25 de agosto de 2019

Alarmas fiscales

No es novedad decir que los sistemas fiscales de Europa son la base de nuestro Estado del Bienestar. Cuando se habla de la crisis de nuestro modelo social, se alude siempre, entre otras causas de esa situación, al límite al que se supone han llegado los ingresos fiscales (en torno al 40% del PIB) en Europa. Basta mirar al resto del mundo –pongamos América Latina por ejemplo– para comprobar que la desprotección social, la desigualdad y otros muchos problemas, como la violencia, son causas de estados muy débiles, sin servicios públicos universales y de calidad en educación, sanidad, Policía, Justicia, etc. porque sus ingresos fiscales no llegan al 20% de su PIB.

Pues bien, en las haciendas públicas de todo el mundo suenan las alarmas por la concatenación de fenómenos agresivos contra la recaudación, especialmente en los impuestos de las empresas y en los de las grandes fortunas y patrimonios. Tres son los temas principales que preocupan.

1. La fiscalidad en la era digital. Las empresas digitales crecen exponencialmente en la red de internet. Muchas de ellas, la mayoría, operan en múltiples mercados y en países diferentes. No hay fronteras en esos mercados, pero las reglas que asignan los beneficios entre las distintas entidades locales que integran la empresa dependen de un concepto obsoleto (‘establecimiento permanente’), basado en la presencia física en un territorio: oficinas, locales, número de trabajadores, etc. Pero las empresas digitales no necesitan presencias físicas para acceder a grandes mercados, de manera que sin ‘establecimiento permanente’ obtienen sus beneficios sin ningún nexo de tributación al territorio; es decir, sin pagar impuestos.

Además, en los modelos de negocio digital son los propios usuarios los que generan valor para las empresas a cambio de servicios formalmente gratuitos. Ese valor es económico y financieramente enorme (base de usuarios, datos y contenidos) y, sin embargo, es infragravado o está exento a efectos fiscales. El ejemplo más notorio nos lo dio la propia Comisión Europea cuando informó que Apple paga en territorio comunitario un tipo efectivo del 0,005% por el Impuesto de Sociedades, frente al 15-20% de media del resto de empresas (aquí también se incluye el trato favorable que Irlanda concede a esta empresa a cambio de su ubicación en ese país).

La famosa ‘tasa Google’ pretende, por ello y con razón, establecer un nuevo modelo de fiscalidad a las empresas digitales, basado en un pequeño porcentaje del 3% a la facturación de esas compañías en el territorio, al margen de cualquier otro factor. La Comisión Europea calcula que ese porcentaje equivale a un impuesto de entre el 9% y el 10% sobre sus beneficios.

2. La fiscalidad en la globalización. También aquí sufrimos una falta de adaptación de las normas y de los sistemas fiscales nacionales a una ingeniería fiscal cada vez más sofisticada e ingeniosa (elusión fiscal), creada por grupos multinacionales que operan globalmente y bajo una dirección común. Es más,

los estados se hacen competencia para atraer a las compañías, en base a rebajas fiscales que acaban detrayendo impuestos debidos en otros países. Incluso en el seno de un mercado único, como es la UE, estas conductas están siendo utilizadas de forma desleal con evidentes perjuicios a las haciendas nacionales. Recordemos el escándalo Lux-Leaks, que Luxemburgo utilizó para atraer la sede central de las multinacionales a su pequeño país o la sanción de la Comisaria de la Competencia a Irlanda por la elusión fiscal de Apple en Dublín.

Contra estas prácticas de las multinacionales que explotan los regímenes fiscales especiales se está trabajando en una doble vía. Por una parte, la UE ha diseñado su estrategia antielusión fiscal en el marco del Plan de Acción BEPS de la OCDE. En esencia se busca unificar las bases del Impuesto de Sociedades para reparar las grietas del sistema fiscal internacional. Por otra, y mientras esa larga y compleja tarea se culmina, algunos países (España entre ellos) han planteado aplicar un tipo mínimo del 15% a todas las sociedades, cualquiera que sea su cálculo fiscal de deducciones, desgravaciones, etc. en el ámbito global.

3. La lucha contra los paraísos fiscales. Sucesivas informaciones (Panama Papers, Paradise Papers, etc.) han generado una alarmante confirmación de las sospechas populares sobre la engrasada y compleja maquinaria de movimiento de dinero y de otros valores para hacerlo opaco al fisco.

