12 de mayo de 2019

Alfredo, uno de los mejores de los nuestros.

"Era feliz con sus clases de Química, pero vivía en política y para la política, vivía el PSOE y para el PSOE."

 Pasamos por la vida y dejamos familia, amigos, recuerdos... Sabemos que unos dejan mucho y otros poco, o nada. Alfredo es de los primeros. Deja mucho y bueno. Era grande, géneroso, bueno. Deja un cuerpo social muy grande, dolorido y orgulloso. Dolorido porque sentimos pena enorme de perderlo. Orgulloso porque le recordamos con nuestros mejores elogios y le reivindicamos como uno de los mejores de los nuestros.

De sus contribuciones a la España de hoy podríamos hablar mucho más de lo que cabe en estas líneas. De su paso por los ministerios de Educación de los gobiernos de Felipe, de su capacidad política para hablar, dialogar, trabajar hasta la extenuación, comunicar, dirigir, hacer equipos... solo podemos hablar los que le conocimos bien y, créanme, todas esas virtudes las tenía por arrobas. De su capacidad para gobernar, para gestionar, desde un ministerio de Educación a uno de Interior, a una Vicepresidencia, lo atestiguan sus frutos y sus resultados. De su liderazgo político y de su visión de Estado nos quedan sus tareas más notables, entre las que destacó su contribución fundamental al fin de ETA. Trabajé junto a él en muchas ocasiones. Apreciaba mis criterios y opiniones sobre el País Vasco y vivimos juntos momentos de tragedia y de gozo cuando en aquel octubre inolvidable de 2011 anunciaron el fin de la violencia. Se fue sin contarnos muchas cosas, pero le debemos su contribución impagable a la paz vasca.

Negocie con él el documento de Granada, la propuesta autonómica del PSOE, y nunca olvidaré la fina inteligencia y la habilidad que mostró para poner de acuerdo a todos los barones del partido.
Me encargó hacer y dirigir la conferencia política del PSOE de 2013 para modernizar nuestras propuestas y adaptarlas a un mundo en cambio acelerado y a una sociedad distinta. Fue una experiencia fantástica y fui feliz con él en esa tarea.

Cené con él hace solo unos días y fue, de nuevo, muy grato encontrarnos, hablar, recordar, especular. Era feliz con sus clases de Química, con alguna conferencia que otra por aquí o por allí. Pero vivía en política y para la política. Vivía el partido y para el partido.

Fue grande. ¡Qué pena!

"Las cuatro contradicciones de la RSE"

El eurodiputado del PSOE y experto en responsabilidad social nos expone una perspectiva analítica de la RSC y las contradicciones en las que nos movemos, “los elementos que obstaculizan la idea con la que soñamos de que la responsabilidad social fuera una herramienta extraordinaria a favor de una sociedad más justa”. Hay una quinta que se ha superado y es que "lo que antes era voluntariedad ahora es ley".
 
