26 de junio de 2026

Mucho más que un fracaso puntual.

El abandono por Alemania y Francia del caza de combate europeo es síntoma de un mal mayor: la reaparición de intereses nacionales enfrentados que entorpecen la integración.

En materia defensiva, el único sector en el que parecía posible que Europa pudiera ponerse de acuerdo para fabricar un sistema unificado de combate era precisamente el aeronáutico, porque contamos con el gran fabricante mundial de aviones (Airbus) y la única empresa europea en aviónica militar (Dassault). Aquí el entendimiento era fácil y obligado, a diferencia de cualquier otro sector de la industria militar, en los que la existencia de potentes empresas nacionales y distintos formatos tecnológicos hacenmuy difícil la fusión y el acuerdo, no solo por razones técnicas y estratégicas, sino porque esas fusiones o convergencias entrañan decisiones nacionales y socio-laborales delicadísimas. Basta pensar en los diversos astilleros navales europeos, en las múltiples industrias de armamento, en los diferentes modelos de tanques, sistemas de transporte...

La creación de un ejército europeo, tan reclamado por el europeísmo como exigido desde que Trump nos amenaza con abandonar la OTAN, necesita una industria militar europea unificada. Pues bien, Francia y Alemania acaban de anunciar, de mutuo acuerdo, el abandono del proyecto 'Futuro sistema de combate aéreo»' (FACS, por sus siglas en inglés) por razones que, en esencia, explican la naturaleza nacional de sus proyectos defensivos.

Poco importan, a efectos de este análisis, las razones de Francia y Alemania que, tomadas individualmente, son explicables y comprensibles. Lo relevante es que los dos grandes motores de la Unión rechazan compartir una defensa europea común y al hacerlo descubre sus rivalidades y desconfianzas. Han despertado los viejos demonios que nuestra historia arrastra. Esos espectros de nuestro belicoso pasado que, curiosamente, estimularon la creación de la comunidad después de la Segunda Gran Guerra y que ahora reaparecen para dificultar –quizás para imposibilitar– que hagamos juntos lo que solo juntos podemos hacer.

Porque la defensa europea es, más que ninguna otra de nuestras urgencias, una materia en la que la integración es condición sine qua non. No hay defensa europea si no vamos juntos. No hay potencia militar europea si no sumamos nuestros ejércitos. Nunca seremos independientes y soberanos respecto a Estados Unidos si no construimos un ejército europeo. No podremos evitar conflictos bélicos si no es por nuestra capacidad disuasoria. Es tan evidente que no hace falta argumentar.

Debemos hablar claro, incluso con ánimo de provocar, aunque ofendamos. Han surgido dudas y recelos en Francia a compartir con Alemania su avanzada tecnología militar. De la misma manera que Alemania no quiere que la oferta de disuasión nuclear francesa para albergar dispositivos de lanzamiento o de defensa esté controlada desde París .De la misma manera que en Francia se mira con recelo el programa alemán de inversión militar('Zeitendenwende') para construir un gran ejército germano, probablemente el más poderoso de Europa en unos años. Surgen voces que alertan preguntando: '¿y si mañana gobierna Alemania la AfD, que ostenta un peligroso 30% de apoyo electoral en las encuestas?'. Viejos demonios de siglos pasados ensombrecen el futuro de Europa.

No es solo eso. Los países bálticos y los del centro y este europeo desconfían en el fondo de esta integración militar comunitaria y contemplan su defensa frente a Rusia pivotando sobre Estados Unidos y su poderío tecnológico y militar, a pesar de Trump. De manera que estas discrepancias estratégicas amenazan los dos grandes desafíos europeos del momento: el defensivo y el tecnológico.

Por eso, el del FACS es mucho más que un fracaso puntual. Es un peligroso síntoma de un mal mayor: la reaparición de intereses nacionales enfrentados a la hora de abordar nuevos, necesarios y decisivos pasos en la integración europea.

Trasladen ahora esos problemas a la colaboración en la I+D europea frente a China y Estados Unidos, o a la conexión energética europea, o a la construcción de campeones comunitarios, industriales y financieros, para competir en un mundo tan hostil y verán que esta alarma es mucho más que preocupante.

Es verdad que Europa es líder mundial en aviones comerciales. Más del 50% de la flota del planeta se ha fabricado en el continente. También lo somos en motores de barcos y en muchos capítulos más. Contra el derrotismo europeo tan en boga, conviene recordar algunas de nuestras fortalezas. Pero estas no serán sostenibles si no van acompañadas de más integración, de más cesiones de soberanía y de una superación radical del 'interés nacional', como alfa y omega de la construcción europea.


