24 de diciembre de 2023

Pactos y riesgos de un tiempo incierto

La investidura de Pedro Sánchez ha sido acogida con los mismos signos de polarización que sufre la política española desde hace cinco años: alarmismo catastrofista sobre el futuro de España para unos y triunfalismo ideológico de la izquierda para los otros. 
Reconozcamos lo evidente: la gestualidad que está acompañando la investidura y las concesiones al mundo nacionalista contenidas en los acuerdos suscritos son políticamente costosas, contradictorias con nuestras posiciones y entrañan riesgos políticos importantes. Desde la amnistía al pacto de Pamplona, desde las negociaciones en Ginebra con Puigdemont al ‘lawfare’. La militancia socialista y la mayoría de su electorado asumen estas dolorosas circunstancias aceptando estas contraprestaciones como necesarias para impedir la coalición PP-Vox y sus antidemocráticas y reaccionarias consecuencias.

La oposición al Gobierno utiliza y extrema los costes de esos pactos y el Gobierno exhibe su carácter progresista y el freno a la ultraderecha como lo hizo el presidente en Estrasburgo ante una Europa que aprecia ese valor. 

El frentismo radical en estas posiciones está cada vez más polarizado y amenaza con un largo recorrido. Hay razones para la alarma en muchos planos de nuestro funcionamiento democrático y de nuestro Estado de Derecho, pero personalmente creo que lo ocurrido hasta la fecha no ha roto nada. Las estructuras institucionales del país se sostienen y no se ha producido ningún cambio constitucional. 

Superando mis prejuicios iniciales, he acabado por aceptar que la amnistía es una facultad que una democracia y su Parlamento deben tener en su mano, aunque a mí me parece que su concesión debiera haber sido el final de un proceso de reconducción política del conflicto catalán y debiera contar por ello con un mayor consenso social y político para su concesión. 

También creo que aceptar a Bildu en nuestro marco político es la consecuencia de la grandeza de nuestra democracia, que siempre les dijo: ‘No matéis, haced política’. Han pasado doce años desde un final maravilloso, jamás soñado, en el que la democracia ganó al terrorismo. Ningún país del mundo, con violencia semejante, ha obtenido una victoria tan plena y tan democrática. Pues bien, hacen política, representan sus votos y respetan el marco democrático. Aceptarlos no es incompatible con nuestra memoria, con nuestras exigencias éticas y con la victoria de nuestros relatos. No hacerlo sería incongruente con nuestros valores y con nuestras promesas.

Por supuesto, de aceptar su presencia a pactar con ellos hay un gran trecho. En Euskadi no lo haremos. Lo han dicho quienes dirigen el PSE-EE y yo les creo. 
Nuestra relación con el PNV es histórica, ha producido extraordinarios efectos para el país y acabamos de renovar esa alianza en mayo de este año para todas nuestras instituciones locales y forales. El PSE-EE no apoyará a un candidato de Bildu, no solo por nuestra memoria, o por nuestro compromiso con el relato de las víctimas, sino porque su apuesta autodeterminista e independentista es inasumible para nosotros. 

Creo que nos precipitamos al juzgar los hechos y los pactos de la investidura sin contemplar sus posibles desarrollos. Quiero creer que en los planes del PSOE hay una estrategia de enfriar el clima, de soportar la dialéctica nacionalista con pasividad y calma y dejar que el tiempo y los acontecimientos replanteen el campo de juego. En esa interpretación, los pactos suscritos con ERC y Junts son como una patada al balón, que estará en el aire por lo menos hasta el verano de 2025. ¿Qué ocurrirá entre tanto? 

Que Junts y ERC seguirán en su escalada dialéctica por ganar el uno al otro. Que el nacionalismo catalán en su conjunto sabe que no puede iniciar un proceso autodeterminista porque Cataluña no lo quiere. Que quizás no sumen mayoría absoluta en las elecciones catalanas y que el ganador puede ser Illa o que no habrá Gobierno catalán sin el PSC. Que Junts y el PNV gestarán una alianza contra Esquerra y Bildu en el bloque de los apoyos al Gobierno. Que el PNV gobernará en Euskadi con apoyo del PSE-EE y tendrá que atemperar sus pretensiones ante el riesgo de perder el poder. Y finalmente, que el Gobierno tratará de que el debate público gire en torno a sus iniciativas sociales. 

En este horizonte y con esas perspectivas, el ruido actual se suavizará, habrá transcurrido la mitad de la legislatura y después, cabe todo. Incluso una convocatoria anticipada por nuestro rechazo a la autodeterminación. 

Pero, claro, hay otro horizonte porque en estos pactos juegan todos. También puede ocurrir que los nacionalistas, unos y otros, exijan la concreción de sus pretensiones en los pactos y el PSOE esté dispuesto a negociar marcos autodeterministas o confederales con ellos, transformando por la vía de hecho (puesto que no podría alcanzar reformas constitucionales sin el Partido Popular), la naturaleza de nuestro modelo autonómico y alterando así las bases del pacto territorial que ha guiado la política autonómica a lo largo de toda la democracia. Quiero creer que esto no será posible y que el PSOE no lo hará, aun a riesgo de cuestionar la continuidad de la legislatura. 

Una última reflexión. El clima de polarización política, de enfrentamiento partidario y de deterioro institucional es grave. En las democracias de todo el mundo cabalga un caballo de Troya que desprecia la separación de poderes, que cuestiona los sistemas electorales, que destruye la confianza en las instituciones. Ni PP ni PSOE pueden favorecer esa cabalgada populista y autoritaria desde un frentismo, buscado o aceptado. España no es ajena a esa peligrosa deriva internacional. Además muchas cosas de nuestro futuro sólo pueden abordarse mediante pactos transversales, no frentistas, como los de ahora. La OCDE nos acaba de alertar: España en 2060 perderá diez posiciones en la clasificación de PIB per cápita. Nos adelantará Portugal, Eslovaquia, Polonia... Tenemos baja inversión en capital, envejecimiento demográfico y baja productividad. ¿Nos ponemos a ello o seguimos cavando nuestras trincheras? 

Publicado en El Correo, 24/12/2023




23 de noviembre de 2023

"Somos nación", ¿...Y?

El año que viene habrá elecciones autonómicas y previsiblemente las dos fuerzas nacionalistas se disputarán el liderazgo político del país. Una de ellas acaba de protagonizar una manifestación en Bilbao bajo el eslogan de ‘Somos nación’. La otra ha centrado su negociación de la investidura con el PSOE en «el reconocimiento nacional de Euskadi». De ambos eslóganes no podemos deducir gran cosa. Somos nación, ¿y qué?, podríamos añadir. Porque la plurinacionalidad de España ya se contempla en la Constitución cuando se establece que el Estado está integrado por naciones (nacionalidades dice la Constitución) y por regiones. Eso significa que se acepta a Euskadi como nación, que España también lo es, constituyendo su Estado como una nación ‘con’ naciones y no ‘de’ naciones. No somos una confederación de pueblos originarios y soberanos que se agrupan voluntariamente, sino una nación construida desde hace siglos, en la que existen pueblos con una identidad nacional propia.

Para atender a esas identidades construimos un modelo de autogobierno que nos permite asegurar la pervivencia de las señas culturales, históricas y políticas de nuestra identidad y nos garantiza un autogobierno más amplio que el que tiene cualquier Estado federal del mundo. Es más, un autogobierno financiado con un Concierto que permite la recaudación de todos los impuestos, pagando un Cupo al Estado por las competencias estatales, generosamente calculado a nuestro favor. Los problemas surgen cuando a la nación le atribuimos inexorablemente la creación de un Estado y para conseguirlo establecemos el camino de la autodeterminación a través de un referéndum. Hay miles de pueblos originarios con identidad nacional. Si la ecuación identidad y lengua propia es nación y a cada nación le corresponde un Estado, el mundo se fragmenta sin remedio. Basta mirar al viejo Imperio Austrohúngaro para comprobarlo.

Es bueno exponer las razones de quienes nos oponemos a este proyecto para clarificar posiciones preelectorales. Primero, con total sinceridad: esa independencia no es posible. Europa nunca admitirá un país escindido de un Estado miembro y fuera de Europa no es posible ser ni estar. Segundo, la independencia de Euskadi sería inmensamente peor para sus ciudadanos que el autogobierno actual. Los costes de un Estado propio serían enormes, lo que elevaría nuestras contribuciones fiscales. Las repercusiones económicas en nuestro tejido empresarial serían muy negativas. Nuestro sistema de pensiones sería insostenible (recaudamos 4.000 millones menos que lo que ingresamos por cuotas de la Seguridad Social). Y nuestra capacidad de defender nuestros intereses en las mesas globales (es decir, casi todas) sería nula.
Entonces, me dirán algunos, ¿por qué no votamos? Porque no podemos votar solos lo que corresponde decidir a todos (somos parte de un Estado en el que el resto de ciudadanos y sus instituciones también tienen derecho a decidir). Porque el referéndum nos obliga a una opción binaria independencia sí o no, y creemos que la política debe encontrar otras soluciones más complejas a nuestro acomodo o encaje territorial y que el referéndum queda para que el pueblo acepte o no esa solución. Porque la fractura social producida por un proceso de esa naturaleza arruina la convivencia interior por mucho tiempo. Porque la experiencia nos demuestra que los referendos decisorios son fácilmente instrumentados por razones de coyuntura y frecuentemente falseados por ‘fakes’ que mueven potencias ajenas. Los resultados del Brexit para Reino Unido están a la vista de todos.

Miremos la experiencia internacional reciente. El Tribunal Supremo de Reino Unido negó a Escocia la convocatoria unilateral de un nuevo referéndum, alegando que su pertenencia al reino no les permite decidir a ellos solos lo que afecta al conjunto del Estado. Por otra parte, las experiencias de Quebec y de Escocia, que votaron en su día y donde perdieron las opciones de independencia, nos demuestran que el daño económico y social de esos procesos en esas regiones es irreversible. Toronto se ha llevado gran parte de la economía de Quebec y Escocia siente esos mismos efectos, mucho más después del Brexit.