Tras felicitar al Observatorio de RSC y a Orencio Vázquez por su análisis y sus 15 años de trayectoria, durante la presentación del informe ‘La responsabilidad social corporativa en las memorias anuales del IBEX 35,’ Jáuregui compartió sus “contradicciones”. La primera es que si realmente el análisis de la información “sirve o no sirve, si la sociedad lo capta o no” tras lo cual Jáuregui lanzó una pregunta. “¿estamos realmente construyendo una sociedad empoderada? “ porque, en su opinión, “una de las corrientes básicas siempre ha sido nuestra esperanza de que hubiera una sociedad capaz de observar, de premiar y castigar, de conocer, y como estábamos en una sociedad multi informada, pensábamos que el ciudadano se empoderaba y que ese poder le iba a permitir una exigencia constante” pero añadió la duda de si realmente la sociedad está empoderándose “o es una sociedad líquida que recibe tal cantidad de pulsiones informativas que diluye y liquida la información”. Por eso, se plantea si todos los trabajos e informes que se presentan “están realmente creando opinión y consiguiendo que la sociedad premie o castigue”.
La segunda contradicción tiene que ver con la crisis económica que hemos pasado, “que ha sido tan fuerte, tan brutal, que ha colocado la estrategia de la responsabilidad social, de la sostenibilidad, en el último lugar de las prioridades de las compañías” lo que enlaza con “la discusión que siempre ha tenido la responsabilidad social entre rentabilidad y sostenibilidad, porque nunca hemos negado que la empresa busque obtener beneficios, es su naturaleza, pero también hemos dicho que no se trata de qué beneficios tienes sino cómo los obtienes”. A su juicio, se está poniendo en evidencia “que la rentabilidad puede estar seriamente afectada por una estrategia de sostenibilidad”. Esta cuestión es capital “no solo por la crisis sino porque la economía se está financializando tanto que los fondos, verdaderos titulares de las compañías, exigen rentabilidades tan altas y tan inmediatas que hacen imposible la estrategia sostenible”. Esto es muy importante porque, macroeconómicamente es muy claro: “hay tanto dinero, los fondos cada vez más van tomando las propiedades de las compañías”.
La tercera piedra en el camino es que hemos construido un mundo de la responsabilidad social demasiado “confuso, hay tal cantidad de herramientas, instrumentos de medición, tantas diferencias entre los sectores económicos, tantas políticas y tantas idiosincrasias que realmente la ciudadanía se hace un lío y no tenemos medidores claros que permitan políticas ordenadas y justas de favorecimiento” y de aquí vienen muchas de las dificultades de impulsar la RSE por parte de los poderes públicos. Y añadió que la gente está harta del “marketing social y de la irresponsabilidad fiscal, porque los escándalos fiscales están a la orden del día” no solo porque hay cientos de paraísos fiscales “sino porque la planificación fiscal agresiva, que es una elusión fiscal, proporciona tal cantidad de posibilidades en un mundo globalizado que es absolutamente imposible para las viejas haciendas nacionales acceder al patrimonio real”.
La cuarta y última se refiere a las dificultades de trasladar a la cadena productiva la responsabilidad social “en una globalización imparable y en crescendo, porque todo se subcontrata, lo hace todo el mundo”. Eso hace que se escape mucha información y control con lo cual el análisis puede quedarse un poco superficial.
Ramón Jáuregui también subrayó un elemento muy positivo y es que “muchas prácticas han conseguido ley, y ésa era la última contradicción. Antes, la responsabilidad social tenía su núcleo fundamental en la voluntariedad, y las buenas prácticas han acabado configurando un universo para la ley, por ejemplo, la directiva europea que a finales de 2018 ha transpuesto España sobre la ley de información no financiera”.
Por último, se refirió a los derechos humanos, a los que consideró “una gran corriente que ilumina el futuro de la responsabilidad social y que también ha configurado todo un universo legal”.


Via: Diario Responsable

10 de mayo de 2019

Vote, por Europa.

Solo una UE unida y fuerte puede afrontar los retos de un mundo desplazado económicamente hacia Asia y geopolíticamente hostil a los valores humanos y democráticos en los que creemos.

Al abandonar la política activa –la otra, la de todos y la de todos los días, no se abandona, porque es la vida misma– no se me ocurre mejor consejo a mis conciudadanos que razonar la necesidad del voto por y para Europa.
En los años cincuenta del siglo pasado el ideal europeo se sostenía en la aspiración de la paz después de las grandes guerras –más de setenta millones de muertos– y en el progreso económico y social de la reconstrucción (tres décadas de crecimiento ininterrumpido con pleno empleo y la creación del Estado de Bienestar). Hoy, ese ideal es la constatación de que solo una Europa unida y fuerte puede afrontar los grandes retos de un mundo en cambio acelerado por las revoluciones tecnológicas, desplazado económicamente hacia Asia, globalizado en la producción y en las finanzas y geopolíticamente hostil a los valores humanos y democráticos en los que creemos.