La agenda internacional tiene este tema en cartera, pero los avances son contradictorios. En la lucha contra el blanqueo de dinero EE UU, tras los atentados a las torres gemelas en 2001, puso la directa y todos los bancos del mundo han creado potentes departamentos para el rastreo del dinero sucio, especialmente el que procede del terrorismo, el narcotráfico y otros delitos supranacionales.

Pero en la lucha contra la evasión fiscal los avances son muy lentos por el veto de países que reciben el dinero de esa evasión. El principal instrumento es el intercambio de información fiscal entre naciones. En la Unión tenemos un mecanismo que obliga a sus miembros a dar la información pedida por otro Estado. Pero, en el ámbito internacional, los tecnicismos y argucias legales impiden, en la práctica, que un Estado obtenga información de aquellos que son más opacos. Precisamente la lista de paraísos fiscales, el otro gran instrumento contra la evasión, responde a la transparencia informativa que no ofrecen otros estados y pretende castigar esa falta de colaboración con medidas muy diversas especialmente las incluidas en el comercio internacional.

Esta lucha por la justicia fiscal será una larga marcha y pondrá a prueba la colaboración internacional, tan dañada por la política «trumpiana» en materias clave de la agenda global: cambio climático, multilateralismo, comercio internacional regulado, etc. Sin embargo, cualquier proyecto progresista que se precie, y este desde luego lo es, y mucho, necesita mirar a Europa y al mundo para su realización. Esta es otra de las razones por las que cuesta tanto construir nuestros sueños en este nuevo siglo.

Publicado el 25/08/2019 en El Correo.

27 de julio de 2019

Inevitable, inestable, insuficiente.


 No pudo ser más lamentable la teatralización que hicieron Podemos y el PSOE de sus diferencias en la negociación del gobierno non-nato. Fue tan descarnada la exposición pública de la lista de peticiones y propuestas de ministerios , que resultó una discusión obscena sobre el reparto del poder sin contenidos programáticos previos. Fue también una peligrosa puesta en escena de las culpas recíprocas, en una desesperada búsqueda del relato favorable. Tarde y mal, sin paliativos.

No merecen menores reproches las actitudes del PP y de Ciudadanos. No ha habido manera de obtener la abstención de alguno de ellos, bien porque no se ha buscado de manera coherente, bien porque, desde un principio, ambos partidos apostaron por un Gobierno de Sánchez apoyado en Podemos y en los nacionalistas para acentuar así los defectos que decían combatir: la debilidad y las malas compañías de un gobierno al que deseaban corta y fracasada vida. Particularmente cínica, además de groseramente insultante, resultó la definición de Rivera al «Plan Sánchez y a su banda», que estaba en su mano evitar. De manera que una conclusión parece clara, después de la frustrada semana que hemos vivido, un nuevo intento negociador parece obligado.
El gobierno de coalición PSOE-Podemos es, sin embargo, un Ejecutivo de mayoría minoritaria. Es decir, insuficiente. Sabemos que varios grupos nacionalistas se abstendrán para hacer posible la investidura en segunda vuelta, pero eso no quita para que se converse con ellos con carácter previo. La cortesía obliga y la prudencia lo aconseja, porque la mayoría absoluta será necesaria cientos de veces a lo largo de la legislatura (no olvidemos que 123 + 42 son 165)

Pero la insuficiencia de ese gobierno no es solo aritmética. Es política, y eso es mucho más grave. Los apoyos nacionalistas llevan factura y algunas de ellas son de alto coste. Con Cataluña y el Poder Judicial en el escenario, el Gobierno de España no tiene márgenes para alterar su política de firmeza democrática constitucional y mano tendida al diálogo y me temo que eso no será suficiente en los tiempos que vienen.

La inestabilidad también procede de la sociedad con Podemos. Es un partido cuyos comportamientos institucionales y políticos en la máxima esfera del poder son una incógnita. La desconfianza no era fácil de verbalizarla en la tribuna, pero es bastante comprensible. Procede de su propia naturaleza. Han nacido hace muy poco, en el origen de un movimiento asambleario y de protesta social. Nunca han gobernado y su íntima vocación era, y me temo que lo es, sustituir al PSOE en la izquierda española.

