12 de abril de 2009

La hora de la verdad

Definitivamente viene un tiempo nuevo en la política vasca. Pero, quienes ya peinamos canas, sabemos bien que no conviene sobredimensionar los acontecimientos. La vida -y la política más- es un continuo y es muy pronto para asegurar que los nuevos pactos y los nuevos gobernantes vayan a transformar la compleja realidad vasca. Ésta, la realidad de una sociedad tan fragmentada políticamente, tan viciada por los efectos de la violencia terrorista, tan apasionadamente identitaria, modifica sus tendencias muy despacio y a veces permanece anclada en sus claves y problemas tiempos larguísimos. Basta ver, por ejemplo, la lenta y costosa superación de la violencia en más de cuatro décadas o la evolución lentísima del voto en estos treinta años de democracia (aunque la aproximación en el eje nacionalistas-no nacionalistas no haya dejado de avanzar desde 1987).

Pero, además, las dificultades del nuevo Gobierno vasco para realizar una auténtica tarea transformadora son objetivas y evidentes. El margen económico se estrecha gravemente con la reducción de ingresos en la recaudación fiscal y con la hostilidad financiera que seguramente le van a mostrar las diputaciones forales del PNV. La crisis económica será larga y serán muchos los sectores y las empresas que le van a plantear demandas angustiosas. Los sindicatos nacionalistas ya le han convocado una huelga general, antes incluso de haberse conformado el nuevo Gobierno. El PNV no va a ayudar. Le negará el agua, el aire y hasta el respeto me temo. Muchos sectores sociales, más o menos ligados a las siglas nacionalistas, están esperando con la escopeta cargada (metafóricamente hablando, se entiende), especialmente aquellos que temen perder privilegios y dádivas que se habían acostumbrado a considerar derechos.

En fin, para qué seguir. Es un reto tan difícil como necesario y sólo espero que tengamos la paciencia de juzgarlo con objetividad al final de su mandato.
Pero, antes incluso de que comience su andadura, la apuesta del socialismo vasco está provocando algunas consecuencias destacables. La primera, sin duda la más importante, es el efecto de normalización que está produciendo. Hemos oído, hasta la saciedad, apelar a la normalización como un valor de cultura nacionalista aplicado a todo aquello que constituía su imaginario reivindicativo: Navarra, euskera, soberanía, etcétera. Incluso a la paz, ligada a la 'normalización', que en esa interpretación tan del gusto de los nacionalistas sólo se alcanzará cuando se supere el conflicto que la motiva.

Sin embargo, y por primera vez, la normalización se ha aplicado, casi con total naturalidad, a que una mujer del PP presida el Parlamento vasco y a que el hijo de un soldador de la Naval, socialista de la margen izquierda del Nervión, vaya a ser el próximo lehendakari. Normalización es hoy afortunadamente que quienes han sido excluidos de la política vasca hoy la gobiernan. Que la comunidad a quien se ha querido someter a una asimilación política forzosa al proyecto nacionalista (vía Estado libre asociado, consulta soberanista, carné vasco, etcétera) hoy es mayoría y gobierna Euskadi. La normalización será que gobiernen los escoltados, los amenazados, los que morían en la misma trinchera de la libertad, el Estatuto y la Constitución o, dicho de otra manera, lo normal, será que se escolte y proteja a quienes gobiernan y no a la oposición, como es ahora.

La trascendencia de este cambio normalizador en enorme. Pero su verdadero impacto, su auténtica potencialidad transformadora sólo se verificará si se asienta y prospera, si la ciudadanía vasca acaba aceptándolo y apreciándolo superando las incomprensiones y las campañas intoxicadoras contra él. Si el Gobierno disipa temores infundados e interesados. Si sus protagonistas demuestran que son válidos y capaces para asumir la dirección política del país y éste, es decir, su economía, industria, educación, sanidad, justicia, etcétera, funcionan y mejoran. Esa será la prueba del nueve del cambio.

