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12 de abril de 2020

Ni olvido, ni perdono.

"Gran parte del PSOE que conocemos y de la España que disfrutamos se los debemos a él. Enrique estuvo en el origen de mucho de lo bueno que hicimos."

Se hizo socialista en las cárceles de Franco intuyendo, ya entonces, que la izquierda útil para España era la socialdemócrata, no el comunismo. Negoció con habilidad y generosidad el Pacto del Betis, en Suresnes (París) en 1974, para desanclar al PSOE del exilio y para apostar, con acierto, por los jóvenes socialistas andaluces de «Isidoro».

Enrique fue una persona clave en tres momentos históricos del socialismo español: en la construcción del PSOE de la clandestinidad que emergió en el periodo de la tolerancia política en el declive franquista (19701975), en el tránsito de la tolerancia a la legalidad y a la Constitución (1975-1978) y en el paso de la legalidad a la victoria del 82.

Tenía una mirada larga, veía lejos y calculaba con mucho acierto las corrientes sociales, los movimientos políticos y las consecuencias de sus actos. Era uno de esos políticos que no te deslumbraba por la descripción del presente sino por la capacidad para intuir el futuro. Pocos lo hacían y menos lo hacen.

Gestionó el primer acuerdo autonómico con el PNV, la alianza PSOEPNV para el Senado en 1977. Comprometiendo así la incorporación del nacionalismo vasco a la causa democrática española. Fue el primer paso de unos acuerdos con el PNV que todavía duran hoy. Sus consejos y su olfato político le hicieron clave en el PSOE para la Transición, para el pacto reconciliatorio, para la Constitución, y para la victoria del PSOE de octubre del 1982. En todo caso su influencia fue decisiva en la configuración de un PSOE moderno, europeo y socialdemócrata.

A pesar de su protagonismo en todos estos acontecimientos, a Felipe le costó hacerle ministro y me consta que sufrió por ello. Pero finalmente lo fue y una de las políticas más valiosas en la consecución de la paz fue la dispersión de los presos de ETA. La cárcel no podía seguir siendo el lugar desde donde se estimulaba y organizaba la violencia. Fue duro y le generó enemigos feroces, pero era hombre de convicciones y decisiones. Sabía gobernar.

Siendo como eran, familia de sufrimientos históricos (judíos emigrados en la guerra), acostumbrado al exilio y a la cárcel, Enrique sufrió el más duro de los golpes de su vida cuando ETA asesinó a su hermano Fernando. «Ni olvido ni perdono» fueron sus palabras una tarde lluviosa y ventosa cuando enterramos al «Poto», su hermano del alma en San Sebastián. Fue también hombre de paz.

Enrique estuvo en el origen de lo que somos. Yo me incorporé a su despacho de Rentería, en 1975. Eran años difíciles en aquel pueblo donde rompían la placa de abogados con nuestros nombres cada día. Habíamos estado juntos en el Congreso de Suresnes y desde finales de los sesenta estuvo reconstruyendo el socialismo vasco junto a Nicolás Redondo, Txiki Benegas y algunos pocos más. Él estuvo en el origen de todo lo que fuimos y nos dejó su impronta de político listo, intuitivo, de su admiración socialdemócrata por el socialismo del centro y del norte europeos, su moderación ideológica, su cultura literaria, su amistad. Hoy le rendimos homenaje y nos enorgullece su legado.

Publicado en ABC, 12/04/2020

Precursor

"Múgica anticipó que la memoria histórica, una izquierda moderada y una transición ordenada favorecerían al PSOE"

Mucho de lo que tenemos se lo debemos. Enrique fue siempre un precursor, un hombre que veía lejos, que anticipaba escenarios, que intuía futuro. Es una de las cualidades que más admiro en política y que menos adorna a los líderes.

En 1977, en las primeras elecciones democráticas había una docena de partidos en la izquierda. Nadie daba un duro por nosotros. Enrique, cabeza de lista por Guipúzcoa me dijo: Ganaremos. Parecía una locura, simplemente un eslogan. El vio que la memoria histórica, el cambio, la izquierda moderada, la transición ordenada, serían premiadas. Y ganamos en San Sebastián. ¡Quién lo iba a decir!

Años antes, cuando estaba en la cárcel, penado por su lucha antifranquista en el Partido Comunista, vio claro que el futuro de la izquierda en España era el PSOE y rompió con Carrillo y su partido. No era fácil ver tan lejos. Aquí en Euskadi, la colaboración con el nacionalista PNV no empezó en los gobiernos de coalición que yo encabecé. No, mucho antes, en 1977, Enrique entendió que el PNV era clave en la transición democrática que él preconizaba. La primera coalición electoral con el Partido Nacionalista Vasco se firmó en esas elecciones de 1977, se llamaba “Frente Autonómico” y arrasó en las elecciones al Senado. Enrique estaba detrás.

Detrás y delante estuvo Enrique en la construcción de la “Platajunta”, una alianza de partidos democráticos que diseñó para salir del conflicto que se creó cuando dos alternativas democráticas se enfrentaron: La Plataforma democrática y la Junta democrática, ambas compuestas por partidos diferentes, pero coincidentes en la aspiración a una España democrática.

Enrique estuvo en el pensamiento, en la reflexión, en la construcción del PSOE moderno, el de “Isidoro” y el “Pacto del Betis”, entre el socialismo vasco, obrero, sindicalista, tradicional, como el asturiano y el socialismo andaluz del “grupo de la tortilla”, integrado por unos jóvenes andaluces, tan brillantes como entusiastas.

Aquel pacto, en el que se fraguó la ruptura con el PSOE histórico, anclado en el exilio y alejado de la España real de los setenta, apostó por un socialismo del interior renovado y liderado por Felipe, lo gestionó Enrique, lo intuyó él. Fue un pacto generoso porque el socialismo vasco renunció a Nicolás Redondo para ofrecer al joven abogado sevillano un liderazgo que resultó genial. Yo estuve allí, en Suresnes y puedo contarlo.

El PSOE moderno, socialdemócrata europeo, moderado, culto, cosmopolita interclasista, que se creó a finales de los setenta y primeros años de los años ochenta, es deudor de Enrique. Él era eso. Fue generoso y sabio. Yo lo sé. Y puedo decirlo, orgulloso de su amistad.

Publicado en  La Vanguardia, 12/04/2020

22 de febrero de 2020

Imposible olvidar.

El recuerdo de las víctimas es necesario para que el único relato de la verdad de lo que pasó no se pierda ni se manipule. Por eso también, olvidar es imposible. 

El asesinato de Fernando Buesa nos descabezó. El socialismo alavés quedó huérfano de un líder que lo fue todo en la política alavesa y que lo era todo en el socialismo vasco. Fue una víctima muy bien buscada. Parecida a Enrique Casas, al que mataron en San Sebastián quince años antes, descabezando también el socialismo guipuzcoano. No había consuelo en aquellos trágicos momentos. Todo era dolor y drama. Incluso desesperanza. Demasiadas veces, en momentos como aquellos, pensábamos que aquella tragedia no acabaría nunca

Recuerdo bien aquella tarde. La sede del partido con los compañeros hundidos, llorando por las esquinas de despachos y pasillos. Los abrazos, los pésames, las visitas de unos y otros, las llamadas, los planes de reacción... Recuerdo bien que acompañé a Jaime Mayor, entonces ministro de Interior, a casa de Fernando. Nuestra conversación —serena a pesar de todo— con Nati, su viuda, nuestras condolencias a sus hijos... imposible olvidar. 

Pero es más importante recordar el contexto histórico y el significado político de aquel atentado, porque explica mejor lo ocurrido unas horas después y sobre todo, porque el final de la violencia, diez años después, se cimentó, en parte, en la estrategia de firmeza y de unidad democrática que empezó a gestarse a raíz de aquel atentado.

Dirigentes políticos del PP y del PSE, concejales, militantes, jueces, además de policías y guardias, fueron los principales objetivos de ETA.

 Veníamos de una tregua iniciada en octubre de 1998, que Mayor Oreja calificó de trampa, con razón, y que ETA rompió en enero de 2000, asesinando en Madrid al teniente coronel Blanco en enero de ese año y a Fernando y a su escolta Jorge Díez, en febrero. Luego vendrían muchos más. Dirigentes políticos del PP y del PSE, concejales, militantes, jueces, además de policías y guardias, fueron sus principales objetivos. ETA había decidido eliminarnos físicamente, a los dos partidos que obstaculizábamos su proyecto totalitario.

La tregua fue consecuencia del Pacto de Estella, un acuerdo político por el que el nacionalismo abrazaba el camino de la autodeterminación y la unidad abertzale. El PNV rompió así diez años de alianza política con el PSE, liquidó el Pacto de Ajuria Enea, el de la unidad de los demócratas y prometió a ETA la defensa política de la independencia a cambio de la paz. Quiero creer que lo hizo de buena fe. Pero ETA les engañó.

El asesinato de Fernando Buesa fue un golpe político brutal a esa estrategia porque Ibarretxe gobernaba con el apoyo de Batasuna, el brazo político de los asesinos, y Fernando era el jefe parlamentario de la oposición a ese Gobierno y a ese proyecto. La ruptura se añadió a la tragedia y la sociedad vasca vivió la tarde de aquel sábado en Vitoria la más cruda expresión de su propia fractura. Unos, llorando de rabia y gritando "ETA asesina" y otros cegados por su error, gritando "Ari, Ari, lendakari".

La otra gran lección de aquellos hechos y de aquel contexto, fue que al terror había que derrotarlo, no aplacarlo con concesiones o promesas políticas.

 En el verano de aquel año, Rodríguez Zapatero secretario general del PSOE, propuso a Aznar, presidente entonces con mayoría absoluta, un pacto antiterrorista para hacer fuerte la democracia, para resistir con unidad y firmeza el ataque contra la democracia.

Más tarde, esta vez a propuesta del Gobierno, aceptamos hacer una ley para ilegalizar el entorno político y social de la violencia. Los jueces les persiguieron. La Policía les derrotó operativamente. Finalmente les ganamos y fue un final feliz.

El recuerdo de las víctimas es necesario para que el único relato de la verdad de lo que pasó no se pierda ni se manipule. Por eso, también, olvidar es imposible.

Han pasado nueve años desde que la violencia acabó y la democracia ganó. Limpiamente, sin concesiones, con justicia. Para siempre 

Pero ¡atención! Han pasado nueve años desde que la violencia acabó y la democracia ganó. Totalmente, limpiamente, sin concesiones, con justicia. Plenamente. Para siempre. No olvidemos tampoco esto ni lo pongamos en duda. Entre otras cosas, para poder decir con orgullo a las víctimas y a sus deudos que murieron por defender unos valores, unas ideas, un sistema que finalmente venció el asalto del terror y logró la paz por la que ellos lucharon.

Publicado en EL Confidencial, 22/02/2020 

Tragedia y ruptura.

Ninguno de los atentados que marcaron nuestra vida destrozó el sistema institucional y nos separó tanto del PNV como el asesinato de Fernando Buesa.