No conocemos cuál será su respeto institucional a la monarquía, cómo se comportarán con otras instituciones del Estado y hasta qué punto respetarán las normas internas de la jerarquía del Gobierno. Hay dudas sobre su política europea y sobre el pragmatismo al que obliga la gobernanza de la Unión en momentos muy difíciles, como lo será el Brexit sin acuerdo y otros planos de la política internacional sobre los que son constatables diferencias importantes: los acuerdos internacionales de Comercio (Mercosur, por ejemplo); la defensa europea y sus relaciones con la OTAN; la política monetaria del Euro; etc.

Sabemos ya que quieren protagonizar áreas de gestión propias y hacer valer su presencia en el Gobierno como garantía de sus propuestas partidarias. Lógico, pero preocupante. Sabemos también que en el tema catalán están más cerca de los nacionalistas que del Estado, lo que resultará conflictivo a buen seguro más pronto que tarde. De hecho, ya lo hemos visto en un par de episodios previos en la Mesa del Congreso y en la calificación de los procesados en prisión.

Es una inestabilidad y una insuficiencia nada deseables en un Ejecutivo y en un país que acumula importantes retrasos en la toma de decisiones, inaplazables en un mundo que no espera. La disrupción digital, la demografía y las inmigraciones, el cambio climático o los riesgos geopolíticos de un mundo en cambio exigen políticas concretas nada fáciles. Si añadimos la conflictividad política interior, se entiende bien esta alarma general que suscita la política española desde hace cuatro años.

Y sin embargo... tienen que entenderse. Hay que probar, cuanto antes mejor. No hay alternativa de gobierno, salvo nuevas elecciones, las cuartas en tres años y sin Ejecutivo hasta febrero de 2020 (y a saber). Inaceptable. Vergüenza de país.

No hay otra fórmula que la coalición de gobierno, una vez rechazada por Podemos la Colaboración (sic) y el Pacto de legislatura. Es legítima su exigencia y es una fórmula usual en todo el mundo en casos semejantes. La coalición exige negociar primero un acuerdo programático que incluya, incluso, algunos desacuerdos puntuales, delimitando las actuaciones diferenciadas al margen del gobierno y definiendo las normas de funcionamiento interno. Solo después se acuerdan las carteras, las funciones y las competencias respectivas. En Euskadi llevamos desde 1987 haciendo estas cosas, cuando se acordó el primer gobierno de coalición de la democracia española.

Se trata de una negociación prolija y larga, que deberían iniciar sendas representaciones cuanto antes. El reparto del poder no tiene por que ser proporcional. De serlo, no lo es a los votos (como reiteradamente pretende Iglesias), sino a los escaños en la Cámara. Se entiende y se debe aceptar que el presidente se reserva los ministerios de Estado, pero no son razonables otros límites en el reparto.

Aitor Esteban tenía razón. Todavía hay tiempo para enmendar el daño producido en una investidura fallida y volver a la senda de la sensatez y de las necesidades del país. Inclusive a la de las ilusiones de una izquierda política que puede sufrir en carne propia su fracaso en este intento.
Publicado en El Correo, 27/07/2019

17 de julio de 2019

UE-Mercosur: ¡Bravo!


Hay muchas voces alarmadas ante este acuerdo: granjeros franceses, irlandeses y polacos, temerosos de las importaciones de carne; ecologistas que creen que animará la deforestación de la Amazonia; proteccionistas de todo tipo sobre la competencia europea en su potencial exportador; empresarios sudamericanos que consideran que las exigencias de trazabilidad a las importaciones europeas son exageradas; izquierdistas de toda condición que se oponen a todo acuerdo comercial con argumentos retóricos del pasado... Por supuesto, hay intereses opuestos a este tipo de acuerdos y hay intereses legítimos afectados por una transición compleja hacia un intercambio comercial sustancialmente libre de aranceles nacionales.

Pero son razonamientos pequeños o infundados frente a la enorme trascendencia de este logro negociador en un proceso tan largo como complejo. Primero porque el acuerdo posee un enorme efecto geopolítico colocando a Europa y a América Latina en el tapete de la escena mundial. Frente al proteccionismo del 'America First', de la guerra comercial y tecnológica, frente a las amenazas comerciales para resolver problemas migratorios, frente a la elevación de aranceles al aluminio o al acero o a las aceitunas, frente a todo eso, Europa y Mercosur lanzan al mundo la buena nueva de un acuerdo que regula y favorece su comercio respectivo. Es una apuesta por el multilateralismo, la integración y el comercio internacional regulado frente al unilateralismo, el aislacionismo y el proteccionismo nacionalista.

