Entrevista Alianza 2030 para Radio 5 de Laura Prieto, con Rebeca Grynspan secretaria general de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) y Ramón Jáuregui presidente de la Fundación Euroamérica
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17 de mayo de 2020
15 de noviembre de 2018
La cumbre iberoamericana 2018: multilaterismo en tiempos adversos.
¿Por qué es importante la Cumbre Iberoamericana de Guatemala? Primero, porque es una oportunidad única de que los jefes de Gobierno de América Latina se vean y hablen entre sí, con la compañía de España y Portugal. Segundo, porque van a fijar una hoja de ruta común hacia los grandes objetivos de la humanidad para 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Y tercero, porque van a mejorar su propia integración latinoamericana y sus relaciones con Europa.
El mundo sufre una oleada aislacionista y antipluralista, dos tendencias que por desgracia suelen ir de la mano. Prácticamente en todas las regiones se observan síntomas de repliegue nacional y gestos de rechazo al multilateralismo. EE UU abandona sus compromisos en materia de libre comercio, cambio climático y contención de armas nucleares, y muestra su desconfianza hacia Naciones Unidas y hacia sus socios tradicionales de la OTAN y la UE. En Europa, el nacionalismo y el populismo conciben el embrión de una alianza que pretende socavar desde dentro el proyecto comunitario y la democracia liberal, mientras Reino Unido se desliza por la pendiente del Brexit. En Asia, China consolida su poder sin disimular sus objetivos de predominio geoestratégico y su visión del orden mundial, donde la democracia, los derechos humanos y la cooperación internacional son aspectos secundarios, cuando no prescindibles. Rusia y Turquía, encerradas en sus derivas autoritarias, buscan reforzar sus respectivas áreas de influencia, aun al precio de incrementar peligrosamente la inestabilidad internacional.
América Latina vive su propia versión de estas tendencias, y el deterioro de la situación en dos países con especial carga simbólica, Venezuela y Nicaragua, está empañando las relaciones entre los países de toda la región. Ese tensionamiento progresivo, ha redundado en el bloqueo o el desprestigio de la mayoría de instituciones de integración regional, desde UNASUR a CELAC, pasando por el ALBA y la OEA.
Como consecuencia de esa situación también las relaciones de la región con Europa han experimentado un frenazo. Las Cumbres de jefes de Estado y de Gobierno UE-CELAC, que comenzaron en 2013 con un impulso prometedor, están en este momento suspendidas, y los canales de desarrollo de la Alianza Estratégica Birregional, ralentizados o interrumpidos. Además, el Acuerdo UE-Mercosur sigue encallado en una negociación técnica interminable.
En medio de este panorama, la continuidad de las Cumbres Iberoamericanas supone una apuesta por el multilateralismo contra el viento y la marea de los tiempos que corren. Una apuesta que permite además mantener el contacto entre Europa y América Latina, ya que ese espacio reúne a países de ambas regiones. La doble condición de España y Portugal, que son parte de la comunidad iberoamericana a la vez que miembros de la Unión Europea, ha permitido históricamente a estos dos países jugar un papel de gozne entre regiones. A la vista del actual bloqueo de la relación birregional, ese papel es ahora más urgente y clave que nunca.
Las Cumbres Iberoamericanas llevan 27 años sentando a la misma mesa a jefes de Estado y de Gobierno de 22 países. Se trata del único foro de diálogo iberoamericano al máximo nivel que ha venido reuniéndose ininterrumpidamente durante casi tres décadas, que mantiene su actividad de forma constante a través de su órgano permanente entre Cumbres -la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), que actualmente desempeña Rebeca Grynspan- y que no ha expulsado ni vetado a ninguno de sus Estados miembro. Todo ello dota a este foro de un plus de legitimidad basado en la continuidad en el tiempo, el pluralismo de sus componentes y el uso del diálogo como único mecanismo de interrelación. A esto se añade una legitimidad de ejercicio derivada de la configuración de las Cumbres como espacio de cooperación orientados a buscar soluciones concretas para los problemas de los miembros de la comunidad.
