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29 de abril de 2020

Una salida democrática para Nicaragua.

"Cinco condiciones básicas para una salida democrática pactada con mediación internacional."

Nicaragua nos emocionó cuando la visitamos en enero de 2019. Estaban muy recientes los acontecimientos trágicos de abril de 2018. Cientos de muertos en la represión, miles de exiliados, cientos de jóvenes encarcelados, líderes escondidos, radios y televisiones cerradas. Nos emocionaron sus gentes. Solidarios, valerosos, decididos. Un pueblo acostumbrado a luchar y a sufrir. Con convicciones, con orgullo patriótico y con ideales de país. La visita de la delegación del Parlamento Europeo que presidí, tuvo la suerte de verlo todo, de conocer y reunirse con todos, desde las cárceles, al presidente Daniel Ortega, estudiantes y líderes campesinos, madres de presos y de muertos, dirigentes de todos los partidos, universidades, Iglesia.

Dos Nicaragua viven juntas. Un Gobierno legítimo, que teme las protestas, las reprime y restringe las libertades. Una oposición desarticulada en fase de construcción de su unidad, que expresa reivindicaciones de cambio democrático y de libertad. El sandinismo oficialista, heredero de una revolución heroica que mantiene el relato histórico y sostiene un aparato partidario, potente y muy extendido en el territorio y una sociedad nicaragüense mucho más plural, moderna y democrática que quiere un futuro diferente sin monopolios sectarios del poder, con plenitud democrática.

¿Es imposible un acuerdo de salida democrática pactada? A diferencia de Venezuela, donde las cosas son mucho más complejas, en Nicaragua es posible pactar un camino hacia unas elecciones libres y transparentes que abran un futuro común al país. Ese pacto incluye cinco condiciones básicas.

Primera: La fecha electoral

La exigencia de adelanto que esgrimía la oposición, ha sido superada por la realidad. Las elecciones deben celebrarse en 2021, en la fecha prevista para el fin del mandato presidencial actual.

Segunda: Plenas libertades democráticas


Libertades plenas para ejercer la oposición. Desde hoy mismo, el Gobierno debe permitir el ejercicio pleno de las libertades políticas y el respeto absoluto a los Derechos Humanos. Todos los partidos deben ser legalizados y las alianzas electorales permitidas. Ningún obstáculo al derecho de reunión y al trabajo político de los líderes de los partidos. Regreso de los organismos internacionales de derechos humanos. Ningún preso político. Cese absoluto de la represión, acompañado de un compromiso de paz ciudadana. La paz social y económica del país no debe ser puesta en cuestión por nadie. La oposición debe reiterar su apuesta pacífica por la democracia.

Tercera: Una nueva Ley Electoral


Pactar una nueva Ley Electoral, para lo cual, las recomendaciones de OEA y UE deben ser guías necesarias. El presidente de la nación debe ser elegido por una mayoría clara y suficiente. La segunda vuelta debería ser garantizada en todo caso. La posibilidad de reelección debe ser limitada. En América Latina, este principio forma parte de la convivencia social para una democracia plena. La nueva ley debe ser pactada con la oposición, tanto con la de dentro del Parlamento, como con la de fuera de él.

Cuarta: Observación electoral

El Gobierno debe solicitar la observación electoral internacional. Sendas delegaciones de la OEA y de la Unión Europea podrían garantizar que el resultado electoral corresponde con la voluntad del pueblo nicaragüense. La observación internacional legitima y da estabilidad al futuro institucional del país. Si gana el Frente Sandinista, nadie cuestionará su mayoría. Si gana la oposición, el Frente Sandinista traspasa el poder. Esa es la regla.

Quinta: Memoria y justicia sin revanchas


En cualquier caso, pasadas las elecciones, el Parlamento debería crear una comisión de investigación sobre lo ocurrido en el país a partir de abril de 2018 bajo la premisa de una memoria reconciliada y no repetición, otorgando justicia reparadora a todas las víctimas. Memoria y justicia sin revanchas.

Sobre este esquema, el pacto es posible. Algunas delegaciones internacionales están en condiciones de ayudar a materializarlo y a monitorearlo. El Vaticano, México y España (o la Unión Europea) podrían ser mediadores. Nicaragua necesita esa mediación. Su pueblo la merece.

Ramón Jáuregui es en la actualidad presidente de la Fundación Euroamérica.
Presidió la comisión del Parlamento Europeo que visitó Nicaragua en enero 2019.
Publicado en El Confidencial. 29/04/2020

22 de febrero de 2020

Imposible olvidar.

El recuerdo de las víctimas es necesario para que el único relato de la verdad de lo que pasó no se pierda ni se manipule. Por eso también, olvidar es imposible. 

El asesinato de Fernando Buesa nos descabezó. El socialismo alavés quedó huérfano de un líder que lo fue todo en la política alavesa y que lo era todo en el socialismo vasco. Fue una víctima muy bien buscada. Parecida a Enrique Casas, al que mataron en San Sebastián quince años antes, descabezando también el socialismo guipuzcoano. No había consuelo en aquellos trágicos momentos. Todo era dolor y drama. Incluso desesperanza. Demasiadas veces, en momentos como aquellos, pensábamos que aquella tragedia no acabaría nunca

Recuerdo bien aquella tarde. La sede del partido con los compañeros hundidos, llorando por las esquinas de despachos y pasillos. Los abrazos, los pésames, las visitas de unos y otros, las llamadas, los planes de reacción... Recuerdo bien que acompañé a Jaime Mayor, entonces ministro de Interior, a casa de Fernando. Nuestra conversación —serena a pesar de todo— con Nati, su viuda, nuestras condolencias a sus hijos... imposible olvidar. 

Pero es más importante recordar el contexto histórico y el significado político de aquel atentado, porque explica mejor lo ocurrido unas horas después y sobre todo, porque el final de la violencia, diez años después, se cimentó, en parte, en la estrategia de firmeza y de unidad democrática que empezó a gestarse a raíz de aquel atentado.

Dirigentes políticos del PP y del PSE, concejales, militantes, jueces, además de policías y guardias, fueron los principales objetivos de ETA.

 Veníamos de una tregua iniciada en octubre de 1998, que Mayor Oreja calificó de trampa, con razón, y que ETA rompió en enero de 2000, asesinando en Madrid al teniente coronel Blanco en enero de ese año y a Fernando y a su escolta Jorge Díez, en febrero. Luego vendrían muchos más. Dirigentes políticos del PP y del PSE, concejales, militantes, jueces, además de policías y guardias, fueron sus principales objetivos. ETA había decidido eliminarnos físicamente, a los dos partidos que obstaculizábamos su proyecto totalitario.

La tregua fue consecuencia del Pacto de Estella, un acuerdo político por el que el nacionalismo abrazaba el camino de la autodeterminación y la unidad abertzale. El PNV rompió así diez años de alianza política con el PSE, liquidó el Pacto de Ajuria Enea, el de la unidad de los demócratas y prometió a ETA la defensa política de la independencia a cambio de la paz. Quiero creer que lo hizo de buena fe. Pero ETA les engañó.

El asesinato de Fernando Buesa fue un golpe político brutal a esa estrategia porque Ibarretxe gobernaba con el apoyo de Batasuna, el brazo político de los asesinos, y Fernando era el jefe parlamentario de la oposición a ese Gobierno y a ese proyecto. La ruptura se añadió a la tragedia y la sociedad vasca vivió la tarde de aquel sábado en Vitoria la más cruda expresión de su propia fractura. Unos, llorando de rabia y gritando "ETA asesina" y otros cegados por su error, gritando "Ari, Ari, lendakari".

La otra gran lección de aquellos hechos y de aquel contexto, fue que al terror había que derrotarlo, no aplacarlo con concesiones o promesas políticas.

 En el verano de aquel año, Rodríguez Zapatero secretario general del PSOE, propuso a Aznar, presidente entonces con mayoría absoluta, un pacto antiterrorista para hacer fuerte la democracia, para resistir con unidad y firmeza el ataque contra la democracia.

Más tarde, esta vez a propuesta del Gobierno, aceptamos hacer una ley para ilegalizar el entorno político y social de la violencia. Los jueces les persiguieron. La Policía les derrotó operativamente. Finalmente les ganamos y fue un final feliz.

El recuerdo de las víctimas es necesario para que el único relato de la verdad de lo que pasó no se pierda ni se manipule. Por eso, también, olvidar es imposible.

Han pasado nueve años desde que la violencia acabó y la democracia ganó. Limpiamente, sin concesiones, con justicia. Para siempre 

Pero ¡atención! Han pasado nueve años desde que la violencia acabó y la democracia ganó. Totalmente, limpiamente, sin concesiones, con justicia. Plenamente. Para siempre. No olvidemos tampoco esto ni lo pongamos en duda. Entre otras cosas, para poder decir con orgullo a las víctimas y a sus deudos que murieron por defender unos valores, unas ideas, un sistema que finalmente venció el asalto del terror y logró la paz por la que ellos lucharon.

Publicado en EL Confidencial, 22/02/2020 

17 de julio de 2019

UE-Mercosur: ¡Bravo!


Hay muchas voces alarmadas ante este acuerdo: granjeros franceses, irlandeses y polacos, temerosos de las importaciones de carne; ecologistas que creen que animará la deforestación de la Amazonia; proteccionistas de todo tipo sobre la competencia europea en su potencial exportador; empresarios sudamericanos que consideran que las exigencias de trazabilidad a las importaciones europeas son exageradas; izquierdistas de toda condición que se oponen a todo acuerdo comercial con argumentos retóricos del pasado... Por supuesto, hay intereses opuestos a este tipo de acuerdos y hay intereses legítimos afectados por una transición compleja hacia un intercambio comercial sustancialmente libre de aranceles nacionales.