‘El futuro es un país extraño’ es el título de un libro del historiador catalán Josep Fontana que describe las enormes incertidumbres por las que discurre el porvenir, hasta el punto que ha cambiado uno de los paradigmas de la sociedad actual. Las generaciones anteriores siempre mirábamos al pasado con temor y al futuro con esperanza. Hoy para muchos es al revés. Pues bien, si los europeos miramos con seriedad y rigor informativo al futuro, descubrimos enormes retos que resultan vitales para nuestros hijos.

Demográficamente somos un continente envejecido cuya población no representará más allá del 6% de la población mundial en pocos años. Necesitamos un volumen enorme de población inmigrante para sostener nuestro sistema de seguridad social y nuestro Estado de Bienestar, pero somos incapaces de ordenar los flujos migratorios desde el origen y nos negamos a un reparto equitativo por países, única forma de evitar los flujos irregulares y las muertes en el mar.

Tecnológicamente, somos fuertes pero el dominio del 5G, del big data y de la inteligencia artificial creará una jerarquía económica enorme, y Europa camina hacia la dependencia tecnológica, dado que las empresas más avanzadas en esas materias son chinas y norteamericanas.

Nuestra vecindad es conflictiva. El norte de África es un polvorín desde las fracasadas primaveras árabes. Estamos en guerra comercial con Rusia desde que Putin invadió Crimea. En Oriente Medio no tenemos influencia, y en África el principal actor actualmente es China, seguido de EE UU, cuya presencia en todo caso se encuentra claramente en declive, mientras que Rusia intenta también abrirse paso en la región. Además, dependemos demasiado de las importaciones energéticas procedentes de países inestables o enemigos.

Y en estas llegó Trump y nos amenaza con guerras comerciales, y nos exige gastar más en defensa, pero no para construir un ejército europeo, sino para fortalecer la OTAN comprando el armamento a la poderosa industria militar norteamericana.

 Hay múltiples intereses estratégicos y vitales para Europa que se están negociando en mesas internacionales: el cambio climático, la ciberseguridad y la ordenación y regulación de la red (con enormes consecuencias políticas y económicas para las personas, las empresas y los países), los intercambios comerciales, la lucha contra el fraude (paraísos fiscales) y la elusión fiscal (planificación fiscal agresiva), los objetivos de desarrollo sostenible, la paz mundial... En todas esas negociaciones están en juego nuestro modelo de vida y nuestra concepción de la libertad, los derechos humanos y la justicia social.

Sí, lo sé, es un panorama negativo. Quizá demasiado. Pero la provocación es necesaria ante la demagogia y el populismo antieuropeo que nos ataca desde una ultraderecha reaccionaria y un nacionalismo anacrónico. Las alarmas ante estos riesgos, tan reales como ignorados en el debate político de hoy, son imprescindibles teniendo en cuenta que lo que nos proponen esos soberanismos de campanario es enfrentar todos esos retos desde la ‘nación’, sin comprender que todos somos demasiado pequeños –incluida Alemania– para enfrentar estos desafíos.

Y es particularmente necesario este alarmismo y esta provocadora reflexión teniendo en cuenta que muchos de nuestros conciudadanos son sensibles a estos cantos de sirena que, desgraciadamente, se han extendido por toda Europa. Es muy difícil que los partidos populistas de Francia, Italia, Hungría, Polonia, Holanda, Alemania, etc. se organicen en un solo grupo parlamentario, formando una especie de «internacional nacionalista», como pretende su ideólogo principal, el exasesor de Donald Trump, Steve Bannon. Sería un oxímoron como la copa de un pino. Pero no es tan improbable que todos esos grupos tengan un denominador común antieuropeo, que ponga en riesgo la construcción europea o que obstaculice seriamente los avances y los consensos internos para ser fuertes y estar unidos.

Y en ese caso, yo le pregunto, querido lector: ¿a quién beneficia una Europa dividida? ¿Quiénes están detrás de una Europa débil? Es muy fácil adivinarlo.
 
Publicado en El Correo, 10/05/2019