18 de septiembre de 2019

"Ongi etorri" del mal.


"Sortu debe renunciar al bochornoso espectáculo de los recibimientos públicos a terroristas etarras excarcelados."
 
Hitler invadió Austria alegando que las autoridades austriacas se lo habían demandado. Era una patraña organizada desde Berlín con los nazis austriacos, para iniciar así la expansión imperialista que planeaba el nazismo alemán.
 
Cuenta Eric Vuillard en su novela El orden del día la forma en la que el fiscal americano Alderman desmontó esa coartada de los dirigentes alemanes juzgados en Núremberg releyendo conversaciones transcritas entre Göring y Ribbentrop que ponían en evidencia la trama montada por el régimen nazi para justificar esa invasión. En un momento de esa lectura, en la solemnidad de aquel juicio, cuando se evidenciaba la mentira, Göring soltó una risotada. El autor de la novela dice: “A Ribbentrop, por su parte, le sacudió una risa nerviosa”.
 
Unos años después, en 1961, cuando Israel juzgaba a Adolf Eichmann por genocidio contra el pueblo judío, la filósofa Hannah Arendt popularizó su famosa teoría de “la banalidad del mal”, después de asistir a ese juicio que acabó con el ahorcamiento del genocida en 1962. La tesis, fuertemente criticada entonces en Israel, aludía a la inconsciencia del mal producido, a la ausencia de una voluntad criminal expresa y a la inexistencia de rasgos violentos en su personalidad o enfermedad mental alguna. Se trataba simplemente de cumplir órdenes, de ascender profesionalmente, de actuar como “el primero de la clase” en el marco del sistema, de acatar el orden establecido, de simple burocracia, sin analizar el bien o el mal de sus actos.
 
Viendo las caras de nuestros conciudadanos hace ya algunas semanas, recibiendo en su pueblo a uno de los secuestradores de Ortega Lara, recordé estos hechos históricos y, no sé si ingenuamente, les atribuí esa misma explicación. Me pregunté: ¿es que ninguno de ellos fue capaz de pensar en el daño cometido por el homenajeado, en la tortura a la que sometieron a un semejante y en los delitos por los que fue condenado?
 
En la organización de los ongi etorri a los miembros de ETA hay, claro está, un patético intento de justificar una trayectoria clamorosamente equivocada que solo ha producido tragedia y dolor. Incluidos ellos mismos. Lo grave es que haya gente dispuesta a hacer el coro a esa patraña y seguir consignas tan sectarias, como si nada hubiera ocurrido, inconscientes y ajenos a la crueldad de los crímenes que, en el fondo, reivindican con sus bengalas, sus aplausos y sus gritos. Es la banalidad del mal, la convención social que impone la calle, secundando iniciativas de bares y cuadrillas, ensimismadas en su relato falsario.
 
Es la banalidad del mal que impone una corriente política en esos pequeños entornos, opresivamente cerrados, en los que discrepar o criticar implica ser rechazado o excluido. Es la “moda social” que obliga a quedar bien con ese entorno. Es un sentimiento malsano de pertenencia a la comunidad, que impone la solidaridad con el asesino y el desprecio a la víctima, reiterando esquemas mentales pasados, equivocados, acríticos, fanáticos... felizmente superados por la realidad.
 
No. No se trata de burocracia o de órdenes legales, como explicaba Arendt su teoría sobre Eichmann. Es el clima social del pasado en algunos lugares dominados todavía por una subcultura de la violencia que siempre se defendió y nunca se criticó. Ni se critica todavía. No. No son solo amigos y familiares que le reciben, como dijo una dirigente de Bildu en Navarra para atenuar la repugnancia que habían producido esas imágenes. Eso puede hacerse en la intimidad, como lo están haciendo otros yéndose a casa con discreción y humildad.
 
Por eso es tan importante exigir la autocrítica a la izquierda abertzale y construir el relato recordando la verdad de las víctimas, sin reivindicar como héroes a los asesinos, sin homenajes a quienes solo merecen reproche social. Sin levantar las placas que en el suelo o en las fachadas de nuestras calles nos recuerdan los nombres de los asesinados, como ocurre en las calles de Bruselas, Colonia o Fráncfort en emocionado recuerdo de los judíos asesinados en el Holocausto.
 
Hacen bien los partidos políticos vascos en exigir a Sortu ese nuevo paso en su camino a la democracia porque están en juego las convicciones sociales sobre el bien y el mal y la interpretación histórica de lo que fue nuestro trágico pasado. Es por eso una cuestión de moral pública y de justicia con la verdad. Es Sortu quien debe renunciar a ese patético intento de convertir en victoria lo que ha sido una derrota sin paliativos y un horror histórico para este pueblo. Son ellos quienes deben evitar esos espectáculos bochornosos e inadmisibles, que ofenden a la ciudadanía y desprestigian a nuestro país. Más aún, que ponen en duda la rectificación política que ellos mismos protagonizaron en el camino a la paz en 2011.
 
Publicado en El País, 18/09/2019

8 de septiembre de 2019

Jáuregui, la jubilación de una figura clave en la política vasca.

 
 
El exdirigente del PSOE repasa sus 40 años en primera línea en Euskadi y España.

Ramón Jáuregui se jubila tras 40 años en primera línea de la política vasca y española. El que fuera vicelehendakari del primer Gobierno vasco de coalición PNV-PSE y ministro confiesa que «el horizonte de un atentado de ETA» siempre formó parte de su vida y repasa su trayectoria con tono autocrítico.
 
 SAN SEBASTIÁN. El pasado lunes, 2 de septiembre, Ramón Jáuregui se despertó en su apartamento de San Sebastián y no supo qué hacer. «Me levanté de la cama y pensé: ‘¿y ahora qué?’». Por primera vez desde los 14 años, cuando descubrió como aprendiz lo lóbrega y sucia que puede ser una fundición, no tenía una responsabilidad que atender. Histórico líder de los socialistas vascos y figura destacada de la política de Euskadi del último medio siglo, se topó con la cruda realidad. «Soy un jubilado».

En marzo de 2018 anunció en un acto del PSE en el Teatro Arriaga que dejaba la política una vez finalizara la legislatura europea. Con 70 años –ahora tiene 71– había llegado la hora de dejarlo. No se presentó a las elecciones de mayo y el lunes, con el arranque del curso político, tomó conciencia de ello. «Lo del Arriaga lo planifiqué muy bien. Quise ser coherente y dejar claro que era yo el que elegía marcharse», explica.