 De manera que el reconocimiento nacional de Euskadi puede y debe proyectarse en una nación autogobernada dentro de un Estado que reconoce para ello su identidad cultural y política. Esa es la mejor forma de ser nación. De hecho, no hay otra, por mucho que les pese a muchos conciudadanos a los que me gustaría convencer de que sus sentimientos tienen que adaptarse a la realidad y a la conveniencia de todos. El consenso interior de un pueblo importa mucho más que la victoria de unos sobre otros.

Publicado en El correo, 23/11/2023

10 de noviembre de 2023

UE-CELAC: Una Cumbre con nuevos retos.

 Tienen razón quienes dicen que la Cumbre UE-CELAC de julio en Bruselas fue un éxito y la tienen también quienes dicen que solo fue un comienzo, un puerto de salida de una navegación por hacer. 

Fue un éxito por celebrarse, después de ocho años de suspensión. Por el nivel de las asistencias (y por pactar las ausencias, que también son importantes), por celebrarse en Bruselas, recordando a todas las cancillerías europeas que América Latina no es una cuestión Iberoamericana y por la resolución adoptada por acuerdo de cincuenta y nueve de los 60 países presentes (33 de CELAC y 27 de la UE). La negativa de Nicaragua a firmar la declaración por la tenue referencia a la agresión rusa a Ucrania, fue patética y aumentó el valor de la unidad entre países tan distintos como Polonia y Cuba o como Italia y Venezuela. Un ¡¡Bravo¡¡, pues al servicio exterior de la Unión Europea por sus méritos en esta negociación difícil y al gobierno español por la iniciativa en convocar la Cumbre. También fue un éxito por la Cumbre Económica que protagonizaron en la mañana del 17 de julio la Sra. Von der Leyen, presidenta de la Comisión europea, Lula y Sánchez, presidentes de Brasil y España respectivamente, abriendo la puerta a una esperanzadora Agenda Global Gateway, dotada con cuarenta y cinco mil millones de euros, de inversiones europeas en América Latina a desarrollar en los próximos años. 

Pero la Cumbre ya fue. La foto ya es solo un recuerdo. Los presidentes volvieron a sus países y sus respectivas agendas, llenas de urgencias y de particulares conflictos -los que la política genera cada día- absorberán sus actos y sus preocupaciones. Los europeos vuelven su mirada al Este, a la guerra de Rusia en Ucrania, se angustian por la inflación o por la recesión económica, se reúnen para abordar una complejísima ampliación con los Balcanes Occidentales o se sumergen en agudas crisis políticas internas. Lo mismo ocurre con los presidentes latinoamericanos, todos ellos agobiados por un horizonte económico de bajo crecimiento y enfrentados a problemas estructurales de larga data: informalidad laboral, baja productividad, desigualdades sociales, limitados márgenes fiscales para hacer políticas sociales y para impulsar el crecimiento y problemas políticos de todo tipo, en cada uno de sus países. 

La posibilidad de que la Cumbre pase a un segundo plano en la importancia de lo acordado y a un tercero o cuarto en la urgencia de las respectivas agendas europeas y latinoamericanas, es muy grande. Por eso quisiera puntualizar algunos aspectos que se derivan de los acuerdos de la Cumbre y que merecen atención en el desarrollo de esta Alianza Estratégica renovada entre Europa y América Latina y el Caribe.

 1- Mantener y reforzar nuestro diálogo político.

 Uno de los elementos claves de nuestra alianza estratégica es la búsqueda de posiciones comunes en el complejo tablero internacional y el diálogo mutuo, es decir escuchar y pactar, sobre las posiciones europeas y de América Latina en las mesas de la gobernanza global. 

Partimos de nuestras convergencias culturales y sociopolíticas respecto a valores comunes: democracia, derechos humanos, derecho internacional, gobernanza ordenada de un mundo multipolar, etc. Pero, por encima de esas convergencias, hay intereses contradictorios, a veces antagónicos. Europa y América Latina hemos estado muchos años sin escucharnos y sin fraguar costosos consensos en temas conflictivos de la agenda internacional: cambio climático, justicia fiscal, organización del comercio internacional, sistema financiero internacional, enfrentamientos bélicos en distintos lugares del mundo, funcionamiento de Naciones Unidas, etcétera. Podríamos señalar muchos más. A su vez, algunos conflictos políticos internos de América Latina han provocado la aparición de otros actores globales en su política interna: Cuba y Venezuela principalmente, con sus peculiares relaciones con Estados Unidos, Rusia y China. A todo ello hay que añadir la creciente presencia económica y geopolítica de China en la región latinoamericana que ha ido generando toda una red de dependencias comerciales y económicas que influyen decisivamente en las posiciones de política exterior de muchos de los países latinoamericanos. 

En definitiva, no podemos atribuir a América Latina su pertenencia a Occidente por naturaleza y exigirle en consecuencia su alineamiento con las posiciones geopolíticas del Oeste, por imperativo cultural. Tampoco es Sur Global, como pretenden otros, por su coincidencia con los países en desarrollo. Es una cosa y la otra. Es Occidente y es también Sur Global. En todo caso, ya no vale construir una alianza política sobre la retórica discursiva del pasado de nuestros valores comunes.
No es suficiente. 

Hay que reformular nuestro diálogo y basarlo en dos palabras claves: respeto y escucha. Diálogo y consenso. Por eso ha sido importante que la Cumbre establezca cauces de diálogo fijando un órgano común permanente para que América Latina y Europa puedan abordar la actualidad y tratar de encontrar acuerdos en sus posiciones respectivas ante las mesas globales de la gobernanza del mundo. En la misma dirección, la reunión anual de los Ministros de Asuntos Exteriores y el compromiso de una nueva cumbre cada dos años, son peldaños en la construcción de ese diálogo permanente para una alianza estratégica seria y eficaz. 

2- Poner en marcha la agenda de inversiones global.

 El otro gran Acuerdo de la Cumbre fue el lanzamiento de la Agenda de Inversiones Global Gateway que incluye una larga lista de proyectos sobre los tres grandes pilares de las necesidades de cada país latinoamericano: transición energética y ecológica, transición digital e infraestructuras sociales. 

Pero este ambicioso plan necesita ser ejecutado en los próximos años sobre la base de voluntades compartidas, por múltiples actores y con arreglo a una serie de acuerdos previos entre muchos de ellos. Una buena base de aproximación a esta compleja operación reclama aclarar muchas cosas previamente e implementar después muchas acciones de actores diversos. 

Estas son algunas de ellas:

a) La cifra que la Unión Europea ha anunciado para ayudar a la financiación de las inversiones es de cuarenta y cinco mil millones de euros, pero poco o nada se sabe del origen de esta cifra. ¿Dónde están presupuestadas? Esta cifra corresponde a una suma de diferentes partidas nacionales pero, ¿a qué países y por qué importes? ¿Cuánto de ese dinero procede de programas de cooperación ya existentes? 

Hay una lógica preocupación entre las entidades de la cooperación europeas con América Latina porque temen que parte de los recursos que ellas administran puedan ser empleadas para financiar o apalancar inversiones empresariales. En mi opinión estos extremos debieran ser aclarados previamente y cuanto antes mejor. Soy de los que piensan que las inversiones en proyectos como los que la agenda recoge son claves para el desarrollo económico de los países, pero eso no debiera reducir las ayudas de cooperación y en todo caso la agenda debiera ser presentada sobre una narrativa no tan ligada a las inversiones económicas por sí mismas como ligadas a la voluntad europea de participar en el desarrollo de los países latinoamericanos. Es preciso poner en valor la importancia de muchas de estas inversiones para modernizar el aparato productivo, superar la informalidad, transferir tecnología, formar cuadros, construir cadenas de valor y, por supuesto, muchas de ellas son directamente inversiones sociales como la construcción de infraestructuras sanitarias o educativas. 

b) Es necesario articular la participación financiera de los bancos multilaterales de desarrollo en el plan y en los proyectos concretos. Igualmente se necesitan acciones semejantes de la banca privada para financiar las grandes transiciones antes citadas. 


c) Desarrollar esta Agenda será la mejor forma de construir un marco de relaciones económicas y comerciales más amplio sobre la base de mutuos intereses y siempre en permanente diálogo y colaboración con los gobiernos de América Latina y el Caribe. 
La Agenda ha sido elaborada de abajo hacia arriba para decidir sectores y actividades donde invertir, involucrando a las autoridades gubernativas, organizaciones locales, instituciones regionales, Cámaras de Comercio, etcétera y empresas representativas de diversos sectores económicos y bancos de desarrollo. Por ello, su ejecución reclamará también una amplia participación de esos mismos actores.
 
d) En un contexto donde América Latina y el Caribe muestran dificultades para crecer sostenidamente,
 transformar su estructura e incrementar la productividad en el largo plazo, las inversiones pasan a ser un activo estratégico de las relaciones UE-AL. La baja acumulación de capital fijo y el pobre crecimiento de la productividad en América Latina y el Caribe marcan un claro techo de cristal a la capacidad de la región para reducir la pobreza y la desigualdad. Por eso, las inversiones europeas deben superar la vieja y odiosa concepción extractivista y comportar una verdadera cooperación tecnológica y un compromiso por crear cadenas de valor propias en la región. 

e) Es necesario entender y difundir los incentivos y alcances del Global Gateway a la mayor parte posible del empresariado europeo con el fin de comprometer su participación en la implementación. Reforzar las alianzas público privadas (APPs), entre las dos regiones está en la base de la definición de la Agenda de inversiones y de su implementación. 

f) Es necesario mantener la calidad sociolaboral y medioambiental de las inversiones, lo que ya es un activo ampliamente reconocido de las inversiones de la Unión Europea. La Agenda de inversiones debe contribuir a la diversificación de capacidades productivas y a sostener la industrialización de América Latina. Reindustrializar con sostenibilidad empresarial debe ser un factor cualitativo fundamental de la agenda de inversiones Global Gateway en América Latina y el Caribe. 

g) La institucionalización de un diálogo permanente y representativo de las autoridades económicas de las dos regiones es un aporte a la estabilidad y a la convergencia de las estrategias. Es decisivo institucionalizar un espacio donde se pueda dar seguimiento a la Agenda de inversiones y seguir los temas económicos y estratégicos. Un órgano permanente de coordinación y gestión, no sólo para profundizar la Agenda Global Gateway, sino también para pilotar conjuntamente las dos grandes transiciones del siglo: la ecológica y la digital, haciendo compatibles nuestras respectivas políticas industriales para una reindustrialización compartida de Europa y América Latina. 