Pero son razonamientos pequeños o infundados frente a la enorme trascendencia de este logro negociador en un proceso tan largo como complejo. Primero porque el acuerdo posee un enorme efecto geopolítico colocando a Europa y a América Latina en el tapete de la escena mundial. Frente al proteccionismo del 'America First', de la guerra comercial y tecnológica, frente a las amenazas comerciales para resolver problemas migratorios, frente a la elevación de aranceles al aluminio o al acero o a las aceitunas, frente a todo eso, Europa y Mercosur lanzan al mundo la buena nueva de un acuerdo que regula y favorece su comercio respectivo. Es una apuesta por el multilateralismo, la integración y el comercio internacional regulado frente al unilateralismo, el aislacionismo y el proteccionismo nacionalista.

Segundo porque se trata de dos mercados gigantescos, 500 millones por un lado y 250 por otro, lo que lo convierte en el mayor de su especie en la historia y en el mundo, colocando a Europa y a Mercosur como líderes de los acuerdos que propone la Organización Mundial de Comercio.
Este acuerdo acaba con el 91% de los aranceles que Mercosur imponía a los productos europeos, lo que se traduce en un ahorro de hasta 4.000 millones de euros anuales para las empresas europeas. Del mismo modo, la Unión Europea terminará con el 92% de sus aranceles actuales a productos de Mercosur, lo que favorecerá nuestro enorme mercado europeo a las empresas y productos de Mercosur.

Tercero porque culmina la base de acuerdos UE- AL, cubriendo el inmenso agujero negro que representaba la ausencia de un marco regulado entre Europa y los cuatro países de Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay). Hoy Europa dice al mundo y especialmente se enorgullece de tener 27 acuerdos con los 33 países de América Latina y el Caribe. La vocación latinoamericana de Europa recibe así un espaldarazo espectacular y consolida una alianza tejida hace veinte años cuando comenzaron en Río (1999) las cumbres UE-AL.

Cuarto porque el acuerdo no es solo de libre comercio, lo es también de asociación política y de cooperación. Europa es el tercer socio comercial más importante de América Latina y el Caribe con un comercio bilateral que alcanzó los 327.400 millones de euros en el mercado de bienes y servicios. Además es el primer inversor y quien desarrolla más del 50% de cooperación que recibe la región con una inversión extranjera directa de 784.600 millones de euros en 2017, así como 3.600 millones de euros de subvenciones para programas bilaterales y regionales en cooperación al desarrollo para el periodo 2014 y 2020 y más de 1.200 millones de euros de ayuda humanitaria durante los últimos 20 años.

Europa es un socio fiable, un amigo de América Latina. Nosotros tejemos alianzas, formamos cuadros, invertimos en infraestructuras, bancarizamos, conectamos, aseguramos, prestamos servicios públicos esenciales, construimos país y sociedad. Europa no es China para América Latina. Hay un mundo de valores humanos, familias, migraciones, historia, cultura en común. Favorecemos la paz en Colombia, trabajamos por una solución pacifica y democrática en Venezuela y Nicaragua, acordamos una asociación con Cuba para favorecer su modernización y su transito democrático. UE-Mercosur se inscribe en este contexto y responde a ese espíritu.

Algunos dicen que el acuerdo será más favorable para Europa porque nuestras empresas están más preparadas para ganar los concursos de compras publica y porque nuestras exigencias fitosanitarias y de trazabilidad a los productos foráneos limitan las posibilidades de muchos productores latinoamericanos. Quizás sea verdad, pero esta es la grandeza del acuerdo para nuestros países hermanos de Mercosur. Esa es la competencia que les hará mejores y que les permitirá exportar al mundo entero. Solo asumiendo la sostenibilidad medioambiental, el cumplimiento de los tratados internacionales, de los convenios OIT, asegurando la trazabilidad sanitaria completa de las cadenas de producción se puede ser una firma internacional. No hay futuro en la autarquía o en el proteccionismo empobrecedor.

Europa ha exigido en el acuerdo todos estos estándares porque no hay otra forma de contemplar el siglo XXI sino en el respeto absoluto a los mínimos internacionales en materias laborales, sanitarias, medioambientales y de normas internacionales. Por eso se ha asegurado la plena aplicación del Acuerdo de Paris en todos los países que suscriban el acuerdo. Por eso también me parece un poco injusto acusar a Europa de complicidad en la deforestación de la Amazonia porque la ganadería destruye esa riqueza forestal. No es Europa quien establece la política interna del Brasil y por otra parte, el acuerdo establece un tope a la exportación de carne de Mercosur a Europa, no muy lejano a las cuotas actuales.

Queda un largo camino para la firma y ratificación de este acuerdo. Se esgrimirán intereses y razones comprensibles hacia una transición ordenada y una aplicación prudente que deben atenderse. Pero deberán combatirse con fuerza y argumentos las voces que nos piden rechazar el acuerdo. A la postre son reaccionarios y perjudican a nuestros pueblos.
 
Publicado en El Confidencial, 17/07/2019

27 de febrero de 2019

Europa sí tiene futuro.

Frente a tanto pesimismo europeo y a pesar de las amenazas populistas al proyecto común, yo creo firmemente que Europa tiene futuro y que seguirá construyendo este bello edificio supranacional. Esta semana pasada hemos aprobado un Informe sobre el Futuro de Europa, que he titulado “Hacer más y mejor, lo que sólo podemos hacer juntos”. En esta sencilla frase he querido resumir toda la filosofía que alumbra y alimenta ese optimismo.

Todos somos demasiado pequeños para afrontar el futuro. Incluso Alemania o Francia. Todos los retos importantes de este mundo en cambio que vivimos, superan a nuestros Estados y nos exigen dimensión y poder para defender nuestros valores y nuestros intereses. Si la paz y el progreso fueron los motores de la Europa de la posguerra, hoy, en el siglo de la globalización y de las revoluciones científicas, ante una creciente hostilidad exterior con peligrosas guerras comerciales, tecnológicas, monetarias, etcétera.… y una inseguridad creciente en una vecindad conflictiva como nunca, el motor es la necesidad de potencia y dimensión para tener peso en el mundo. Para pisar fuerte en un planeta que se desplaza hacia Asia y en el que aparecen nuevas potencias en un multilateralismo desordenado y en una competencia planetaria.

No es un argumento tan constructivo y de tanta altura moral como los que inspiraron las tres o cuatro décadas que siguieron al Tratado de Roma, pero es un relato imprescindible si no queremos diluirnos en la pequeñez de nuestros nacionalismos y puede y debe ser completado por la fuerza moral de nuestros valores democráticos y por la imprescindible defensa de nuestro modelo de Economía Social de Mercado en una sociedad del Bienestar.

Son los nacionalismos reaccionarios, anacrónicos, populistas, todos ellos, los que rechazan este relato evidente y esta necesidad imperiosa, manipulando los sentimientos más primarios y atribuyendo a Bruselas muchos de los problemas que ellos crean o que son incapaces de resolver. Una gran mayoría de ciudadanos europeos desde Lisboa a Budapest, desde Atenas a Riga, creen que la pertenencia de sus países a la Unión es positiva y que ha traído enormes beneficios, como ha puesto de manifiesto los resultados del Parlámetro 2018, el resultado más elevado obtenido desde 1983.

“Hay retos que sólo podemos afrontar juntos”. Este ha sido el común denominador de los Primeros Ministros y Jefes de Estado que han comparecido en el Parlamento a lo largo de estos últimos años para hablar precisamente de esto, del futuro de Europa. Entre ellos hay muchas diferencias a la hora de abordar algunas cuestiones esenciales: la Política Fiscal en el seno del Mercado Único, la Unión Económica y Monetaria, la Política Económica de la Zona Euro, la Política Migratoria…

No son temas despreciables por cierto y ponen en evidencia las enormes dificultades que tenemos para resolver estas dos grandes brechas que han surgido entre nosotros estos últimos cinco años, la brecha Norte/Sur sobre la gestión económica y la brecha Este/Oeste en la política migratoria. Pero por encima de esas discrepancias, todos ellos coincidieron en que hay cosas que solo una Europa unida y fuerte puede abordar: negociar acuerdos comerciales con el resto del mundo; estructurar una defensa común dotada de un ejército europeo; unificar nuestra política exterior; liderar la lucha contra el cambio climático; defender un multilateralismo ordenado y justo; expandir los derechos humanos como base social de la dignidad humana; ordenar y regular la economía digital y el Internet de las cosas…

A todo eso y a mucho más llama la necesidad de la unidad europea y la mejora de su integración. “No se trata de hacer más sino de hacerlo mejor”, decían algunos de los dirigentes, como el Primer Ministro holandés, Mark Rutte, que algunas voces en Bruselas le colocan al frente del Consejo en sustitución Donald Tusk el próximo año. Pero, en realidad, se trata de ambas cosas: Hacer más y hacer mejor.

Por eso el informe reclama algunos cambios internos que habrá que abordar pronto: eliminar la unanimidad para muchas decisiones, hoy vetadas o ralentizadas hasta la exasperación por los vetos de unos y otros; devolver la iniciativa a la Comisión y darle un liderazgo político que le ha arrebatado el Consejo; hacer más fuerte el peso del Parlamento Europeo y el método comunitario en la gestión de las consensos internos; avanzar en el Mercado Único y en la cooperación entre los Estados miembros; asegurar la traslación y la aplicación del derecho comunitario a todos los Estados miembros, ... etcétera.

Además, es necesario mejorar la integración de esta Europa grande y diversa, demasiado heterogénea a veces, que reclamará probablemente el uso de cooperaciones reforzadas más frecuentemente cuando sólo un grupo de países decida avanzar en espacios que otros no quieren, como lo fueron Schengen o el Euro.