Aquel muchacho de 14 años llegó a ser vicelehendakari del Gobierno vasco, secretario general del PSE, hombre clave del PSOE durante décadas e incluso ministro del Gobierno. Y en realidad, Ramón Jáuregui estaba ‘condenado’ a ser un oficial industrial guipuzcoano. «Soy una persona que se rebeló contra su destino. Fui capaz de cambiarlo. Siempre empujado por mi curiosidad por saber. Y aún hoy, en el atardecer de mi vida, siento esa ansiedad».

La cita es en un hotel donostiarra junto a La Concha. Llega puntual, enérgico, impetuoso. Trae consigo un blog de notas por si le baila alguna fecha. Pero no. No la abrirá en toda la mañana. Como para cualquier jubilado, su concepción del tiempo es elástica, y lo que iba a ser un encuentro de dos horas se convierte en uno de casi cuatro. Dice estar en forma. Y no miente. Corre, anda en bici, nada. Está ágil.

Primer requiebro al destino. Estudia Ingeniería Técnica y Derecho por la noche para poder salir de la fundición. Se convierte en un abogado laboralista que con su Seat 850 recorre Gipuzkoa para ayudar a los obreros. Es el ‘abogado de la UGT’, sindicato que llegaría a dirigir en Euskadi tres años a comienzos de los 80. Estaba llamado a hacer carrera sindical y Nicolás Redondo le llegó a ver como su sucesor. Pero no. «Nicolás siempre me reprochó que no siguiera. Nunca asumió que me fuera», recuerda.

Ahí llegó el segundo regate al destino. El sindicalismo le apasionaba pero ya había probado las mieles de la política. Tal vez por herencia paterna, que en la intimidad familiar les hablaba de los ideales del socialismo, se había afiliado al PSOE pese a que su cuadrilla del barrio era abertzale. Mucho. «Varios acabaron en ETA». Asistió con 26 años al congreso de Suresnes, donde conoció a Felipe González –y tuvo tiempo de ir al cine para ver ‘Emmanuelle’–, y asumió su primera responsabilidad institucional en la Transición, cuando le nombraron, desde Madrid, presidente de la gestora del Ayuntamiento de San Sebastián. Tenía 30 años. «No lo pedí. Nunca he pedido ningún cargo. Jamás. Siempre me han reclamado y he aceptado por lealtad total al partido», explica.

En la política municipal descubrió lo que más tarde sería una constante en su carrera: el gusto amargo de la derrota electoral. Pero pasó rápido página, primero en el Parlamento vasco y, cuando el PSOE ganó las generales del 82, como delegado del Gobierno. Tenía 34 años. «Pocas veces he pensado que estaba preparado para ningún cargo. Y entonces, aún menos. Era muy joven. Pero como nadie se atrevía...».

– ¿Y por qué usted sí aceptó?

– Porque siempre he dicho que sí. Yo soy del PSOE y asumo las responsabilidades que me piden porque me toca. Y eso que probablemente es lo peor que me ha tocado en mi vida.
Fue la época de la reconversión industrial. «Puedo decir con la distancia que da el tiempo que fue una de las grandes cosas que se ha hecho en Euskadi. El país estaba industrialmente achatarrado y lo modernizamos. Estoy orgulloso de todo aquello».

Pero sobre todo, fueron los años del plomo. ETA asesinaba casi a diario. Entró en la Delegación del Gobierno en Vitoria el 1 de enero de 1983 y desde ese día vivió con escolta. 30 años con ‘sombras de la guarda’. Hasta 2013. «Cuando en el 84 matan a Enrique (Casas) nace nuestro tercer hijo, le llamamos Enrique por él. Desde muy niños les enseñamos a no abrir la puerta a extraños (...). Tras el asesinato de José María Lidón, a mi mujer, que era jueza en Vitoria, le ponen también escolta. Y en 2008 su nombre aparece en los papeles de un comando detenido. Y un hermano mío tuvo que cambiar de casa porque la vecina de arriba era de otro comando y le había señalado. Siempre pensé que el horizonte del atentado formaba parte de mi vida».

Jáuregui se yergue en su asiento cuando habla de ETA. No es incomodidad. Es un sentimiento más primario. «Asesinaron a muchos amigos, algunos casi hermanos. Fernando Buesa, Fernando Múgica, Enrique Casas... Es increíble pero llegó a formar parte del paisaje. Sabías que podía ocurrir. Si no era uno, era otro. Y si no, tú». De hecho –tercera finta al destino–, sólo la torpeza de un ‘talde’, que confundió la Nochevieja con la Nochebuena, evitó que atentaran contra él en la sociedad gastronómica donostiarra en la que celebraba la Navidad con su familia.

Hablar de ETA es hacerlo de las «páginas negras de nuestra trágica historia». «Es verdad que hubo torturas y actuaciones policiales fuera de la ley. Claro. Pero también una Iglesia sin compasión por las víctimas. Y políticos que decían que ‘mientras unos mueven el árbol, otros cogemos las nueces’; un país, Francia, que miraba para otro lado; y una sociedad acobardada que bajo el manto del ‘algo habrá hecho’ intenta aceptar que se mate al semejante. ¡Una sociedad entera!», lamenta. «Debemos hacer la misma reflexión que hicieron los alemanes tras la guerra: ¿cómo fuimos capaces? Los jóvenes de ahora tienen que mirar a sus padres y preguntarles: ¿cómo fuisteis capaces?».

Durante su etapa como delegado del Gobierno, la guerra sucia contra ETA ofreció alguno de los episodios más sórdidos y sanguinarios. «Fue un horror y un error de quien lo concibiera».

– ¿Algo de lo que se arrepienta de aquella época?

– Yo no estuve en la primera línea del tema antiterrorista, era una tarea de los gobiernos civiles. Sólo puedo decir que jamás, jamás ha habido la más mínima implicación jurídica en ninguno de esos hechos. Yo me miro al espejo cada mañana y me siento digno y honesto», afirma con seriedad, mientras prefiere pasar de largo por el incidente protagonizado por Mikel Zubimendi (HB), quien tiro una bolsa de cal viva sobre el escaño del dirigente socialista. «Fue uno de los momentos más amargos de mi vida política».