 Vivimos muchos momentos dramáticos en los años del terror porque sufrimos el dolor de la muerte demasiadas veces. Pero ninguno de los cientos de atentados que marcaron nuestra vida tuvo la importancia política, el significado estratégico que acompañó al asesinato de Fernando Buesa y de su escolta Jorge Díez. Ninguno nos separó tanto del PNV. Ninguno destrozó tanto nuestro sistema institucional. Nunca como aquel febrero trágico de 2000 la política vasca estuvo más enfangada y rota en su larga lucha por la paz. 

Recordemos. El PNV firmó en octubre de 1998 el Pacto de Estella y rompió el Pacto de Ajuria Enea. Fue una tregua trampa, como la calificó con acierto el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja. El PNV creyó que podía traer la paz gestionando la autodeterminación y, a cambio de aquella tregua, rompió el pacto de la democracia frente al terror y asumió las tesis políticas de los violentos. ETA les engañó y un año después de la tregua, rearmada y reorganizada, inició su ofensiva contra el PSOE y el PP, a quienes nos declaró enemigos del pueblo vasco y nos condenó a la eliminación física, a la liquidación. El PNV había roto con los socialistas, había abrazado la unidad abertzale y había puesto a Ibarretxe al frente de un proyecto de autodeterminación, gobernando con el apoyo de Batasuna. Este era el contexto en el que se produjo el asesinato de Fernando Buesa. 

Fernando era el portavoz parlamentario de la oposición y ETA mató al líder de la oposición de aquel Gobierno y de aquel proyecto. Recordarlo ahora sigue provocando estupor. Si lo aplicáramos a cualquier país remoto nos parecería primario, incivil, brutal. Pero nos ocurrió a nosotros y estremece pensar en aquella sociedad dividida y encendida por pasiones contrapuestas y en aquella política sectaria hasta la inhumanidad. Desgraciadamente aquella ofensiva solo acababa de iniciarse. Más tarde vinieron Juan Mari Jáuregui, Recalde, la cúpula del PP en el cementerio de Zarauz o Ernest Lluch. Y tantos concejales del PP y del PSOE aquí y allá. 
Pero los graves efectos políticos vinieron después. El PNV, consciente de la gravedad de la situación, no reaccionó como debía. Lo ético, lo políticamente necesario, era romper con sus apoyos y volver a la unidad democrática contra ETA. No solo por solidaridad con la víctima y con su partido, sino porque habían sido engañados miserablemente por los terroristas. Hay momentos en la política, como en la vida, en los que es necesario rectificar. Admitir que nos hemos equivocado y corregir el rumbo. En la política actual hay un buen ejemplo de la grandeza humana del reconocimiento del error. La CDU alemana lo ha hecho en Turingia después de elegir presidente de ese ‘land’ al liberal Kemmerich juntando sus votos a la ultraderecha. La disculpa de Merkel ha sido un ejemplo de actitud ética, de defensa de lo común y de la democracia frente al interés partidista por la ostentación del poder.
 El PNV debió reconocer aquellos días que no era posible gobernar con quienes apoyaban el asesinato del jefe de su oposición. Era una base ética inviolable. Pero no lo hizo. Temeroso del momento, transformó su angustia en orgullo partidista. Se aferraron al poder, se envolvieron en su bandera, se hicieron las víctimas y blindaron a su lehendakari convocando una contramanifestación y gritando «¡Ari, Ari, lehendakari». Fue patético. Ya lo vimos en la gestualidad previa. La frialdad de Xabier Arzalluz en la capilla ardiente, la falta de sintonía para organizar las manifestaciones de condena… Fue penoso. El encendido discurso de Javier Rojo en la plaza de la Virgen Blanca de Vitoria fue el colofón de una ruptura sentimental, humana y política, después de años de entendimiento y de pacto entre nacionalistas y socialistas. 

El examen retrospectivo a aquellos trágicos días y aquella grave ruptura nos permite extraer una lección que ilustra también nuestro relato post-ETA. No, la solución nunca estuvo en asumir el ideario político del terror, sino en derrotar la idea de que la violencia era un medio necesario para conseguirlo. El plan Ibarretxe y antes los firmantes del Pacto de Estella pretendían convencer a ETA de que no hacía falta la violencia porque la unidad nacionalista traería la autodeterminación, sin comprender que los estrategas de ETA jamás pondrían en sus manos la gestión de su historia y olvidando que la asimilación de sus objetivos políticos estimulaba la continuidad de su violencia. 

La realidad fue que la firmeza y la unidad democráticas nos llevaron a la victoria. Firmamos un pacto con el Gobierno, el pacto antiterrorista, para que la unidad fortaleciera la democracia. Les ilegalizamos y con la ley perseguimos la estructura política y social que acompañaba su violencia. La Policía los desarticuló. El resto ya es conocido. Ese fue el camino.

Publicado en El Correo, 22/02/2020

7 de septiembre de 2019

Gerardo ya estaba allí.

Le conocí a finales de los sesenta. Quizás en 1969. Yo era un aprendiz de ajustador en el taller y después de estudiar ingeniería técnica, me subieron a la Oficina de Proyectos de Victorio Luzuriaga SA, en Pasajes. Gerardo ya estaba allí. En la Oficina de Compras muy cerquita de la Oficina técnica a la que me incorporé.
 
Eran unos tiempos emocionantes. La dictadura tocaba a su fin. La ola democrática empezaba a ser intensa. Las contradicciones del régimen, las presiones exteriores, la edad y la salud de Franco... todo anunciaba un tiempo nuevo. Eran los primeros años setenta.
 
Eran años de huelgas políticas, reuniones clandestinas, panfletos, propaganda, manifestaciones esporádicas, concentraciones montañeras... para acabar con el franquismo y empezar a construir la democracia.
 
 Gerardo ya estaba allí. A su militancia clandestina jeltzale, unía una simpatía y un afecto contagiosos. Le confesé mi interés por el PSOE y él fue el primero que me trajo propaganda del partido desde «el otro lado». Me habló del Gobierno Vasco en el exilio y de la convivencia de socialistas y nacionalistas bajo la presidencia del lehendakari Leizaola. Yo estaba en esos tiempos contactando con Txiki Benegas, José Antonio Maturana, Enrique Mugica... etc, los abogados socialistas de San Sebastián... Ellos también me hablaron de aquel gobierno del lehendakari Aguirre que desde París se había trasladado a Bayona. Alli estaba Juanito Iglesias, como consejero socialista (’el manco’ le llamábamos porque perdió un brazo huyendo del fuerte de San Cristóbal en Pamplona en plena guerra) al que se habían unido Maturana y Benegas en representación del partido. Gerardo no intentó llevarme al PNV. Respetó mis simpatías y me trajo un paquetón de periódicos de ‘ El Socialista’ que fui colocando en los armarios de los vestuarios con tantos nervios como emoción.
 
 Gerardo ya estaba allí y puedo asegurar que era una persona muy querida en la Oficina. No eran tiempos como para ir haciendo carnets de partido, pero él difundía nacionalismo vasco con su simpatía y su ejemplo. Allí ya se sabia de su vieja militancia y de los sufrimientos represivos que había padecido aunque esos temas no eran, todavía, objeto de conversaciones abiertas. Gerardo no hizo nunca ostentación de su pedigrí nacionalista, ni de su participación en la guerra, ni de la cárcel, ni de las detenciones sufridas posteriormente. Seguro que lo hacía por prudencia, pero estoy seguro que también por discreción y humildad. No se vanagloriaba de un pasado que bien podía exhibir en aquellos círculos porque simplemente consideraba que todo lo que hizo y hacíaa era cumplir con su deber y con su conciencia .
 
Rebuscábamos en los periódicos de la mañana todo indicio predemocratico. Releíamos entre líneas, columnas y noticias que contaban los movimientos internos y externos en favor del cambio y del fin de la dictadura. Era un sentimiento general, una ansiedad colectiva que se palpaba. Comenzaban los tiempos de la tolerancia que se abrieron después a la libertad de todos.
 
Gerardo ya estaba allí. Discreto y prudente, pero optimista siempre. Él deseaba más que nadie la primavera democrática, pero mostraba la sensatez de la edad y la paciencia de los que habian sufrido la derrota de la guerra y la represión posterior.
 
La Oficina era un largo pasillo lleno de puertas a ambos lados dando a múltiples despachos. Nos movíamos por todos ellos, junto a Martín Elizasu, de Alza, también de la Oficina técnica, con quien compartíamos confidencias y aspiraciones.
 
Gerardo ya estaba allí, pero él no bajaba a talleres. En aquella fundición de Pasajes (Molinao) trabajábamos más de 2.000 personas, pero a la fábrica solo bajábamos de la Oficina técnica. Por eso repartíamos la propaganda del PNV y del PSOE indistintamente en los talleres a los que Gerardo no accedía. Panfletos en los casilleros, revistas en los armarios, pegatinas en las puertas... ¡Qué tiempos! A partir del 75 , especialmente después de la muerte de Franco, la zona en la que vivíamos toda esta aventura, era un polvorín y un hervidero de partidos a cual más radical. Nos despreciaban a los del PSOE y algo menos a los del PNV. Todos eran mucho más socialistas y nacionalistas que nosotros. Nos reprochaban que la policia no nos perseguía, que nos toleraban. Recuerdo muy bien la respuesta que les dio Felipe en aquellos inolvidables mítines de Eibar y San Sebastián (Astelena y Facultad de Derecho): «estas parcelas de libertad que yo estoy ocupando, serán grandes avenidas de la misma libertad para todos, muy pronto» . ¡Cuánta razón tuvo! Pero sus reproches eran especialmente injustos para quienes, como Gerardo Bujanda (o Ramon Rubial en nuestro caso) habían dado su vida entera por su causa.
 
Sí, Gerardo ya estaba allí y llevaba toda la vida en ello. Eso sí era meritorio. Lo nuestro era de amateurs. Y siguió allí. Continuó toda su vida haciendo cosas por su partido y por su país hasta este miércoles. Literalmente hasta este miércoles porque he leído que este mismo mes de agosto seguía en la brecha. ¡Grande Gerardo!
 
Gran persona, buen amigo de tiempos heroicos. Agur, ohore eta beti arte!
 
Publicado en el Diario Vasco, 7/09/2019

12 de mayo de 2019

Alfredo, uno de los mejores de los nuestros.

"Era feliz con sus clases de Química, pero vivía en política y para la política, vivía el PSOE y para el PSOE."

 Pasamos por la vida y dejamos familia, amigos, recuerdos... Sabemos que unos dejan mucho y otros poco, o nada. Alfredo es de los primeros. Deja mucho y bueno. Era grande, géneroso, bueno. Deja un cuerpo social muy grande, dolorido y orgulloso. Dolorido porque sentimos pena enorme de perderlo. Orgulloso porque le recordamos con nuestros mejores elogios y le reivindicamos como uno de los mejores de los nuestros.