El Correo, 26-6-2026

31 de mayo de 2026

La hora del PSOE.

"Necesitamos un congreso extraordinario urgente para recuperar el debate interno."

Confieso mi aturdimiento. Nunca imaginé tal cúmulo de acusaciones, ni tan graves. No sé cómo acabarán estas investigaciones, pero aunque resulten mucho más leves de lo que parecen, el daño corporativo será enorme. Tampoco sé cómo ni cuándo acabará la legislatura, pero no resulta difícil prever el fin de un ciclo. Lo que me preocupa es el PSOE.

Ha llegado el momento de que el partido reaccione e inicie un fuerte movimiento de renovación ante el inmediato futuro y de recomposición ideológica ante los enormes desafíos a los que nos enfrenta el presente. Primero, porque el PSOE es mucho más que las investigaciones judiciales del momento. Somos la fuerza que explica la historia moderna de España y somos el partido clave de la construcción democrática, social y europea de los últimos 50 años. Segundo, porque, sea cual sea el desenlace de los próximos meses, necesitamos presentarnos ante los españoles con un relato veraz sobre lo ocurrido y con unos datos de gestión socioeconómica y política que merecen ser apreciados y reconocidos. Y tercero, porque el volumen y la densidad de los cambios que se están produciendo en todos los planos del mundo que nos rodea obligan a la socialdemocracia a reformular seriamente su proyecto y asumir nuevos y valientes pasos para aspirar a la mayoría.

¿Cómo se aborda todo esto? En mi opinión, sólo con la convocatoria urgente de un congreso extraordinario que concite a la militancia a asumir esta traumática situación y a plantarse ante el futuro con una oferta de renovación ideológica y el liderazgo personal que los afiliados elijan. Es la hora de sus cuadros, de sus agrupaciones, de sus militantes. Es la hora de recuperar un debate interno que no tenemos, de reflexionar sobre lo que nos pasa y de ofrecer un proyecto renovado.

La dialéctica de relaciones entre el secretario general del partido y la organización nunca fue fácil. Pero es evidente que en la etapa de Pedro Sánchez la vida orgánica y la deliberación interna se han debilitado mucho y el poder de la cúpula sobre las organizaciones territoriales se ha hecho ostensible. El partido ha desaparecido como voz autónoma ante el monopolio político externo del Gobierno. A la ausencia de pluralismo interno se añade así la debilidad de los liderazgos gubernamentales y territoriales.

El partido tiene que tomar la palabra. El partido es mucho más que los acontecimientos del presente. El partido es historia y es futuro y a él le corresponde decidir cómo afrontarlo. Ese sentido de la responsabilidad para con nuestros conciudadanos y para con nuestro país nos obliga a decidir cosas importantes. ¿Es el llamado «bloque plurinacional» el proyecto que ofrecemos a los españoles y nuestra única política de alianzas? ¿Tenemos una estrategia cultural y política para combatir el populismo de la extrema derecha y estamos dispuestos a debatir las formas de evitar que entren en los gobiernos? ¿Cómo establecer una plataforma breve de objetivos programáticos (educación, vivienda y empleo) que nos permitan recuperar crédito entre los jóvenes? Hay múltiples debates sectoriales que merecen una puesta a punto de un proyecto socialdemócrata moderno: energía y ecología; tecnologías e investigación; productividad, salarios y crecimiento; política de ciudades….

Los gobiernos de Sánchez nos proporcionan una base ideológica y programática muy sólida en materias importantes: el crecimiento económico, la creación de empleo, la estabilidad del mercado laboral y las políticas de protección social permiten avances en política fiscal y en la mejora de los servicios públicos, especialmente en educación y sanidad. En la política europea estamos situados en el grupo de los países que lideran las reformas por una mayor integración y en política internacional nos hemos definido ante los conflictos con una fuerte impronta política, admirada en todo el mundo por los sectores progresistas.

Pero todo eso no basta si permanecemos pasivos y atribuimos nuestros males y responsabilidades a conjuras mediático-judiciales y a las malas artes de la derecha. Ahora se trata de tomar la iniciativa política y dar la cara ante el país. Se trata de dar a los militantes del partido la oportunidad de encontrarse, de debatir, de reflexionar colectivamente y de decidir cómo y con quién enfrentar el futuro. Se trata de devolver al partido a su misión más noble: servir al país, ofreciéndonos como lo que somos, la fuerza de la izquierda española capaz de vertebrar las ideas y las mayorías progresistas y de seguir siendo el partido que construya la España autonómica-federal, moderna y competitiva y el país justo que queremos ser.