Jáuregui siempre pensó que «estábamos condenados a un empate infinito» con ETA. Pero en octubre de 2011, la «fecha más maravillosa de la historia de Euskadi», llegó el fin del terrorismo. Lo celebró tomando copas por Vitoria con Emilio Olabarria (PNV) y Alfonso Alonso (PP), con quienes ese día compartía un debate electoral. Fue una «victoria clamorosa», pero no de la sociedad vasca, con quien el socialista es muy crítico, sino de la «democracia vasca, de los políticos y partidos vascos, de los valientes, de Gesto por la Paz, de los manifestantes...».

Ardanza, «mi amigo»

Un porcentaje de aquella victoria, el «punto de inflexión» que marcó el inicio del fin de ETA, tuvo a Txiki Benegas y Jáuregui como impulsores y artífices: el Pacto de Ajuria Enea. El PSE había ganado en escaños (19 frente a 17 del PNV) las elecciones autonómicas de finales de 1986 y tras fracasar las negociaciones con EA y Euskadiko Ezkerra para gobernar, los socialistas cambian de estrategia y pactan con el PNV. Acuerdan ceder la Lehendakaritza a José Antonio Ardanza, «algo que mucha gente no entendió». «Renunciamos porque el objetivo final era lo que se firmó unos meses después, el Pacto de Ajuria Enea. Darle la vuelta a la situación. Acabar con la fractura total entre partidos y construir la unidad democrática frente a la violencia. Y trasladar al PNV la responsabilidad y el liderazgo en la lucha por la deslegitimación de la violencia», rememora con viveza el socialista, quien ocupó la vicepresidencia de aquel Ejecutivo, al mismo tiempo que ejercía de secretario general del PSE.

Hoy en día considera a Ardanza un «amigo» por todo lo que pasaron juntos, con Felipe González y el ministro Corcuera supervisándolo todo desde Madrid. Aquel Gobierno de coalición, el primero de la democracia y ejemplo de transversalidad y entendimiento, no sólo construyó un consenso político sin precedentes contra el terrorismo; también trajo la estabilidad, la cultura de la convivencia entre identidades distintas y la modernización económica del país.

 «Es el momento de mi carrera del que estoy más orgulloso. Las coaliciones han sido muy beneficiosas para el País Vasco. Las apoyé en su día y las sigo apoyando», se sincera. «Tengo la convicción de que el PSE ha sido muy útil para este país. Y eso es lo mejor que se puede decir de un partido», añade.

El destino, al que tantas veces había burlado, le tenía reservada entonces una mala jugada. Jáuregui fue candidato a lehendakari en 1994 con la convicción personal de que iba a ganar. El PSE se había fusionado con Euskadiko Ezkerra y el año anterior había arrasado en las generales en Euskadi. Incluso había rechazado ser ministro con González.

 «Me llamó Narcís Serra y le dije que no, que iba a ser lehendakari», cuenta ahora entre risas. «¡Qué momento tan duro! La mayor decepción de mi carrera. Interpreté muy mal los resultados de las generales y nos dimos un batacazo. En campaña el PNV nos metió un escándalo de Osakidetza de por medio. Fue penoso. Muy doloroso. Tenía tanta ilusión».

Por primera vez, tuvo la tentación de dejar la política. Aguantó dos años más en Euskadi. El suficiente para dar el relevo en el PSE a Nicolás Redondo Terreros.

«Almunia me llamó cuando sustituyó a Felipe. Yo necesitaba angustiosamente respirar otro oxígeno. La política en Euskadi era una noria, siempre lo mismo. Era agobiante».

– ¿Qué sintió cuando vio a Patxi López llegar a la Lehendakaritza?

– Me dio un poco de envidia sana, por qué no reconocerlo. Pero sobre todo orgullo y alegría.

– ¿Le hubiera gustado formar parte de aquel Ejecutivo?

– Ya no me correspondía. Pero tampoco me llamaron.

Contactos secretos con Rajoy

Pero su futuro le aguardaba con sorpresas. Tras una década como diputado, con un paso decepcionante por la docencia universitaria incluido, le proponen ser candidato al Parlamento Europeo, reto que le «apasiona». Se va a Bruselas en lo que muchos interpretan un retiro dorado pero poco más de un año después recibe una llamada nocturna. Era Zapatero, con quien entonces no tenía buen ‘feeling’. Le quería de ministro. «Mi mujer me dijo que no aceptara. Mi hija también. Pero no podía decirle que no».

Se convirtió en ministro de la Presidencia. «Aquella experiencia fue un shock. Siempre he pensado que el BOE es el gran instrumento del poder. Pero cuando llegué descubrí que era la prima de riesgo. Cada mañana estábamos literalmente acojonados con los mercados». Aquel Ejecutivo, herido de muerte por la crisis, evitó in extremis el rescate para poder pagar a funcionarios y pensionistas «negociando en secreto con el Banco Central y con Rajoy». Entonces Jáuregui conoció de cerca el abismo de la responsabilidad. «A veces escuchas a pequeños empresarios preocupados porque tienen que pagar a final de mes la nómina de 13 empleados, por ejemplo. Ahí nosotros teníamos que lograr pagársela a 12 millones de personas», explica.

– ¿Le gustó ser ministro?

– Sí. Pero le cuento. Yo solía llevar la nómina como ministro en el bolsillo de la chaqueta porque mucha gente me decía que me estaba haciendo rico. Y no. Se la enseñaba. Cobraba 3.500 euros al mes.

– ¿Soñó con ser presidente del Gobierno?  

Cuando Felipe sorprende en el congreso del 97 y dice que se va, nadie lo sabía. Durante los dos días siguientes el partido estuvo en ebullición por saber quién le iba a sustituir. Él nunca dijo a quién quería. Pero algunos interpretaron que sus reflexiones podían referirse a mí. Esto nunca lo he contado, pero el caso es que, en algún momento de ese congreso, me puse a escribir algunas líneas por si era elegido secretario general del PSOE. Pudo ocurrir pero la mayoría decidió que fuese Joaquín (Almunia).

– Cuarenta años en política. Algunos dirán de usted que es ‘casta’.

– Cuando fui a arreglar los papeles a la Seguridad Social, me dijeron: ‘tiene usted 56 años cotizados’. ¡Oiga, 56 años! Desde los 14 a los 70. Cobré mi primera pensión el 28 de julio.