Valgan estas recomendaciones, a modo de recordatorio, para que todos, gobiernos, empresas, bancos, nos pongamos a la tarea. Nos jugamos mucho y esta es una Alianza en la que todos debemos y podemos ganar. 

Publicado en esglobal, 10 Noviembre2023

2 de noviembre de 2023

La República y nosotros.


La Transición no se basó en un pacto del olvido, sino en un pacto del perdón. No fue una imposición de viejos poderes, sino el fruto de la convicción de jóvenes demócratas que eran muy conscientes del pasado y querían construir un marco de convivencia para todos.

El pasado nunca acaba de pasar. El de nuestro periodo republicano, con un síndrome tan brutal como lo fueron la guerra, la represión y la dictadura franquista posteriores, mucho menos. La sucesión de acontecimientos de aquella agitada época (1931-1936) ha sido objeto de múltiples y variados análisis históricos. Uno de ellos ha sido recientemente publicado por José Luis del Hierro: ¿Salvar la República? (Tirant Humanidades), donde con exhaustiva precisión se comparan dos de aquellos acontecimientos, de sentido antagónico: el intento de golpe de agosto de 1932 (“La Sanjurjada”) y la revolución de octubre de 1934.

De la lectura de esta curiosa comparación y de los contextos políticos que los motivaron me han surgido algunas reflexiones aplicables a nuestro periodo democrático y a nuestra situación política actual.

¿Pacto del olvido?

La transición democrática y la reconciliación nacional a la muerte de Franco han sido calificadas por la historiografía de la época como fruto de “un pacto del olvido”. Voces interesadas en desprestigiar aquellos acuerdos y aquella transición han utilizado este término para señalar una supuesta desmemoria impuesta por los partidos que protagonizaron el paso de nuestra política a la democracia.

No creo que nuestra transición a la democracia se basara en un pacto del olvido, sino en un pacto del perdón. Del perdón mutuo. La materialización de ese perdón fue la Ley de Amnistía de 1977. Es verdad que la izquierda política perdonó al franquismo, pero ese perdón fue consciente, no impuesto. No fue un perdón temeroso, obligado o pragmático. Era, desde luego, una condición sine qua non de la conquista democrática, pero era también nuestra propia convicción para construir un país para todos, en el que la convivencia no estuviera marcada o condicionada por las heridas del pasado. Quisimos, voluntaria y generosamente, superar las dos Españas para hacer una sola.

No fue una imposición de los viejos poderes, sino una convicción de los jóvenes demócratas que queríamos construir un marco de convivencia para todos. Por eso la Constitución nunca fue un texto de unos sobre otros, sino la suma de renuncias de unos y otros para hacer posible la alternancia de todos en un régimen de libertades y democracia.

Había en los demócratas de entonces una voluntad de aceptación y respeto a los herederos del viejo régimen. Había una necesidad de conocer, reconocer y respetar al otro, para que nuestro pluralismo democrático fuera real y eficaz. Gregorio Peces Barba lo decía recordando los versos de Machado: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve.” Junto a nosotros está el otro. Construimos sociedad reconociéndonos, respetándonos y conviviendo en nuestra legítima pluralidad.

A quienes interpretan la amnistía del 77 como una cesión a los poderes fácticos o como una traición a la memoria de la represión franquista les recuerdo que no fue una señal de debilidad ni de pragmatismo, sino la fortaleza de una convicción: la democracia exigía la aceptación de todos. Hoy, 45 años más tarde, sabemos que no habríamos construido la España que tenemos si no hubiéramos basado nuestro marco democrático en la aceptación plena del pluralismo social y político del país, construido sobre ese perdón mutuo imprescindible.

Es verdad que muchos confundieron perdón con olvido. Pero solo en parte, porque los gobiernos de Suárez y González recordaron y compensaron a los perdedores de la guerra y a los represaliados por Franco. Permítanme que lo recuerde: se indemnizó a los fallecidos en la guerra del bando republicano. Se indemnizó a los mutilados en la guerra del bando republicano. Se indemnizó a los que sufrieron prisión en las cárceles franquistas. Se devolvió la condición y el grado a los militares republicanos. Se devolvió la condición y el grado a los maestros represaliados. Son solo algunas de las más importantes medidas adoptadas por los gobiernos democráticos para hacer justicia al universo republicano de la España de los ochenta.

No, la democracia no impuso el olvido. Fue la prudencia del pueblo, conocedor del momento histórico que estábamos viviendo, la que condujo a la intimidad de los hogares la memoria de la tragedia vivida. Se produjo así aquella sabia definición del pasado que nos hacía el filósofo francés Paul Ricoeur: “un delicado equilibrio entre los excesos del olvido y los abusos de la memoria”.

Nadie olvidó. Entre otras cosas porque el olvido no se establece por decreto. Por eso, veinte años después de aquellas medidas, nuestros hijos, los nietos de la guerra y de la represión, reclamaron actualizar y culminar aquella tarea restaurativa. La Ley de Memoria Histórica nació así porque quedaban materias pendientes de aquellos recuerdos. Por ejemplo, las fosas o los símbolos franquistas o los fusilados por sentencias ilegítimas y sin arreglo a derecho, de los tribunales militares a quienes solo pudimos hacer un reconocimiento de esa ilegitimidad.

La desgracia es que esa tarea no fuera hecha por el mismo consenso entre PSOE y PP como lo fueron las medidas acordadas por Suárez y González en los primeros años de la democracia. La desgracia ha sido perder aquel espíritu que nos permitió recordar sin culpabilizar, que instauró una memoria reconciliada sin afán vengativo, sin abrir esa inmensa caja de Pandora sobre culpabilidades penales, aunque todos sabíamos y sabemos que las hubo. Sabemos que no podemos tener una memoria compartida porque nuestro trágico pasado nos enfrentó y nos dividió, pero esos o parecidos síndromes históricos los tienen casi todos los pueblos y son capaces de convivir aunque no tengan un relato compartido de su pasado. Me pregunto, todavía hoy, si es posible recordar sin culpar, ni perseguir a nadie por nuestros recuerdos. ¿Por qué fue posible una memoria reconciliada entonces y no lo es ahora?

Dejo a los historiadores que analicen por qué y quiénes fueron o fuimos los responsables. Yo puedo decir que cuando me tocó desarrollar la ley en relación con el Valle de los Caídos, hoy Cuelgamuros, lo hice creando una comisión plural y pactada con PP, nacionalistas, Izquierda Unida y PSOE. La presidieron Virgilio Zapatero y González Trevijano y de aquel informe se dedujeron los acontecimientos producidos en esa basílica, algunos años después.

Reformismo versus radicalidad

Una segunda reflexión surgida también al releer la intensidad de los cambios políticos que propició la República desde su instauración en abril de 1931 fue la comparación entre radicalidad y reformismo, al tomar como espacio comparativo aquellos dos primeros años republicanos con el inicio de los gobiernos socialistas en 1982.

El contexto histórico de 1931 explica por sí mismo las urgencias de aquel primer gobierno republicano para combatir viejos y seculares problemas estructurales de aquella España: reformas laborales, reforma agraria, reformas económicas, reformas militares… Pero donde las prisas se convierten en radicalidad es en la cuestión religiosa. A pesar de que Fernando de los Ríos era un socialista liberal y un cristiano erasmista, el volumen y la dureza de las reformas religiosas alarma incluso hoy.

Algunas eran de sentido común –la secularización de los cementerios, la Ley del Divorcio, la Ley del Matrimonio Civil–, pero hay dos que provocaron alta conflictividad política: la disolución de la Compañía de Jesús y la reversión de todos sus bienes al Estado y sobre todo la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas por la que se prohibía a la Iglesia católica la enseñanza, lo que implicaba el cierre de todos los establecimientos docentes de órdenes religiosas (hablamos de más de cinco mil centros de enseñanza que abarcaban más de un tercio de la red escolar española de la época).

Si uno compara esta y otras medidas de aquel gobierno de la República con el gradualismo y la mesura del primer gobierno de Felipe González, aprecia las virtudes de estabilidad y potencia transformadora que tuvieron los casi catorce años de gobiernos socialistas de la época, frente a los resultados electorales de diciembre del 1933, con un triunfo arrollador de las derechas. Basta comparar la prohibición de la enseñanza a las congregaciones religiosas con la estrategia de concertación con las escuelas religiosas del ministro Maravall.

Soy muy consciente de que esta comparación es un poco grosera porque no se hacen referencias a los contextos sociopolíticos tan diferentes en la España de 1931 y la España de 1982. Pero es interesante extraer consecuencias políticas de la ecuación radicalidad-reformismo para concluir que este último es el que verdaderamente conquista aspiraciones sociales muy sentidas, como lo fueron la construcción de los dos grandes pilares de nuestro Estado del bienestar: la educación y la sanidad universales y gratuitas a lo largo de los años 1982 a 1996.

En este punto considero obligado hacer una referencia a un hombre demasiado humilde pero lleno de sabiduría que presidía el PSOE de aquellos años. Ramón Rubial, veinte años en las cárceles de Franco y, salvando las distancias, nuestro Nelson Mandela, tenía dos obsesiones como enseñanzas de su experiencia republicana: la primera era su enemistad manifiesta con los comunistas; la segunda era la paz social. En la primera comisión ejecutiva del PSOE, celebrada después de la victoria del 28 de octubre en 1982, tomó la palabra ceremoniosamente y entre sus recomendaciones dijo: “Felipe, controla el orden público, que el país no se desmadre.”

Seguramente estas recomendaciones no eran necesarias en el caso de Felipe González, pero viene bien recordarlas como contraposición a lo que muchos calificaron de agresiva radicalidad de aquellos primeros años de la Segunda República. En concreto, la que se desató en el ámbito de la enseñanza, que más tarde Ortega y Gasset denunció en uno de sus conocidos discursos críticos con la acción gubernamental de la República.