De sus contribuciones a la España de hoy podríamos hablar mucho más de lo que cabe en estas líneas. De su paso por los ministerios de Educación de los gobiernos de Felipe, de su capacidad política para hablar, dialogar, trabajar hasta la extenuación, comunicar, dirigir, hacer equipos... solo podemos hablar los que le conocimos bien y, créanme, todas esas virtudes las tenía por arrobas. De su capacidad para gobernar, para gestionar, desde un ministerio de Educación a uno de Interior, a una Vicepresidencia, lo atestiguan sus frutos y sus resultados. De su liderazgo político y de su visión de Estado nos quedan sus tareas más notables, entre las que destacó su contribución fundamental al fin de ETA. Trabajé junto a él en muchas ocasiones. Apreciaba mis criterios y opiniones sobre el País Vasco y vivimos juntos momentos de tragedia y de gozo cuando en aquel octubre inolvidable de 2011 anunciaron el fin de la violencia. Se fue sin contarnos muchas cosas, pero le debemos su contribución impagable a la paz vasca.

Negocie con él el documento de Granada, la propuesta autonómica del PSOE, y nunca olvidaré la fina inteligencia y la habilidad que mostró para poner de acuerdo a todos los barones del partido.
Me encargó hacer y dirigir la conferencia política del PSOE de 2013 para modernizar nuestras propuestas y adaptarlas a un mundo en cambio acelerado y a una sociedad distinta. Fue una experiencia fantástica y fui feliz con él en esa tarea.

Cené con él hace solo unos días y fue, de nuevo, muy grato encontrarnos, hablar, recordar, especular. Era feliz con sus clases de Química, con alguna conferencia que otra por aquí o por allí. Pero vivía en política y para la política. Vivía el partido y para el partido.

Fue grande. ¡Qué pena!

14 de diciembre de 2018

La razón de una huelga total.


Fue una huelga total, además de general. Paró al país entero, todas las fábricas, los colegios, las universidades, el transporte, el comercio. Hasta la televisión, a medianoche del día anterior. Nos golpeó fuerte. El Gobierno y el PSOE sentimos la protesta de un país ampliamente movilizado por los sindicatos y todas las fuerzas políticas de la oposición, incluida la derecha.

¿Qué había pasado? A comienzos de los años 80 del siglo pasado España estaba mal, muy mal. La economía sufría desequilibrios muy graves, de inflación, déficit exterior, una recaudación fiscal muy baja, un presupuesto muy débil, poca productividad y un aparato industrial achatarrrado. La mayoría de los países europeos habían afrontado las grandes reformas que exigió la crisis del petróleo de los 70. España, en plena transición política estaba bloqueada.

Cuando llegó el PSOE al Gobierno, avalado por una mayoría absoluta abrumadora (202 diputados), puso en marcha una política de saneamiento macroeconómico y de reconversión industrial que obligó a todos a grandes sacrificios. Baste recordar el cierre de industrias obsoletas y sin mercado o la reforma de la Seguridad Social, como ejemplos puntuales de aquella emergencia nacional.

Fueron años durísimos. Atravesados por una negociación para entrar en Europa que, a su vez, era condición inexcusable de modernización del país y de la internacionalización de su economía. El primer Gobierno de Felipe González se volcó en esta tarea y a pesar de las protestas y de las dificultades renovó su mandato electoral con mayoría absoluta en 1986 (184 diputados).

Entramos en Europa, empezó a crecer la economía, el empleo, los beneficios de las empresas... y la gente dijo: «ahora me toca a mí». Y tenían razón. La protesta generó un clima social altamente reivindicativo y provocó un enorme impacto político en el seno del PSOE. Felipe encargó a Solchaga que negociara con los sindicatos y los acuerdos alcanzados configuraron un conjunto de medidas sociales que son base del actual Estado de Bienestar español. La protección al desempleo, las leyes laborales, el fortalecimiento sindical, la creación del tercer pilar social en política de servicios sociales, fueron algunas de las conquistas de aquella generación.

Aquella década fue, con todo, extraordinaria, y puso las bases de la España de hoy. Consolidó la democracia, construyó las autonomías, internacionalizó la economía, mejoró la educación, modernizó la sociedad e inició las grandes inversiones públicas para las infraestructuras del transporte y la comunicación.
En resumen, aquella fue una huelga con razones, que sirvió a España y sus afanes.

Publicado en El Correo, 14/12/2018

10 de septiembre de 2018

"De Franco, el Valle y los cementerios."

 «El valle no se toca». Esa fue la pintada con la que me encontré en las paredes de mi casa cuando se publicó el Informe sobre la 'Resignificación del Valle de los Caídos' que había encargado a una Comisión de expertos siendo Ministro de la Presidencia de Rodríguez Zapatero. Algunos franquistas hicieron con esa frase una campaña más nostálgica que reivindicativa.

Otros querían demoler la Cruz, la Basílica y el Valle. Incluso oí hace unos días al portavoz del PNV, Aitor Esteban, expresarse en esa idea. Olvidando, entre otras muchas consideraciones, que allí se encuentran los restos de 33.000 españoles, aproximadamente 11.000 de ellos procedentes del Ejército de Franco muertos en la guerra (para quienes en su origen se construyó el Valle) y 22.000 republicanos fusilados por el régimen franquista después de la guerra, la mayoría de ellos en las paredes de los cementerios de pueblos y ciudades de toda España, cuyos restos fueron trasladados al Valle a partir 1959.

Resignificar el Valle era una operación ambiciosa, aunque quizás utópica. Se trataba de transformar ese lugar en una especie de Memorial de esa parte de nuestra historia incluyendo un museo explicativo de cómo y porqué se construyó el Valle, de quienes murieron en esa obra, de quienes están enterrados en la Basílica, etc. y reconvertir la hostería que gestiona la Comunidad benedictina, en un centro para investigadores e historiadores relacionado con la Paz.

La Plaza debería incluir un Monumento escultórico que recogiera los nombres de todos los allí enterrados (semejante, por ejemplo, al memorial de Washington por los americanos muertos en Vietnam) y el lugar se convertiría así en un espacio de memoria reconciliada y de homenaje común y por igual a todos los allí enterrados. Resignificar el Valle era, en definitiva, convertir el mayor símbolo franquista de la guerra en un memorial de Paz y homenaje a todos los que sufrieron la violencia de la contienda y la represión cruel del franquismo.

Naturalmente, eso exigía sacar a Franco de la Basílica. Su exhumación era condición necesaria de la transformación del Valle. De la misma manera que es necesario dignificar las criptas-osarios en las que se encuentran amontonados y mezclados los restos humanos, identificando en sus puertas los nombres de los allí enterrados. Información que afortunadamente poseemos.

Hasta aquí el proyecto de 2011. Cuando hice el traspaso de poderes del Ministerio a la nueva ministra y vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, le trasladé el informe y le pedí que continuaran con la gestión de la Ley de Memoria Histórica, a la que pertenecía este proyecto. Es cierto que la crisis económica de esos años no era el mejor contexto, pero lo cierto es que este informe durmió el sueño de los justos (nunca mejor dicho) en los cajones del gobierno del PP durante los seis años largos transcurridos hasta hoy.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha priorizado la exhumación de Franco y es curioso cómo cambian los contextos y la opinión publicada. Hoy se acepta como natural y necesario lo que entonces se consideraba absurdo y «guerra-civilista». Afortunadamente parece haber consenso para hacer lo que este país debió hacer hace ya mucho tiempo.

Durante aquellos años, junto a Carlos García de Andoin, el mejor experto en este tema, hicimos gestiones diversas ante la Iglesia, la Comunidad benedictina y la familia Franco, para proceder a la exhumación de común acuerdo entre todos. No lo logramos entonces y ahora el Gobierno ha adoptado un procedimiento urgente para dotarse de apoyo legal en sus actuaciones.

Si la familia de Franco no quiere recibir los restos del dictador, el Gobierno realizará la exhumación y trasladará el féretro, probablemente, a la tumba de su familia en el cementerio de El Pardo, donde está enterrada su esposa Carmen Polo. Si se mantiene el Culto de la Basílica, el cementerio son las Criptas y en la explanada del Valle puede y debe hacerse un proyecto arquitectónico de Memorial a los allí enterrados.

Puede prescindirse del resto de actuaciones porque quizás el Valle nunca será un lugar de todos. En eso quizás fuimos utópicos al pretender que a allí acudieran todos –unos y otros– en señal de la sociedad reconciliada que ya somos. Pero por ahora, esa actuación puede ser suficiente para honrar nuestra memoria y para dar justicia y dar honor a quienes allí quedaron.
 
Publicado en El Diario Vasco, 10/09/2018

23 de junio de 2018

9 de mayo de 2014

Paulino Luesma, un socialista cabal, un hombre bueno.

Paulino Luesma fue mi primer y gran colaborador en el Gobierno vasco durante los años (de 1987 a 1991) en los que fui vicelehendakari de aquel primer ejecutivo de coalición PNV-PSE. Me habían hablado de él un grupo de abogados laboralistas amigos de Bilbao, cuando estábamos preparando el equipo de aquel primer gobierno de coalición de la democracia española y, por supuesto, de la autonomía vasca. Era febrero de 1987. Sólo unos días antes habíamos acordado con el PNV el programa de gobierno y el reparto interno de responsabilidades, y el socialismo vasco se encaminaba a protagonizar uno de los períodos de mayor protagonismo institucional en la construcción de la autonomía vasca.

Paulino Luesma fue mi viceconsejero para todo. Lo digo con total propiedad y reconocimiento, porque fue una pieza de polivalencias infinitas en la articulación política y personal de aquel gabinete. Nadie discute ya que aquel Gobierno de coalición supuso un éxito para el país y para sus grandes causas: la paz, la modernización de Euskadi, el entendimiento entre las dos grandes corrientes sociales del País Vasco, el despliegue del autogobierno, etc.

Paulino tuvo un enorme protagonismo en él. Trabajador incansable, buen jurista, experto en múltiples temas, curtido en mil batallas sindicales y un gran negociador que combinaba habilidad y lealtad, como condiciones imprescindibles para serlo. Mucha gente sabe que aquel Gobierno fue tan exitoso, como difícil internamente. Tenso en muchísimas ocasiones, de enorme rivalidad partidaria por razones comprensibles y sustentado sobre mutuas desconfianzas, no menos explicables. Paulino fue nuestro hombre en las innumerables e interminables negociaciones de todos y cada uno de los temas que llegaban al Consejo de Gobierno. Bien lo sabían Juan Ramón Guevara y Fernando Spagnolo, que eran los hombres de confianza del lehendakariArdanza para “controlar” desde Presidencia y Hacienda, la acción de gobierno de los consejeros socialistas, que gestionaban el 80% del presupuesto.

Sus buenos oficios fueron vitales en la solución de los muchísimos conflictos que tuvimos que gestionar aquellos años y se ganó así la confianza de sus interlocutores. Me consta el aprecio que en la familia nacionalista, empezando por el lehendakari Ardanza, alcanzó Paulino Luesma. Cuando acabó aquel gobierno de coalición y se constituyó el siguiente, a finales de 1991, Paulino asumió el cargo de consejero de Trabajo y lo desempeñó hasta principios de 1995. Fueron en esos años de consejero, junto a Fernando Buesa como vicelehendakari, en los que Paulino alcanzó sus máximas metas profesionales y vivió años de enorme satisfacción personal. Sé muy bien la respetabilidad y el aprecio que recibió durante todos esos años, porque dejó muestras muy evidentes de su buen hacer en la cultura laboral vasca y en las instituciones sociolaborales del país.