– ¿Es una pensión digna?

– Sí, la máxima. 2.150 euros netos.

– Los jubilados se manifiestan.

– Siento decirlo, pero no hay para más. El país da lo que da. Vamos a ser sinceros.

– ¿Qué políticos le han marcado?

– Txiki (Benegas), Felipe (González), Alfredo (Pérez Rubalcaba), cuya muerte me tocó mucho...

– ¿Qué opina de Pedro Sánchez? Usted no le apoyó en las primarias.

– ¿Sánchez? (silencio) Me ha sorprendido. Lo veo mucho más puesto de lo que creía. Tiene formas, madera. Apoyé a Susana Díaz porque no estaba de acuerdo con lo que Pedro quería hacer con el ‘no es el no’. Defendí la decisión de la gestora. Al hacerlo discrepé de Pedro y seguramente eso no me lo ha perdonado.

– ¿Cómo ve la política española?

– Los líderes actuales no están menos cualificados que nosotros. Lo que ocurre es que el sistema político español ha sufrido una transformación brutal en poco tiempo y no estamos siendo capaces de administrar ese cambio.

– ¿Habrá elecciones?

– No es razonable que un país tenga cuatro elecciones en tres años. Aquí el principal responsable es Cs, que no cumple el papel de bisagra que le han atribuido los ciudadanos. En términos políticos, si uno viene de Marte y analiza la situación, se preguntará por qué no se entienden Cs y PSOE.

– ¿Y Euskadi? ¿Ve amenazas en el futuro?

– Euskadi está leyendo de manera inteligente lo que está pasando en Cataluña y estamos muy vacunados. No veo esa tentación. El PNV no va a tirar por la borda su posición aunque eso le obligue a renunciar a sus objetivos ideológicos. Y así tiene que ser. Ha aprendido que aquí estamos para entendernos.

– Algunos no se fían.

– El PNV ha seguido siempre sus intereses y ha tenido una doctrina confusa y un péndulo patriótico, ya sabe, tentaciones independentistas. Cuando pacta, se hace un partido mayoritario y estable; y cuando se radicaliza y busca la independencia, lo estropea todo. Ahí está el plan Ibarretxe. Mire, con Patxi López como lehendakari nosotros hicimos bien las cosas. Y los nacionalistas aprendieron mucho de aquello. El PNV de ahora es consecuencia de aquel gobierno.

Leña el árbol caído

– ¿Y del terrorismo?

– Reivindico que la paz no fue negociada, no hubo concesiones políticas y se hizo con justicia. Es una paz limpia, plena, completa e irreversible. Es verdad que faltan pasos por dar. Falta autocrítica, por ejemplo, (de la izquierda abertzale) como los ‘ongi etorris’. Está en juego que la sociedad vasca acabe estableciendo un código del bien y del mal equivocado.

– ¿Ha tenido enemigos?

– Probablemente el más fuerte en el PSE fue (Ricardo García) Damborenea en su tiempo. Fueron años difíciles.¿Externos? Prefiero callármelos.
 
 Hay uno en el PNV que nunca me ha querido, pero afortunadamente en su partido es pasado. – ¿Qué borraría de estos años?
 
 – Los errores que cometí. Declaraciones equivocadas, como unas contra Garaikoetxea cuando se marchó. Hice leña del árbol caído y me equivoqué. Aún me acuerdo. La memoria es muy hija de...
 
 – ¿Algo más?
 
 – Negociando fui demasiado blando. En momentos, los acuerdos con el PNV fueron muy dolorosos. Por ejemplo, en el proceso de euskaldunización de los profesores. Me he encontrado en pueblos de Cantabria o Burgos con algunos que tuvieron que marcharse por el euskera. Lo pactamos nosotros. Y me lo han reprochado. O en el 85 el PNV vetó en las listas para la Ertzaintza a socialistas. Yo estaba en el Gobierno, con Retolaza (consejero de Interior) al lado. Y tragué. Quizás tragué demasiado.
 
 – ¿Cómo ha vivido su familia su carrera?
 
 – Me han ayudado y acompañado. Mi mujer fue generosa y renunció a su propia carrera. Creo que mis tres hijos están discretamente orgullosos de mí aunque no lo digan. Ahora tengo tres nietos.
 
– ¿Cómo ve su futuro?
 
 – Mi mujer dice que los jubilados somos como una lavadora en el pasillo y yo no quiero serlo. Ya he encontrado muchas oportunidades para hacer cosas ‘gratis et amore’ y devolver a la sociedad lo que me ha dado. Soy presidente de la Fundación Euroamérica, quiero trabajar con un ‘think tank’ sobre globalización, Europa... voy a dar clases en algún MBA sobre esto. Viviré a caballo entre Madrid y Donostia.
 
 – Así que estará activo.
 
– Tengo miedo a perder los nutrientes, las fuentes, la información, lo que te mantiene vivo. Sin ellas, pierdes valor. Llegará el momento de pasear porque la biología tiene leyes que acepto. Pero aún falta un poco.

EN PRIMERA PERSONA.

Aprendiz a los 14 años.


Nací el 1 de septiembre de 1948 en el barrio obrero de Herrera de San Sebastián. Último de 12 hermanos, mi madre murió cuando yo tenía 7 años y me criaron mis cinco hermanas mayores. Empecé a trabajar de aprendiz a los 14 años en una fundición. Me saqué dos carreras estudiando por la noche. Entré en política por compromiso. Tiraba panfletos, pegaba pegatinas en los baños y pasaba a Hendaya a recoger el dinero que nos mandaban los socialistas alemanes y suecos. Dejé mi trabajo y un buen sueldo para ejercer de abogado laboralista. Tuve despacho en Eibar y Rentería. Estaba superrealizado. Es la etapa de mi vida en la que más sentí que lo que hacía, servía. Me convertí en el ‘abogado de UGT’, sindicato que construí en Gipuzkoa.

Delegado del Gobierno en los años de plomo de ETA.



Mi llegada a las instituciones fue como presidente de la gestora del Ayuntamiento de San Sebastián. Ejercía de alcalde con 30 años. Me presenté a las primeras elecciones municipales y perdí. En 1980 doy el salto al Parlamento vasco y de ahí, en 1982, a la delegación del Gobierno en Euskadi. Fue una etapa de sufrimiento y aprendizaje. Pasé de la UGT a defender al Gobierno de la reconversión industrial. Me fui literalmente al otro lado de la trinchera. Ingenuamente traté de entenderme con mis antiguos compañeros. Era mi gente. ETA mató a varios de mis amigos.Asistí a más de 300 funerales y acompañé los féretros de guardia civiles en aviones militares. Vivíamos oprimidos.