Nacionalismo catalán y crisis política en España

La tercera reflexión que me sugiere este libro de José Luis del Hierro es de plena actualidad. El titular podría ser este: El nacionalismo catalán se radicaliza y expresa su proyecto más abiertamente estatalista o independentista en las crisis políticas de España. Dejo también para los historiadores la confirmación de esta tesis, pero me parece sugerente recordar estas fechas de nuestra historia:

-En 1917, durante la primera huelga general revolucionaria en España, la Liga denuncia la falta de representatividad del régimen de la Restauración y exige la reforma de la Constitución de 1876 para incluir en ella las identidades nacionales. Cambó convoca una asamblea extraoficial de diputados y senadores que el gobierno civil disuelve deteniendo a todos los participantes.

-El 14 de abril de 1931, Francesc Macià, líder de Esquerra, proclama de forma unilateral la república independiente de Cataluña (hablamos del primer día de la República española). El gobierno provisional republicano envía a tres ministros para negociar la solución política, que fue el reconocimiento de la Generalitat y la tramitación urgente del Estatuto de Autonomía, que ya estaba acordado en el Pacto de San Sebastián.

-El 5 de octubre de 1934, tras conocerse la entrada de la CEDA en el gobierno de Lerroux, las organizaciones socialistas convocan una huelga general que debería convertirse en insurrección revolucionaria. Como bien sabemos, ese intento se materializó solo en Asturias durante quince días y fracasó. Pero conviene recordar que al día siguiente, el 6 de octubre, las autoridades de la Generalitat de Cataluña proclaman “El Estat catalán en la República Federal española”, en un gesto de abierto enfrentamiento al orden constitucional. Companys se rindió al general Batet después de que el gobierno de la República declarase el estado de guerra.

-En septiembre de 1936, dos meses después de comenzada la Guerra Civil, la tensión entre la Generalitat y el gobierno del Frente Popular estalló por la aprobación unilateral de un Estatuto de Autonomía de Cataluña con medidas y reformas que iban más allá de lo que el gobierno estaba dispuesto a aceptar y de lo que contemplaba el anterior Estatuto de Autonomía aprobado en el año 32.

-A partir de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatuto de Autonomía, el descontento nacionalista alcanza su máximo clímax con el procés, iniciado en medio de la crisis social española de 2009-2014, con grandes descontentos por la dureza de las medidas anticrisis, una protesta social enorme, tanto en Barcelona como en Madrid, y la aparición de nuevos partidos políticos en plena decadencia del bipartidismo.

-Por último, podríamos remitirnos a estos días, cuando la inestabilidad española y una investidura compleja ponen al nacionalismo catalán ante su mejor oportunidad política.

Me pregunto si todas estas fechas son pura coincidencia.

La amnistía de 1936 y la de ahora

Dejo para otros espacios y para otros expertos los aspectos jurídicos y políticos de la amnistía en 2023. No desprecio los argumentos en favor de la distensión social como base del diálogo político futuro en Cataluña. Pero hay un factor que llama mi atención en comparación con otros procesos similares. En concreto, me refiero a la legitimación democrática para adoptar esta decisión que surge de una voluntad expresa del pueblo español. Así ocurrió, por ejemplo, en 1977, cuando la amnistía era una reivindicación previa para construir la nueva democracia española y también en aquella otra ocasión en que se adoptó con la victoria del Frente Popular en febrero de 1936.

Efectivamente, en las elecciones de 1936 la amnistía sobre la revolución de Asturias y la rebelión de la Generalitat estuvo muy presente. Es verdad que eran hechos muy recientes: octubre de 1934 y febrero de 1936, pero en el programa electoral los sucesos de octubre del 34 aparecen en el primer punto, acentuando su carácter emblemático.

Ese punto uno comprometía una amplia amnistía, reposición de funcionarios, readmisión de obreros despedidos y reparación a las víctimas de la represión, y afectaba a todos los delitos políticos y sociales cometidos posteriormente a noviembre de 1933. Se trataba pues del punto más simbólico del programa del Frente Popular. Es más, muchos historiadores piensan que fue clave y causa en su victoria electoral.

Hay que recordar que las penas impuestas por aquellos hechos en los tribunales militares y civiles fueron extraordinarias por su contundencia: en Asturias 1.500 sumarios con más de 3.500 personas procesadas. Veinticuatro penas de muerte, dos de ellas ejecutadas, y todo el gobierno catalán condenado a treinta años de reclusión e inhabilitación absoluta por rebelión. El 21 de febrero de 1936, es decir, cinco días después de la victoria electoral, todos los condenados fueron amnistiados y quedaron en libertad. Se cuenta que la propia Pasionaria se dirigió a la cárcel a liberar presos de la revolución de octubre el mismo domingo electoral por la noche, una vez conocida la victoria en las urnas.

Hay muchas diferencias entre aquellos hechos y los actuales: la base legal es distinta, como lo era la Constitución de entonces y la de ahora; los hechos fueron muy diferentes, especialmente los de Asturias, no tanto los de Cataluña; la represión de entonces fue brutal y la dimensión de las penas nada tiene que ver con las del procés. Pero una en particular merece destacarse. Aquella amnistía estaba legitimada por la voluntad popular porque fue el punto principal de las elecciones de 1936.

Tentaciones revisionistas de nuestro pacto constitucional

Por último quiero hacer una reflexión sobre nuestra Constitución. Decimos con frecuencia que hay que conocer la historia para no repetirla. Yo no sé si sabemos poca historia o sencillamente no extraemos sus consecuencias, pero al repasar la vorágine, las pasiones desatadas y sobre todo el extremismo y la polarización de los acontecimientos en los años de la República, parece que olvidamos pronto.

La raíz de nuestra complejidad política se expresa en esas brechas históricas que marcan nuestra malograda identidad española. Desde principios del siglo XIX España ha sido incapaz de forjar una identidad nacional suficientemente amplia como para abarcar su pluralidad. El inicio, en 1808, de un sentimiento colectivo vertebrador de una incipiente nación fue torpedeado por una historia repetidamente fratricida a lo largo de los dos últimos siglos. Unas élites retardatarias se empeñaron en dar vida a una España uniforme, negadora de su diversidad ideológica y territorial e incapaz de compartir un proyecto colectivo abierto a las transformaciones sociales que se fueron sucediendo en ese tiempo. Más tarde, la Guerra Civil, la represión y una dictadura demasiado trágicas y largas como para olvidar culminaron nuestra división social.

El pacto de 1978 fue casi una refundación de nuestro país. Por eso me preocupan tanto estas tendencias revisionistas de los acuerdos internos que tanta cohesión nos han traído y nos han dado estos últimos 45 años.

Una de ellas es la que pretende revisar los efectos de la amnistía de 1977 para exigir responsabilidades al franquismo (torturadores o tribunales militares o responsables políticos) en aplicación, al parecer, de la nueva Ley de Memoria Democrática de la que quizás se puede extraer la conclusión de que los delitos cometidos por el franquismo son imprescriptibles por ser delitos de lesa humanidad. Pero entonces quizá alguien reivindique que otros actos de semejante naturaleza y distinto signo político son también imprescriptibles. En definitiva: se está desnaturalizando el sentido histórico del perdón colectivo que nos dimos en la Ley de Amnistía de 1977.

Por cierto, en los mismos días que la fiscalía anunciaba la admisión de la denuncia de un torturado en 1975 en Barcelona, toda España supo que el dirigente histórico de ETA Urruticoechea se atribuía en una entrevista presentada con gran publicidad en el Festival de Cine de San Sebastián responsabilidad en dos asesinatos anteriores a la Ley de Amnistía. He leído artículos apreciando la actitud de la fiscalía, pero un enorme silencio sobre los asesinatos prescritos del dirigente etarra. ¿Son también imprescriptibles?

Me cuesta mucho comprender a aquellos que reclaman la amnistía sobre los hechos de 2017, pero la niegan para hechos ocurridos sesenta o setenta años antes. Extrañas paradojas.

Se replantea el modelo de monarquía parlamentaria y se defiende abiertamente la necesidad de incorporar España al modelo republicano.

Se cuestiona abiertamente el Título VIII del modelo autonómico de nuestra Constitución, para reclamar un estado centralizado, o, en sentido contrario, para avanzar hacia la autodeterminación en el camino hacia un Estado confederal, en el que sean las nacionalidades las que puedan separarse de España y no sean los ciudadanos españoles quienes, en su caso, puedan decidirlo.

No niego la legitimación de todas esas pretensiones o de otras, porque acepto que nuestra Constitución no persigue las ideas. Pero sí advierto de las consecuencias de este revisionismo sin límites: es una apuesta muy peligrosa, por no decir suicida, para nuestra convivencia.

España está construida sobre costosos consensos y delicados mimbres que articulan nuestra vertebración territorial identitaria y social. Quienes crean que se pueden sustituir las piedras de bóveda de nuestros arcos de convivencia, desconocen la historia y juegan con fuego.

Nuevos consensos como aquellos no son posibles de alcanzar en la España actual, desgraciadamente. Me encantaría que fuéramos capaces de revisar algunos aspectos constitucionales para abordar cambios que exigen las transformaciones sociales producidas, el cambio de época histórica que vivimos y especialmente la incorporación a Europa. Pero eso debe hacerse recuperando el mismo espíritu de consenso que presidió nuestra Constitución. Y, evidentemente, no lo tenemos.

A veces me pregunto si estas advertencias corresponden a los viejos de una generación, prisioneros de una nostalgia deudora de su protagonismo en otra época y de orgullos legítimos por lo construido. Me pregunto si exageramos nuestros temores porque no conocemos la modernidad y la tolerancia de la nueva sociedad española a estos “avances”. No tengo duda desde luego de que el protagonismo y la responsabilidad en las acciones políticas corresponden a otros, pero reivindico el derecho a exponer libremente mis ideas y en este caso mis reservas, porque temo que podamos acabar llorando sobre la leche derramada.

Publicado en Letras Libres, 1 /11/2023

7 de octubre de 2023

La comunidad política europea.

