismo egoísta.

Te encontré, pero sigo sin verte. Las mismas dudas de entonces. La misma incapacidad para comprender tu relato histórico. La misma perplejidad ante la abstracción de la fe. Sigo amarrado al realismo de la sociedad que me rodea. Angustiado ante las nuevas necesidades. Motivado por nuevas exigencias desde la misma aspiración de justicia y de cohesión social en la libertad.

No te veo, pero te tengo por un aliado. La alianza personal que he tejido estos últimos años con uno de los tuyos. Uno de los mejores, Carlos García de Andoin, querido y admirado amigo de quien prestada su espléndida cita de Weber y Bobbio: “Entre la maldita costumbre de la Biblia de ponerse del lado de los pobres (Max Weber) y la estrella polar de la izquierda, la igualdad (Bobbio), no solo hay compatibilidad, sino una gran afinidad.
Los viejos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad que configuran el universo cultural del socialismo nacieron del humanismo cristiano, de una convergencia prepolítica entre nuestros dos mundos. El socialismo de hoy necesita una sociedad educada en esos mismos valores, en esa concepción desprendida del buen samaritano, en esa actitud solidaria del voluntario cristiano, en esa aspiración profunda de paz y tolerancia que emerge del Evangelio. Esa moral cívica siempre será la base cultural del socialismo. Por eso, otro admirado amigo del a doble militancia cristiana y socialista, Rafael Díaz Salazar, acostumbra a decir que el cristianismo, con toda su carga de austeridad y de entrega, debe fecundar y ayudar a la renovación de la izquierda.

No soy creyente. Lo fui. Ahora solo soy socialista, pero siempre he creído que en el cristianismo hay una profunda raíz de compromiso con la justicia y con la emancipación humana.

Te deseo lo mejor.

"50 Cartas a Dios".Enero 2006.