Primer gobierno de coalición de la democracia



En 1987 fui uno de los impulsores del acuerdo de gobierno entre el PSE y el PNV. Negocié en secreto con Juan Ramón Guevara. Pese a tener más parlamentarios, cedimos la Lehendakaritza al nacionalista José Antonio Ardanza. Yo fui vicelehendakari. Lo hicimos por generosidad y para impulsar el Pacto de Ajuria Enea, que fue el inicio de una etapa dorada y espléndida del País Vasco. En 1988 fui elegido secretario general de los socialistas vascos. También fue muy duro porque el PSE estaba dividido y hubo una lucha personal, de poder interno y de concepción de país. El partido me daba mucho sufrimiento. Al final me liberé de esa ‘carga’ en 1997. Fui candidato a lehendakari y perdí.

Salto a la política nacional.

En 2000 soy elegido diputado por Álava, cargo en el que permanecí 14 años. Tuve un paréntesis de dos años en el que me marché a Bruselas y luego fui ministro. En la Cámara baja fui portavoz de la comisión constitucional y posteriormente me encargué del proceso de reformas estatutarias. Di clases en la Universidad Carlos III.

Regreso para pilotar el PSE

En 2002 regresé temporalmente a Euskadi para presidir la gestora del PSE tras la dimisión de Nicolás Redondo Terreros. El partido estaba muy muy fracturado. El día antes del congreso que eligió a Patxi López nuevo secretario general, ETA asesinó a Juan Priede. Zapatero planteó prorrogar un año la gestora, pero un sector del PSE no quiso.

Ministro con Zapatero.



Era octubre de 2010. Fue la primera vez en mi vida que me vi preparado para el cargo que me tocaba desempeñar. Pero fue duro. Estábamos en plena crisis, con la prima de riesgo disparada pero evitamos el rescate.

Descubriendo Bruselas.

Me eligieron eurodiputado en 2009 pero tuve que regresar tras la llamada de Zapatero. Volví a Bruselas en 2014 y allí he permanecido estos últimos cinco años. Estoy muy satisfecho de esta etapa de mi vida. Es lo único que ahora añoro de la política. En marzo de 2018 anuncié que no volvería a presentarme. Me acabo de jubilar.



Publicado en  El Correo,  8/09/2019

25 de agosto de 2019

Alarmas fiscales

No es novedad decir que los sistemas fiscales de Europa son la base de nuestro Estado del Bienestar. Cuando se habla de la crisis de nuestro modelo social, se alude siempre, entre otras causas de esa situación, al límite al que se supone han llegado los ingresos fiscales (en torno al 40% del PIB) en Europa. Basta mirar al resto del mundo –pongamos América Latina por ejemplo– para comprobar que la desprotección social, la desigualdad y otros muchos problemas, como la violencia, son causas de estados muy débiles, sin servicios públicos universales y de calidad en educación, sanidad, Policía, Justicia, etc. porque sus ingresos fiscales no llegan al 20% de su PIB.

Pues bien, en las haciendas públicas de todo el mundo suenan las alarmas por la concatenación de fenómenos agresivos contra la recaudación, especialmente en los impuestos de las empresas y en los de las grandes fortunas y patrimonios. Tres son los temas principales que preocupan.

1. La fiscalidad en la era digital. Las empresas digitales crecen exponencialmente en la red de internet. Muchas de ellas, la mayoría, operan en múltiples mercados y en países diferentes. No hay fronteras en esos mercados, pero las reglas que asignan los beneficios entre las distintas entidades locales que integran la empresa dependen de un concepto obsoleto (‘establecimiento permanente’), basado en la presencia física en un territorio: oficinas, locales, número de trabajadores, etc. Pero las empresas digitales no necesitan presencias físicas para acceder a grandes mercados, de manera que sin ‘establecimiento permanente’ obtienen sus beneficios sin ningún nexo de tributación al territorio; es decir, sin pagar impuestos.

Además, en los modelos de negocio digital son los propios usuarios los que generan valor para las empresas a cambio de servicios formalmente gratuitos. Ese valor es económico y financieramente enorme (base de usuarios, datos y contenidos) y, sin embargo, es infragravado o está exento a efectos fiscales. El ejemplo más notorio nos lo dio la propia Comisión Europea cuando informó que Apple paga en territorio comunitario un tipo efectivo del 0,005% por el Impuesto de Sociedades, frente al 15-20% de media del resto de empresas (aquí también se incluye el trato favorable que Irlanda concede a esta empresa a cambio de su ubicación en ese país).

La famosa ‘tasa Google’ pretende, por ello y con razón, establecer un nuevo modelo de fiscalidad a las empresas digitales, basado en un pequeño porcentaje del 3% a la facturación de esas compañías en el territorio, al margen de cualquier otro factor. La Comisión Europea calcula que ese porcentaje equivale a un impuesto de entre el 9% y el 10% sobre sus beneficios.

2. La fiscalidad en la globalización. También aquí sufrimos una falta de adaptación de las normas y de los sistemas fiscales nacionales a una ingeniería fiscal cada vez más sofisticada e ingeniosa (elusión fiscal), creada por grupos multinacionales que operan globalmente y bajo una dirección común. Es más,

los estados se hacen competencia para atraer a las compañías, en base a rebajas fiscales que acaban detrayendo impuestos debidos en otros países. Incluso en el seno de un mercado único, como es la UE, estas conductas están siendo utilizadas de forma desleal con evidentes perjuicios a las haciendas nacionales. Recordemos el escándalo Lux-Leaks, que Luxemburgo utilizó para atraer la sede central de las multinacionales a su pequeño país o la sanción de la Comisaria de la Competencia a Irlanda por la elusión fiscal de Apple en Dublín.