Aunque no será fácil, algunas cosas ayudarán. La primera es la inercia administrativa como garantía de continuidad. La maquinaria pública del País Vasco es bastante buena y las bases de su funcionamiento son razonablemente profesionales. Cuando el nuevo Gobierno tome posesión de sus puestos directivos, no se encontrarán con una Administración hostil, como se atribuye bastante frívolamente desde sectores que nada saben de este tema. La actuación administrativa está sometida a reglas y a exigencias legales que no toleran la arbitrariedad ni la direccionalidad. La función pública vasca, incluidos cuerpos y organismos sensibles como la Ertzaintza o las escuelas públicas, por poner sólo dos ejemplos, seguirán ejerciendo sus funciones con toda normalidad. La Administración pública vasca es una administración profesional que trabaja al servicio de la dirección política que establece la democracia vasca. Y eso se verá cuando cambie el Gobierno y todo siga funcionando como antes.

El segundo factor favorable al nuevo Gobierno es que las reflexiones sobre el cambio tienen que hacerlas los demás. El mundo de Batasuna debe saber que su vinculación a ETA les condena a la clandestinidad. Habiendo perdido más de cincuenta mil votos y viendo subir a Aralar como opción útil del voto abertzale de izquierda, su condena al ostracismo político será irreversible si sigue bajo la estrategia violenta. ¿Y el PNV? Hará fuerte y rotunda oposición en Euskadi y en Madrid. En todo y para todo. Pero seguirá amaneciendo cada día. Yo no soy de los que creen que el PNV sin el poder institucional evolucione hacia la moderación y el pacto con el PSE. No. Su apuesta es por el fracaso de Patxi López y su Gobierno, pero lograrlo no está en sus manos. Su éxito no será suyo, sino nuestro fracaso. En Madrid están contra el PSOE en todo y con el PP para todo. Pero, me pregunto, ¿es eso lo que entiende y quiere su electorado, ante la crisis económica, por ejemplo? No debe importar la evolución del PNV. Ese es su problema.

Por último, el nuevo Gobierno vasco cuenta con apoyos importantes. El del Gobierno de España en primer lugar. El de los empresarios vascos, que están teniendo una respuesta ejemplar en el respeto al marco institucional y en la actitud de colaboración que están mostrando. El de los medios de comunicación vascos y estatales que están apoyando el cambio desde posiciones de sana alternancia democrática. Y el de la mayoría de opinión pública que votó a los partidos que son mayoritarios en el país.
'La hora de la verdad', como reiteradamente decía Winston S. Churchill a los ingleses en los comienzos de la gran guerra, ha llegado para los socialistas vascos. Salvando las enormes distancias de tiempo, lugar y circunstancias, me gustaría que ese fuera nuestro sentimiento. El de una auténtica responsabilidad histórica.

El Correo 12/04/2009

24 de marzo de 2009

Paraisos fiscales o areas de impunidad.

Por una de esas paradojas financieras sobre las que hemos estado viviendo estos últimos años, los paraísos fiscales eran espacios necesarios para la agilidad financiera internacional. Eran un mal necesario, nos decían.

Eran inevitables en tanto que el mundo financiero de finales del Siglo XX se había construido sobre esas realidades nacionales preexistentes.

Lo cierto es que, como otra de las grandes mentiras que ingenuamente asumíamos, la crisis económica que padecemos, nos ha hecho comprender que los paraísos fiscales no eran sino espacios opacos de gestión financiera desde los que operar ocultando origen y destino de los fondos, evadiendo divisas y eludiendo la fiscalidad nacional correspondiente. En definitiva, áreas de impunidad para el dinero.

Cuando se hablaba de combatir la pobreza y el hambre en el mundo y se pensaba en establecer una tasa sobre los movimientos internacionales de capital, (Tasa Tobin), siempre topábamos con ese muro de la vergüenza que son los paraísos fiscales. “Si se pone una tasa, los fondos operarán desde los paraísos”, nos decían, “y hay más de cien lugares en el mundo para hacerlo”, añadían. Cuando se pretendía luchar contra el crimen organizado internacional (drogas, trata de mujeres, comercio de armas, etc.), los policías y los jueces de todo el mundo se topaban con esa fuerza del mal que son los paraísos fiscales a la hora de seguir las pistas del dinero negro. Y así muchas más cosas.