La salida del Reino Unido de la Unión (¿?) nos obligará a definir un nuevo marco de Asociación política y comercial con ese país tan importante y cercano. Será la ocasión de decirles a algunos que no quieren avanzar más, que tienen ese nuevo marco como salida. Es demasiado prematuro para decirlo, pero es necesario advertirlo.

Todo se verá. Las elecciones de mayo pueden crear un amplio grupo político nacionalista, pero será inferior a los dos grandes partidos europeos (PPE y S&D) y junto a Liberales y Verdes seremos una gran mayoría europeísta. Mal que les pese a Bannon, Salvini, Orbán y compañía.

Publicado en El Confidencial, 27/02/19

27 de enero de 2019

Europa (y Pedro Sánchez) frente al nacionalismo.

El nacionalismo ataca de nuevo. El catalán o el vasco. El italiano o el húngaro. El americano o el ruso. De nuevo la nación: “America First”, “verdaderos finlandeses”, “Italia para los italianos”, el orgullo de la Gran Rusia…Siempre lo mismo, la exaltación de lo propio, la manipulación de la historia, el rechazo al diferente, el victimismo falsario, la culpa de los otros, el enemigo exterior…

Releyendo las razones del fracaso de la República de Weimar y la exaltación nacionalista alemana del Partido Nacionalsocialista (NSDAP) y de su líder Adolf Hitler, es fácil identificar los mismos sentimientos y lemas en el fondo de aquel trágico triunfo y de aquella democracia frustrada. No se trata de dramatizar ni de establecer comparaciones sobre contextos tan diferentes, sino de reflexionar e ilustrar respecto de los peligros de esa tentación tan humana, que encuentra en el nacionalismo la piedra filosofal y la solución ideológica más preclara a múltiples frustraciones y a los complejos problemas de un mundo globalizado, en plena disrupción tecnológica y lleno de incertidumbres.

Si analizamos la verdadera naturaleza de los problemas europeos en esta crisis existencial que ha vivido -y que sigue viviendo- Europa, descubriremos que el telón de fondo de la mayoría de ellos es la superposición de la nación al proyecto europeo, que destruye el espíritu del Tratado de Roma y de los padres fundadores de la UE, quienes veían en la superación de los nacionalismos europeos y en la construcción supranacional europea la solución a la guerra y el camino del progreso social. Hoy, por el contrario, incluso el legítimo interés nacional en las múltiples disensiones internas que vivimos en la UE, adquiere formas y perfiles nacionalistas que ponen en peligro el proyecto común, que lo obstaculizan seriamente o simplemente, lo paralizan.

Nacionalismo fue el Brexit. Si una trasnochada nostalgia del gran imperio que fue Gran Bretaña no hubiera alimentado el “take back control” que vertebró el abandono de la Unión, el Brexit no habría triunfado.

Nacionalismo nostálgico es también la pretensión de abandonar el euro, como si volver al franco fuera la solución a los problemas económicos y sociales de Francia, o como si establecer una ley de prioridad nacional en el consumo, fuera a cambiar las decisiones de compra de los franceses, como sugiere la señora Le Pen.

Nacionalismo es culpar a Bruselas de todos los males y nacionalizar los éxitos internos, como hacen demasiados líderes y partidos en demasiados países de la unión, por no decir en todos.

Nacionalismo demagógico es atribuir a la Comisión Europea los límites en el endeudamiento o en el déficit presupuestario, engañando a la ciudadanía sobre los problemas económicos y presupuestarios propios, como han hecho Salvini y su gobierno estos últimos días.

Nacionalismo es reivindicar la soberanía nacional frente a cualquier legislación comunitaria, en una interpretación exagerada de la subsidiariedad.

Nacionalismo es negarse a la necesaria armonización fiscal en un mercado único alegando la soberanía fiscal de la nación, mientras al mismo tiempo se practica la competencia desleal con normativas fiscales favorecedoras de la inversión o la deslocalización de empresas, en perjuicio de todos los demás países de la unión.

Nacionalismo es cerrar la frontera (Visegrado) y negarse a aceptar cuotas de reparto de los inmigrantes que reciben los países frontera de la unión.

Todos esos componentes y otros más, estarán presentes en las fuerzas nacionalistas que reivindican sin tapujos una Europa de naciones libres, de soberanías nacionales, en una manifiesta y rotunda afirmación antieuropea, porque la historia y la realidad nos indican que únicamente renunciando y compartiendo soberanías fue posible construir Europa y será posible afrontar los retos que solo podemos resolver juntos.

Esta nostálgica y falsaria reivindicación nacionalista es letal para Europa y su futuro. Ese celofán en el que se envuelve el nacionalismo estatal es engañoso, y coincide en el fondo con los enemigos de Europa, los que quieren una Europa desunida y débil, incapaz de jugar en el tablero geopolítico y económico-tecnológico del mundo que viene. No es casualidad que la Rusia de Putin esté detrás de la financiación de muchos de estos partidos, que bajo las soflamas de la nación ocultan un profundo antieuropeísmo.

Por eso fue valiente la denuncia que hizo el Presidente Sánchez en Estrasburgo contra esas identidades que excluyen y dividen, haciéndonos más débiles ante el futuro. La verdadera soberanía se juega en la innovación, en la tecnología, en el comercio internacional, en la competitividad, en las sedes de las grandes empresas. Eso sí te hace soberano ante las grandes batallas que se están librando en el mundo.

Sánchez habló al europeísmo recordando que no hay protección en el proteccionismo y que para conseguir una Europa que proteja (Macron), primero hay que proteger a Europa. “Solo la unidad nos asegura el futuro”, dijo Sánchez la mañana en la que toda Europa temblaba ante un no-deal en el Brexit.

Publicado en El Confidencial, 27/01/2019

10 de diciembre de 2018

Escenarios británicos (y europeos) para un Brexit fracasado.

 El próximo 11 de diciembre, Westminster votará el acuerdo de retirada del Reino Unido de la Unión Europea y entraremos en la fase definitiva de este confuso y traumático proceso que se inició aquel fatídico 23 de junio de 2016. Nunca nadie hizo tanto daño a su propio país como Cameron convocando aquel maldito referéndum que muchos creyeron (y todavía muchos siguen creyendo) que era una expresión superior de democracia. Me parece increíble que en nuestros propios lares no hayamos aprendido las lecciones que se extraen de esta experiencia y que han demostrado hasta la saciedad que las respuestas binarias a problemas complejos son falsas y que la materialización política de deseos abstractos resulta imposible, además de dividir la sociedad y fracturar el país.

Si el Parlamento británico acepta el acuerdo suscrito en Bruselas el pasado 25 de noviembre, las cosas se clarifican. El Reino Unido se va ordenadamente de la UE el 30 de marzo de 2019 con arreglo a un tratado que regula suficientemente bien las consecuencias de tan relevante decisión; los derechos de los ciudadanos europeos en el Reino Unido y de los británicos en la UE; el coste económico de la retirada; la gobernanza de los diferentes problemas sectoriales que suscita la marcha, y la permanencia del Reino Unido en la unión aduanera para evitar la frontera 'dura' entre la República de Irlanda y la provincia británica de Irlanda del Norte.

Además, Reino Unido y UE comenzarán inmediatamente a negociar un acuerdo de asociación que regulará las relaciones políticas, económicas, comerciales, etc. entre dos socios-amigos para el futuro, con arreglo a la declaración política que fue suscrita por Europa y el Reino Unido el mismo día en Bruselas. El plazo para esa negociación se prolongará hasta el 31 de diciembre de 2020, con posibilidad de prórrogas.

Pero si el Parlamento británico rechaza el acuerdo que le presenta la primera ministra May, los escenarios son tan confusos como caóticos. Y, desgraciadamente, todo hace pensar que el próximo martes nos encontraremos en esa situación. ¿Qué ocurrirá entonces? Existen cinco posibles escenarios.

1. La señora May vuelve a Bruselas y pide renegociar
La UE se niega a revisar lo mas mínimo el tratado de retirada, pero le ofrece retoques en la declaración política que enmarca el futuro acuerdo UE-Reino Unido y, en su caso, la somete a aprobación del Consejo Europeo ordinario del próximo 14 de diciembre o, más probablemente, de uno extraordinario en navidades. Si eso se produjera, la señora May vuelve a Londres y pide una nueva votación antes del 21 de enero, fecha límite para la tramitación legislativa del acuerdo en Westminster.


2. Elecciones generales

Si Westminster rechaza el nuevo acuerdo, las elecciones pueden ser la respuesta de una señora May humillada y desautorizada. En realidad, es una respuesta democrática y políticamente razonable ante la dimensión del problema y el caos de las alternativas.

El problema de esta hipótesis es que los votantes vuelvan a elegir un Parlamento con mayoría de diputados en contra del acuerdo, independientemente de si las guerras internas del Partido Conservador acaban apartando a May del liderazgo del partido y del 10 de Downing street. Pero, en estas elecciones, habría alta probabilidad de que se formara un nuevo Gobierno laborista en coalición con Liberales Demócratas y Partido Nacionalista Escoces, y en ese supuesto cabe un aplazamiento de la retirada hasta finales de mayo de 2019 para negociar un acuerdo con la UE o para convocar previamente un segundo referéndum, una opción que va sumando apoyos entre las filas del partido liderado por Jeremy Corbyn, quien lo ha descartado en repetidas ocasiones pero que quizá podría acabar aceptándolo si se siente presionado desde su propio partido.