Contra estas prácticas de las multinacionales que explotan los regímenes fiscales especiales se está trabajando en una doble vía. Por una parte, la UE ha diseñado su estrategia antielusión fiscal en el marco del Plan de Acción BEPS de la OCDE. En esencia se busca unificar las bases del Impuesto de Sociedades para reparar las grietas del sistema fiscal internacional. Por otra, y mientras esa larga y compleja tarea se culmina, algunos países (España entre ellos) han planteado aplicar un tipo mínimo del 15% a todas las sociedades, cualquiera que sea su cálculo fiscal de deducciones, desgravaciones, etc. en el ámbito global.

3. La lucha contra los paraísos fiscales. Sucesivas informaciones (Panama Papers, Paradise Papers, etc.) han generado una alarmante confirmación de las sospechas populares sobre la engrasada y compleja maquinaria de movimiento de dinero y de otros valores para hacerlo opaco al fisco.

La agenda internacional tiene este tema en cartera, pero los avances son contradictorios. En la lucha contra el blanqueo de dinero EE UU, tras los atentados a las torres gemelas en 2001, puso la directa y todos los bancos del mundo han creado potentes departamentos para el rastreo del dinero sucio, especialmente el que procede del terrorismo, el narcotráfico y otros delitos supranacionales.

Pero en la lucha contra la evasión fiscal los avances son muy lentos por el veto de países que reciben el dinero de esa evasión. El principal instrumento es el intercambio de información fiscal entre naciones. En la Unión tenemos un mecanismo que obliga a sus miembros a dar la información pedida por otro Estado. Pero, en el ámbito internacional, los tecnicismos y argucias legales impiden, en la práctica, que un Estado obtenga información de aquellos que son más opacos. Precisamente la lista de paraísos fiscales, el otro gran instrumento contra la evasión, responde a la transparencia informativa que no ofrecen otros estados y pretende castigar esa falta de colaboración con medidas muy diversas especialmente las incluidas en el comercio internacional.

Esta lucha por la justicia fiscal será una larga marcha y pondrá a prueba la colaboración internacional, tan dañada por la política «trumpiana» en materias clave de la agenda global: cambio climático, multilateralismo, comercio internacional regulado, etc. Sin embargo, cualquier proyecto progresista que se precie, y este desde luego lo es, y mucho, necesita mirar a Europa y al mundo para su realización. Esta es otra de las razones por las que cuesta tanto construir nuestros sueños en este nuevo siglo.

Publicado el 25/08/2019 en El Correo.

27 de julio de 2019

Inevitable, inestable, insuficiente.


 No pudo ser más lamentable la teatralización que hicieron Podemos y el PSOE de sus diferencias en la negociación del gobierno non-nato. Fue tan descarnada la exposición pública de la lista de peticiones y propuestas de ministerios , que resultó una discusión obscena sobre el reparto del poder sin contenidos programáticos previos. Fue también una peligrosa puesta en escena de las culpas recíprocas, en una desesperada búsqueda del relato favorable. Tarde y mal, sin paliativos.

No merecen menores reproches las actitudes del PP y de Ciudadanos. No ha habido manera de obtener la abstención de alguno de ellos, bien porque no se ha buscado de manera coherente, bien porque, desde un principio, ambos partidos apostaron por un Gobierno de Sánchez apoyado en Podemos y en los nacionalistas para acentuar así los defectos que decían combatir: la debilidad y las malas compañías de un gobierno al que deseaban corta y fracasada vida. Particularmente cínica, además de groseramente insultante, resultó la definición de Rivera al «Plan Sánchez y a su banda», que estaba en su mano evitar. De manera que una conclusión parece clara, después de la frustrada semana que hemos vivido, un nuevo intento negociador parece obligado.
 
El gobierno de coalición PSOE-Podemos es, sin embargo, un Ejecutivo de mayoría minoritaria. Es decir, insuficiente. Sabemos que varios grupos nacionalistas se abstendrán para hacer posible la investidura en segunda vuelta, pero eso no quita para que se converse con ellos con carácter previo. La cortesía obliga y la prudencia lo aconseja, porque la mayoría absoluta será necesaria cientos de veces a lo largo de la legislatura (no olvidemos que 123 + 42 son 165)

Pero la insuficiencia de ese gobierno no es solo aritmética. Es política, y eso es mucho más grave. Los apoyos nacionalistas llevan factura y algunas de ellas son de alto coste. Con Cataluña y el Poder Judicial en el escenario, el Gobierno de España no tiene márgenes para alterar su política de firmeza democrática constitucional y mano tendida al diálogo y me temo que eso no será suficiente en los tiempos que vienen.

La inestabilidad también procede de la sociedad con Podemos. Es un partido cuyos comportamientos institucionales y políticos en la máxima esfera del poder son una incógnita. La desconfianza no era fácil de verbalizarla en la tribuna, pero es bastante comprensible. Procede de su propia naturaleza. Han nacido hace muy poco, en el origen de un movimiento asambleario y de protesta social. Nunca han gobernado y su íntima vocación era, y me temo que lo es, sustituir al PSOE en la izquierda española.

No conocemos cuál será su respeto institucional a la monarquía, cómo se comportarán con otras instituciones del Estado y hasta qué punto respetarán las normas internas de la jerarquía del Gobierno. Hay dudas sobre su política europea y sobre el pragmatismo al que obliga la gobernanza de la Unión en momentos muy difíciles, como lo será el Brexit sin acuerdo y otros planos de la política internacional sobre los que son constatables diferencias importantes: los acuerdos internacionales de Comercio (Mercosur, por ejemplo); la defensa europea y sus relaciones con la OTAN; la política monetaria del Euro; etc.

Sabemos ya que quieren protagonizar áreas de gestión propias y hacer valer su presencia en el Gobierno como garantía de sus propuestas partidarias. Lógico, pero preocupante. Sabemos también que en el tema catalán están más cerca de los nacionalistas que del Estado, lo que resultará conflictivo a buen seguro más pronto que tarde. De hecho, ya lo hemos visto en un par de episodios previos en la Mesa del Congreso y en la calificación de los procesados en prisión.

Es una inestabilidad y una insuficiencia nada deseables en un Ejecutivo y en un país que acumula importantes retrasos en la toma de decisiones, inaplazables en un mundo que no espera. La disrupción digital, la demografía y las inmigraciones, el cambio climático o los riesgos geopolíticos de un mundo en cambio exigen políticas concretas nada fáciles. Si añadimos la conflictividad política interior, se entiende bien esta alarma general que suscita la política española desde hace cuatro años.