Pues bien, ha llegado la hora de decir basta. Como en toda buena crisis, de ella surgen las mejores oportunidades. El G20+, que se reúne el 2 de abril, abordará esta importante cuestión. He aquí algunas propuestas para mejorar la transparencia de los sistemas financieros nacionales e internacionales:

* Asegurar que las autoridades públicas tengan toda la información acerca de las instituciones, mercados e infraestructuras relevantes del sistema financiero.

* La introducción de desincentivos fiscales para todo movimiento de fondos que tengan como origen o destino un paraíso fiscal.

* No reconocimiento de la personalidad jurídica a las sociedades constituidas en paraísos fiscales para intervenir en el tráfico mercantil español e internacional.

* Prohibición de que las entidades bancarias tengan filiales o sucursales en dichos territorios.

* Establecimiento de penas agravadas cuando el fraude fiscal se produzca a través de la utilización de paraísos fiscales.

* Supresión del secreto bancario y establecimiento de medidas severas de aislamiento financiero para los Estados que no quieran colaborar.

Si me he pasado, que me lo expliquen. Y si me he quedado corto, espero sugerencias.

Diario Responsable 24/03/09

15 de marzo de 2009

Ser o no ser

Como en el drama de Shakespeare, aunque sin el afán vengativo de Hamlet, el PSE EE (PSOE) tiene en su mano una decisión trascendente. Encabezar el nuevo Gobierno vasco y dar paso así a un nuevo tiempo en Euskadi poniendo fin a treinta años de lehendakaris del PNV... o lo contrario. Pero, ¿qué es lo contrario? Facilitar un nuevo Gobierno vasco encabezado por el PNV con arreglo a un exigente condicionado político que sitúe la política vasca en el marco constitucional, en la colaboración leal contra ETA y en la conjunción de esfuerzos contra la crisis económica. En esencia, ésas son las únicas opciones que puede barajar el verdadero partido decisivo del nuevo mapa electoral vasco. Porque sólo el PSE-EE puede orientar y decidir en un sentido u otro la formación del nuevo Gobierno vasco. Todos los demás pueden ser decisivos o no, pero siempre en función de la elección previa del PSE.

Mucha gente nos dice que el mejor gobierno es el que surja de una gran coalición de nacionalistas y socialistas, como el que protagonizamos PNV y PSE entre 1987 y 1998. Olvidan las profundas diferencias de contexto histórico y las graves consecuencias que se han producido entre nuestros partidos después de los últimos diez años. Una coalición entre el primer y el segundo partido de un país, entre el gobierno y el partido que aspira a la alternancia, sólo es explicable en situaciones de gravísima necesidad. En 1986, el PSE, ganador con 19 escaños sobre el PNV con 17 (EA con 13, Batasuna con 13, EE con 9, AP y CDS con 2 cada uno), estaba abocado a convocar nuevas elecciones ante la imposibilidad de investir a su candidato. Nadie apoyaba entonces a un lehendakari socialista. Hicimos un pacto con el PNV cediendo la Lehendakaritza y dimos un vuelco a la política vasca instaurando la pluralidad política en la cúspide institucional del país, la moderación nacionalista, el pacto identitario y cultural, la unidad contra ETA, el avance del autogobierno, el progreso económico y social de los grandes años posteriores a la entrada de España en la UE y de las grandes decisiones inversoras que han transformado el Gran Bilbao, nuestras infraestructuras y gran parte de la diversificación productiva del país.

El País Vasco de 2009 no se parece en nada a aquél de hace veintidós años. Sufre, como todo el mundo, una crisis financiera-económica muy grave, pero la situación de la violencia, la madurez democrática de la sociedad, la solidez de sus instituciones, la solvencia de su sistema financiero, la competitividad de su aparato productivo y económico no tienen ningún parecido con lo que teníamos entonces en estos aspectos, y no reclaman la cirugía política de la coalición entre el primero y el segundo partido del país, anulando así la tarea de oposición y alternancia democráticas.