En 1995, cuando se gestó el siguiente gobierno de coalición, esta vez con Juan José Ibarretxe como vicelehendakari de José Antonio Ardanza, le sustituí en su cartera de Trabajo, y sé muy bien lo injustos que fuimos con él al privarle de una continuidad como consejero que merecía sobradamente. Razones políticas, a veces orgánicas, a veces partidarias, aconsejaron algo que, personalmente, no era justo para con él. Lo cuento aquí, en merecido homenaje a su memoria.

He mantenido contacto con Paulino hasta hace muy poco tiempo. Cuando le fue diagnosticada la enfermedad, hablé varias veces con él, en esas conversaciones difíciles que se producen en momentos semejantes. Yo sabía que estaba gravemente enfermo. Que su enfermedad era, probablemente, irreversible. Y, sin embargo, encontré a Paulino con ese espíritu de lucha y con esa esperanza que yo no veía y que alumbra a los enfermos, afortunadamente, hasta el final.

Paulino Luesma era, además, un hombre bueno, una buena persona. Un gran amigo y un socialista vasco cabal al que hemos perdido, pero del que nos sentiremos siempre orgullosos.

Publicado en el País, Edición Pais Vasco. 9/05/2014

12 de marzo de 2010

Sentimientos

De emocionados recuerdos, al leer en diagonal la impresionante e imprescindible obra recopilatoria de los atentados de ETA (1960-2009) 'Vidas rotas. Historia de los hombres, mujeres y niños víctimas de ETA'.

De pronto mil recuerdos de miles de momentos trágicos vividos durante tantos años. De nuevo, el recuerdo de la misma liturgia en la noticia horrible: « ha habido un atentado en ». La confirmación de la gravedad de los hechos, el muerto o los muertos, la familia, las noches junto a ellos, la capilla ardiente, el funeral, las declaraciones un protocolo común, con más o menos calor y siempre con mucho dolor, acompañando un drama que para los familiares resulta incomprensible al principio, inaceptable después, irreversible y brutal siempre: el asesinato de un ser querido por la organización terrorista ETA.

He leído sus nombres y recordado, en muchos casos, el lugar y la forma en que los mataron. He comprobado las fechas y he rememorado muchas escenas en iglesias, cuarteles, calles y domicilios vascos. Pocas veces he contado que he asistido a más de doscientos funerales de víctimas de ETA. Cuando he ojeado este libro, una cascada de recuerdos de aquellos trágicos días ha vuelto a mi memoria. Con ellos he revivido las emociones que aquellos hechos producían y les aseguro que la distancia del tiempo transcurrido no me ha privado de reafirmarme en dos sentimientos o reflexiones que me han acompañado en casi todos esos momentos. De una parte, la soledad, la frialdad y la falta de afectos con las que durante muchos, muchísimos años, la sociedad vasca ha despedido a estas víctimas. Iglesias vacías de pueblo y llenas de uniformes, disputas penosas con sacerdotes y hasta obispos por las banderas en los féretros, vacíos en las calles y miradas distantes desde las ventanas. Falta de caridad y un desprecio imperdonable por las víctimas a las que además, a veces, se añadía la difamación después de asesinadas. De otra, la rebeldía ante la injusticia de la muerte provocada a seres inocentes se incrementaba al comprobar la naturaleza social de las víctimas. La mayoría de las veces, personas humildes, muy humildes, procedentes de pobres pueblos de España y devueltas a sus humildes orígenes, envueltas en una bandera de honor y de gloria que nunca pretendieron obtener a cambio de su vida.
Al repasar los nombres de los asesinados, te indigna su anonimato. ¡Cuántos nombres olvidados! ¡Cuántos apellidos comunes: Fernández, Martínez, Sánchez, García, Romero… que yacen en el olvido de una historia que les maltrató. ¡Cuántos guardias y policías, carteros, marinos y obreros! ¡Cuántos muertos para nada! Por nada.

De alegría por la detención de terroristas. Ahora la noticia, el SMS del teléfono, no es el atentado, es la detención de uno tras otro diezmando sus filas, destruyendo su infraestructura, desarticulando sus comandos, descubriendo sus zulos, recuperando sus armas, sus bombas-lapa, sus explosivos. Es un sentimiento de liberación, de tranquilidad, de sosiego y de esperanza. Son noticias de paz, que hacen más verosímil el final, que nos animan a verlo y que nos hacen soñar con una Euskadi sin violencia, sin amenazas, con un país en el que la palabra y los votos, sólo eso, pero nada menos que eso, decidirán nuestro futuro. ¿Cómo ayudar a que ese final se materialice de manera ordenada y definitiva, y cómo evitar en consecuencia una violencia residual prolongada? Ésta es la cuestión que nos convoca hoy a los partidos y a la sociedad vasca, y la que reclama algunos consensos tan necesarios como renovados.
Necesario es, por ejemplo, el que se refiere a la prohibición legal (avalada por el Tribunal de Estrasburgo) de representación política al mundo de ETA. 'No hay que ahogar a la izquierda abertzale' parece ser el argumento de los bienintencionados que, a su vez, olvidan que siempre nos han engañado y que se confunden en sus propósitos, porque si algo ha quedado demostrado desde hace unos años es que la ilegalización de Batasuna nos ha acercado -objetiva y notablemente- al final de la violencia. Es la angustiosa necesidad de la izquierda abertzale de tener su espacio político en las instituciones y en la democracia vasca la que está empujando a sus dirigentes y a sus bases a unas reflexiones y propuestas nunca hechas hasta hoy. ¿Son suficientes? Evidentemente no.
El papel de esa dirección política es imponer a ETA el fin de la violencia y estamos lejos de ello, como es evidente. Por eso me preocupa enormemente que partidos políticos nacionalistas de una intachable convicción democrática estén tentados de hacerles el juego.

De indignación con Venezuela si se confirmara que ha ayudado o ayuda a ETA. Que a estas alturas de la vida y con todo lo que llevamos visto pretenda justificar su protección a ETA, aludiendo a la ruptura del proceso de paz de Argel en 1989 que motivó la expulsión de etarras a varios países amigos, es una vergonzosa manipulación de la historia que no engaña a nadie. Ofende nuestra inteligencia quien confunde a las víctimas de ETA con el imperio yanqui. Ese histórico grito de 'la historia me absolverá' arrastra a la ignominia a quien lo utiliza para justificar su ayuda a quienes amenazan la vida y la libertad de los vascos y de los españoles.

Entiendo, en todo caso, la prudencia del Gobierno español buscando la colaboración de Venezuela y no el enfrentamiento. Si ese pragmatismo que tantas veces obliga en política exterior a colocar los intereses por delante de los principios nos asegura que en ese país no se ayude a ETA, eso que habremos ganado. Pero no les oculto que escuchar determinadas intervenciones oficiales de las autoridades venezolanas resulta sencillamente insufrible.

El Correo, 12/03/2010.

9 de noviembre de 2009

Mirando tras el muro


La foto de Khol, Bush (padre) y Gorbachov, veinte años después de la histórica caída del Muro de Berlín, nos permite una mirada retrospectiva cargada de enseñanzas.


La primera y más relevante: detrás no había nada. La gran batalla ideológica entre comunismo y capitalismo, que se libraba desde hacía cincuenta años entre modelos económicos y de sociedad, quedaba resuelta al descubrirse que la economía estatalizada y planificada resultaba ineficiente e incapaz de competir y de progresar. La patética obsolescencia de las fábricas alemanas del Este, que habían pertenecido a empresas alemanas comunes antes de la Guerra, y su manifiesto retraso con respecto a sus antiguas hermanas de la Alemania occidental, es la mejor prueba de lo que vimos en los viejos países de influencia de la URSS.

Gran parte de la Guerra Fría estuvo sostenida sobre una mentira: el sistema comunista no llegaba ni de lejos a la potencia económica, al dinamismo industrial, al poderío militar del llamado mundo occidental. Salvo excepciones en la batalla espacial y el armamento nuclear, las joyas de la corona soviética que hacían posible precisamente esa guerra fría. El doloroso y costosísimo proceso de modernización del entramado industrial y de infraestructuras físicas que ha tenido que realizar el Este, es la mejor prueba de un atraso que no parecía tal, hasta que la caída del Muro nos mostró una realidad achatarrada.

La segunda enseñanza es estrictamente política. La libertad nunca debe ser sacrificada en el altar de los fines. Por nobles que puedan ser o parecer los objetivos que se persiguen, la violencia en primer lugar y la dictadura en segundo, nunca deben ser utilizadas en el juego político. Viene a cuento una anécdota, muy recordada en el PSOE, sobre un supuesto diálogo entre un dirigente socialista español, nada menos que D. Fernando de los Ríos, enviado a Moscú años después del triunfo de la Revolución de Octubre en la URSS, para informar después a los dirigentes socialistas españoles de la época, sobre las expectativas del régimen comunista.

En un diálogo, idealizado después en nuestras filas, se cuenta que D. Fernando preguntó al mismísimo Lenin dónde quedaba la libertad en su Revolución. “¿Libertad para qué?”, dicen que respondió el líder soviético. “Libertad para ser libres”, fue la respuesta del socialista español, dando con ella santo y seña a una de las grandes diferencias ideológicas entre socialdemocracia y comunismo.

Gorbachov
Tercera y ya que hablamos de líderes soviéticos. Un relevante lugar en esta historia lo ocupa un malogrado dirigente político. Gorbachov fue clave en la caída del Muro. Si no hubiera sido por la valentía y la inteligencia del creador de la glasnost (transparencia) primero y de la perestroika (reestructuración), después, la implosión del comunismo hubiera podido ser de mil peligrosas maneras. Desmontar el estado policial, eliminar la censura de prensa, restaurar las libertades individuales y políticas, reconocer los errores cometidos por el partido y por el Estado soviético... ¡Qué fácil de decir y que difícil de hacer! Luego, cuando se presentó a las elecciones presidenciales de 1996, fracasó.

Es cierto que la crisis económica y el intento de golpe de 1991 le lastraron, pero, además, ya se sabe, los pueblos a veces son así, como bien habría podido decir Winston Churchill después de la Segunda Gran Guerra en 1946, cuando el pueblo británico le dio la espalda a pesar de su indudable protagonismo y liderazgo en la resistencia británica al nazismo y en la victoria de los aliados.

Por último, no quisiera acabar estos comentarios sobre el Veinte aniversario de la caída del Muro de Berlín sin rendir homenaje a la causa por la que tanta gente sufrió y murió. Es verdad que el comunismo fracasó. Pero, como bien nos recordaba Norberto Bobbio aquellos años, nadie debería olvidar que la causa por la que lucharon sigue latiendo en el corazón de la gente. Una aspiración de justicia social, de igualdad de oportunidades ante la vida al margen de la condición social o personal, una exigencia de dignidad laboral, de protección ante las eventualidades de la vida, una serie de Derechos Humanos inherentes a las personas por el mero hecho de serlo, todo eso y mucho más, sigue moviendo los impulsos de millones de personas.