Los próximos 15 y 16 de noviembre tendrá lugar en Antigua (Guatemala) la XXVI Cumbre Iberoamericana, bajo el lema “Una Iberoamérica próspera, inclusiva y sostenible”. El propio título escogido contiene ya una cierta declaración de intenciones. Al hablar de prosperidad se alude al desarrollo y a la voluntad de que todos los países de la comunidad dejen atrás definitivamente la pobreza, pero también al esfuerzo por alcanzar un nivel de bienestar equiparable al de los países más ricos del planeta, superando la trampa de la renta media y el abismo de la desigualdad social, y asentando el crecimiento sobre bases sólidas y duraderas. La referencia a la inclusividad implica una visión plural en la que tienen cabida todos y todas sin distinción ni discriminación por razones de clase, género, religión, etnia, opinión o cualesquiera otros factores; una visión que contrasta abiertamente con los planteamientos de quienes aspiran a crear sociedades cerradas, homogéneas y enfrentadas entre sí, agitando las banderas del miedo, el odio y el prejuicio hacia el otro. Por último, la apelación a la sostenibilidad contiene una doble alusión económica y ecológica: sostenible es el modelo que proporciona bienestar de manera continuada en el tiempo, sin poner en peligro los recursos naturales que existen en el entorno y a nivel global.
La apuesta de la Cumbre de este año es, por lo tanto, clara: multilateralismo, pluralismo y cooperación para hacer frente a los retos del futuro, desde el cambio climático al desarrollo, pasando por la lucha contra las desigualdades de toda índole. Retos que nos afectan y nos comprometen a todos en tiempos peligrosos de nacionalismos populistas.
Ramón Jáuregui Atondo es eurodiputado y co-Presidente de la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana,
El mundo sufre una oleada aislacionista y antipluralista, dos tendencias que por desgracia suelen ir de la mano. Prácticamente en todas las regiones se observan síntomas de repliegue nacional y gestos de rechazo al multilateralismo. EE UU abandona sus compromisos en materia de libre comercio, cambio climático y contención de armas nucleares, y muestra su desconfianza hacia Naciones Unidas y hacia sus socios tradicionales de la OTAN y la UE. En Europa, el nacionalismo y el populismo conciben el embrión de una alianza que pretende socavar desde dentro el proyecto comunitario y la democracia liberal, mientras Reino Unido se desliza por la pendiente del Brexit. En Asia, China consolida su poder sin disimular sus objetivos de predominio geoestratégico y su visión del orden mundial, donde la democracia, los derechos humanos y la cooperación internacional son aspectos secundarios, cuando no prescindibles. Rusia y Turquía, encerradas en sus derivas autoritarias, buscan reforzar sus respectivas áreas de influencia, aun al precio de incrementar peligrosamente la inestabilidad internacional.
América Latina vive su propia versión de estas tendencias, y el deterioro de la situación en dos países con especial carga simbólica, Venezuela y Nicaragua, está empañando las relaciones entre los países de toda la región. Ese tensionamiento progresivo, ha redundado en el bloqueo o el desprestigio de la mayoría de instituciones de integración regional, desde UNASUR a CELAC, pasando por el ALBA y la OEA.
Como consecuencia de esa situación también las relaciones de la región con Europa han experimentado un frenazo. Las Cumbres de jefes de Estado y de Gobierno UE-CELAC, que comenzaron en 2013 con un impulso prometedor, están en este momento suspendidas, y los canales de desarrollo de la Alianza Estratégica Birregional, ralentizados o interrumpidos. Además, el Acuerdo UE-Mercosur sigue encallado en una negociación técnica interminable.
En medio de este panorama, la continuidad de las Cumbres Iberoamericanas supone una apuesta por el multilateralismo contra el viento y la marea de los tiempos que corren. Una apuesta que permite además mantener el contacto entre Europa y América Latina, ya que ese espacio reúne a países de ambas regiones. La doble condición de España y Portugal, que son parte de la comunidad iberoamericana a la vez que miembros de la Unión Europea, ha permitido históricamente a estos dos países jugar un papel de gozne entre regiones. A la vista del actual bloqueo de la relación birregional, ese papel es ahora más urgente y clave que nunca.