El Correo, 31-5-2026

9 de mayo de 2026

Regularización y "prioridad nacional"

Dos conceptos y dos políticas antagónicas acaparan hoy los debates nacionales. Regularizar a inmigrantes es conceder a quienes viven y trabajan con y para nosotros derechos iguales de ciudadanía. 'Prioridad nacional' equivale a segregar a ciudadanos en función de su origen, castigando a los foráneos a no recibir ayudas o prestaciones públicas, o a hacerlo después de los ciudadanos nacionales.

En términos políticos, ambas medidas tienen muy diferente plasmación .La regularización es una disposición legal inamovible y real, se está produciendo ya y acabará legalizando la situación irregular de más de 500.000 inmigrantes que trabajan y viven en España, produciendo extraordinarios efectos en sus vidas, tanto desde el punto de vista de su seguridad y estabilidad como, sobre todo, de sus derechos. Por el contrario, la 'prioridad nacional' es solo un eslogan, una bandera política, una pretensión partidista, sin cobertura legal alguna y con manifiesta violación del ordenamiento jurídico español, incluida nuestra propia Constitución.

Desgraciadamente, es algo más que eso. Su proyección política ha sido inmediata, al incluirse en los acuerdos autonómicos entre PP y Vox; y su penetración social ha sido grande, porque ese sentimiento de 'primero los de casa' es tan elemental como primario. En términos de márketing político, han tenido un enorme éxito porque con dos palabras sencillas han logrado expresar una idea, casi un programa político, y además han excitado un sentimiento humano. Se parece mucho a otros dos eslóganes populistas de probados efectos en los años precedentes: el 'America first' de Trump, generador del MAGA, y el 'Take back control' de Nigel Farage y los partidarios del Brexit antieuropeo en 2016.

No creo posible que ese eslogan, 'Prioridad nacional', llegue a materializarse en ninguna comunidad autónoma, porque las leyes o las disposiciones que pretendan hacerlo serán impugnadas y declaradas ilegales e inconstitucionales. Ninguna disposición legal, de ninguna administración pública, sea municipal, autonómica o nacional, puede establecer discriminaciones en el principio de igualdad, ya que todas las administraciones están sujetas al principio de legalidad y obligadas a respetar los principios de generalidad y de igualdad ante la ley.

Me preocupa más que muchos de nuestros conciudadanos consideren justo que los hijos de los inmigrantes sean postergados en su acceso a la guardería, o que sus mayores no puedan percibir ayudas a la dependencia, o que sean eliminados de las listas de acceso a la vivienda pública, todo ello por el simple hecho de ser extranjeros.

La regularización ofrece precisamente lo contrario, no solo a partir de argumentos económico-administrativos que pretenden evitar la economía informal, ordenar los servicios públicos y asentar los censos municipales sino, sobre todo, a argumentos morales, porque la dignidad de las personas y sus derechos no dependen de su origen y de su condición administrativa, sino del hecho de ser personas. Lo otro es xenofobia, es segregación.

Es más, esa concepción humanista, basada en la dignidad igual de las personas por el mero hecho de serlo y los derechos humanos para todos, es condición imprescindible de cohesión social y de convivencia democrática.

Un último apunte histórico. La regularización española está siendo percibida en América Latina como una luz esperanzadora y fraternal, que convierte nuestras múltiples y respectivas migraciones pasadas en un círculo histórico de idas y vueltas entre poblaciones de cultura común y convivencia natural. Trump los persigue en las calles de Estados Unidos, los detiene y los expulsa, atados de pies y manos, a sus países de origen. La columna humana que atravesaba el continente hasta la frontera mexicana, superando selvas y montañas, soportando la extorsión de las mafias y sufriendo mil miserias y peligros, ha desaparecido. Pero esas personas en busca de vida y futuro no desaparecen y se da la maravillosa circunstancia de que nosotros las necesitamos.

Hoy, al igual que antes ellos, nosotros los recibimos en España y se produce así una suma de extraordinarios beneficios para todos, en un proceso de integración laboral y social ejemplar para toda Europa. Además, el valor geoestratégico de esta regularización es inmenso, en este momento concreto de nuestra política exterior y especialmente en nuestra mirada iberoamericana, de cara a la cumbre que acoge España en Madrid los próximos 4 y 5 de noviembre.

Publicado en El Correo, 9/5/2026