Segundo porque se trata de dos mercados gigantescos, 500 millones por un lado y 250 por otro, lo que lo convierte en el mayor de su especie en la historia y en el mundo, colocando a Europa y a Mercosur como líderes de los acuerdos que propone la Organización Mundial de Comercio.
Este acuerdo acaba con el 91% de los aranceles que Mercosur imponía a los productos europeos, lo que se traduce en un ahorro de hasta 4.000 millones de euros anuales para las empresas europeas. Del mismo modo, la Unión Europea terminará con el 92% de sus aranceles actuales a productos de Mercosur, lo que favorecerá nuestro enorme mercado europeo a las empresas y productos de Mercosur.

Tercero porque culmina la base de acuerdos UE- AL, cubriendo el inmenso agujero negro que representaba la ausencia de un marco regulado entre Europa y los cuatro países de Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay). Hoy Europa dice al mundo y especialmente se enorgullece de tener 27 acuerdos con los 33 países de América Latina y el Caribe. La vocación latinoamericana de Europa recibe así un espaldarazo espectacular y consolida una alianza tejida hace veinte años cuando comenzaron en Río (1999) las cumbres UE-AL.

Cuarto porque el acuerdo no es solo de libre comercio, lo es también de asociación política y de cooperación. Europa es el tercer socio comercial más importante de América Latina y el Caribe con un comercio bilateral que alcanzó los 327.400 millones de euros en el mercado de bienes y servicios. Además es el primer inversor y quien desarrolla más del 50% de cooperación que recibe la región con una inversión extranjera directa de 784.600 millones de euros en 2017, así como 3.600 millones de euros de subvenciones para programas bilaterales y regionales en cooperación al desarrollo para el periodo 2014 y 2020 y más de 1.200 millones de euros de ayuda humanitaria durante los últimos 20 años.

Europa es un socio fiable, un amigo de América Latina. Nosotros tejemos alianzas, formamos cuadros, invertimos en infraestructuras, bancarizamos, conectamos, aseguramos, prestamos servicios públicos esenciales, construimos país y sociedad. Europa no es China para América Latina. Hay un mundo de valores humanos, familias, migraciones, historia, cultura en común. Favorecemos la paz en Colombia, trabajamos por una solución pacifica y democrática en Venezuela y Nicaragua, acordamos una asociación con Cuba para favorecer su modernización y su transito democrático. UE-Mercosur se inscribe en este contexto y responde a ese espíritu.

Algunos dicen que el acuerdo será más favorable para Europa porque nuestras empresas están más preparadas para ganar los concursos de compras publica y porque nuestras exigencias fitosanitarias y de trazabilidad a los productos foráneos limitan las posibilidades de muchos productores latinoamericanos. Quizás sea verdad, pero esta es la grandeza del acuerdo para nuestros países hermanos de Mercosur. Esa es la competencia que les hará mejores y que les permitirá exportar al mundo entero. Solo asumiendo la sostenibilidad medioambiental, el cumplimiento de los tratados internacionales, de los convenios OIT, asegurando la trazabilidad sanitaria completa de las cadenas de producción se puede ser una firma internacional. No hay futuro en la autarquía o en el proteccionismo empobrecedor.

Europa ha exigido en el acuerdo todos estos estándares porque no hay otra forma de contemplar el siglo XXI sino en el respeto absoluto a los mínimos internacionales en materias laborales, sanitarias, medioambientales y de normas internacionales. Por eso se ha asegurado la plena aplicación del Acuerdo de Paris en todos los países que suscriban el acuerdo. Por eso también me parece un poco injusto acusar a Europa de complicidad en la deforestación de la Amazonia porque la ganadería destruye esa riqueza forestal. No es Europa quien establece la política interna del Brasil y por otra parte, el acuerdo establece un tope a la exportación de carne de Mercosur a Europa, no muy lejano a las cuotas actuales.

Queda un largo camino para la firma y ratificación de este acuerdo. Se esgrimirán intereses y razones comprensibles hacia una transición ordenada y una aplicación prudente que deben atenderse. Pero deberán combatirse con fuerza y argumentos las voces que nos piden rechazar el acuerdo. A la postre son reaccionarios y perjudican a nuestros pueblos.
 
Publicado en El Confidencial, 17/07/2019