 3. Negociar un nuevo acuerdo

Es la alternativa de un Brexit blando que saca al Reino Unido de la unión política e institucional pero que lo mantiene en la unión aduanera europea. Es la 'formula noruega' que incorpora el Reino Unido a la Asociación Europea de Libre Comercio para permanecer en el Mercado Único de la UE. Es verdad que esta fórmula priva al Reino Unido de uno de los argumentos estrella del Brexit, como lo fue el control de las fronteras del país, pero las ventajas de permanecer en el Mercado Único son fundamentales para el futuro económico, comercial y financiero del Reino Unido, además de resolver el problema de la frontera con Irlanda. Este nuevo acuerdo podría lograrse con gran celeridad, antes de las elecciones europeas del 26 de mayo, ya que su complejidad técnica y política se reduce considerablemente y permitiría al Reino Unido no participar en dichos comicios. Porque no debe olvidarse que, si la retirada no se materializa antes de esa fecha, los británicos deberán participar en las elecciones.

4. Segundo referéndum

Un nuevo Gobierno surgido de unas elecciones anticipadas o la propia May, con el permiso de Westminster, podría también convocar un segundo referéndum sobre el acuerdo que rechazó el Parlamento. Pero es una idea llena de problemas. Los primeros tienen que ver con las consecuencias sociales y políticas de una nueva consulta. Los resultados serán parecidos, aunque lo sean en sentido opuesto, y el país volvería a fracturarse. El ridículo internacional es grande, y el malestar social y civil del pueblo británico con sus instituciones puede ser peligroso. Por otra parte, la pregunta es crucial. De la naturaleza de esta pueden desprenderse frustraciones preocupantes y limitaciones democráticas muy serias. No es lo mismo que las opciones sean votar sí o no al acuerdo que votar entre el acuerdo y el Brexit o votar entre el acuerdo y el 'remain'. Las tres opciones son muy diferentes.

5. Brexit a las bravas


Si el divorcio británico llega a finales de enero sin ninguna de las alternativas anteriores, todos tenemos que prepararnos para el desastre. Los planes de contingencia se disparan en todos los ministerios de todos los estados miembros y en la Unión. Sobre todo en el propio Reino Unido, donde, de un día para otro, se quedan sin leyes europeas que regulan el 70% de la actividad económica y comercial. En el intervalo, Reino Unido y UE negocian acuerdos transitorios de contingencia sobre múltiples sectores sensibles afectados por la retirada sin leyes: aviación, transporte, aduanas, seguros, finanzas, etc. Y lo peor, los derechos de los ciudadanos, regulados y protegidos en el tratado de retirada, quedan en el limbo al albur de las decisiones políticas consecuentes. Muy probablemente, en ese caso, se aceptarán transitoriamente los acuerdos logrados en el tratado, pero todo dependerá del clima político que presida ese tiempo.
Publicado en el Confidencial, 9/12/2018

25 de octubre de 2018

Los riesgos de Bolsonaro.

Bolsonaro, a quien en su país se considera como la versión carioca de Donald Trump, no es, a pesar de presentarse como un 'outsider', ningún desconocido para la escena política brasileña. Diputado federal por Río de Janeiro durante 27 años, este excapitán del ejército, entusiasta de las armas y favorable a aplicar mano dura contra los delincuentes en un país donde solo en 2017 murieron 5.000 personas en enfrentamientos con la policía, lleva a sus espaldas una larga lista de declaraciones intolerables contra mujeres (“no mereces ni ser violada, eres demasiado fea”, le espetó a una diputada del PT), homosexuales (“no podría amar a un hijo gay, prefiero que muera”) y la población negra ( “mis hijos nunca tendrían novias negras. Han sido bien educados”). La lista de agravios contra estos colectivos daría para llenar varias páginas, y aun así no es la parte más preocupante de una posible victoria del candidato del PSL (Partido Social Liberal).

Mito, como le conocen sus seguidores, es un nostálgico de la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985 y que dejó tras de sí miles de casos de torturas y la muerte o desaparición de 421 opositores políticos. Unas cifras que para Bolsonaro se quedan lejos de los 30.000 fusilamientos que habrían sido necesarios para limpiar el país de corruptos, comunistas y terroristas.

Por fortuna, en el contexto geopolítico brasileño e internacional, tal situación resulta inimaginable. Pero resulta alarmante el protagonismo político que están recuperando los militares tras más de 30 años de democracia. De hecho, una victoria de Bolsonaro llevaría a la vicepresidencia al exgeneral Hamilton Mourão, defensor de los torturadores de la dictadura y favorable a la posibilidad de un 'autogolpe' llevado a cabo conjuntamente por el presidente y las Fuerzas Armadas para poner orden si fuera necesario.

 ¿Qué está pasando para que esta degradación de nuestros valores sea tan abrupta y tan general? ¿Por qué no se rechazan estas actitudes fascistas que creíamos superadas y desmontadas? Trump en EEUU, Salvini y la Lega Norte en Italia, Le Pen en Francia, el UKIP y el Brexit en el Reino Unido y todos los brotes ultraderechistas en tantos países europeos son expresiones singulares —porque en cada país hay un contexto propio—, pero navegan sobre las mismas aguas convulsas de sentimientos hábilmente agitados por populismos oportunistas de ínfima calidad moral y de peligrosos efectos.

Es una mezcla de miedos y mentiras que enarbolan banderas de consecuencias tristemente conocidas y dolorosamente sufridas. Es el nacionalismo frente a la supranacionalidad; Es el 'America first' de Trump que genera guerras comerciales. Es el “no en Italia” de Salvini a los barcos de inmigrantes. Es el individualismo frente al interés general o las necesidades colectivas. Es el egoísmo frente a la solidaridad. Es el supremacismo de raza o de condición económica o simplemente de poder frente a quienes perturban esa superioridad social. Es la xenofobia, el desprecio al diferente. Es la intolerancia frente al otro.

Es mucho más. Devaluar la importancia de los derechos humanos como suelo universal de dignidad humana. Poner en riesgo el multilateralismo y sus grandes conquistas para gobernar la globalización. Debilitar las instituciones democráticas con abusos de poder que cuestionan las separaciones de poderes o destruyen las libertades y los derechos fundamentales.

 Todo eso está en juego en Brasil, pero no solo en Brasil. Con razón decía Wolfgang Schäuble, presidente del Bundestag de Alemania: “La mayor amenaza para la democracia es darla por hecha”. El nacionalismo antieuropeo no solo amenaza Europa. En su seno germinan el autoritarismo antiliberal y la tentación antidemocrática. Que se lo pregunten a los polacos o a los húngaros. Banon, el exasesor de Trump, instalado en Italia amenaza con organizar “una internacional de nacionalistas”, sin advertir el oxímoron de su proyecto.

Hace unos días tuve un debate, aquí en Bruselas, con más de 50 diputados de los parlamentos nacionales de la UE. El debate giraba en torno al futuro de la Unión y recuerdo bien mi polémica con un diputado checo que reivindicaba Nación frente a Unión y que en defensa de su tesis aseguraba que las guerras en Europa no vinieron de los nacionalismos sino de las ideologías. El peligro no son las naciones sino las ideologías, dijo. Recuerdo bien mi respuesta: “Las guerras, desgraciadamente, fueron entre naciones porque las ideologías nacionalistas las provocaron". "No todos los nacionalismos son fascistas”, le dije, “pero todos los fascismos tienen al nacionalismo como matriz y fundamento ideológico”.

En Brasil hay muchas más cosas que explican la dramática situación que viven estos días. Bajo los gobiernos progresistas de Lula, la sociedad conquistó derechos y libertades, la economía creció a velocidad récord y las expectativas eran altas. Pero tras el sueño vino la pesadilla. Recesión económica (un descenso del 10% en PIB per cápita entre 2014 y 2016), incremento de la criminalidad (en Brasil se encuentran siete de las 20 ciudades más violentas del mundo) y masivos casos de corrupción a lo largo y ancho del espectro político.

Hoy, Brasil está fracturado, un 40% de la población apoya a Lula y el 60% lo odian a él y al PT. El 46% de los votos que obtuvo Bolsonaro en la primera vuelta contiene tantos apoyos a sus propuestas como rechazos a la corrupción. Gane o pierda Bolsonaro, los derrotados serán, mucho me temo, los propios brasileños.

Publicado en El Confidencial, 29/10/2018
 

1 de septiembre de 2018

No es solo xenofobia.


“Es mi héroe”, dijo Orbán, el Primer Ministro húngaro, sobre Matteo Salvini cuando le visitó en Milán el pasado 28 de agosto. No es sólo una alianza antiinmigración. Es mucho más peligroso todavía. Están construyendo una plataforma política antieuropea de cara a las próximas elecciones europeas de mayo de 2019. Su objetivo: “Dar un giro a Europa, excluir a la izquierda y a los socialistas, llevar al centro las identidades, defender las fronteras con mano dura”. Expresiones como estas, en boca de las nuevas derechas europeas confirman un proyecto europeo alternativo a las bases sobre las que hemos construido la UE desde el tratado de Roma, hace ya sesenta años.

Es un proyecto que reivindica la Nación frente a la Unión. Los Estados frente a la Confederación. Enarbola las fronteras como símbolo de una soberanía que creíamos compartida y en gran parte superada por una organización confederal. Es un paso atrás gravísimo para los derechos ciudadanos, el Mercado Interior y para la cultura europea, porque destruye Schengen y nos traslada, en el túnel del tiempo, a los controles fronterizos en el seno de la Unión.