La enseñanza por eso, en este caso, es no confundir la derrota del comunismo con la desaparición de sus causas, que siguen reclamando a la política, y a la izquierda más en particular, nuevas respuestas a viejas demandas sociales. Todo ello sin olvidar, además, que fueron los comunistas quienes acreditaron durante los años del fascismo en Europa una militancia heroica contra él y una resistencia política al nazismo alemán que pagaron con veinticinco millones de muertos, casi la mitad de todos los fallecidos en la Segunda Guerra mundial.

Expansión, 9/11/09

20 de marzo de 2007

El incierto destino de una iniciativa justa.

Sobre el mal llamado Proyecto de Ley de Memoria Histórica, se ha dicho de todo y casi todo malo. A la iniciativa del Gobierno de Rodríguez Zapatero le han salido críticos por todos lados y en todos los planos. A la derecha le parece la última y definitiva muestra del sectarismo guerracivilista del Presidente, empeñado en volar los cimientos de la concordia política pactada en la transición española. Ha sido, según dicen, la gota que desborda el vaso de su irresponsabilidad política, al romper el espíritu de los pactos constitucionales. A la izquierda de IU y Esquerra Republicana les parece una ley insuficiente y los adjetivos con que la han recibido, han llegado al insulto: cobardía, inmoralidad, etc. Los nacionalistas catalanes y vascos han rechazado los extremos de PP e IU-Esquerra y han votado en contra de la devolución del Proyecto de Ley, pero han advertido de las importantes reformas que deberá incorporar en su tramitación para que puedan aprobarla.

De manera que, no hay otro remedio que reconocerlo, el comienzo de esta Ley no ha sido precisamente pacífico. Incluso, en los ambientes jurídicos la polémica es intensa, porque la petición de anular las condenas del franquismo ha abierto una viva y compleja discusión sobre si tal cosa es posible a la luz de nuestra Constitución, Ley de amnistía y sentencias del Tribunal Constitucional que niegan la aplicación retroactiva de sus principios y normas. Para acabar de describir el panorama, los rasgos de estas fracturas políticas y jurídicas están teniendo una plasmación social bastante peligrosa. Los medios de comunicación españoles se han alineado con las dos posiciones y en particular la derecha mediática ha hecho de este asunto bandera de sus críticas más aceradas al Gobierno. La guerra de las esquelas que se ha venido produciendo desde el verano pasado, es buena muestra de este pasado tumultuoso y apasionado que nos divide y nos amenaza.

Soy consciente de que explicar y razonar las posiciones del Gobierno, en este medio, no es cosa fácil. Seguramente quienes me lean, estarán posicionados en una exigencia terminante de Memoria, Verdad y Justicia y no comprenderán nada bien argumentos relativizadores de estos valores que muchos creen absolutos. Con todo, lo intentaré.

Empezaré por transmitir un doble sentimiento. Soy hijo de republicanos represaliados. En la intimidad de la sobremesa de una familia numerosa y pobre, de un barrio obrero de San Sebastián, se ha llorado durante años las enormes secuelas de aquella guerra y de la represión de los vencedores sobre los vencidos. Ninguno de mis diez hermanos olvidamos aquellas sesiones de recuerdo histórico y de aprendizaje político, por otra parte frecuentes en miles de hogares vascos y de toda España. Cuarenta años después de aquellas imágenes, el mundo que me rodea está igualmente compuesto por milicianos, viejos republicanos, herederos de la represión que reclaman sus deudas con nuestra historia.

Pero junto a ellos, se agolpan razonamientos derivados de una vida cruzada por otras experiencias y de mi trayectoria política de estos últimos años. Un deseo firme de no volver a las dos Españas machadianas que te hielan el corazón. Un reconocimiento de que durante la guerra, todos hicieron barbaridades y que sentimientos tan legítimos como los míos, anidaban en otras familias en dirección contraria. Una inequívoca convicción de no querer romper las bases de nuestra transición democrática que nos permitieron alumbrar la España democrática y constitucional, que sorprendió y admiró al mundo entero. En definitiva, una sólida confianza en que nuestras decisiones de hoy, treinta años después de que acabara el franquismo y setenta años después de la guerra, debían situarse en el mismo consenso en que se fundamentó la transición y debía garantizar la misma convivencia reconciliada.


Sobre estas bases se sitúa el tema y sobre ellas me gustaría responder a tres cuestiones principales:

-¿Es necesario retomar la memoria de nuestra guerra y de la represión franquista?
-¿Cuáles son los objetivos de la Ley del Gobierno?
-¿Dónde radican las dificultades de aprobación de esta Ley?

¿ES NECESARIA ESTA LEY Y POR QUÉ?

Desde hace unos años, pero con particular intensidad a partir de la vuelta del PSOE al Gobierno de España se vienen produciendo una serie de movimientos reivindicativos en torno a la memoria de las víctimas de la guerra civil y de la represión franquista posterior. Se trata de cuestiones muy diversas que vienen coleando desde la recuperación de la democracia y que, a lo largo de estos casi treinta años, no han sido satisfechas o respondidas suficientemente. Familiares de fusilados en las cunetas, que quieren enterrarles con honor. Condenados por Consejos de Guerra que desean rehabilitarse de sentencias manifiestamente injustas. Organizaciones cívicas, como por ejemplo varias logias masónicas, que reclaman compensaciones a sus bienes incautados. Y así, mil deudas de aquella trágica historia que todavía levantan pasiones y que se sustentan en un hecho incontrovertible. Quienes perdieron la guerra fueron sometidos a una durísima represión hasta bien entrada la década de los cincuenta. Los historiadores cifraron en 50.000 los fusilados y en 270.000 los encarcelados o internados en campos de concentración, de los que cerca de 5.000, murieron.
Conviene añadir, para los desmemoriados, que no es esta la primera vez que la democracia toca el asunto. Sucesivos gobiernos de la democracia dictaron medidas de compensación muy importantes: indemnizaciones a los muertos y a los mutilados republicanos en la guerra; reconocimiento de grado a los militares republicanos profesionales; rehabilitación de funcionarios sancionados; indemnizaciones a los prisioneros republicanos después de la guerra; pensiones a exiliados y a los niños de la guerra, etc. En total, más de seiscientas mil familias del lado republicano han sido o están siendo indemnizadas. Pero, con todo, sigue habiendo muchos colectivos y personas particulares pendientes de compensaciones de justicia, y es en este contexto y con esas pretensiones, como se inicia este debate al comienzo de esta legislatura.
El 1 de junio de 2004, el Parlamento mandató al Gobierno a elaborar un informe sobre los aspectos pendientes en relación con las víctimas de la guerra civil y la represión franquista. En septiembre de ese mismo año, el Gobierno creó una Comisión Interministerial para el estudio de estos temas y en octubre comenzó su trabajo. Fue un trabajo minucioso e ingente porque fueron muchas las asociaciones que comparecieron, muchas las consultas con expertos y con ministerios afectados y cientos de comunicaciones personales e institucionales.
La Ley surgió así para saldar deudas de nuestra historia que, como sociedad tenemos con las personas que sufrieron violencia y persecución injustas. Ellos y sus descendientes tienen todo el derecho a reconstruir su propia biografía y a recuperar su memoria individual.

¿CUÁLES SON LAS PRINCIPALES DISPOSICIONES DE LA LEY?

Quienes durante la guerra civil y la dictadura, sufrieron condenas, sanciones, ejecuciones y cualquier forma de violencia personal producidas por razones políticas ideológicas:
1. Reciben un reconocimiento moral general en el Artículo 1 de la Ley.
2. Además de ese reconocimiento general, las propias víctimas supervivientes o sus familiares podrán solicitar una reparación individualizada. Estas personas presentarán su petición a una Comisión Interministerial, creada al efecto, que se encargará de localizar los datos y documentos precisos para gestionar el expediente. La Comisión pasará el resultado de su trabajo a un Consejo, designado por el Parlamento, por mayoría de 3/5 y entre personas de reconocido prestigio, que será quien realice la declaración de reconocimiento que haya sido solicitada, la cual será publicada en el B.O.E.
3. Se establecen toda una serie de prestaciones económicas por cuantía aproximada de 20 millones de euros destinadas a quienes por no cumplir determinados requisitos, quedaron excluidos en su día de indemnizaciones como las contempladas en la Ley de Amnistía. Se amplían los supuestos contemplados en la normativa actual para que puedan obtener pensiones y ayudas pequeños colectivos y personas que habían quedado excluidas y se dejan exentas de IRPF las pensiones e indemnizaciones que se cobran por una sola vez y se compensan por los impuestos que hayan sido pagados por estos conceptos, hasta la fecha.
4. Se reconoce el derecho a una indemnización, por una sola vez, a personas fallecidas en defensa de la democracia entre enero de 1968 (fecha en la que entra en vigor la Ley de Víctimas del Terrorismo) y octubre de 1977 (en que lo hace la Ley de Amnistía). Esta medida pretende una compensación de 135.000€ a las víctimas mortales del llamado tardofranquismo, entre los que se encuentran, por ejemplo, los seis obreros muertos en Vitoria y Basauri en marzo de 1976.
5. Las Administraciones Públicas facilitarán a los familiares de víctimas que así lo soliciten las tareas de localización e identificación de restos. La exhumación de los mismos será, en todo caso, decisión de los familiares.
6. El Gobierno, en los monumentos, edificios y lugares de titularidad pública estatal, adoptará medidas para la retirada de placas, insignias o menciones referidas a la guerra civil, en las que sólo se rinda homenaje a una de las partes contendientes. Respecto al Valle de los Caídos, en ningún lugar del recinto se podrán llevar a cabo actos políticos ni de exaltación de la guerra civil y la dictadura.
7. Se establecerán planes plurianuales para ordenar, sistematizar, microfilmar y archivar la ingente cantidad de documentación que existe desperdigada por España. El archivo de Salamanca es el centro donde se reunirán todos los documentos de la época o sus copias.
8. Se otorga la nacionalidad española a los brigadistas internacionales, sin necesidad de que tengan que renunciar a la suya de orígen.

¿DÓNDE RADICAN LAS DIFICULTADES DE APROBACIÓN DE ESTA LEY?

La primera y muy importante es la negativa radical del PP a tomar siquiera en consideración esta iniciativa. Este rechazo, ayudado por sus poderosos aliados mediáticos, encrespa el debate y limita los movimientos del Gobierno en un tema sensible. La búsqueda de acuerdos con la izquierda, se hace así, no sólo más difícil, sino en determinados aspectos imposible. Por el lado de Izquierda Unida, la cuestión fundamental es la anulación de los juicios franquistas. Aunque no se reconozca así expresamente, esta reivindicación va unida a una creciente demanda de enjuiciamiento al franquismo. Varias asociaciones de la memoria y Amnistía Internacional principalmente, vienen sosteniendo la necesidad de abrir una causa general contra los crímenes de la guerra y las violaciones de los Derechos Humanos de la represión franquista considerando que todos los delitos son imprescriptibles. En mi opinión, tal posibilidad debe ser enjuiciada por los tribunales, pero no debe contemplarse en una ley. Sin perjuicio de eliminar de ella, algunas referencias que los más críticos han interpretado como elementos de una Ley de punto final.