Y sin embargo... tienen que entenderse. Hay que probar, cuanto antes mejor. No hay alternativa de gobierno, salvo nuevas elecciones, las cuartas en tres años y sin Ejecutivo hasta febrero de 2020 (y a saber). Inaceptable. Vergüenza de país.

No hay otra fórmula que la coalición de gobierno, una vez rechazada por Podemos la Colaboración (sic) y el Pacto de legislatura. Es legítima su exigencia y es una fórmula usual en todo el mundo en casos semejantes. La coalición exige negociar primero un acuerdo programático que incluya, incluso, algunos desacuerdos puntuales, delimitando las actuaciones diferenciadas al margen del gobierno y definiendo las normas de funcionamiento interno. Solo después se acuerdan las carteras, las funciones y las competencias respectivas. En Euskadi llevamos desde 1987 haciendo estas cosas, cuando se acordó el primer gobierno de coalición de la democracia española.

Se trata de una negociación prolija y larga, que deberían iniciar sendas representaciones cuanto antes. El reparto del poder no tiene por que ser proporcional. De serlo, no lo es a los votos (como reiteradamente pretende Iglesias), sino a los escaños en la Cámara. Se entiende y se debe aceptar que el presidente se reserva los ministerios de Estado, pero no son razonables otros límites en el reparto.

Aitor Esteban tenía razón. Todavía hay tiempo para enmendar el daño producido en una investidura fallida y volver a la senda de la sensatez y de las necesidades del país. Inclusive a la de las ilusiones de una izquierda política que puede sufrir en carne propia su fracaso en este intento.
 
Publicado en El Correo, 27/07/2019

17 de julio de 2019

UE-Mercosur: ¡Bravo!


Hay muchas voces alarmadas ante este acuerdo: granjeros franceses, irlandeses y polacos, temerosos de las importaciones de carne; ecologistas que creen que animará la deforestación de la Amazonia; proteccionistas de todo tipo sobre la competencia europea en su potencial exportador; empresarios sudamericanos que consideran que las exigencias de trazabilidad a las importaciones europeas son exageradas; izquierdistas de toda condición que se oponen a todo acuerdo comercial con argumentos retóricos del pasado... Por supuesto, hay intereses opuestos a este tipo de acuerdos y hay intereses legítimos afectados por una transición compleja hacia un intercambio comercial sustancialmente libre de aranceles nacionales.

Pero son razonamientos pequeños o infundados frente a la enorme trascendencia de este logro negociador en un proceso tan largo como complejo. Primero porque el acuerdo posee un enorme efecto geopolítico colocando a Europa y a América Latina en el tapete de la escena mundial. Frente al proteccionismo del 'America First', de la guerra comercial y tecnológica, frente a las amenazas comerciales para resolver problemas migratorios, frente a la elevación de aranceles al aluminio o al acero o a las aceitunas, frente a todo eso, Europa y Mercosur lanzan al mundo la buena nueva de un acuerdo que regula y favorece su comercio respectivo. Es una apuesta por el multilateralismo, la integración y el comercio internacional regulado frente al unilateralismo, el aislacionismo y el proteccionismo nacionalista.

Segundo porque se trata de dos mercados gigantescos, 500 millones por un lado y 250 por otro, lo que lo convierte en el mayor de su especie en la historia y en el mundo, colocando a Europa y a Mercosur como líderes de los acuerdos que propone la Organización Mundial de Comercio.
Este acuerdo acaba con el 91% de los aranceles que Mercosur imponía a los productos europeos, lo que se traduce en un ahorro de hasta 4.000 millones de euros anuales para las empresas europeas. Del mismo modo, la Unión Europea terminará con el 92% de sus aranceles actuales a productos de Mercosur, lo que favorecerá nuestro enorme mercado europeo a las empresas y productos de Mercosur.

Tercero porque culmina la base de acuerdos UE- AL, cubriendo el inmenso agujero negro que representaba la ausencia de un marco regulado entre Europa y los cuatro países de Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay). Hoy Europa dice al mundo y especialmente se enorgullece de tener 27 acuerdos con los 33 países de América Latina y el Caribe. La vocación latinoamericana de Europa recibe así un espaldarazo espectacular y consolida una alianza tejida hace veinte años cuando comenzaron en Río (1999) las cumbres UE-AL.

Cuarto porque el acuerdo no es solo de libre comercio, lo es también de asociación política y de cooperación. Europa es el tercer socio comercial más importante de América Latina y el Caribe con un comercio bilateral que alcanzó los 327.400 millones de euros en el mercado de bienes y servicios. Además es el primer inversor y quien desarrolla más del 50% de cooperación que recibe la región con una inversión extranjera directa de 784.600 millones de euros en 2017, así como 3.600 millones de euros de subvenciones para programas bilaterales y regionales en cooperación al desarrollo para el periodo 2014 y 2020 y más de 1.200 millones de euros de ayuda humanitaria durante los últimos 20 años.

Europa es un socio fiable, un amigo de América Latina. Nosotros tejemos alianzas, formamos cuadros, invertimos en infraestructuras, bancarizamos, conectamos, aseguramos, prestamos servicios públicos esenciales, construimos país y sociedad. Europa no es China para América Latina. Hay un mundo de valores humanos, familias, migraciones, historia, cultura en común. Favorecemos la paz en Colombia, trabajamos por una solución pacifica y democrática en Venezuela y Nicaragua, acordamos una asociación con Cuba para favorecer su modernización y su transito democrático. UE-Mercosur se inscribe en este contexto y responde a ese espíritu.

Algunos dicen que el acuerdo será más favorable para Europa porque nuestras empresas están más preparadas para ganar los concursos de compras publica y porque nuestras exigencias fitosanitarias y de trazabilidad a los productos foráneos limitan las posibilidades de muchos productores latinoamericanos. Quizás sea verdad, pero esta es la grandeza del acuerdo para nuestros países hermanos de Mercosur. Esa es la competencia que les hará mejores y que les permitirá exportar al mundo entero. Solo asumiendo la sostenibilidad medioambiental, el cumplimiento de los tratados internacionales, de los convenios OIT, asegurando la trazabilidad sanitaria completa de las cadenas de producción se puede ser una firma internacional. No hay futuro en la autarquía o en el proteccionismo empobrecedor.