Pero, aún admitiendo que algunos me convencieran de las bondades de un pacto semejante: ¿Sería posible eso hoy? Los nacionalistas vascos tienden a olvidar las razones de la ruptura de nuestra coalición y los perniciosos efectos que ha provocado en la política vasca, y en los socialistas vascos en particular, su pertinaz apuesta por Estella y sus derivadas. Añado un argumento personal y por tanto subjetivo: el PNV no apreció nunca nuestros enormes y generosos esfuerzos por la coalición. En cuanto pudieron nos echaron. Yo no me olvidaré de aquel Gobierno con EA y EE que hicieron en 1990 pagándonos con la expulsión del Ejecutivo nuestra cesión de la Lehendakaritza y la pérdida electoral que nos produjo la coalición. Nueve meses después nos volvieron a llamar y sustituimos a EA, a la que Ardanza y Arzalluz habían expulsado a su vez por reclamar la independencia de Euskadi en mociones municipales (¡paradoja de los tiempos!).

Yo sé que las coaliciones políticas son pactos de interés mutuo. No contraemos matrimonio ni nos comprometemos de por vida. Pero siempre he pensado que el PNV y también los electores fueron injustos con el esfuerzo que hicimos los socialistas vascos por el país aquellos años. La gota que colmó el vaso se produjo en 1998. El PSE-EE, de Nicolás Redondo entonces, abandonó el Gobierno vasco al intuir y observar los prolegómenos de un entendimiento PNV-EA-Batasuna que culminó en Estella-Lizarra. Y aunque la denuncia de aquel pacto fue premonitoria, lo cierto es que después de las elecciones de octubre de 1998 mis compañeros dirigentes del PSE-EE intentaron hacer gobierno con Ibarretxe y le reiteraron su disposición a integrar una nueva coalición de nacionalistas y socialistas. Yo no estaba allí, pero sé muy bien que fueron despachados con las contundentes razones del pacto previo que PNV y EA habían suscrito para gobernar en solitario con el apoyo externo de los 14 diputados que el anuncio de la tregua de ETA había concedido a Batasuna. El PSE-EE había dejado de ser necesario. Es más, era un estorbo. Un año y medio después los amigos del grupo que apoyaba a aquel gobierno asesinaban al jefe de la oposición socialista en el Parlamento vasco.

Desde entonces, Ibarretxe ha gobernado bajo los principios y estrategias fijados en aquel malhadado pacto: abandono del Estatuto de Gernika y apuesta por la autodeterminación de Euskadi abanderada por gobiernos nacionalistas, excluyendo pues la pluralidad anterior e imponiendo a los no nacionalistas su modelo nacionalista de país. Sin olvidar que ETA mataba a militantes y dirigentes del PP y PSOE en una tenebrosa campaña paralela a la ofensiva política soberanista.

Esa política se ha mantenido en los sucesivos gobiernos tripartitos hasta su defunción el 1 de marzo pasado. No podemos avalar su continuidad. Un nuevo gobierno y una nueva política deben sustituir ese pasado, entre otras razones porque esa apuesta ha sido derrotada en las urnas. Hay mayoría para ello, y llámese antinatura o de cualquier otra manera, lo cierto es que han sido los nacionalistas los que la han creado al establecer esa vieja y perversa división de la sociedad vasca entre nacionalistas y no nacionalistas, con su proyecto de país y con sus gobiernos excluyentes.

¿Tiene riesgos el liderazgo socialista con 25 escaños? Los tiene todos y, sin embargo, me temo que no tenemos otra opción. Frustrar las expectativas legítimas de cambio cuando éste resulta posible y democráticamente legítimo exige explicaciones a miles de ciudadanos que, honradamente, no tenemos. Una apelación a la victoria del PNV no basta porque, siendo cierto que fue el partido ganador con holgada diferencia, no lo es menos que sus mayorías han perdido y que no puede alcanzar otras para gobernar, porque su proyecto político las ha hecho imposibles.

Sólo un lehendakari socialista visualiza y asegura el cambio político. El PNV deberá estudiar si quiere compartir ese cambio o quedarse en la oposición. Pero su ausencia no convierte en frentista al gobierno socialista. Nunca lo hemos sido y no lo seremos. Nuestra trayectoria en el frente autonómico de 1977, nuestra apuesta sincera y decisiva por el Estatuto de Gernika (integrando a Álava en el País Vasco), nuestra generosa apuesta por las coaliciones transversales de 1987 a 1998 y nuestra valiente apuesta por la centralidad política después de las elecciones de 2001, y por la paz en el proceso de 2004 a 2007, acreditan nuestra vocación integradora del vasquismo.

El Diario Vasco, 15/03/2009