La cumbre celebrada en Granada, la tercera después de Budapest y Moldavia, configura una especie de círculo concéntrico a la Unión Europea, en el que sea posible articular políticas comunes a Europa y a sus países vecinos no miembros, para afrontar retos comunes. Esta idea, surgida de la capacidad propositiva del presidente francés en 4044, ha cobrado fuerza en el marco de otra reflexión, surgida también con gran intensidad, sobre la ampliación de la Unión a nueve países más, entre los que se incluyen los de los Balcanes occidentales, Ucrania, Moldavia y Georgia. 

Curiosamente, fue el Brexit lo que impulsó la creación de una alianza supranacional europea para compensar las enormes ausencias que nos creó la marcha de Reino Unido. En el fondo, se buscaban sinergias a una vecindad que nos demanda inexorablemente acuerdos en múltiples planos de nuestra realidad: en el ámbito comercial, en el de las grandes infraestructuras tecnológicas, aéreas y espaciales, en las políticas climáticas, entre otras. Estamos obligados a cooperar y a consensuar políticas públicas en defensa de intereses comunes. 

A eso se añaden riesgos estratégicos cada vez más importantes en materia de suministros energéticos, materiales esenciales, cadenas logísticas, incluso combate de catástrofes climáticas o geológicas. Por último, la defensa: Reino Unido es la segunda potencia naval y la tercera potencia militar del mundo y sus contribuciones a la seguridad europea no son solo historia, sino también presente. Que se lo pregunten a los ucranianos.

Todo ello ha impulsado la creación de esta comunidad política que integra junto a la UE a Reino Unido, Noruega, Suiza y todos los países de la vecindad europea hasta un número cercano al medio centenar. La denominada Comunidad Política Europea tiene también otra misión no explícita, pero de máximo interés. Se trata de una especie de ‘sala de espera’ para los países que están en fase de adhesión a la Unión, pero no cumplen las condiciones democráticas y económicas para poder conseguirlo. De pronto, la ampliación de la UE hasta 58 miembros se ha abierto con un horizonte plausible (2030-2035).

¿Por qué? Porque la pandemia y la guerra de Rusia han cambiado drásticamente nuestra ubicación geoestratégica. Europa, que ha sido capaz de reaccionar ante estas dos catástrofes con un grado de unidad y de integración inusitadas (vacunas, fondos Next Generation, el instrumento de apoyo al empleo SURE, sanciones a Rusia, solidaridad con Ucrania), ha descubierto sus dependencias e inseguridades en múltiples planos: energía, defensa, relocalizaciones industriales, minerales básicos... lo que se ha dado en llamar la seguridad económica de amplio espectro. A su vez, el riesgo de ser abducido por el duopolio EE UU-China en los planos tecnológicos, militares, comerciales y económicos nos puede privar de un rol en el tablero internacional imprescindible para defender nuestros valores e intereses. Europa necesita hacerse grande, hacerse más fuerte, aumentar su mercado interior, asegurar la estabilidad de su vecindad y convertirse en un tercer polo en el mundo geopolítico que viene. Y eso nos obliga a incorporar a nuestros vecinos, a los que quieren ser europeos, aunque ello haga más compleja y más difícil nuestra gobernanza. Es verdad que se trata de una ampliación difícil, pero si no lo hacemos nosotros, otros ocuparán ese espacio: Rusia en Serbia y China en todos ellos. 

En los últimos veinte años, Europa ha digerido la ampliación del Este. Se han dicho y se dicen muchas tonterías sobre la incorporación de estos países, aludiendo a las dificultades que sufrimos para gestionar una unión intergubernamental de 47 Estados. Fue difícil, sí, y lo sigue siendo con las tentaciones iliberales de Hungría y Polonia. Pero ¿alguien cree posible una Europa sin Praga o sin Varsovia o sin los países bálticos? 

La gran ecuación es la ampliación y la integración; es decir, avanzar en dos direcciones que objetivamente se contraponen, porque ocultar que la gobernanza de una Unión a 58 es más difícil que a 47 es cerrar los ojos para negar la luz. La Unión de hoy necesita ya reformas para mejorar su funcionamiento. Sustituir la unanimidad por mayorías reforzadas, facilitar la gobernanza económica completando la unión bancaria y la de capitales o avanzar en la unidad monetaria incorporando al euro a los seis países que lo tienen comprometido, excepto Dinamarca, son algunos ejemplos de pasos necesarios que tendremos que abordar antes de la ampliación. Es más, la ampliación demandará otros no menos importantes: reducir las carteras de la Comisión, aumentar los poderes del Parlamento sin incrementar su composición, flexibilizar algunas condiciones de entrada, establecer mecanismos de control democrático más fuertes, entre otros. 

Enormes retos, es verdad, pero quedarnos quietos es condenarnos a la irrelevancia y a las dependencias de otros, y eso en el siglo XXI es condenarnos a dejar a nuestros hijos un parque temático en vez de un país para vivir.

Publicado en El Correo y Diario Vasco, 7-10-2023

2 de septiembre de 2023

Podemos decir "no".

Todo parece indicar que solo habrá Gobierno si el PSOE y los nacionalistas se ponen de acuerdo en que lo haya y en el programa que lo sostenga. El PP no conseguirá la abstención de ninguna de las fuerzas nacionalistas y su fracaso en la investidura será el colofón de su fracaso electoral. Apostó por sumar con Vox como único aliado y se equivocó, perdiendo cualquier posibilidad de diálogo con el resto de fuerzas del arco parlamentario. Lo ha hecho fatal y su líder es el principal responsable. 

A pesar de que Junts y ERC han perdido siete escaños y solo suman 14 de los 48 diputados elegidos en Cataluña, tienen más poder negociador que nunca. Ellos cuentan con la llave de la gobernabilidad de España, un Estado que quieren abandonar. La suma de votantes no nacionalistas en Cataluña dobla la suma de votantes de Junts y ERC, pero la agenda de la negociación será la que imponga esa minoría. Se dice que se trata de una coalición progresista, pero no se habla de vivienda, o de empleo o de protección social, sino de amnistía y autodeterminación. Son solo algunas de las muchas paradojas a las que nos ha condenado este tablero maldito surgido del 23 -J.

Hay quienes ven en un nuevo Gobierno PSOE-Sumar, con apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, una enmienda al régimen surgido del 78 y, con ella, la oportunidad de construir una especie de pacto plurinacional superador del Estado autonómico, en el que el reconocimiento de esas naciones lleve aparejado un derecho a decidir en determinadas circunstancias y condiciones. Se trataría de cambiar la naturaleza federal de nuestro modelo autonómico, tal como lo concibe el título VIII de la Constitución, por un modelo confederal en el que la pertenencia al Estado se sostiene en la voluntariedad previa de esas naciones. 

Es fácil prever la coincidencia de todos los grupos nacionalistas en esa pretensión, aunque su materialización se posponga o se condicione en el tiempo. Bastaría reconocer el eufemístico derecho a decidir en base a una consulta jurídicamente no vinculante –cuyo poder político sería insoslayable– o simplemente considerar legal todo lo producido en el ‘procés’ catalán, incluido el referéndum convocado en su día. También es previsible que Sumar avance en esa dirección, conocida la posición de los comunes en Cataluña , dada su influencia en esa coalición y vistas las prisas de la señora Yolanda Díaz por materializar cuanto antes y al precio que sea un nuevo Gobierno de coalición PSOE-Sumar. 

La inteligente calma de Bildu en este escenario es suficientemente indicativa de su coincidencia con este planteamiento. Todos sabemos que ese derecho de autodeterminación encubierto responde a su reivindicación histórica y ellos saben bien que no conviene recordar en estos momentos que otros mataron por eso. 

La propuesta del PNV y de Urkullu sobre un nuevo «estatus», aunque más suave en las formas, tampoco se distancia mucho de esta filosofía confederal. La «unión voluntaria» o la «bilateralidad efectiva» y la «capacidad de decidir pactada» responden a un modelo de Estado en el que quienes deciden su desintegración son los ciudadanos de sus nacionalidades, no los del conjunto del país.

 Yo creo que el diálogo con los nacionalistas es necesario. También creo que el Estado autonómico necesita desarrollo y reformas, incluso constitucionales. Pero creo que el PSOE no puede negociar sobre la agenda soberanista de la autodeterminación o sobre reformas confederales de nuestro modelo autonómico, a riesgo de producir un quebranto nacional irreversible y a riesgo de fracturar seriamente nuestra cohesión interna. La pretensión de la consulta autodeterminista esconde una espada de Damocles letal sobre la unidad de nuestro país. Los nacionalistas la necesitan para alimentar y estimular su proyecto independentista ofreciendo a sus electores ese horizonte político. Ahora no cabe, lo saben, pero esperarán el momento adecuado para intentarlo. Por eso reiteran: «Ho tornarem a fer».

Podemos y debemos ofrecer un marco de diálogo en el desarrollo de nuestro Estado compuesto. Hay márgenes para mejorar el autogobierno, para negociar la financiación, para hacer compartida la gobernación con las comunidades autónomas en España y Europa, para reformar los estatutos, incluso para reformar la Constitución en sentido federal. Hay que intentar integrar al PP en esa tarea porque gobierna muchas comunidades autónomas, porque su contribución es necesaria en estas reformas y porque el propio Partido Popular necesitará recuperar el diálogo con los nacionalistas si quiere gobernar España. 

Esa debe ser nuestra agenda. Si la minoría nacionalista exige lo imposible, digamos ‘no’. Un PSOE que se mantenga firme en la defensa de la España autonómica y constitucional no debe temer la repetición electoral. Muy al contrario, el desenlace de los próximos meses bajo este escenario reforzará nuestras opciones y nuestra vocación de mayoría.

Publicado en El Correo, 3/09/2023

19 de julio de 2023

¿Valores comunes entre América Latina y Europa?

Intencionadamente coloco los interrogantes sobre una afirmación común en nuestras conversaciones sobre las relaciones entre América Latina y Europa. Casi un lugar común. Lo hago porque las coincidencias en valores no son suficientes para obtener convergencias estratégicas y geopolíticas en un mundo cada vez más adverso y complejo.

