El abandono por Alemania y Francia del caza de combate europeo es síntoma de un mal mayor: la reaparición de intereses nacionales enfrentados que entorpecen la integración.
En materia defensiva, el único sector en el que parecía posible que Europa pudiera ponerse de acuerdo para fabricar un sistema unificado de combate era precisamente el aeronáutico, porque contamos con el gran fabricante mundial de aviones (Airbus) y la única empresa europea en aviónica militar (Dassault). Aquí el entendimiento era fácil y obligado, a diferencia de cualquier otro sector de la industria militar, en los que la existencia de potentes empresas nacionales y distintos formatos tecnológicos hacenmuy difícil la fusión y el acuerdo, no solo por razones técnicas y estratégicas, sino porque esas fusiones o convergencias entrañan decisiones nacionales y socio-laborales delicadísimas. Basta pensar en los diversos astilleros navales europeos, en las múltiples industrias de armamento, en los diferentes modelos de tanques, sistemas de transporte...
La creación de un ejército europeo, tan reclamado por el europeísmo como exigido desde que Trump nos amenaza con abandonar la OTAN, necesita una industria militar europea unificada. Pues bien, Francia y Alemania acaban de anunciar, de mutuo acuerdo, el abandono del proyecto 'Futuro sistema de combate aéreo»' (FACS, por sus siglas en inglés) por razones que, en esencia, explican la naturaleza nacional de sus proyectos defensivos.
Poco importan, a efectos de este análisis, las razones de Francia y Alemania que, tomadas individualmente, son explicables y comprensibles. Lo relevante es que los dos grandes motores de la Unión rechazan compartir una defensa europea común y al hacerlo descubre sus rivalidades y desconfianzas. Han despertado los viejos demonios que nuestra historia arrastra. Esos espectros de nuestro belicoso pasado que, curiosamente, estimularon la creación de la comunidad después de la Segunda Gran Guerra y que ahora reaparecen para dificultar –quizás para imposibilitar– que hagamos juntos lo que solo juntos podemos hacer.
Porque la defensa europea es, más que ninguna otra de nuestras urgencias, una materia en la que la integración es condición sine qua non. No hay defensa europea si no vamos juntos. No hay potencia militar europea si no sumamos nuestros ejércitos. Nunca seremos independientes y soberanos respecto a Estados Unidos si no construimos un ejército europeo. No podremos evitar conflictos bélicos si no es por nuestra capacidad disuasoria. Es tan evidente que no hace falta argumentar.
Debemos hablar claro, incluso con ánimo de provocar, aunque ofendamos. Han surgido dudas y recelos en Francia a compartir con Alemania su avanzada tecnología militar. De la misma manera que Alemania no quiere que la oferta de disuasión nuclear francesa para albergar dispositivos de lanzamiento o de defensa esté controlada desde París .De la misma manera que en Francia se mira con recelo el programa alemán de inversión militar('Zeitendenwende') para construir un gran ejército germano, probablemente el más poderoso de Europa en unos años. Surgen voces que alertan preguntando: '¿y si mañana gobierna Alemania la AfD, que ostenta un peligroso 30% de apoyo electoral en las encuestas?'. Viejos demonios de siglos pasados ensombrecen el futuro de Europa.
No es solo eso. Los países bálticos y los del centro y este europeo desconfían en el fondo de esta integración militar comunitaria y contemplan su defensa frente a Rusia pivotando sobre Estados Unidos y su poderío tecnológico y militar, a pesar de Trump. De manera que estas discrepancias estratégicas amenazan los dos grandes desafíos europeos del momento: el defensivo y el tecnológico.
Por eso, el del FACS es mucho más que un fracaso puntual. Es un peligroso síntoma de un mal mayor: la reaparición de intereses nacionales enfrentados a la hora de abordar nuevos, necesarios y decisivos pasos en la integración europea.
Trasladen ahora esos problemas a la colaboración en la I+D europea frente a China y Estados Unidos, o a la conexión energética europea, o a la construcción de campeones comunitarios, industriales y financieros, para competir en un mundo tan hostil y verán que esta alarma es mucho más que preocupante.
Es verdad que Europa es líder mundial en aviones comerciales. Más del 50% de la flota del planeta se ha fabricado en el continente. También lo somos en motores de barcos y en muchos capítulos más. Contra el derrotismo europeo tan en boga, conviene recordar algunas de nuestras fortalezas. Pero estas no serán sostenibles si no van acompañadas de más integración, de más cesiones de soberanía y de una superación radical del 'interés nacional', como alfa y omega de la construcción europea.
El Correo, 26-6-2026