Las Cumbres Iberoamericanas llevan 27 años sentando a la misma mesa a jefes de Estado y de Gobierno de 22 países. Se trata del único foro de diálogo iberoamericano al máximo nivel que ha venido reuniéndose ininterrumpidamente durante casi tres décadas, que mantiene su actividad de forma constante a través de su órgano permanente entre Cumbres -la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), que actualmente desempeña Rebeca Grynspan- y que no ha expulsado ni vetado a ninguno de sus Estados miembro. Todo ello dota a este foro de un plus de legitimidad basado en la continuidad en el tiempo, el pluralismo de sus componentes y el uso del diálogo como único mecanismo de interrelación. A esto se añade una legitimidad de ejercicio derivada de la configuración de las Cumbres como espacio de cooperación orientados a buscar soluciones concretas para los problemas de los miembros de la comunidad.
Los próximos 15 y 16 de noviembre tendrá lugar en Antigua (Guatemala) la XXVI Cumbre Iberoamericana, bajo el lema “Una Iberoamérica próspera, inclusiva y sostenible”. El propio título escogido contiene ya una cierta declaración de intenciones. Al hablar de prosperidad se alude al desarrollo y a la voluntad de que todos los países de la comunidad dejen atrás definitivamente la pobreza, pero también al esfuerzo por alcanzar un nivel de bienestar equiparable al de los países más ricos del planeta, superando la trampa de la renta media y el abismo de la desigualdad social, y asentando el crecimiento sobre bases sólidas y duraderas. La referencia a la inclusividad implica una visión plural en la que tienen cabida todos y todas sin distinción ni discriminación por razones de clase, género, religión, etnia, opinión o cualesquiera otros factores; una visión que contrasta abiertamente con los planteamientos de quienes aspiran a crear sociedades cerradas, homogéneas y enfrentadas entre sí, agitando las banderas del miedo, el odio y el prejuicio hacia el otro. Por último, la apelación a la sostenibilidad contiene una doble alusión económica y ecológica: sostenible es el modelo que proporciona bienestar de manera continuada en el tiempo, sin poner en peligro los recursos naturales que existen en el entorno y a nivel global.
La apuesta de la Cumbre de este año es, por lo tanto, clara: multilateralismo, pluralismo y cooperación para hacer frente a los retos del futuro, desde el cambio climático al desarrollo, pasando por la lucha contra las desigualdades de toda índole. Retos que nos afectan y nos comprometen a todos en tiempos peligrosos de nacionalismos populistas.
Ramón Jáuregui Atondo es eurodiputado y co-Presidente de la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana,
Publicado en EL País, 15/11/2018
28 de octubre de 2016
Una cumbre para el futuro.
Los días 28 y 29 de octubre se celebrará en Cartagena de Indias, Colombia, la XXV Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno. Hay por lo menos dos razones importantes para defender la continuidad de las cumbres iberoamericanas. En primer lugar, se trata de un foro multilateral al más alto nivel, que da a los líderes de la comunidad iberoamericana la oportunidad de conocerse y discutir cara a cara sobre los temas que preocupan a todos. Ese contacto personal ayuda a aclarar discrepancias, poner en común ideas y establecer vínculos de confianza. En política, la confianza es esencial: son muchos los ejemplos de problemas complejos resueltos o agravados por su presencia o ausencia.
Pero además, las cumbres iberoamericanas son un foro estable. Hace sólo unos días, con motivo de la Reunión Iberoamericana de Ministros de Ciencia, Tecnología y Educación, la secretaria general iberoamericana Rebeca Grynspan destacaba que no hay muchos ejemplos de diálogo ininterrumpido a nivel presidencial durante 25 años. Así es: la comunidad iberoamericana lleva un cuarto de siglo con el canal de comunicación abierto al más alto nivel, y ello pese a que las crisis económicas, los avatares políticos, los desencuentros ideológicos y los cambios radicales que la globalización ha traído al mundo entero no siempre han puesto fáciles las cosas. Por compleja que haya resultado en ocasiones esa vecindad, mantener abierto el canal durante tanto tiempo ha permitido suavizar muchos desencuentros, y eso tiene un gran mérito.