La pretensión de anulación general mediante Ley, de todos los juicios represivos del franquismo abre enormes dificultades jurídicas y políticas. Entre las primeras destaca, una reiterada doctrina jurisprudencial del Tribunal Constitucional que considera no constitucional la aplicación retroactiva de la Constitución Española, porque ello provocaría la vulneración del principio de seguridad jurídica del artículo 9.3 de la Constitución y en especial del principio de la cosa juzgada. Una anulación general mediante Ley plantea también el problema de la concreción de qué sentencias concretas son las anuladas, es decir, las que se dictaron con base en qué leyes, en qué tribunales, etc. Con el problema consiguiente de delimitar y excluir otras que seguramente adolecían de los mismos problemas de falta de garantía procesal y de radical injusticia (por ejemplo las aplicadas contra la masonería, vagos y maleantes, etc.)

Se nos dice que la anulación no produciría efectos económicos, pero, ¿cómo se garantiza eso? Los herederos de quienes fueron condenados, y revocada ahora su sentencia, tendrán abierto el camino a la reclamación de daños al Estado Español de hoy, heredero y sucesor jurídico del anterior. Por último, la anulación de esas sentencias, por su radical injusticia, podría provocar una cascada de procesos contra antiguos responsables de aquellos tribunales y otros próceres de la dictadura franquista, en abierta contradicción con la reconciliación de la transición, en la que la Ley de Amnistía estableció, junto a la libertad de todos los detenidos políticos, la voluntad de pasar página y “renunciar a la persecución judicial de los servidores del régimen franquista”. Caballero Bonald, el escritor andaluz, dijo un día que “fue un error decretar una historia sin culpables”. Yo no lo comparto. Creo que la izquierda fue generosa en la transición, pero en su generosidad está la grandeza de su historia.

Se nos dice que esto no es justo. Que anteponemos criterios de oportunidad o de conveniencia política a la justicia de esta demanda. Es verdad. Pero la justicia no es un bien absoluto que se aplica de manera perfecta. Primero, porque la justicia plena es la justicia inmediata y no se pueden aplicar medidas de justicia de hoy, con parámetros de hoy a problemas de hace 70 años. Esa será siempre una justicia imperfecta, ¿creen ustedes posible aplicar justicia perfecta en Francia con sus responsabilidades en Argelia? ¿Creen que la asumiremos los europeos con la colonización y descolonización africana? ¿Creen que hubo justicia perfecta en Alemania con los crímenes del nazismo? Segundo, porque la justicia en estos casos, no se aplica en un terreno ideal, exento de contradicciones con otros bienes públicos valiosos. Me explico. El legislador tiene derecho a evaluar, desde criterios de conveniencia social, los efectos de sus disposiciones y es por eso que, en este caso, el Gobierno ha propuesto una declaración de reparación y reconocimiento personal sin poner en tela de juicio los principios de seguridad jurídica y de garantía de la cosa juzgada. Para elevar el rango de tal declaración ha previsto un procedimiento individual y una publicación en el B.O.E. con efectos declarativos, informativos y simbólicos de máxima rehabilitación.

Quedan otros muchos aspectos en la Ley que deben mejorar y que en las enmiendas de los grupos parlamentarios podremos abordar. Cuantía de las indemnizaciones previstas, colectivos específicos que merecen cita legal, una mayor colaboración de las Administraciones en la exhumación de restos, etc. Honradamente creo que en estos y otros aspectos, podemos y debemos ampliar la Ley.

Como se manifestó el pasado 4 de julio en el Parlamento Europeo, en un debate que condenó la dictadura franquista: “traer al presente nuestro pasado es un acto de voluntad que tiene que ver con el futuro que queremos construir”. Esta es la línea maestra que debemos seguir al encarar este espinoso asunto. Mirar al pasado de frente, con autocrítica, sin afanes vengativos, sin ira, ni odio, es una terapia imprescindible para los pueblos. También lo es, aplicar justicia, una justicia limitada, imperfecta, pero justicia al fin y al cabo, a nuestras deudas pendientes con quienes sufrieron la injusticia de la represión y los horrores de la guerra. Y todo ello debe hacerse sin alterar los fundamentos de nuestra convivencia democrática, que tiene en la reconciliación pactada su más admirable patrimonio ético y político y uno de sus principios constituyentes.

Termino con un matiz. Una cosa es intentar esa mirada reconciliada a nuestro pasado y otra, muy distinta, es tener que soportar las cada vez más frecuentes versiones revisionistas de nuestra guerra civil. Una cosa es aceptar la dosis de autocrítica y de reflexión que aquellos hechos nos merecen, con el valor y el coraje de quienes se sienten capaces de mirar al pasado desde la fuerza liberadora de la verdad y otra cosa es cuestionar la verdad. La verdad de los hechos no es cuestionable. En 1931, unas elecciones democráticas trajeron a España la II República. Seis años más tarde, un golpe militar contra la democracia instaurada en la República, provocó una guerra de tres años, la fractura de la sociedad española, un millón de muertos, una represión cruel a los vencidos y cuarenta años de dictadura y opresión a todo el pueblo español. Una vez más, afirmo que el conocimiento de los hechos y el reconocimiento del pasado, no ofende a nadie, hace grande la verdad. No abre heridas. No daña al pueblo, lo corrige, le ayuda a evitar repetir errores. Porque las heridas curan con la verdad y la justicia, no con el ocultamiento y el olvido.
En cualquier caso, es un ejercicio de responsabilidad cívica “para saber que somos porque fuimos” (Antonio Álvarez de la Rosa).

14 de octubre de 2006

Memoria, justicia y convivencia.

¿Es posible o no que la sociedad española de hoy ajuste deudas con su historia sin romper por ello las bases de su convivencia actual y los principios de reconciliación y perdón que presidieron la transición a la democracia a finales de los setenta? Ésta es para mí la cuestión nuclear del debate producido sobre la mal llamada "Memoria Histórica". La abrumadora presencia de la Guerra Civil y de la represión franquista en la memoria de la sociedad española de hoy tiende a despertar las pasiones de las dos Españas machadianas con demasiada frecuencia. La guerra de esquelas de la guerra, publicadas este verano, es una buena muestra de las peligrosas derivas que puede tener este asunto si no lo enfocamos con prudencia y consenso.

Comencemos pues por responder al primer interrogante: ¿hay deudas pendientes? Y aunque las hubiere, ¿debemos abrir la caja de Pandora de tan delicados y apasionados recuerdos? No son pocos ni despreciables los argumentos que recomiendan cubrir estas cuestiones bajo un discreto manto, destacando como único recuerdo histórico el punto y aparte que acordamos en los pactos de la transición. Pero no es menos cierto que han pasado treinta años desde entonces y que todavía golpean a las puertas de nuestras instituciones reivindicaciones justas y razonables. Primero, porque, sin cuestionar la generosidad que impregnó la transición política, la democracia de los ochenta y de los noventa confundió en exceso perdón con olvido, y aunque sucesivos gobiernos democráticos establecieron medidas para restañar las heridas del bando republicano, lo cierto es que millones de españoles, perdedores y sufridores de la contienda y de la represión posterior, lloraron en silencio su imborrable recuerdo, tras el telón de una convivencia reconciliada, a la que perturbaba su simple presencia. Y segundo, porque quedan pendientes muchas causas de justicia para quienes defendieron el Gobierno legítimo del 36. Desde la identificación y localización de fosas comunes a la exhumación de sus restos. Desde la apertura total de archivos para la investigación y la documentación particular hasta el reconocimiento de las enormes injusticias cometidas en juicios sumarios. Incluso golpea también nuestra conciencia democrática, la ausencia de indemnización alguna para quienes encontraron la muerte en los años del tardofranquismo, ejercitando derechos que luego reconoció nuestra Constitución (como por ejemplo los seis obreros muertos por la policía en Vitoria y Basauri en 1976).

La segunda cuestión es capital: ¿cómo debemos abordar este tema de nuestra agenda política y hasta dónde será posible atender estas reivindicaciones? El Gobierno ha decidido hacerlo mediante un proyecto de ley que, intencionadamente, rechaza implantar una determinada "memoria histórica colectiva", que no corresponde a norma alguna y encarga al legislador la protección del derecho a la memoria personal y familiar como expresión de plena ciudadanía democrática. En ese propósito el anteproyecto busca un equilibrio difícil y polémico. Si se declara "el derecho de todos los ciudadanos a la reparación de su memoria personal y familiar", ¿deben incluirse todos los que sufrieron condenas, sanciones o cualquier forma de violencia por razones políticas? Si tal reconocimiento se refiere a la represión franquista, es obvio que afecta sólo a quienes defendieron la legalidad institucional anterior al 18 de julio de 1936 y pretendieron después de la guerra el restablecimiento en España de un régimen democrático. Pero si ese derecho se quiere extender a la Guerra Civil -y en mi opinión así debe ser- resulta obligado reconocerlo también a quienes sufrieron esas mismas circunstancias en el otro bando. ¿Es eso una injusta equidistancia? Más bien creo que sólo así respondemos al espíritu de reconciliación pactada en el que se fundó nuestra transición democrática.

Una reflexión semejante surge de otro de los aspectos polémicos de esta ley. ¿Debemos anular cuantas resoluciones judiciales fueron dictadas en aplicación de legislaciones y de tribunales de excepción? Admito que sería de justicia. Pero, ¿podemos hacerlo sin cuestionar todo el entramado de seguridad jurídica de 40 años de franquismo? ¿Cómo se revisan individualmente miles de sumarios sobre hechos acaecidos en tiempos tan lejanos? Conozco la existencia de opiniones jurídicas fundadas en esa dirección, pero yo creo que eso no es posible a la luz de la doctrina jurisprudencial del Tribunal Constitucional, y en todo caso creo que antes de abrir la vía jurídica para la revisión de miles de esos casos nos lo deberíamos pensar serenamente. ¿Qué consecuencias tendrían las anulaciones? ¿Quién impediría que muchos reclamaran conocimiento de los juzgadores y quizás responsabilidades? Yo creo que el legislador español de 2006 tiene derecho a examinar esta cuestión también desde un punto de vista de oportunidad política, y aquí vuelvo a esgrimir ese patrimonio común que es el espíritu de reencuentro y de concordia de la transición.

La ley pretende la justicia compensando a las víctimas de la guerra y de la represión de un régimen cruel que duró 40 años. ¿Lo consigue? Abiertamente no. Reconocerlo con humildad es necesario, porque esas víctimas merecen el respeto de la verdad. Pero, ¿alguien cree posible hacer justicia plena con las enormes e inmensas consecuencias de aquella tragedia? La ley llega adonde es posible llegar sin menoscabar las bases de nuestra convivencia y ajusta las últimas deudas con nuestra historia sin reabrir la herida que atravesó las entrañas de nuestro pueblo.

La ley es perfectible. Abriremos una ponencia parlamentaria para escuchar. Negociaremos enmiendas y buscaremos el consenso con todos los grupos. Por cierto, última cuestión: ¿será posible un acuerdo también con el PP en este tema? Lo deseamos. Pero les escucho decir, con demasiada frecuencia, que esto es pasado y ya está pagado. Quizás se opongan a la totalidad de la ley acusando al Gobierno y a su presidente de "radicalidad guerracivilista". Me pregunto por qué no es posible una recuperación consensuada de nuestro pasado. ¿No equivale esto a identificarse con una de las dos partes de nuestra historia incivil?