Europa ha exigido en el acuerdo todos estos estándares porque no hay otra forma de contemplar el siglo XXI sino en el respeto absoluto a los mínimos internacionales en materias laborales, sanitarias, medioambientales y de normas internacionales. Por eso se ha asegurado la plena aplicación del Acuerdo de Paris en todos los países que suscriban el acuerdo. Por eso también me parece un poco injusto acusar a Europa de complicidad en la deforestación de la Amazonia porque la ganadería destruye esa riqueza forestal. No es Europa quien establece la política interna del Brasil y por otra parte, el acuerdo establece un tope a la exportación de carne de Mercosur a Europa, no muy lejano a las cuotas actuales.

Queda un largo camino para la firma y ratificación de este acuerdo. Se esgrimirán intereses y razones comprensibles hacia una transición ordenada y una aplicación prudente que deben atenderse. Pero deberán combatirse con fuerza y argumentos las voces que nos piden rechazar el acuerdo. A la postre son reaccionarios y perjudican a nuestros pueblos.
 
Publicado en El Confidencial, 17/07/2019

14 de julio de 2019

Nuevos líderes para Europa.


      El acuerdo de última hora Macron-Merkel para colocar a sus candidatas ha sido recibido por el Parlamento, los grupos políticos, y por los socialistas en particular, con gran descontento.

Los acuerdos de reparto del poder en Europa llegaron ‘in extremis’, horas antes de que se produjera la votación para el primero de esos ‘top jobs’ que se han negociado en eternas reuniones estos días pasados. Efectivamente, el presidente del Parlamento se eligió al día siguiente de que fuese anunciado el acuerdo para las presidencias de la Comisión, del Consejo, del Banco Central y el Alto Representante para la política exterior de la Unión Europea. Fue un acuerdo negociado exclusivamente entre los Jefes de Gobierno en el Consejo Europeo, que se anunció finalmente el martes, 2 de julio, y que –como casi todos los acuerdos de esta naturaleza en Europa– tiene aspectos positivos y otros no tanto. Empecemos por los primeros.

Lo mejor es el acuerdo en sí mismo. Evita los peligrosos efectos del desacuerdo y la parálisis en un momento muy delicado para Europa. Basta imaginar lo que habría significado iniciar la legislatura en el Parlamento esa semana con una elección del Presidente al margen de los equilibrios que esa figura ejerce en el conjunto institucional, dificultando, o peor, haciendo casi imposible el acuerdo posterior para la elección del Presidente de la Comisión y el del Consejo.

Un aplazamiento del nombramiento del Presidente de la Comisión para después del verano sería una catástrofe porque hay que afrontar el 31 de octubre la marcha sin acuerdo de Reino Unido de la Unión. Si Boris Johnson gana el liderazgo conservador, ese horizonte es cada vez más probable y las consecuencias son inmensas en múltiples planos. El acuerdo en las instituciones era, y es por ello, la condición necesaria –aunque no suficiente– para que la UE afronte ese y otros retos muy importantes con la maquinaria engrasada y en pleno funcionamiento.

Sobre la mesa de la Unión están pendientes decisiones inaplazables. Un acuerdo en materia migratoria es vital para nuestro futuro. El marco financiero plurianual de 2020 a 2027 está pendiente de un dificilísimo trílogo entre Comisión, Parlamento y Consejo. Lo mismo pasa con la PAC (Política Agraria Común), la Unión Energética y la Agenda Digital. El mundo no espera a Europa y cada día se dilucidan ante nosotros grandes contenciosos sin que Europa juegue en el nivel que nos corresponde. Basta mirar a Irán, a las guerras comerciales y tecnológicas de Trump y a los retos demográficos europeos para entenderlo.

Positivo es también poner a una mujer al frente de la Comisión y a otra al frente del Banco Central. Son dos instituciones de tal entidad, con tan enorme presencia política, económica y mediática, que la revolución igualitario entre mujeres y hombres recibe un gran impulso. Positivo, poco más. Quizás haber evitado que el candidato alemán presida el BCE. Por el contrario, los elementos críticos son considerables.

Lo más negativo ha sido el rechazo sufrido por el candidato socialista Frans Timmermans a presidir la Comisión. Era, sin duda, el mejor candidato y contaba con una mayoría de apoyo al sumar los votos de socialistas y liberales en un pacto hábilmente trabado en la cumbre del G-20 de Osaka por Sánchez y Macron. Curiosamente, ese acuerdo contaba con el apoyo de Ángela Merkel, quien se vio desautorizada por su grupo y acabó aceptando el veto al candidato socialista tanto de los suyos, como, peor todavía, el de los países del este. Timmermans representaba muchas cosas. Era un socialista para después de más de veinte años de presidencia conservadora. Contaba con una mayoría de apoyos parlamentarios (socialistas 150 más 106 de liberales) frente a los 180 del PP europeo y su capacidad de atraer a los verdes para ampliar a cuatro los grupos parlamentarios de apoyo a la Comisión, era muy superior a la de su rival Manfred Weber. Fue candidato electoral a la presidencia, es decir, cumplió con la exigencia de ser ‘Spitzenkandidat’, y por último, su gestión como vicepresidente encargado de los temas institucionales le había llevado a ser el defensor de los valores europeos: Democracia y Estado de Derecho, frente a los países que los estaban vulnerando: Hungría, Polonia, Italia (tema migratorio), etc. Su papel como el gran europeísta, máximo defensor del Artículo 2 del Tratado ha sido fundamental.

Pues bien, el acuerdo Macron-Merkel de última hora, rompiendo los compromisos anteriores y colocando su pareja femenina franco-alemana en la Comisión y en el Banco Central, con un liberal belga al frente del Consejo, ha sido recibida por el Parlamento, los grupos políticos, y por los socialistas en particular, con enorme descontento.

Los grupos políticos porque han estado totalmente al margen de la negociación. El Parlamento porque se ha roto la regla del ‘Spitzenkandidat’ al elegirse a una señora que no había participado para nada en el proceso electoral y que se enteró de que será la Presidenta de la Comisión, horas antes de la propuesta. El grupo socialista porque ha perdido una ocasión de oro y un candidato excepcional para presidir la Comisión. Su enfado se agrava al conocerse el veto de los países más retardatarios de la construcción europea. Ha sido una negociación que ha marginado al Parlamento y que ha puesto de manifiesto el creciente intergubernamentalismo que sufre la Unión.
 
Publicado en El Correo, 14/07/2019
Foto: SANTOS CIRILO
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