Bajo la ampulosa denominación de las Naciones Libres de Europa, se esconde la creación de un potente grupo parlamentario integrado por grupos de extrema derecha europea en diferentes países que pretenden, en forma y fondo, cambiar de raíz el proyecto europeo para convertirlo en una alianza económica y comercial, destruyendo los valores ciudadanos y constitucionales de la Unión Política creada en las últimas décadas. Se trata de una respuesta populista y extrema del debate que artificialmente se alimenta entre Nación y Europa, entre nuestras realidades nacionales y la construcción supranacional, como si ambas resultaran incompatibles. Es un debate que atraviesa aspectos técnicos (subsidiariedad, proporcionalidad, reparto competencial, etc.) pero, en los últimos años, no solo. Un nuevo nacionalismo, muchas veces abiertamente antieuropeo, reivindica el Estado-Nación como único espacio de democracia y niega así la grandeza del proyecto europeo y la democracia europea misma. Nos priva de la ciudadanía europea que, junto a la Unión Monetaria, constituyen los grandes avances de la construcción europea de finales del siglo pasado.
Detrás de esta idea están partidos que hoy pertenecen al PP europeo como es el caso de Fidesz, el partido de Orbán en Hungría y otros asociados a gobiernos del PP en otros países, como el FPÖ en Austria que gobierna junto al Partido Popular Austriaco (ÖVP).

No, no se trata de una reunión más de fascistas europeos. La planificación de una gran alianza populista y antieuropea está en marcha. Recibe inspiraciones ideológicas de quienes ayudaron a ganar a Trump (Bannon) y ayuda económica de muy distintas y sorprendentes fuentes (es decir, de todas aquellas potencias interesadas en una Europa rota y débil, desde Rusia a los EEUU de Trump). Se presencia es ya muy fuerte en diez países europeos: Italia (17,4%), Alemania (13,1%), Hungría (mayoría absoluta desde 2010), Polonia (mayoría absoluta desde 2015), Francia (34% en la 2ª vuelta presidencial), Países Bajos (13,5%), Austria (26%), Dinamarca (21,1%), Reino Unido (15,6% en las elecciones europeas) y Suecia (12,9%).
Lo peor no son las cifras de apoyo electoral que muestran, sino sus ideas y algunas de ellas prenden como las llamas en la paja. El individuo por encima de lo colectivo, menos estado, menos impuestos, menos gasto público, menos solidaridad, nacionalistas extremos, xenófobos contra el diferente y la inmigración, contrarios al libre comercio y por eso proteccionistas de nuevo cuño, antieuropeos, con valores morales reaccionarios, ajenos a los problemas del mundo, insensibles a las tragedias de otros, desprecian las libertades y las conquistas sociales, cuestionan los Derechos Humanos y el multilateralismo ....

Europa se enfrenta a un peligro real, a la atracción que suponen las soluciones simples de problemas complejos, a la tentación tan humana de moverse en el terreno de las pasiones viscerales que tanto daño hicieron en la historia. Especialmente nosotros los europeos que hemos sufrido guerras y destrucciones terribles por esos sentimientos incendiados, que se crean en torno a las religiones, a las razas, a las naciones, hábilmente manipulados por poderes y convicciones malvadas.
Creíamos que la victoria de Macron sobre Le Pen en Francia sería el final de la pesadilla, pero más bien parece el principio de una larga marcha. Una batalla de ideas, de principios, de política, de valores, de moral publica ... que debemos ganar sí o sí.

Publicado en El Confidencial, 1-9-2018

26 de julio de 2018

El mundo según Trump.

No todo llegó con él. La crisis económica financiera de 2009-2016 ya había provocado profundas distorsiones en el mundo, que se habían sumado a las incertidumbres de un siglo XXI que nació con ellas. Especialmente Occidente asistía perplejo a una globalización, que parecía el comienzo de una etapa de esplendor y que sin embargo llevaba en su interior la espoleta de la crisis por su propia desregulación. Una globalización que produjo el desarrollo económico para decenas de países y millones de seres humanos en el mundo, generó también la devaluación sociolaboral de Occidente, el estancamiento de sus clases medias y el crecimiento de las desigualdades.
Una tormenta perfecta que acentuó los síntomas de una sociedad consumista 'satisfecha', individualista, muy proclive a los egoísmos del 'yo' ante el 'nosotros' y demasiado dispuesta a dejarse engañar por los alarmismos de la inmigración, por las mentiras del rechazo al diferente y por populismos y nacionalismos de toda especie, precursores de soluciones tan fáciles como falsas. El mundo ya era así antes de que él llegara.

Procapitalista y antidemocrático
Muchas de sus proclamas electorales no fueron tomadas en serio. La mayoría de sus bravuconadas parecían solo eso. Incluso cuando sorprendió al mundo entero con su victoria, la mayoría de los analistas interpretaron que no llevaría a cabo sus promesas, que la realidad sujetaría al lenguaraz de Twitter. Pero han pasado ya casi dos años y no podemos seguir engañándonos.
Trump está alterando sistemática y contundentemente el marco de la geopolítica mundial, y está   liderando un movimiento ideológico indefinible pero abiertamente procapitalista y antidemocrático. Basta un breve recordatorio de lo ya sabido:
-Todas las medidas adoptadas por Obama para regular los capitales financieros y el sistema bancario, después de la caída de Lehman Brothers, han sido derogadas.
 -El acuerdo de repatriación de capitales de las grandes compañías tecnológicas a cambio de rebajas fiscales es premonitorio de su nula voluntad de cooperación en la lucha contra la evasión y los paraísos fiscales.
- Las mejores intenciones (solo eso, intenciones) del G-20 después de la crisis han ido al cajón. El G-20, llamado a gobernar la economía global, junto a otras instituciones internacionales, está roto y sin perspectivas ante las sucesivas guerras abiertas por Trump. Las fotos del G-7 en Canadá son un reflejo de esas graves tensiones internas.
- Las tensiones monetarias habituales entre las grandes monedas pueden convertirse en abierta guerra si Trump impone sus opiniones a la Reserva Federal, al considerar que sus rivales devalúan sutilmente sus monedas en perjuicio de la competitividad norteamericana.
   
-Nunca en los últimos 50 años había estallado un conflicto comercial internacional tan grave y peligroso como el generado por el neoproteccionismo de Trump. La OMC está herida de muerte y la guerra de aranceles acaba de empezar y nadie sabe cómo acabará.
-El abandono del Acuerdo de París es la más grave lesión producida al multilateralismo en uno de los pocos temas que había alcanzado consenso internacional. Casi 200 países firmaron un acuerdo histórico a finales de 2016 sobre una de las grandes causas del futuro de la humanidad. El abandono de EEUU es un ataque no solo a la lucha contra el cambio climático. Es, además, un disparo al corazón del multilateralismo como método de gobernanza del mundo.
 -Lo mismo ha sido la denuncia del acuerdo no nuclear de Irán. La escalada verbal de ambos países (EEUU e Irán) está presagiando un grave conflicto bélico en la zona más peligrosa del planeta. No hace falta recordar que los europeos somos vecinos. Por supuesto, la escalada de los precios del petróleo no será ajena a la inestabilidad de la zona.
-En los 60 años largos de vida de la Unión Europea nunca hubo un presidente americano tan abiertamente hostil a Europa. Los temas en los que Trump se está mostrando como nuestro enemigo (son palabras suyas) son constantes. Cerró la puerta a las negociaciones de un acuerdo de libre comercio (TTIP); generó la guerra comercial con productos europeos diversos; amenazó con la OTAN y abroncó a Alemania y al resto por sus presupuestos de Defensa; animó al Reino Unido con el Brexit y a la Sra. May con un abandono brusco de la UE…
-Y finalmente se entendió en Helsinki con Rusia, dando un golpe mortal al multilateralismo y volviendo a un reparto interesado de la geopolítica internacional con Putin, convirtiéndolo así en un poderoso agente del mundo. Conviene recordar que el PIB ruso es semejante al de Italia, pero Trump quiere repartirse el mundo con ellos, no se sabe por qué razones ni debido a qué favores prestados
¿No les parece todo esto demasiado grave? Créanme si les digo que las cancillerías europeas están asustadas. Ya no son solo palabras, ni mensajes de Twitter. Ya no son solo amenazas y chulerías. Son todo eso y hechos. Son realidades que están cambiando nuestro mundo y haciéndolo mucho más inestable y peligroso. Un mundo muy feo el de Trump.
Publicado en El Confidencial, 26/07/2018

27 de junio de 2018

Pedro Sánchez en Europa.

Sobre la mesa del Consejo Europeo de los próximos días 28 y 29 de junio se agolpan los grandes temas del momento: migraciones, Unión Económica y Monetaria, Brexit, fiscalidad, innovación, agenda digital, seguridad y defensa, etc. Pedro Sánchez se estrena en una de las grandes reuniones europeas y lo hace acompañado de las máximas expectativas personales y las más graves circunstancias políticas. Veamos.

En Europa se mira a España con interés y el presidente del Gobierno ha despertado creciente expectación. Viene de un país que ha dado una seria señal de funcionamiento institucional. Los cambios políticos de España han sorprendido en Europa por su rapidez y por su contundencia. En unos pocos días se ha materializado un cambio de Gobierno que, en otros lares -recordemos Alemania e Italia- ha durado meses. Por supuesto, no es consecuencia de unas elecciones, pero la legalidad constitucional aplicada ha sido impecable y muchas voces en Europa reconocen abiertamente la extraordinaria sanción política que ha recibido la corrupción: la caída de todo un Gobierno. Muchos aprecian la salud moral de un país capaz de reaccionar con tanta fuerza a esa lacra y de proporcionar así a su ciudadanía una credibilidad institucional que refuerza sus convicciones democráticas.

Pero además, el fuerte contenido feminista, técnico y europeísta del Gobierno recién nombrado, ha impulsado aún más la sensación de expectante cambio generado a partir del triunfo de la moción de censura. La decisión del Aquarius ha sido la última señal de una España diferente a la que se espera con interés. Franz Timmermans, vicepresidente de la Comisión, nos decía el pasado miércoles en un acto en el que presentábamos el último libro de Joaquín Almunia, 'Ganar el futuro', en la biblioteca del Parlamento Europeo, “Europa necesita a España en estos momentos difíciles de la Unión. También necesita sus valores”.