La reconciliación de la transición no nos obliga al olvido. La memoria sin ira, sin afanes vengativos no abre, sino cierra las heridas de la historia. La recuperación personal de nuestra memoria histórica familiar y la compensación consensuada de nuestras deudas con la historia, nos hace más fuertes en los fundamentos de nuestra convivencia.

El País, 14/10/2006

6 de marzo de 2006

Deudas de nuestra historia


“Escribo contra el olvido y contra el tiempo, para salvar algunas cosas”, decía hace sólo unos días Claudio Magris, al ser investido doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid. Para salvar la verdad, por ejemplo, me contestaba a mi mismo al leer la reflexión del profesor y escritor italiano. Celebramos este año el setenta aniversario de la guerra civil española y el año que viene serán treinta los que llevamos de democracia. Nunca, en todo este tiempo de libertad, se habían cuestionado tan abiertamente los hechos históricos, o mejor diríamos, su interpretación, como se está haciendo últimamente en diversos foros históricos y políticos. Al calor del extremismo político que se ha instalado en nuestro país, están emergiendo teorías estrafalarias sobre la responsabilidad de la República en general y de las fuerzas de izquierda y obreras en particular, en el estallido de la Guerra Civil, casi concluyendo que fueron la revolución de Octubre del treinta y cuatro, el frente popular del treinta y seis y los actos de terrorismo sectario, los que provocaron la intervención militar el 18 de julio de aquel fatídico año.

Este revisionismo histórico, es exactamente igual que el que proclaman algunos fanáticos islamistas o fascistas de extrema derecha, negando el holocausto de los judíos en la segunda guerra mundial. El contexto de la República y las responsabilidades de quienes protagonizaron aquellos años convulsos, pueden merecernos análisis y opiniones encontrados, pueden exigir autocríticas a muchos, pero, en ningún caso, autorizan a manipular la verdad. Y la verdad es que había un gobierno legítimo y democrático contra el que se sublevaron unos militares que arrastraron a gran parte del ejército, provocando una guerra civil entre los españoles con más de un millón de muertos. La verdad es que los vencedores de la guerra ejercieron una represión cruel contra los derrotados: fusilamientos, cárceles, campos de trabajo, exilio, etc. que marcaron para siempre a una generación de españoles. La verdad es que el General Franco y su ejército impusieron un régimen de opresión y dictadura que duró cuarenta años. Esta es la verdad. Estos son los hechos y el que los niegue o sugiera siquiera que fueron otros los responsables de este desastre, es un mentiroso o un manipulador.

Hemos discutido sobre esto en el Congreso de los Diputados. No es la primera vez, ni será la última, a propósito de las deudas pendientes con las víctimas de franquismo. De nuevo emergieron dos actitudes antagónicas respecto de las que no quiero ser equidistante. Esquerra republicana de Cataluña se ubica en la reivindicación maximalista de devolver honra, honores y compensaciones a todos quienes sufrieran cualquier tipo de represión, opresión o similares. En una proposición de ley, ilimitada en sus efectos, pretendía que compensemos económicamente a todos aquellos que hubieran visto lesionados sus derechos por la dictadura, cualquiera que fuera la causa: ser gitano, homosexual o masón; por la prohibición de los idiomas propios; por haber luchado contra el franquismo (incluso en organizaciones armadas -sic-). Esquerra quiere que se anulen todos los juicios sumarios de Consejos de Guerra y Tribunales especiales. Incluso quiere que el Rey pida perdón a los republicanos.

Más allá del juicio que nos merezcan algunas de estas pretensiones, Esquerra olvida que nuestra transición a la democracia se hizo sobre bases jurídicas y políticas muy diferentes a la manera en la que acabó el régimen nazi de Alemania, o la ocupación alemana en Francia. Aquí no podemos, ni debemos -añado yo-, levantar de un plumazo, toda la seguridad jurídica de cuarenta años, anulando miles de sentencias, aunque nos conste a todos la ausencia de justicia y garantismo penal en esas resoluciones. Podemos, eso sí, reconocer pública y solemnemente, que todas esas sentencias fueron injustamente dictadas y que el honor de quienes fueron condenados, debe ser restituido ante la sociedad. Podemos recuperar la memoria de la guerra y de la represión franquista, construyendo un centro o museo símbolo de esa etapa, mirando de frente a la verdad y explicitando esa parte de nuestra historia (quizás como pretende IU en el Valle de los Caídos). Podemos facilitar y agilizar el acceso a la información de sumarios y archivos policiales de esa etapa represiva a millones de ciudadanos, aunque no podemos indemnizar a la mitad de los españoles por haber sufrido alguna represión lingüística, sexual, étnica o política. Podemos y -aquí añado yo- debemos, elaborar una ley para indemnizar a aquellos que sufrieron mutilaciones o perdieron la vida en la defensa de derechos que luego fueron reconocidos por la Constitución. Como por ejemplo a las familias de las víctimas del 3 de marzo de Vitoria y Basauri y tantos otros que todavía están exigiendo responsabilidades. Pero, no será posible reabrir penalmente aquellos hechos porque la amnistía del 77 lo fue para todos, también para las responsabilidades del viejo régimen represivo. Con todo, espero que veamos, en esta misma legislatura, esa ley que indemnice a las familias que sufrieron injustamente sus consecuencias.

La otra actitud extrema es la de quienes consideran que “aquello ya pasó”, la transición “cerró aquella etapa” y “no conviene abrir heridas”. El PP se pretende cómodo en ese discurso, negándose a tratar todas estas cuestiones pendientes. Hay, incluso, un sector -más ultra que centrista- que ve con simpatía ese revisionismo histórico de pacotilla, y se acoge con gusto a la teoría de que la culpa de aquella guerra “fue de todos” y que “represión y sufrimiento lo hubo para todos y por igual”. Olvida esta teoría algo fundamental y es que los vencedores de la guerra enterraron a sus muertos, recibieron honra y honores por su lucha y se acomodaron al régimen y disfrutaron de su victoria, mientras otros eran cruelmente reprimidos y todavía andan buscando por las cunetas de los pueblos, el lugar exacto en el que los fusilaron. Olvidan también que el perdón que mutuamente nos dimos en 1977, no debe confundirse con el olvido ni con la injusticia y que nos quedan deudas con la historia, que la democracia debe compensar. Por ejemplo ayudando a la pobre gente que quiere enterrar a sus muertos dignamente o abonando una pensión no contributiva a “nuestros niños de la guerra”. O indemnizando a las familias de los obreros de Vitoria, Granada, Ferrol, Tarragona, etc, que murieron sólo por ejercer el Derecho a la huelga o a la manifestación o a la libertad, que es lo mismo.

Sí, afirmé en ese debate en el Congreso, tenemos deudas con la historia y la pregunta es ¿cómo debemos atenderlas?¿abrirá eso heridas inconvenientes? Si lo hacemos, ¿corremos el riesgo de introducir una nueva trinchera en el crispado campo de la política española?
No tiene porqué ser así, si lo hacemos bien y entre todos. La recuperación de la memoria del Franquismo y de la guerra civil y las compensaciones aún pendientes a sus víctimas, no tienen porqué representar un riesgo a la convivencia de los españoles de hoy si lo hacemos sin odios ni afanes vengativos. Sin sectarismos ni partidismos. Sin trasladar al presente viejas divisiones que la sociedad española de hoy ni quiere, ni admite. A veces dudo si esto será posible con un PP empeñado en que todo se crispe y enfrente. Temo que esta recuperación consensuada de nuestra memoria histórica sea utilizada por la derecha para atribuirnos otra ruptura más, esta vez del espíritu de reconciliación de la transición, sin comprender que una mirada más franca, más libre y más abierta a la verdad de nuestra historia y a la justicia con sus víctimas, hace más fuerte los fundamentos de nuestra convivencia. Las heridas de la historia no curan con su ocultamiento, sino con la verdad y la justicia. Los hijos de la guerra hicimos la reconciliación en la democracia. ¿No ha llegado el tiempo de que los nietos culminen la justicia para las víctimas antes de que se mueran?.


El Periódico de Barcelona.6/03/2006

22 de enero de 2006

Te encontré...pero sigo sin verte.


No tengo fe. Viví , con la emoción de esa edad, una adolescencia y una juventud de entusiasmo religioso. Creía entonces en un Dios de justicia y de igualdad, en una religión generadora de virtudes personales, en un Evangelio como fuente de emancipación humana. Tradición religiosa, educación cristiana y una Iglesia abierta a la protesta antifranquista de aquellos años sesenta me acogieron bajo sus faldas para darme formación, amigos, conciencia y argumentos, motivación moral en aquella juventud reprimida y limitada en tantas cosas, al tiempo que rebosante de tantas otras, como plena de ilusiones y esperanzas.

Viví entonces la fe. Creí en un Dios alfa y omega de la vida, en un Dios protector y exigente, referencia moral de mis actos y de mi conducta, espacio obligado de mi espiritualidad. Intenté ajustarme a las normas de una vida religiosa honesta, lo que no era fácil a aquella edad y me mantuve fiel y coherente con esas creencias y sus consecuencias hasta bien entrada mi madurez.

Pero poco a poco dejé de creer en Ti. Una narración histórica incomprensible. Una explicación teológica abstracta y esotérica. Una visión del mundo acientífica e irreconciliables dentro de la misma Iglesia. Una pluraridad de fes y de vivencias religiosas tan antagónicas como irreconciliables dentro de la misma Iglesia. Una Iglesia oficial y otra jerárquica alejada y distante, amiga de mis enemigos. ¡Tantas cosas! Pero, sobre todas ellas, lo que me alejó de Ti fue la política. No, no digo la política tal como la conocemos hoy, con sus estructuras orgánicas y administrativas, con sus cargos representativos y toda la liturgia que acompaña a la democracia.

No. Hablo de la política en su estado puro. Hablo de la militancia antifranquista de finales de los sesenta, el sindicalismo en la fábrica, la épica de las actividades clandestinas, la cárcel, la solidaridad, el panfleto, la pegatina, la multicopista, la reunión secreta, las manifestaciones por la libertad y los derechos humanos. Hablo de una fuerza irresistible cargada de justicia y de emoción para superar la España franquista, la Euskadi oprimida y la justicia pisoteada.
Allá por el sesenta y ocho, cuando yo tenía veinte años , la política y el sindicalismo empezaron a ocupar mi corazón, es decir, mis inquietudes, mis aspiraciones, mis nuevas referencias morales. Eran cosas palpables, comprensibles, necesarias, como los sindicatos, los derechos, la democracia. Era un proceso que evolucionaba en un discurrir irrefrenable hacía el fin de la dictadura y el amanecer de la libertad y la democracia. Era la solidaridad en su máxima y mas emocionante expresión, como cuando había que parar la fábrica en el Proceso de Burgos contra el fusilamiento de los condenados por el tribunal militar. Todo eso me atrajo y me comprometió para siempre.