No basta con tener una misma concepción de la libertad, del Estado de derecho, de la dignidad humana o de la protección social para construir alianzas sobre temas en los que el interés nacional supera esas coincidencias. No basta aspirar a un mismo orden internacional, a unas mismas organizaciones supranacionales para la gobernanza de la globalización, si previamente no se negocia y se dialoga sobre los conflictos que atraviesan el tablero multinacional.

Viene esto a cuento de la retórica con que Europa –y España desde luego– enfoca mu- chas veces nuestras relaciones con América Latina, sin comprender que desde el otro lado del Atlántico, sus intereses y sus posiciones geopolíticas responden a razones propias y a objetivos que, a veces, no compartimos, no comprendemos o, peor, desconocemos.

Voces europeas se enfadan, por ejemplo, ante algunas abstenciones latinoamericanas en la resolución de condena a Rusia por su invasión a Ucrania en Naciones Unidas, sin haber hecho previamente nada, ni dialogado con nadie antes de esas votaciones. Las posiciones comunes en las mesas globales tienen que ser negociadas previamente con los países amigos con quienes compartimos “valores comunes”. Tenemos que ser conscientes de que el Sur Global no acepta ubicarse en nuestro bloque occidental, frente al otro polo, porque las relaciones económicas y comerciales de muchos de ellos dependen más de China que de Estados Unidos. Tenemos que ser conscientes que hay un ”virus anticolonial” que circula en determinados discursos políticos de la América Latina actual y que eso requiere delicadas aproximaciones culturales y políticas. Tenemos que ser conscientes de que China y Rusia utilizan determinados países de América Latina para moverse hábilmente en su influencia geopolítica en la región.

Estuve a finales de abril en el Parlamento Europeo para explicar a la Comisión de Comercio Internacional la importancia de los acuerdos UE-LATAM y, en especial, para recordarle la enorme trascendencia de los futuros acuerdos con México y Mercosur. Les dije muy claramente que Europa ha perdido presencia económica y política en América Latina, que China aumenta exponencialmente su comercio e inversiones allí y que nuestros rivales geopolíticos, Rusia y China, influyen cada vez más en ese tablero. Les dije que hay algo peor que el hecho de que la señal de América Latina no se vea en el radar de la política exterior europea, y es que América Latina también deje de emitir señales hacia nosotros y dirija sus miradas hacia el Pacífico. Les dije que si no firmamos con Mercosur, Brasil y Uruguay lo harán con China individualmente. Les dije que se olvidaran de liderar la transición ecológica si todo el litio del triángulo bendecido por este nuevo mineral (Chile, Bolivia y Argentina) acaba en manos del líder  mundial de baterías (China). Les dije que no es posible expandir en el mundo nuestro modelo regulatorio ético de la digitalización si nuestras compañías no desarrollan la transformación digital en América.

Todo parece indicar que hay conciencia europea de todas estas grandes transformaciones de nuestro mundo y de la importancia de América Latina para Europa ante un mundo tan hostil a nuestros intereses. Es muy difícil encontrar en el mundo un espacio geopolítico más afín a Europa que el latinoamericano. De hecho, la Comisión está trabajando seriamente en la preparación de las Cumbres que tendrán lugar a lo largo del semestre de Presidencia española de la UE: la Cumbre empresarial y la Cumbre UE- Celac (julio, Bruselas) y la Cumbre de ministros de Economía (septiembre, Santiago de Compostela).

Como resumen, estos podrían ser tres importantes logros en estos meses trascendentales para nuestras relaciones con América Latina:Celebrar la Cumbre empresarial y la Cumbre política de Jefes de Estado y de Gobierno UE-CELAC con la más alta participación y con resoluciones concretas de avances, como base de una recuperación política para nuestra alianza estratégica.

Elaborar un plan de inversiones en infraestructuras físicas y tecnológicas para América Latina que permita a Europa recuperar presencia e influencia económica en la región a través del Plan Global Gateway. Es importantísimo que dotemos a este plan de apoyo financiero para que nuestras grandes empresas puedan ganar los grandes concursos públicos en materia digital y ecológica.
Aprobar los acuerdos comerciales y de inversión con México y Mercosur como base de una recuperación sólida de nuestras relaciones económicas con la región. Ambos representan dos tercios de la economía de toda América Latina.

Para conseguirlo, hay que moverse bien y gestionar las relaciones con América Latina no sobre la base retórica de nuestra convergencia en valores sino sobre intereses concretos y apuestas comprometidas de inversión y comercio europeo en América Latina.

Revista UNO, Julio 2023

18 de julio de 2023

América Latina, ¿a quién le importa?

Nos importa a nosotros, por supuesto. Hay seis millones de europeos viviendo en América Latina y cerca de siete millones de latinoamericanos viviendo en Europa. Esa formidable conexión humana reclama políticas públicas en múltiples ámbitos, por ejemplo, en materia de visados. Si tuviéramos una política de inmigración digna de ese nombre, estaríamos organizando nuestros consulados allí para traer una inmigración que necesitamos como el respirar.

Nos importa porque somos el primer inversor en América Latina y miles de empresas europeas tienen intereses económicos allí. Es un mercado mucho más próximo que otros más cercanos geográficamente, porque nuestra capacidad de comunicación y entendimiento y sus necesidades de desarrollo económico lo hacen muy compatible y accesible.

Nos importa porque la geopolítica tras la pandemia y la guerra ha convertido América Latina en un continente necesario para proveernos de energía, recursos naturales básicos, para la transición ecológica y para una cadena de subcontratación fiable y segura.

Nos importa porque Europa necesita aumentar su peso internacional y su influencia en múltiples asuntos de vital importancia para nuestra concepción del mundo y para nuestros valores (comercio internacional, gobernanza económica, fiscalidad, derechos humanos, cambio climático…) y solo América Latina nos ofrece una convergencia democrática y social que genere mutuas sinergias de fortaleza internacional.

Esta es una manera casi telegráfica y algo simple de explicar nuestros vínculos y de elevar así nuestra voz en defensa de una alianza estratégica, iniciada a finales del siglo pasado, pero declinante desde 2015 y hoy seriamente amenazada por la presencia económica china y el juego geopolítico ruso en determinados países de la región. Es también una mirada europea, unilateral, interesada, que provoca desdén o indiferencia en muchos de nuestros interlocutores. De hecho, lo primero que hay que hacer si pretendemos establecer un nuevo tiempo, un impulso fuerte a nuestras relaciones con América Latina y el Caribe, es ponernos en su lugar y conocer y comprender sus respectivos intereses en esta alianza. Es verdad que no son únicos ni coincidentes en una asociación como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que agrupa 33 países de América Latina y el Caribe, con economías, sociedades y sistemas políticos muy diferentes, pero nos sirve para recuperar un diálogo perdido y afrontar un futuro compartido.

Un diálogo peligrosamente perdido porque desde 2015 no se celebraban estas cumbres que se pensaron bianuales y que la fractura regional generada por la creación del grupo de Lima, en contra del régimen dictatorial de Nicolás Maduro en Venezuela, obligó a suspender en 2017. Es mucho más fácil suspender una reunión internacional que reanudarla. Así, hemos tenido que esperar hasta julio de 2023, cuando, a iniciativa del gobierno español que preside el Consejo de la Unión Europea desde el 1 de julio, y con la complicidad y colaboración del alto representante, Josep Borrell, y el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), se ha convocado una cumbre importante en todos los sentidos.

Importante, primero, porque su simple celebración ya constituye un éxito, dados los años transcurridos en suspenso. Segundo, porque se celebra en Bruselas, en una inequívoca señal de que América Latina importa a Europa y de que no se trata de una cuestión ibérica o, como mucho, de interés solo del sur de Europa. Tercero, porque la narrativa del encuentro conecta con argumentos políticos sentidos a ambos lados del Atlántico. El momento geopolítico que vivimos es particularmente agitado y resulta necesario ubicarse en escenarios relativamente hostiles, tanto para la UE como para América Latina.

Pero nada está escrito sobre la cumbre, menos aún sobre la instauración de un tiempo nuevo en la alianza (este artículo se ha escrito en los prolegómenos de la cumbre). De hecho, más allá de las fotos, de los comunicados, resoluciones y declaraciones oficiales, lo importante empieza luego. Si la cumbre instaura bases sólidas para que esta alianza sea verdaderamente estratégica, si se recupera la confianza mutua y si los proyectos conjuntos de acciones futuras se diseñan y se comprometen seriamente, todo eso determinará el éxito de la cumbre.

Obstáculos a superar

Antes tenemos que vencer muchas dificultades que están en el camino y de las que hablamos poco o nada. No podemos olvidar, por ejemplo, que acabamos de celebrar la cumbre de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) en República Dominicana (24 y 25 de marzo de 2023) y su impacto mediático ha sido mínimo, tanto aquí como, sobre todo, allí. El hecho de que la Cumbre Iberoamericana no despierte interés político es una muestra, un indicio más de que nuestras relaciones políticas y económicas han decaído. Hubo cosas peores en aquella cumbre: el desprecio de México es preocupante; Brasil acompaña fríamente esta organización; los enfrentamientos internos en la región son ostensibles y los acuerdos y declaraciones conjuntas se diluyen en la necesaria unanimidad. Repensar las cumbres y las funciones de la SEGIB parece necesario y, en ese sentido, todos sabemos que a España, junto a la secretaria general, les corresponde la principal responsabilidad para hacerlo posible.

Nuestro diálogo político con América Latina tiene que recuperar y reforzar nuestra visión democrática común del mundo. A veces percibimos señales hostiles sobre nuestro pasado y eso debiera exigirnos un ejercicio autocrítico de conciliación. La interpretación del presente y de sus conflictos también nos obliga a dialogar más para obtener coincidencias en las mesas de la gobernanza global. Hay que aumentar nuestra participación y protagonismo en la resolución de problemas políticos enquistados que influyen poderosa y negativamente en la región (Cuba y Venezuela en especial).