A todas estas circunstancias se añaden, en el marco personal del presidente español, su condición de socialdemócrata, lo que le convierte, junto a los primeros ministros de Portugal, Malta y Suecia, en cabeza de cartel de una familia política que no atraviesa su mejor momento en el conjunto de Europa y que sigue siendo clave en su futuro.

Europa necesita a España en estos momentos difíciles de la Unión. También necesita sus valores

No es fácil triunfar en Europa, y mucho menos lo es hacerlo el primer día. Por eso es bueno devolver realismo al contexto y suavizar expectativas desbordantes. Para empezar conviene recordar que toda Europa está sufriendo un peligroso brote antiinmigratorio, generador de pulsiones políticas populistas y xenófobas cada día más preocupantes. Toda la política europea está salpicada de estos sentimientos, y estamos siendo incapaces de explicar y convencer a nuestras opiniones públicas que debemos y tenemos que integrar a millones de inmigrantes en nuestros Estados durante las próximas décadas. No solo por razones morales, sino también económicas y sociales. Las reacciones electorales a esta evidencia están destruyendo los modelos políticos de media Europa: Italia, Austria, Holanda, Dinamarca, Francia... La propia Alemania está amenazada por ese temor, y la crisis interna de la coalición CDU-CSU es pura y simple consecuencia de él.

La brecha migratoria amenaza el futuro de la UE tanto como el riesgo de quiebra del euro en los meses más dramáticos del rescate griego, o incluso más. Y ese será el tema principal de la cumbre a la que llega por primera vez Pedro Sánchez.
 
Llegará con una estrategia renovada de europeísmo, impulsada por una circunstancia favorable: Francia necesita un aliado fuerte para avanzar en la integración política y económico-monetaria de la UE. Los acuerdos de la reciente cumbre franco-alemana en Meseberg (19 de junio) son buenos, refuerzan la arquitectura del euro y avanzan hacia la convergencia económica con un necesario presupuesto para la Eurozona. Pero son solo planes. Necesitarán impulso, ayuda, vencer resistencias y dudas del Norte hacia el Sur y en todo eso, con una Italia tan euroescéptica y frágil, España es fundamental.

Harán muy bien Pedro Sánchez y Josep Borrell en forjar una sólida alianza con Macron y devolver a España el peso y el lugar que perdimos. De hecho, la cumbre del sábado pasado en París entre los dos líderes ha sido una acertadísima iniciativa y el alineamiento franco-español mostrado es la mejor noticia para el grave momento que vivimos en Europa. Macron tiene el proyecto, las ideas y los programas más europeístas, y necesita un país grande del Sur junto a Francia. Portugal ayudará en esa alianza de la que desgraciadamente Italia se ha descolgado.

Un acuerdo en materia migratoria que salve a la canciller Merkel de su crisis interna con la CSU es clave hoy, y ayudará mañana a vencer resistencias del Norte a la integración monetaria, poniendo en marcha los acuerdos de Meseberg (presupuesto de la Eurozona), seguro de desempleo europeo, fondo de garantía de la Unión Bancaria, etc). 
Eso es hacer Europa.
 

Publicado en Tribuna, de  El confidencial.


18 de mayo de 2018

Paradojas europeas.

Europa está llena de paradojas. Hemos sido protagonistas de lo peor y lo mejor. Europa fue escenario de las guerras más brutales y de las persecuciones humanas más crueles, y sobre ese recuerdo cargado de potencia moral hemos sido capaces de construir la más grande y poderosa unión supranacional que han conocido el mundo y la historia. La más formidable unión política sobre la diversidad de lenguas, culturas, naciones, identidades de 28 estados con sus respectivas historias y memorias de antagonismos bélicos recientes.

En los 50 años que transcurren desde el Tratado de Roma (1957-2007), Europa ha hecho un recorrido extraordinario y ha construido una unión económica y monetaria en un mercado único de enorme potencia para el mundo global del siglo XXI. Pero en cinco años de crisis económica, en la tormenta perfecta de 2008 a 2013, los riesgos sistémicos del euro han puesto Europa al borde del abismo, literalmente al borde de disolver este proyecto histórico.

Tercera paradoja: con frecuencia, describimos con todo lujo de detalles los males europeos. Nuestros problemas de gobernanza, nuestras debilidades externas, nuestras dificultades de competencia contra el 'dumping' social y medioambiental del resto del mundo, etc. Así lo hacía, por ejemplo, el informe que elaboraron un grupo de sabios presididos por Felipe González en 2010, señalando gravísimos problemas de competitividad de Europa, mirando nuestra demografía, nuestra dependencia energética, el reto tecnológico USA, el grado de inversión en I+D+i, etc.

Pero con frecuencia también, olvidamos que casi todo el mundo aspira a ser como nosotros. A alcanzar un modelo social y democrático como el que hemos construido en Europa con un Estado del bienestar que recauda en torno al 40% el PIB para garantizar pensiones, educación, sanidad y servicios básicos, y un Estado de derecho que asegura derechos individuales y libertades básicas en democracias avanzadas, aunque, claro, siempre imperfectas.

Las paradojas que me preocupan hoy son las que resultan de un día a día europeo lastrado por las exigencias del pragmatismo o por la falta de ambición en los dirigentes europeos o en los protagonismos nacionales y nacionalistas que nos rodean.

Veamos el primer ejemplo. El delicado tema del acuerdo nuclear con Irán del que acaba de salir EEUU. Todos recordamos el importante papel jugado por la alta representante europea, Federica Mogherini, en aquellas negociaciones multilaterales. Personalmente, recuerdo muy bien las fotografías de aquellas reuniones con todas las potencias del mundo en una mesa, muchas veces presididas por la señora Mogherini. Eran evidentes el respeto y el afecto que mostraba Irán por Europa y el protagonismo dado a la alta representante.

Allí estaba Europa. ¿Dónde la han dejado Merkel y Macron en sus viajes a EEUU para evitar la ruptura americana? Europa ha sido humillada una vez más por este presidente antieuropeo, pero a esa humillación hay que añadir el desprecio que Francia y Alemania han hecho de nuestra vicepresidenta y alta representante para la Política Exterior europea.

La semana pasada compareció ante el Parlamento Europeo el primer ministro belga, Charles Michel. En el turno de debate, tuve la ocasión de preguntarle sobre la colaboración europea en materia antiterrorista. Su respuesta fue vaga, a pesar de tratarse de un país que estuvo en el punto de mira de críticas durísimas —y en mi opinión justas— por los fallos en seguridad y coordinación en los atentados de París y más tarde en Bruselas. La paradoja es que habiendo sido constatado que las ciudades europeas sufren desde hace más de 10 años los ataque de una misma estructura terrorista, hemos sido incapaces de crear todavía una unidad europea de análisis y de inteligencia antiterrorista que ponga en común las informaciones de los servicios policiales nacionales. La necesidad de esta coordinación, a la vista de las experiencias sufridas, está fuera de toda duda, pero las resistencias nacionales a ceder competencia en seguridad interior y los corporativismos policiales de los diferentes servicios a compartir la información, impiden avanzar en una integración imprescindible para una seguridad mayor.

La tercera y última, por ahora, de las paradojas europeas nos la acaba de proporcionar la Comisión Europea con su proyecto de marco financiero para el periodo 2020-2027. Como ustedes pueden imaginar, estamos hablando de dinero, de aportaciones de los estados, de ingresos y gastos, de planes de futuro de la Unión, de inversiones, de prioridades, del peso económico y político de la Unión, de su futuro, al fin. Y aquí nos desnudamos todos, porque la retirada del Reino Unido nos plantea un choque de entre 12.000 y 14.000 millones de euros menos en los ingresos y nadie quiere reducir las tradicionales partidas del presupuesto europeo.

Pues bien, la Comisión, consciente de que en el Consejo varios países vetarán cualquier incremento de las aportaciones, ha hecho una propuesta tan continuista y tan limitada que resultará muy difícil abordar las grandes urgencias que definen una Europa ambiciosa para la próxima década: inmigración, seguridad y defensa, I+D+i, agenda digital, etc. Una pena.

Hay, por supuesto, otras noticias. Hay, por supuesto, discursos europeístas de Macron en Aquisgrán recibiendo el premio Carlomagno, que animan a Europa a combatir los populismos nacionalistas. Pero no son suficientes. Hacen falta hechos. No solo palabras.

Publicado en El Confidencial, 18/05/2018

11 de abril de 2018

El "procés" en Europa.

Uno de los muros contra los que se ha estrellado con más estrépito el nacionalismo catalán ha sido Europa, a pesar de ser, posiblemente, el terreno que más trabajaron y en el que más confianza depositaron los estrategas del 'procés'. He repasado la hemeroteca europea de los últimos meses y la contundencia y la unanimidad de las reacciones de los líderes de los países miembros y de las instituciones comunitarias son verdaderamente notables.

“Es un asunto español que debe ser gestionado por España” (primer ministro de Holanda, Mark Rutte), “Hay una ley y una Constitución que respetar” (primer ministro de Luxemburgo, Xabier Bettel), “Nadie, tampoco el Gobierno catalán, puede saltarse la ley” (Weber, líder del Partido Popular Europeo en la Eurocámara), “Todos tiene el derecho a expresarse, pero no a ignorar la ley” (vicepresidente de la Comisión Europa, Frans Timmermans), “El nacionalismo es veneno” (Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea), “España es nuestro único interlocutor” (Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo), “El respeto al derecho no es una opción, es una obligación” (presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani).