Pero nunca dejé de pensar en el cristianismo como referencia moral y compromiso. Respeté sus enseñanzas y reconocí a quienes desde su fe, proclamaban ideales de justicia y trabajaban honrada y desprendidamente por los demás. Es más, encontré más y mejores socialistas que en mi propia casa en aquellos voluntarios cristianos que, desde un compromiso evangélico profundo y auténtico, ejercían la solidaridad con los parados, con las familias desestructuradas, con los enfermos de sida o con los jóvenes que habían fracasado en la escuela. Cristianos jóvenes trabajando por la paz, por el desarrollo del Tercer Mundo, luchando contra la exclusión y educando a quienes más lo necesitaban. Ahí volví a encontrarte.

Te encontré en mis amigos socialistas cristianos o cristianos socialistas, con los que tendí puentes para unir dos conceptos y dos mundos afines y complementarios, absurdamente separados por la historia española y por un siglo XX de enfrentamientos y desencuentros entre izquierda e Iglesia o, quizá mejor, entre Iglesia e izquierda. Te encontré en una multitud de compañeros que se acercaron al partido por su fe y que militan en la izquierda de muchos países como consecuencia de su compromiso evangélico.

Te encontré en países pobres en forma de teología liberadora. Te encontré en barrios marginales en forma de múltiples organizaciones que prestan sus brazos al Estado del bienestar y ejercen la solidaridad personal con un sacrificio desconocido en estos tiempos de individualismo y consumismo egoísta.

Te encontré, pero sigo sin verte. Las mismas dudas de entonces. La misma incapacidad para comprender tu relato histórico. La misma perplejidad ante la abstracción de la fe. Sigo amarrado al realismo de la sociedad que me rodea. Angustiado ante las nuevas necesidades. Motivado por nuevas exigencias desde la misma aspiración de justicia y de cohesión social en la libertad.

No te veo, pero te tengo por un aliado. La alianza personal que he tejido estos últimos años con uno de los tuyos. Uno de los mejores, Carlos García de Andoin, querido y admirado amigo de quien prestada su espléndida cita de Weber y Bobbio: “Entre la maldita costumbre de la Biblia de ponerse del lado de los pobres (Max Weber) y la estrella polar de la izquierda, la igualdad (Bobbio), no solo hay compatibilidad, sino una gran afinidad.
Los viejos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad que configuran el universo cultural del socialismo nacieron del humanismo cristiano, de una convergencia prepolítica entre nuestros dos mundos. El socialismo de hoy necesita una sociedad educada en esos mismos valores, en esa concepción desprendida del buen samaritano, en esa actitud solidaria del voluntario cristiano, en esa aspiración profunda de paz y tolerancia que emerge del Evangelio. Esa moral cívica siempre será la base cultural del socialismo. Por eso, otro admirado amigo del a doble militancia cristiana y socialista, Rafael Díaz Salazar, acostumbra a decir que el cristianismo, con toda su carga de austeridad y de entrega, debe fecundar y ayudar a la renovación de la izquierda.

No soy creyente. Lo fui. Ahora solo soy socialista, pero siempre he creído que en el cristianismo hay una profunda raíz de compromiso con la justicia y con la emancipación humana.

Te deseo lo mejor.

"50 Cartas a Dios".Enero 2006.

30 de diciembre de 2005

¿Y la izquierda?

A menudo me asalta la duda hamletiana del ser o no ser de la izquierda. Me hice sindicalista al calor de una fábrica en la que trabajé desde los 14 años. Me afilié al Partido Socialista a principios de los setenta, cuando la lucha por la democracia resultaba imperiosa. Y, naturalmente, hijo de una familia numerosa y humilde, perdedores de la guerra y educados clandestinamente en valores de justicia y libertad, me hice de izquierdas.

Siempre lo fui, incluso ahora, con ese manto de realismo que inexorablemente nos da la vida y con la experiencia de la responsabilidad que he tenido la fortuna de ejercer. Incluso ahora y con todo ello, me sigo sintiendo movido por los mismos valores ante la injusticia, cualquiera que sea la forma en que se presente, ya sea en las vallas de Melilla o en las condiciones laborales de los jóvenes. Pero el mundo se ha hecho muy complejo. Las alternativas tienen demasiadas contradicciones. Los problemas reclaman políticas integradas e internacionales. Las fuerzas que impulsaron el progreso de la humanidad se han desequilibrado. No hay recetas, no hay banderas. Nada es fácil ni depende sólo de nosotros. A la izquierda le han cambiado el tapete del juego y hasta la baraja, y no sabe, no puede, jugar la partida de sus ideales.

Durante décadas fuimos protagonistas de la historia, motores del cambio social, desde las organizaciones obreras de finales del XIX hasta los partidos socialdemócratas de hoy, configurando el Estado social y de derecho, la democracia de los ciudadanos y construyendo un modelo social de redistribución y justicia. Pero la globalización, la caída del muro, los profundos cambios que se están produciendo en las sociedades del nuevo siglo, nos plantean nuevos problemas sin que la izquierda sea capaz de ofrecer nuevas banderas, nuevos objetivos colectivos a la mayoría -que sigue reclamando libertad y justicia- y, sobre todo, sin que seamos capaces de concretar nuevas soluciones o de aplicarlas coordinadamente allí donde gobernamos.

Es un diagnóstico injusto para con los esfuerzos de adaptación y modernización del modelo socialdemócrata que están haciendo los socialistas nórdicos o con las novedades que se intuyen en el socialismo ciudadano que propugna Zapatero, pero es intencionadamente provocador de algunas reflexiones ineludibles. Por ejemplo, las que surgen de nuestra absoluta ausencia en las protestas de la juventud actual, ya sea en los guetos urbanos de París, en las manifestaciones estudiantiles o en el altermundialismo. Las que se derivan del hecho incontestable de que la causa de la solidaridad en el mundo no milita en nuestros partidos, sino en miles de ONG y movimientos sociales o religiosos que practican el socialismo sin carnet. Lo que resulta incomprensible para mí es que sean dos líderes del pop (Bono y Geldof) los que organicen las grandes movilizaciones contra la pobreza en las grandes ciudades del mundo, como ocurrió días antes de la reunión del G-8 en Escocia. Lo que resulta evidente son las profundas contradicciones entre las políticas socialistas de los países europeos y la inexistencia de un discurso y de un proyecto común de la izquierda en la catarsis europea de estos días. Lo que resulta inexplicable es la desaparición de la Internacional Socialista del terreno de juego político global, ahora que todo, desde la renovación de Naciones Unidas hasta la ecología, pasando por el desarrollo del mundo pobre, reclama una organización política internacional de la izquierda.

Esta crisis merece un tratado, pero permítanme que la centre en dos aspectos cruciales: el debate socioeconómico y el problema de las identidades. En el campo social y laboral es donde fuimos más fuertes, pero la debilidad del movimiento sindical y los límites de los poderes del Estado en la globalización están siendo acompañados de una revaluación creciente del poder de las empresas. El equilibrio de ese trípode sobre el que se construyó la sociedad del bienestar se está rompiendo día a día y las bases económicas de ese modelo social sobreviven con dificultad a las exigencias de la competencia globalizada.

Urge en mi opinión reconstruir los instrumentos y los agentes de nuestra acción y renovar la agenda de nuestros objetivos. La nueva sociedad ni es de clases ni tiene vanguardias. Es de ciudadanos, individuales y globalizados, de Internet, de ONG y consumidores, de medios de comunicación poderosos pero diversos, de pluralidades identitarias. La izquierda no puede olvidar que su proyecto transformador ha de cimentarse en su conexión con la sociedad y en la comprensión de sus múltiples aspiraciones. Como, significativamente, dice Eugenio del Río -un antiguo líder de la extrema izquierda española-, la sociedad es el punto de partida y el objetivo de la acción de la izquierda. Ello reclama una revisión profunda de los mecanismos de relación con una ciudadanía integrada por personas individuales, cargadas de poder en su consumo, en sus inversiones, en su voto, personas que queremos, formadas, maduras, con criterio y autonomía de decisión, y capaces de discernir y decidir con su propio código moral y sus intereses (como lo hicieron, por ejemplo, contra la guerra de Irak o enjuiciando el 11 y el 14 de marzo de 2004).

La izquierda tiene que salir del terreno defensivo en el que se mueven algunas de sus viejas reivindicaciones e introducir nuevas referencias de democracia social: la ciudadanía corporativa en la gestión del capital (¿quién representa los intereses económicos de 14 millones de españoles en las empresas cotizadas?), la expansión de la responsabilidad social de las empresas y de sus comportamientos sostenibles, reformular el campo de intervención del Estado en el mercado y especialmente en los servicios esenciales para la comunidad, la participación de los empleados en los beneficios y en la propiedad de las empresas, la conciliación de la vida personal y familiar con el trabajo, y un largo etcétera del que hablamos poco y por el que hacemos menos.

Respecto al debate identitario y nacionalista, la izquierda nunca se ha sentido cómoda frente a esas ideologías. Estos días estamos asistiendo a reiteradas muestras de incomprensión del tema territorial, desde posiciones diversas del socialismo español. Muchos se quejan de que las tensiones nacionalistas absorben y diluyen el debate social. No les falta razón, pero me pregunto hasta qué punto la intensidad de esas tensiones no es consecuencia precisamente de nuestra crisis. Es verdad que las tendencias uniformizadoras de la globalización provocan actitudes antiplurales, rechazos al diferente, exacerbación de lo propio y regresos ilimitados a los ancestros y a la singularidad. Pero ese "desgarramiento"-como lo llama Alain Touraine- entre el universalismo arrogante y los particularismos agresivos es un problema de nuestro tiempo, también y en parte porque no tenemos la fuerza aglutinadora del progreso que tuvimos el siglo pasado.

La izquierda internacionalista casi siempre ha despreciado a los nacionalismos desde una cierta superioridad moral. Movida por "su estrella polar" que es la igualdad -como decía Norberto Bobbio-, ha sido deudora del Estado y ha marginado de sus propuestas los "sentimientos" identitarios. A su vez, las izquierdas nacionalistas han sido absorbidas y deglutidas por el nacionalismo, como es evidente, por ejemplo, con la llamada izquierda abertzale en Euskadi o, con otros matices, en la Esquerra Republicana catalana.

Y, sin embargo, basta una mirada a nuestro alrededor para comprobar que la mayoría de los conflictos políticos en el mundo siguen girando en torno a la organización política de la diversidad de sentimientos de pertenencia y a la convivencia política entre diferentes, respetando los derechos de las minorías. A la izquierda le corresponde, pues y también, encontrar respuestas viables a la multiculturalidad dentro de nuestras ciudades y a la polietnicidad dentro de nuestros Estados. Es decir, afrontar la integración de la inmigración desde el pluralismo democrático y resolver con inteligencia la convivencia de comunidades identitarias diversas, lo que en nuestro caso significa hacer una España común en la que quepan también sus nacionalismos periféricos. Los acontecimientos de estos últimos meses, fuera y dentro de España, aconsejan al conjunto de la izquierda renovar nuestras propuestas para estos dos grandes temas de nuestra agenda, entre otras cosas, porque ya estamos viendo la enorme carga de demagogia y de populismo que la derecha está aplicando a los barrios marginales de París o al Estatuto catalán.



El País.30/12/2005