La segunda razón por la que defiendo la celebración de estas cumbres tiene que ver con su contenido, que va más allá de su declaración final. El hecho mismo de reunirse impone la necesidad de escoger un tema que se convierte en leitmotiv de la cumbre, y sobre el cual se reflexiona durante el encuentro. De este modo, la proximidad de cada cumbre obliga a realizar un análisis de las realidades presentes y a identificar problemas, retos y oportunidades de cara al futuro. En ausencia de una ocasión concreta que apremie a llevar a cabo ese ejercicio analítico, probablemente se impondría el business as usual de las necesidades nacionales inmediatas de cada país y perderíamos la oportunidad de hacernos colectivamente las grandes preguntas, esas para las cuales es precisa una cierta cantidad de visión histórica, y que al final alumbran los proyectos relevantes a medio y largo plazo.
La XXV Cumbre Iberoamericana ha elegido un lema —Juventud, emprendimiento y educación— que responde a ese principio de visión histórica, al resumir en tres palabras varias cuestiones pendientes del mundo de hoy y sus posibles respuestas de cara al día de mañana. Algunos de los problemas más acuciantes tanto en Europa como en América Latina son el envejecimiento, el impacto social y laboral de la crisis económica, y los problemas derivados de la desigualdad y la falta de cohesión social, en Europa debidos al retroceso del Estado de Bienestar, y en América Latina a que el Estado social no ha llegado a echar raíces ni siquiera en los países con rentas medias. Éstos no son nuestros únicos retos, pero tienen carácter sistémico, efectos a largo plazo y soluciones que no son inmediatas. Empezar a ponerles remedio requiere de iniciativas estratégicas que seleccionen correctamente el colectivo y las áreas de actuación en las que centrarse.
Ahí está la importancia del lema escogido para la cumbre de este año. Los jóvenes son el colectivo estratégico por excelencia. Y sin embargo, el impacto de la crisis económica está siendo especialmente duro para ellos, en forma de paro, bajos salarios y falta de oportunidades. Esta situación frustra sus perspectivas vitales: ante la incertidumbre laboral y la falta de independencia económica, no pueden tomar decisiones que impliquen planificación, desde la inversión en vivienda u otros bienes a la formación de una familia, y cada vez les resulta más remota la esperanza de disfrutar un día de una pensión de jubilación. Esta frustración tiene una contrapartida política, ya que rebaja sus expectativas respecto al sistema y erosiona su confianza en él. Y esto resulta preocupante, a la vista del auge de los populismos de toda índole, que se nutren precisamente de este tipo de sentimientos.
El círculo vicioso de la falta de oportunidades para los jóvenes tiene dos puntos débiles. Por un lado, la educación, que es el mayor motor de igualdad que existe. Un joven con buena formación multiplica exponencialmente sus opciones de encontrar un empleo incluso en un entorno de crisis. Educación básica, educación universitaria y formación continua, ahí deben centrarse los esfuerzos de la comunidad iberoamericana si quiere empezar a desarrollar una estrategia que ataque simultáneamente el paro, la desigualdad, el envejecimiento poblacional y hasta el descontento político. Se trata además de un instrumento de pre-distribución, que ataja la falta de oportunidades de los jóvenes antes de que se produzca. Por eso es crucial ponernos ya manos a la obra.
Por otro lado, hay que crear un entorno propicio para el emprendimiento y el autoempleo. La economía actual demanda profesionales con creatividad e iniciativa propia, menos dependientes del empleo por cuenta ajena, y más capaces de poner en marcha sus propios proyectos. Pero también demanda de los Estados que faciliten las cosas a quienes tienen ese impulso facilitando su financiación, disminuyendo las trabas burocráticas a la creación de empresas, favoreciendo la digitalización de la economía y de las administraciones públicas y premiando los esfuerzos de los emprendedores. Ofrecerles a nuestros jóvenes esas ayudas es darles una herramienta más para ser dueños de su propio futuro, y es también ayudar al desarrollo de una economía más dinámica para nuestros países.
Por todo ello, considero que efectivamente hablar de jóvenes, educación y emprendimiento en la XXV Cumbre Iberoamericana es una buena manera buscar soluciones colectivas a problemas que ya tenemos en común, y de hacerlo mirando al futuro. Last but not least, hacerlo en Cartagena de Indias es una manera más de optar por el futuro. El futuro de una Colombia en paz, que todos deseamos y toda la comunidad internacional respalda, como se evidenciará sin duda durante la cumbre.
Publicado en "El País" 28/10/2016
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