Se pueden citar muchas más de Macron, Merkel, del Departamento de Estado de Estados Unidos, pero no hace falta. Europa se mueve y se moverá en este tema bajo un doble principio jurídico y político. Primero, no corresponde a la Unión intervenir en el derecho interno español. Ese derecho, es decir, el marco del Estado democrático español, no admite censura europea. Se trata de una Constitución plenamente democrática, con un poder judicial independiente, y las resoluciones del Tribunal Supremo y del Constitucional no admiten reproches. Segundo, nadie quiere en Europa que las regiones o las naciones sin Estado europeas se desmembren de los estados europeos. De hacerlo, el fenómeno sería seguramente imitado y no es posible una Europa a 50 o 60 estados. Por tanto, si una región se independiza, no entrará en la Unión, porque alguien lo vetará y con eso basta.

Hasta aquí las posiciones políticas de los gobiernos europeos respecto a la pretensión independentista del 'procés'. Sin embargo, no conviene despreciar losdaños que está sufriendo España en el ámbito de su imagen y de su política internacional, y tampoco sería prudente desconocer los riesgos jurídicos que tienen las distintas resoluciones de los tribunales europeos (Reino Unido, Alemania, Bélgica y Suiza) en respuesta a la euroorden.

En el primer plano hay que situar las imágenes del 1 de octubre. Soy de los que se han sentido orgullosos en las esferas internacionales en las que me muevo de la democracia española, de los valores y derechos que configuran la sociedad española, de nuestra evolución desde la transición y de nuestro Estado de derecho. Pero les confieso que no pude explicar las anomalías de aquel domingo. Muchos nos compararon con Turquía y sentí pena.

En parecidas circunstancias nos encontramos de nuevo con el encarcelamiento de tantos dirigentes nacionalistas. Con todo respeto a las decisiones judiciales, la prisión provisional me parece excesiva y cuesta explicar a los diputados italianos, ingleses, alemanes o suecos que los posibles delitos de los líderes independentistas exijan medidas tan severas. Ellos no conocen, en general, la gravedad de lo ocurrido y perciben solo los rasgos externos de un conflicto político para el que —un poco ingenuamente— piden dialogo. Como acaba de hacer el popular alemán Elmar Brok.

Nos guste o no, España está sufriendo un serio desgaste en su imagen democrática y nuestras relaciones bilaterales con el resto del mundo sufren el peaje de una solidaridad con costes: ya sea en la negociación del Brexit con el Reino Unido o en los diferentes 'rapports' de la UE, la posición española se debilita al reclamar apoyos políticos que casi nunca son gratis.

Cuesta explicar a los diputados ingleses, alemanes o suecos que los posibles delitos de los líderes independentistas exijan medidas tan severas

El otro plano está resultando incluso peor. La estrategia judicial del Tribunal Supremo no fue prudente a partir del momento de la fuga de los dirigentes nacionalistas que trasladaban a los tribunales europeos el análisis del caso. El Gobierno tiene también responsabilidades. En base al principio acusatorio, si el fiscal no hubiera calificado los hechos como rebelión, el juez tampoco lo habría podido hacer. La sentencia de la Audiencia de Alemania no cumple las previsiones y el espíritu de la euroorden. Pero era previsible. Creer que en este asunto tan mediático y con tantas presiones los tribunales europeos se iban a limitar a examinar procedimentalmente la euroorden era una ingenuidad.

En cualquier caso, urge una reconducción de la estrategia judicial en Europa. Primero planteando en la Unión, y quizá también en la Corte de Luxemburgo, si la euroorden puede ejecutarse con este tipo de resoluciones. Segundo, revisando la tipificación penal de las conductas producidas por los dirigentes nacionalistas.

No olvidemos que Europa está con España en el fondo del asunto, y no perdamos de vista que es en Europa, el espacio institucional, en el que se desarrolla una parte importante de esta batalla. Los nacionalistas saben que la pretensión independentista se estrelló con la ley, con la economía y con la fractura por la mitad de su población. Cualquiera de estos obstáculos por si solo es suficiente para frustrar su proyecto. Pero en Europa nos jugamos mucho y es necesario reconducir jurídicamente el enjuiciamiento de las conductas delictivas producidas para poder obtener una mejor comprensión europea de nuestros tribunales y de nuestra democracia.

Publicado para El Confidencial, 11/04/2018

27 de febrero de 2018

Pasos equivocados.

 El largo camino de la construcción europea está lleno de crisis y de intereses contrapuestos que, sin embargo, han ido jalonando las paredes maestras de este bello edificio. Ya lo decía Monnet: “Europa se forjará en las crisis y será la suma de sus soluciones”. Con frecuencia nos quejamos de que los ciudadanos europeos están muy lejos, muy poco o muy mal informados sobre nuestros debates, pero hay que reconocer que no es fácil seguirnos.

Tomemos como ejemplo los debates del Consejo Europeo de este pasado fin de semana en Bruselas, donde se discutían dos temas de singular importancia para el futuro de la UE. El primero, referente a las próximas elecciones al Parlamento Europeo (prácticamente seguro que el 26 de mayo de 2019), y el segundo respecto al Marco Financiero Plurianual, es decir, el presupuesto de la Unión previsto para el periodo 2021-2027.

En cuanto a las próximas elecciones europeas, tres temas destacaban: el número de escaños después del Brexit, las listas transnacionales y la aceptación de los llamados Spitzenkandidaten o cabezas de lista. Solo hubo acuerdo sobre el primero de los temas. El Parlamento se reducirá a 705 diputados y se utilizarán 27 de los 73 que deja Reino Unido para compensar a los países mal representados (entre ellos España, que recupera cinco escaños, pasando de 54 a 59) y ajustar el reparto a los cambios de población.

 Las listas transnacionales —o una circunscripción europea— fueron rechazadas hasta 2024... y ya veremos. Esta fue una de las banderas de Macron, quien había enarbolado su defensa como emblema de su europeísmo. De hecho, había obtenido incluso la complicidad de Italia y España y de todo el federalismo europeo que, desde hace años, considera esta propuesta como un simbólico paso adelante en la legitimación democrática del proyecto europeo. Libramos una dura batalla para conseguirlo, pero el pleno del Parlamento, muy influenciado por el neonacionalismo antieuropeo y por los países pequeños, temerosos de su marginación en esas listas, derrotó la idea. El Consejo se frotó las manos y tiró al cajón del olvido esa bandera.

Pero, curiosamente, allí donde el Parlamento había mostrado unanimidad exigiendo que el Consejo solo propusiera al Parlamento un candidato a presidir la Comisión que hubiera encabezado la candidatura del partido ganador, nos encontramos con que el Consejo reivindica su derecho a proponer a quien quiera. ¡Y Macron se suma a esta idea, en contra de todo su europeísmo anterior! ¡Incomprensible! El Consejo nos pide recordar el tratado que le otorga la exclusividad en la propuesta y se olvida de que el Parlamento tiene la facultad de aprobarlo o no.

¿Por qué tiene importancia el Spitzenkandidat? Es fundamental que el debate electoral gire en torno a Europa y no a los debates nacionales. Recuérdese además que en España habrá elecciones el mismo día a ayuntamientos y comunidades autónomas (y hay quien piensa que puede haber hasta generales), lo que puede ahogar literalmente el debate europeo. Es imprescindible que una persona encabece la candidatura de cada partido para que celebremos debates europeos, se confronten proyectos y se legitime al ganador para presidir la Comisión. El Consejo no ha aceptado esta regla, pero estoy seguro de que el próximo Parlamento no aceptará ningún candidato que no haya sido cabeza de lista de una familia política europea.

La parte económica es todavía más grave. Todo el mundo coincide en que los próximos años Europa tiene que afrontar retos ineludibles: pilar social, inmigración, defensa, agenda digital, conexiones energéticas e infraestructuras... Todo ello sin tocar la PAC (¡la agricultura europea no se toca!) ni la cohesión territorial, que se llevan entre ambas el 75% de un presupuesto equivalente al 1% del PIB europeo. Y para más inri, el Brexit, es decir, entre 10.000 y 12.000 millones de euros menos de ingreso.

¿Qué dice el Consejo? Que lo deja para más adelante. Es decir, renuncia a aprobar este marco financiero en este periodo de sesiones (antes de abril de 2019), con lo que se encomendará a otro Parlamento, con todo lo que eso supone. ¿Por qué? Porque es incapaz de resolver los intereses contrapuestos de cuatro países (el 'Financial Times' los llama “la banda de los cuatro”): Austria, Holanda, Dinamarca y Suecia se niegan a aportar más dinero y nadie se atreve a hincar el diente a los recursos propios, es decir, a que la UE obtenga ingresos propios de figuras fiscales nuevas (como por ejemplo las emisiones de CO2 o las transacciones financieras, o incluso un pequeño impuesto a los billetes de avión). En consecuencia, y a la vista de tal desafío... lo dejamos para el último minuto. ¡Decepcionante!

Recordando a Monnet, esta vez no hay solución, sigue la crisis... No avanzamos. Y créanme, sin un presupuesto en condiciones y con un mundo que no para, quedarse quieto es muy grave. Como dijera otro de los padres fundadores, Paul-Henri Spaak, hablando de Europa antes del Tratado de Roma: “No es demasiado tarde. Pero es ahora”.
 
El confidencial, 27/02/2018.

31 de enero de 2018

Una coalición por Europa.

 No sé qué dirán los militantes socialdemócratas alemanes en el referéndum convocado, para ratificar o no, el acuerdo que alcancen los negociadores de los dos grandes partidos alemanes después de que el congreso del SPD diera luz verde a esas negociaciones. Muchos creen que será electoralmente nefasto para los socialistas, como lo fueron las anteriores coaliciones. Esos mismos y muchos más creen que no es coherente decir una cosa en campaña —incluso después de conocer los resultados— y hacer lo contrario unos pocos meses después.