Salvando las excepciones de todos conocidas, el conjunto de la región pertenece, sin ninguna duda, al universo democrático. Las convicciones de sus poblaciones son profundamente democráticas, creen en ese modelo de organización política y nada ni nadie les moverá de esas coordenadas. Pero, a veces, sus posicionamientos geopolíticos no son comprendidos por Europa, lo que hace preciso entender que tienen intereses y demandas concretas que no nos pueden resultar ajenas. Quieren vernos junto a ellos en las demandas de financiación en los organismos internacionales; quieren nuestro apoyo cuando reclaman un mayor peso en Naciones Unidas; quieren compensaciones financieras del mundo desarrollado para renunciar a emisiones de CO2; quieren ser escuchados antes de que en Europa les exijamos condenas o alianzas. No podemos pretender amistad y lealtad desde América Latina si previamente no construimos juntos escenarios de compromisos mutuos y si no recorremos juntos los mismos caminos en los escenarios internacionales.

Este razonamiento resulta oportuno después de las diferencias observadas en el análisis y en las posiciones adoptadas por los diferentes países latinoamericanos ante la invasión rusa de Ucrania. Son muy comprensibles las muestras de rechazo europeo a las abstenciones a la hora de condenar la invasión por parte de algunos países de América Latina. Es evidente el disgusto en muchas cancillerías de la UE por la negativa de algunos países de la región a imponer sanciones a Rusia, y por sus insolidarios e incomprensibles rechazos a la ayuda militar europea a Ucrania. Son una muestra más de que nuestros llamamientos a la convergencia de valores, de principios democráticos y de orden internacional multilateral son retóricos si antes no adaptamos las supuestas coincidencias a los problemas concretos, si no construimos previamente una red de intereses comunes en dichos escenarios.

Europa no es consciente de que estos últimos 10 o 15 años han ocurrido muchas cosas en América Latina y que otros grandes actores han movido el tablero geopolítico de la región, creando dependencias económicas y políticas más fuertes que nuestras viejas convergencias. Baste recordar a estos efectos que China es el principal socio comercial de la región y que la mayoría de las exportaciones e importaciones de muchos países latinoamericanos dependen de esta relación. No es tampoco sorpresa para nadie que Rusia es el actor antagónico a Estados Unidos en las tres autocracias americanas (Cuba, Nicaragua y Venezuela). Por último, no olvidemos la diplomacia sanitaria que desplegaron China y Rusia con sus vacunas durante la pandemia, adelantándose a Europa y a EEUU con un suministro masivo en los momentos más angustiosos del Covid-19.

Pero una de las primeras dificultades a superar radica en la misma Europa. “América Latina no está en el radar de la política exterior europea”, dijo Borrell al comienzo de su mandato en el SEAE. Fue una afirmación tan valiente como cierta. Las dificultades internas de la CELAC y la falta de unidad de América Latina fueron respondidas desde Europa con un creciente desinterés. El Este concentraba todas las miradas de la Europa central y báltica, y África y Oriente Próximo atraían todas nuestras atenciones más perentorias. América Latina quedaba lejos, sus vaivenes políticos no se entendían y su estancamiento económico a partir de 2014 no ofrecía ningún estímulo.

He sufrido esta apatía europea durante los años en que presidí la Asamblea Parlamentaria Eurolat (2015-19) y he comprobado una y otra vez la dificultad de comprometer a los eurodiputados de otros países en esta relación. La pandemia y la guerra en Ucrania no han hecho más que aumentar estas tendencias. La pandemia reforzó nuestra mirada interior y la guerra nos ha girado definitivamente hacia el Este.

Pero, de pronto, sobre este escenario de frialdad y distancia comienza a construirse un relato alternativo que pone sobre la mesa las múltiples razones que explican el nuevo impulso a esta alianza. El gobierno de España, al convocar la cumbre al comienzo de su mandato europeo, ha puesto fecha y punto de salida a este movimiento que el SEAE lleva tiempo promoviendo. De hecho, es destacable la comunicación de la Comisión Europea, fijando “Nueva Agenda para las relaciones entre la UE y América Latina y el Caribe”, aprobada el 7 de junio.

Lo mismo ocurre con las propuestas de colaboración económica y tecnológica. Tienen que ser explicadas sobre la base de mutuos beneficios. No podemos interesarnos por el litio del triángulo bendecido por esas salinas (Chile, Bolivia y Argentina) si nuestra oferta de explotación y venta a Europa no va acompañada de las transferencias tecnológicas necesarias para que esos países sean autónomos en la explotación o para que sean capaces de producir las baterías eléctricas consecuentes y añadan valor a sus recursos.

Por injusto que pueda parecer, los esfuerzos europeos por dar contenido a la cumbre UE-CELAC y establecer un marco de colaboración económica con las grandes infraestructuras físicas y tecnológicas que América Latina necesita encuentran en la región una inmerecida frialdad. La vicepresidenta de la Comisión Europea, Margrethe Vestager, presentó en marzo la Alianza Digital Europea en Colombia, en el palacio presidencial de Nariño. Pero el presidente, Gustavo Petro, ni siquiera la saludó. Una oferta ambiciosa para establecer un marco regulatorio semejante entre la UE y América Latina sobre la digitalización y para desarrollar conjuntamente los múltiples desafíos en esa disrupción tecnológica corre el riesgo de ser desbordada por la agresividad china y la de sus compañías en la implantación de su tecnología. Nos jugamos mucho en esto y preocupa que nuestra coincidencia en valores y modelos éticos para el desarrollo digital queden marginados ante la potencia de los dos modelos alternativos: EEUU y sus plataformas privadas, y China y su control estatal.

De la misma manera, Europa debería acompañar sus inversiones y su implantación económica en América Latina de la calidad sociolaboral y medioambiental de nuestras empresas aquí en Europa. Una próxima legislación europea sobre “diligencia debida” de las multinacionales europeas fijará estándares en materias sensibles a las preocupaciones sociales de los latinoamericanos: derechos humanos, regulación laboral e internacional acorde a Organización Internacional del Trabajo (OIT), altas exigencias medioambientales, etcétera. Esta cultura empresarial de responsabilidad social es un plano muy favorable a nuestra presencia económica en América Latina que deberíamos explotar.

La iniciativa Global Gateway que la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha estado explicando y ofreciendo en su importante visita previa a la cumbre (Brasil, Argentina, Chile y México) no puede limitarse a una lista de proyectos de grandes infraestructuras físicas y tecnológicas necesarias en la región. Debe ir acompañada de mecanismos financieros para favorecer su realización ante la ausencia de margen fiscal de la mayoría de los países. Y, sobre todo, debe ser planteada mediante grandes alianzas público-privadas con los diferentes países, lo que permitirá a sus gobernantes establecer las condiciones adecuadas en las que se realizarán dichos proyectos, en busca de la debida protección de los intereses públicos nacionales.

Algunas propuestas

Una vez constatadas, por una parte, la voluntad de imprimir un fuerte impulso a la alianza entre la UE y América Latina y hacer de ella una auténtica alianza estratégica; y, por otra, las dificultades a las que nos enfrentamos, tanto los europeos internamente como los países latinoamericanos por sus nuevas dependencias e influencias, toca ser pragmáticos.

La cumbre pasará y lo hará con cierto sabor de victoria y de nuevo tiempo. También pasará la presidencia española, incluso la vicepresidencia de la Comisión hoy en manos de una referencia española de especial significado para esta ecuación como lo es Borrell. En los próximos meses, que sucederán al 17 y 18 de julio de 2023, Europa seguirá concentrada en su guerra en Ucrania, en sus grandes y graves asuntos internos: desde la renovación del Pacto de Estabilidad y Crecimiento a la Estrategia de Seguridad Económica; desde la reforma del mercado eléctrico a la autonomía estratégica; desde la ampliación a los Balcanes al Pacto Verde Europeo… Mil demandas y exigencias para avanzar en un escenario geopolítico adverso y difícil.

A su vez, América Latina afrontará un escenario macroeconómico de contracción (1% de crecimiento en 2024), culminando una nueva década perdida, en un clima de fuertes tensiones sociales porque la debilidad de sus Estados no puede responder a las justas y fuertes demandas de sus nuevas clases medias, en un clima de gran inestabilidad política, frecuentes polarizaciones, no exentas de peligrosos populismos, e inmersas en una fragmentación regional histórica y profunda que no se resolverá a corto plazo.

Corremos el riesgo de no encontrarnos, de no cruzar el puente de nuestras distancias y de no convertir en confianza nuestras diferencias. Hay riesgo de que no superemos nuestras objetivas circunstancias internas y de que no alcancemos un clima de diálogo y escucha para abordar juntos el futuro. Aunque todos coincidamos en la narrativa que explica la necesidad imperiosa de nuestra suma en el tablero internacional, no será fácil superar las importantes diferencias políticas y, en ocasiones, los intereses antagónicos en determinados temas. Hay, objetivamente, mucho trabajo por delante.

Por eso, la cumbre debería servir para fijar unos mínimos en el procedimiento para construir juntos un nuevo futuro para ambas partes. La cumbre no puede ser sino un comienzo, un reencuentro, un diagnóstico común del mundo que viene y una voluntad firme de afrontar esos retos sobre una alianza política y económica de amistad y lealtad. Habrá fotos, más o menos ausencias, declaraciones, resoluciones… pero lo importante será que sigamos viéndonos, hablando, escuchando, pactando, planificando acciones conjuntas ante retos enormes y necesidades apremiantes para ambos.

Por ello, me atrevo a señalar algunos mecanismos pragmáticos, en diferentes ámbitos, que pueden ayudarnos a dar continuidad a la cumbre y a la alianza:

Primero. Reafirmar el carácter bianual de las cumbres, estableciendo la sede de la próxima reunión UE-CELAC. Además, celebrar una reunión anual intermedia de ministros de Asuntos Exteriores. Crear, a su vez, un órgano permanente de seguimiento y de relación entre los jefes de Estado y de gobierno que se encargue de coordinar las posiciones comunes ante los múltiples acontecimientos de la actualidad y que pueda mantener contactos para resolver y proponer asuntos comunes. La representación europea está coordinada por la Comisión y el SEAE, pero sería conveniente que la coordinación de América Latina y el Caribe se delegara a portavoces subregionales para hacer más ágil y efectiva esta relación y este órgano permanente. Un buen comienzo para dicho órgano sería que pusiera en marcha un trabajo de aproximación y coordinación de posiciones ante las instituciones financieras internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, organismos multilaterales de desarrollo), ante las mesas de la gobernanza global del G20 (especialmente con Argentina, Brasil y México) o ante órganos internacionales de comercio internacional, fiscalidad internacional o acuerdos climáticos, entre otros.

Segundo. Establecer un consejo económico y tecnológico entre América Latina y el Caribe y la UE para pilotar la alianza en tres grandes materias: la transición verde, la alianza digital y la política industrial común. El volumen de decisiones al que nos enfrentamos en estas tres materias es tan grande y está tan lleno de contradicciones e interdependencias que solo bajo una supervisión y monitoreo común podremos realmente avanzar y hacer compatibles los intereses recíprocos. América Latina quiere de Europa el acceso a sus mercados, inversión y transferencia de tecnología. La UE ve a América Latina como un socio en cooperación económica, comercial y producción, y como fuente de recursos y espacio de producción energética renovable. Combinar estas mutuas y legítimas aspiraciones es primordial.

Asimismo, que la UE y América Latina puedan coordinar sus estrategias de descarbonización y lucha contra el cambio climático abriría un campo enorme a la colaboración y a la inversión europea en estas materias. La coordinación regulatoria de este proceso también es clave. Algo parecido se obtiene de la oferta de Alianza Digital que ha hecho Europa a América Latina, que afecta a múltiples planos de la transición digital: conectividad, infraestructuras o regulación, entre otros, lo que nos permitiría proponer una tercera vía frente a los modelos estadounidense y chino en esta materia tan sensible y determinante.

Para terminar, los cambios geopolíticos comerciales y tecnológicos producidos en los últimos años nos están enfrentando a múltiples retos que hemos resumido en la enigmática “autonomía estratégica”, que lo condiciona y determina casi todo. Ante esos nuevos escenarios, Europa y América Latina deben abordar juntos los retos comunes. Nuestra demanda de seguridad en múltiples planos nos conecta con América Latina en asuntos y materias esenciales. La seguridad energética, la cooperación en energías renovables, los minerales esenciales, la seguridad alimentaria, la integración de las cadenas de suministro… Todo ello nos exige una cooperación estrecha.

La cooperación en estos tres grandes campos de acción económica, tecnológica y ecológica no se resuelve mediante la iniciativa privada ni elaborando una simple agenda de inversiones. Ambas cosas son necesarias, pero sometidas a una planificación política común. De ahí la utilidad del consejo económico y tecnológico, uno que se tomara en serio nuestra cooperación económica en estos campos sobre la base de un soporte institucional común para programar, negociar, planificar y facilitar la ejecución de múltiples iniciativas.

Tercero. La relación UE-CELAC no debería ser incompatible con una participación creciente de la UE en las alianzas subregionales de América Latina. La Alianza del Pacífico, UNASUR, SICA… Aunque todas son organizaciones muy primarias en su integración, pueden ser plataformas de colaboración interesantes, pues conectan y armonizan intereses de un grupo de países más próximos coincidentes, en busca de una relación más eficaz. Una combinación flexible de acuerdos birregionales con actores bilaterales debiera ser también posible.

Cuarto. Los acuerdos de asociación y comercio con Chile, México y Mercosur deberían recibir un empujón definitivo en este semestre a partir de la cumbre. Chile y su acuerdo de modernizar y traer al siglo XXI el viejo acuerdo de 2000 debería ser ratificado en sede parlamentaria. Igual con México, para que sea aprobado por el Consejo y por las autoridades mexicanas. Y en el caso de Mercosur, para que sean definitivamente superadas las reticencias y las dudas surgidas sobre un texto en su día aprobado en la fase negociadora.

Quinto. La UE debería, por último, plantearse seriamente una política de inmigración con América Latina. Este es hoy uno de los problemas humanitarios más graves en la región. Millones de jóvenes de Cuba, Centroamérica o Venezuela atraviesan mares, selvas y fronteras con graves riesgos para sus vidas y generando problemas sociales en países fronterizos. Abrir nuestros consulados para atraer a Europa de manera segura y regular a estos emigrantes sería una extraordinaria iniciativa con muy buena acogida en América, incluyendo EEUU. Para ello, hace falta un acuerdo interior en la UE que, por desgracia, no tenemos, pero esta es una de esas cosas raras en las que todos ganamos.

Punto de partida

En definitiva, la cumbre UE-CELAC debería ser la gran oportunidad de establecer una verdadera alianza entre Europa y América Latina. Verdadera porque respire confianza, aunque no exenta de diferencias, para abordar juntos un mundo que nos ha colocado en espacios marginales o demasiado dependientes. Somos Occidente, claro, pero no todos los intereses y estrategias de EEUU son los nuestros. Nuestra defensa de un modelo de vida basado en la dignidad del ser humano y en los derechos humanos, de un marco democrático basado en el Estado social y de Derecho y de un orden multilateral basado en el Derecho Internacional, en la paz y en el desarrollo sostenible nos compromete con Occidente, pero debemos hacerlo conjugando nuestros intereses recíprocos en un marco que supere la bilateralidad que plantean EEUU y China. Esa es la gran tarea de esta alianza.

La cumbre debe ser el punto de partida de ese intento, forjando instrumentos que hagan real y eficaz una alianza que nos proporcione a ambos un lugar en el mundo y nos garantice la prosperidad para nuestros pueblos.

Publicado en Política Exterior, 18/07/2023

11 de julio de 2023

Sin seguridad no hay democracia.

"O plata o plomo" En esta frase lapidaria se concentra el dilema mortal con el que operan las mafias del narcotráfico. Lo hemos visto o leído en cientos de películas y libros que nos han relatado hasta la saciedad múltiples escenas de esa tragedia que vemos lejana y ajena. No debiéramos situarla tan lejos. El comercio de las drogas y las organizaciones criminales que lo gestionan se están expandiendo por el mundo entero, también aquí en Europa, representa un peligro mortal para las democracias latinoamericanas y destruye la vida de millones de sus ciudadanos.

Latinoamérica, esa realidad tan próxima para muchos de nosotros que cooperamos con tantos pueblos fraternos, se desangra en la violencia del 'narco' y en la de las bandas juveniles.Unas y otras se apoderan de ciudades y pueblos estableciendo una ley salvaje ante la ausencia del Estado. Millones de salvadoreños, hondureños, guatemaltecos huyen hacia Estados Unidos, expulsados por esa combinación fatal de ausencia de expectativa laboral y de violencia mortal. Se unen así a otros millones de refugiados que vienen de Haití, de Cuba, de Venezuela... en la misma búsqueda: trabajar y vivir en paz.

No es preciso describir con más detalle este drama. Solo recordar algunos datos: cuarenta y tres de las cincuenta urbes más violentas del mundo están en América Latina. Cerca de cien homicidios por cada 100.000 habitantes es la escalofriante estadística que señala a algunas de sus ciudades. El periodismo libre está herido de muerte por las amenazas de los traficantes. Algunos países tienen penetrados por el tráfico de drogas sus sistemas políticos y judiciales. Esta actividad ha superado las líneas clásicas de producción y transporte (Colombia hacia EE UU) y hoy está presente en Venezuela , Ecuador, Chile y hasta Argentina. El 80% del territorio mexicano está afectado por problemas de seguridad personal o familiar. La extorsión y el crimen alcanzan a toda su población: empresarios, comerciantes, jóvenes, niños... La frontera de Estados Unidos con México tiene aproximadamente 3.000 kilómetros y en el lado estadounidense hay 9.000 armerías; es decir, tres por cada kilómetro. Deduzcan ustedes a quién venden su mortífera mercancía.

Dos reflexiones nos afectan. La primera tiene que ver con la respuesta de la comunidad internacional al problema del narcotráfico. No hay respuesta. Solo perplejidad, impotencia, desinterés. Todos conocemos el diagnóstico del problema pero nadie se atreve a plantear caminos alternativos a una situación que se extiende peligrosamente hacia los confines 'occidentales' del mundo.

Una salida fácil y un poco demagógica propone la legalización, pero todos sabemos los riesgos comunitarios y de salud pública que eso supone , además de la imposibilidad material para un acuerdo universal de esa naturaleza. Pero de alguna manera habría que intentar controlar y regular la producción y el consumo desde autoridades públicas delegadas por Naciones Unidas o por alguna organización creada al efecto por la comunidad internacional. Quitarles el negocio a las bandas criminales es fundamental y eso es lo que persiguen todas las iniciativas que se están planteando en este vidrioso y complejo tema. Una veintena de expresidentes latinoamericanos presentó ante la comisión global de política de drogas de Naciones Unidas su informe anual 2022, reclamando precisamente «un camino hacia una regulación justa». En dicho informe se constata el fracaso de la guerra contra las drogas, que aumenta los cultivos de coca cada año y tiene cada vez más altos costes económicos, humanos y democráticos.

El otro gran debate, no menos complejo que el anterior, es el que nos ha planteado a todos la respuesta de Bukele, el presidente de El Salvador, frente a la violencia juvenil de las bandas en su país. Su apuesta de seguridad, que se carga de un plumazo todo el garantismo penal y procesal, todos los derechos ciudadanos frente a los abusos del Estado, ha producido unos efectos extraordinarios. En poco menos de un año, esta suspensión general de garantías ha hecho bajar la tasa de 108 homicidios por cada 100.000 habitantes a 2,1. Llevan doscientos días con cero homicidios. Hace dos años, había 40.000 presos. Hoy hay 95.000. La popularidad de Bukele roza el 90%. Honduras, con un Gobierno de izquierdas, anuncia una acción semejante. En toda América Latina el fenómeno Bukele genera peligrosas imitaciones.

No me cabe duda de que esta respuesta es inadmisible desde una perspectiva democrática. Creo, además, que su éxito es provisional y efímero. No podrá retener a esa enorme masa juvenil encerrada eternamente. La cárcel no les sanará, sino al contrario.

Finalmente, es el Estado el que tiene que proporcionar seguridad y libertad y esa ecuación exige soluciones más sostenibles, más equilibradas y con una perspectiva socioeconómica que genere cohesión social y bienestar. Esta es la gran demanda de las nuevas clases sociales (jóvenes formados) latinoamericanas y la gran asignatura pendiente de sus Estados.


El Correo, 11/07/2023