Hay, desde luego, consistentes argumentos contra los acuerdos con la derecha que desdibujan los perfiles propios de la izquierda y fomentan así las corrientes populistas que se nutren del rechazo a los partidos tradicionales o alimentan otras izquierdas alternativas.

Hay una base empírica en contra de las coaliciones cuando eres la segunda fuerza. En general, las coaliciones las rentabiliza el partido que encabeza la institución y no son electoralmente rentables para quien las soporta. Pero es un argumento de ida y vuelta. En Alemania fue muy fácil atribuir a la coalición anterior los malos resultados, pero nadie podrá demostrar que hubieran sido mejores si no la hubiera habido. Dicho de otra manera, ¿quién garantiza que haciendo oposición mejorarán los resultados del SPD?
Tiene más fuerza la crítica a la incoherencia de decir una cosa y hacer la contraria, pero aquí se olvida una circunstancia atenuante. El partido socialista se apartó de las negociaciones al día siguiente de las elecciones. Durante casi dos meses se intentó la 'coalición Jamaica', formada por conservadores, liberales y verdes, y antes de Navidad renunciaron al gobierno por la imposibilidad de llegar a un acuerdo. Si los socialistas hubieran renunciado a negociar, unas nuevas elecciones eran obligadas y la responsabilidad de esa nueva convocatoria sería atribuible principalmente al SPD por negarse incluso a dialogar.
Llegados a este punto, Martin Schulz se ha visto obligado a explorar las ventajas de una nueva coalición, ante los riesgos de una incierta convocatoria en la que el fracaso de los más importantes —y por tanto los más responsables— partidos podría ser seriamente castigada en las urnas. Esta es la opción que los militantes socialistas alemanes deberán considerar porque decir NO es muy fácil, pero gestionar una derrota electoral mayor es mucho más grave y peligroso para el futuro del partido.
Martin Schulz ha colocado dos grandes pactos ideológicos en el acuerdo: el pilar social y Europa, y ha hecho un cálculo táctico muy sutil, pero evidente: la canciller está en declive y afronta su último mandato. La coalición puede proyectarle a él a una próxima victoria como excepción a la regla antes citada. Como lo fue también la victoria de Willy Brandt en su primer mandado, después de una gran coalición.
El acuerdo social es importante, aunque no hay cifras demasiado concretas. Parece claro el compromiso de lograr en la legislatura la igualdad real de retribución entre hombres y mujeres y una mejora de las condiciones laborales (salarios sobre todo) en años de crecimiento. Se buscan compromisos financieros para dedicar el superávit a mejorar la educación y la sanidad públicas, más apoyo a las familias y un paquete de medidas contra la pobreza infantil y mejoras en las pensiones básicas.
El pilar europeo coincide con el extraordinario impulso europeísta de Macron, fortalece el eje franco-alemán e impulsa las grandes reformas europeas después de la policrisis 2009-2016: fortalecimiento del euro y de la gobernanza económica europea; negociación del acuerdo UE-UK; defensa y seguridad europea; impuesto a las transacciones financieras, armonización fiscal y lucha contra el fraude; pilar social e inmigración, y reforzamiento democrático de la Unión. Todo ello para un periodo que resultará clave en las elecciones europeas de 2019 (el 26 de mayo probablemente). Martin Schulz estará pensando en liderar ese pacto europeo y esos avances en un periodo que se supone de bonanza económica.
Si prospera, la gran coalición alemana será una coalición para Europa. El signo de su política será EUROPA en contradicción con lo que pretendían los liberales alemanes, abiertamente contrarios a la solidaridad interior de Europa.
Ese futuro europeo es vital para los países y para los ciudadanos de la Unión. Solo podremos defender nuestro modelo social y de libertades en un mundo en cambio si hacemos fuerte a Europa en todos los planos en los que se dilucida el siglo XXI: desde lo tecnológico a lo monetario, desde la defensa y la seguridad interior a la política comercial e internacional; desde la autonomía energética al liderazgo medioambiental.
No hay futuro sin Europa. Solo tenemos una ciudad entre las 20 más grandes del mundo, y en 2019 ya no será Europa. Solo tenemos un país entre los 20 más grandes del mundo. Nuestra demografía es horrible y pronto solo seremos el 5% de la población del mundo. Las compañías tecnológicas que definen el futuro y monopolizan la información están en California y el centro de gravedad productivo y comercial se desplaza hacia Asia. Puede parecer exagerado, pero más nos conviene serlo ante esos riesgos que ser ingenuos o nostálgicos. La coalición alemana quizá no sea buena para los socialdemócratas, pero será, seguro, buena para Alemania y para Europa. Pero, en fin, los militantes socialistas lo decidirán.
El Confidencial, 31/01/2018

1 de enero de 2018

Viento en las velas.

Una vez más, la metáfora marinera cargaba de sentido un mensaje político. Esta vez fue Juncker, el presidente europeo, quien empeñado en transmitir un optimismo, desconocido en los últimos años de 'policrisis' europea, encabezó así su discurso en el debate sobre el estado de la Unión: "Wind is in ours sails".
¿Qué ha sucedido en Europa estos últimos meses de 2017 para que este nuevo impulso europeísta  anime los deprimidos despachos de Bruselas? ¿Por qué un cambio tan brusco en quien, solo un año antes advertía a los Estados Miembros de una "crisis existencial" de Europa? En mi opinión, hay cuatro razones que lo explican.

En primer lugar, todos los países de la Unión están en crecimiento económico y creación de empleo. Es cierto que estas recuperaciones son tenues e inciertas todavía y que se producen sobre la base de una grave devaluación social previa. Pero el hecho de que sean generales y de que se hayan superado los momentos más dramáticos que pusieron al euro y a Europa misma al borde del abismo, han generado un optimismo económico desconocido desde hace más de diez años.

En el plano de la gobernanza económica de la Unión, la crisis no ha sido gratuita. Las lecciones aprendidas son muchas y es común la idea de que un mercado único con una moneda común nos exige reformas muy serias en toda la estructura macroeconómica y monetaria y construir un
a arquitectura institucional de gobernanza del euro de la que hemos carecido en estos años de crisis financiera. Lo uno y lo otro, la recuperación económica y la agenda de tareas pendientes en la política económica y monetaria, han generado un espíritu de acción y un ánimo reformista que impulsa las velas de la navegación europea.

En la misma línea, el Brexit ha pasado de ser un gravísimo contratiempo en el futuro de la Unión a una negociación generadora de unidad y afán de común superación. En efecto, las primeras reacciones al sorprendente resultado del referéndum británico fueron de temor a la emulación y de natural alarma por el sentido histórico tan negativo que produjo. Por primera vez, un club al que todos querían entrar, veía que uno de los grandes, abría la puerta para irse. Pero enseguida se vio que los problemas realmente graves eran para el Reino Unido, que tuvo que convocar unas elecciones anticipadas para gestionar aquella decisión y comprobar en ellas que habían roto el país y que el nuevo Gobierno era todavía más débil e incapaz de gestionarla. Por el contrario, la Unión ha hecho una brillante gestión del problema. Unidos, fuertes y seguros, los negociadores europeos han establecido fases y líneas rojas que han dejado muy claro: primero, que irse es muy difícil y muy caro y segundo, que fuera de la Unión, aumentan los problemas y se está peor. El cierre de la primera fase negociadora a primeros de diciembre ha sido un éxito y Europa lo celebra mirando con optimismo la negociación de un período transitorio que el Reino Unido ha solicitado ante la evidencia de que el marco definitivo del futuro, lo exige. Ni los más optimistas europeístas creyeron hace una año, que el Brexit fuera a ser una palanca de impulso en la integración, como lo está siendo hoy en día.

Pero el viento en las velas de Europa, políticamente hablando, llegó con Macron. El presidente francés simbolizó su victoria sobre el populismo antieuropeo de Le Pen, con una apuesta por Europa cargada de señales y contenidos. La puesta en escena de su triunfo rodeado de banderas europeas con el himno europeo de música de fondo no quedó ahí. En un discurso memorable, no por casualidad, dirigido a los universitarios franceses en la Sorbona, diseñó una Europa Federal que nunca, nadie, había configurado tan integrada, tan unida, tan Estados Unidos de Europa. Ahí sigue, esperando al nuevo gobierno alemán para reformar la ley electoral europea y aprobar la Unión Europea como circunscripción electoral junto a los Estados. ¡Nada menos! Lo cierto es que, la derrota electoral de la ultraderecha en Holanda y Francia, han permitido respirar a Europa y si la apuesta de Macron se ve respaldada por un gobierno de coalición alemán, con las mismas aspiraciones europeístas, Europa experimentará un empujón considerable en su integración en los próximos años.

Y esta es precisamente la última y poderosa razón del optimismo europeo con el que se inicia el último año útil de la legislatura europea (2014-2019). Día a día se vive en Bruselas la necesidad de hacer más fuerte y más eficaz la integración. Ya sea en la política migratoria, ya sea en la defensa y en la seguridad, ya en la política internacional. Sin olvidar que en el mercado único una y otra vez, constatamos esas necesidades sinérgicas. Ocurre en la política energética, desde las conexiones de las redes, a la apuesta por las renovables, ocurre en la política comercial de la Unión, en la agenda digital, en I+D+I… Todo llama a la integración cuando el mundo económico se desplaza a Asia y la disrupción tecnológica la gobiernan desde California.

Esa conciencia de supervivencia europea en un mundo en cambio, impulsa también las velas de nuestra nave… con planes ambiciosos en todos los ámbitos. Ojalá seamos capaces de transformar ese nuevo optimismo europeo en buena y eficaz integración.
Publicado en El Confidencial, 1/1/2018