24 de diciembre de 2023

Pactos y riesgos de un tiempo incierto

La investidura de Pedro Sánchez ha sido acogida con los mismos signos de polarización que sufre la política española desde hace cinco años: alarmismo catastrofista sobre el futuro de España para unos y triunfalismo ideológico de la izquierda para los otros. 
Reconozcamos lo evidente: la gestualidad que está acompañando la investidura y las concesiones al mundo nacionalista contenidas en los acuerdos suscritos son políticamente costosas, contradictorias con nuestras posiciones y entrañan riesgos políticos importantes. Desde la amnistía al pacto de Pamplona, desde las negociaciones en Ginebra con Puigdemont al ‘lawfare’. La militancia socialista y la mayoría de su electorado asumen estas dolorosas circunstancias aceptando estas contraprestaciones como necesarias para impedir la coalición PP-Vox y sus antidemocráticas y reaccionarias consecuencias.

La oposición al Gobierno utiliza y extrema los costes de esos pactos y el Gobierno exhibe su carácter progresista y el freno a la ultraderecha como lo hizo el presidente en Estrasburgo ante una Europa que aprecia ese valor. 

El frentismo radical en estas posiciones está cada vez más polarizado y amenaza con un largo recorrido. Hay razones para la alarma en muchos planos de nuestro funcionamiento democrático y de nuestro Estado de Derecho, pero personalmente creo que lo ocurrido hasta la fecha no ha roto nada. Las estructuras institucionales del país se sostienen y no se ha producido ningún cambio constitucional. 

Superando mis prejuicios iniciales, he acabado por aceptar que la amnistía es una facultad que una democracia y su Parlamento deben tener en su mano, aunque a mí me parece que su concesión debiera haber sido el final de un proceso de reconducción política del conflicto catalán y debiera contar por ello con un mayor consenso social y político para su concesión. 

También creo que aceptar a Bildu en nuestro marco político es la consecuencia de la grandeza de nuestra democracia, que siempre les dijo: ‘No matéis, haced política’. Han pasado doce años desde un final maravilloso, jamás soñado, en el que la democracia ganó al terrorismo. Ningún país del mundo, con violencia semejante, ha obtenido una victoria tan plena y tan democrática. Pues bien, hacen política, representan sus votos y respetan el marco democrático. Aceptarlos no es incompatible con nuestra memoria, con nuestras exigencias éticas y con la victoria de nuestros relatos. No hacerlo sería incongruente con nuestros valores y con nuestras promesas.

Por supuesto, de aceptar su presencia a pactar con ellos hay un gran trecho. En Euskadi no lo haremos. Lo han dicho quienes dirigen el PSE-EE y yo les creo. 
Nuestra relación con el PNV es histórica, ha producido extraordinarios efectos para el país y acabamos de renovar esa alianza en mayo de este año para todas nuestras instituciones locales y forales. El PSE-EE no apoyará a un candidato de Bildu, no solo por nuestra memoria, o por nuestro compromiso con el relato de las víctimas, sino porque su apuesta autodeterminista e independentista es inasumible para nosotros. 

Creo que nos precipitamos al juzgar los hechos y los pactos de la investidura sin contemplar sus posibles desarrollos. Quiero creer que en los planes del PSOE hay una estrategia de enfriar el clima, de soportar la dialéctica nacionalista con pasividad y calma y dejar que el tiempo y los acontecimientos replanteen el campo de juego. En esa interpretación, los pactos suscritos con ERC y Junts son como una patada al balón, que estará en el aire por lo menos hasta el verano de 2025. ¿Qué ocurrirá entre tanto? 

Que Junts y ERC seguirán en su escalada dialéctica por ganar el uno al otro. Que el nacionalismo catalán en su conjunto sabe que no puede iniciar un proceso autodeterminista porque Cataluña no lo quiere. Que quizás no sumen mayoría absoluta en las elecciones catalanas y que el ganador puede ser Illa o que no habrá Gobierno catalán sin el PSC. Que Junts y el PNV gestarán una alianza contra Esquerra y Bildu en el bloque de los apoyos al Gobierno. Que el PNV gobernará en Euskadi con apoyo del PSE-EE y tendrá que atemperar sus pretensiones ante el riesgo de perder el poder. Y finalmente, que el Gobierno tratará de que el debate público gire en torno a sus iniciativas sociales. 

En este horizonte y con esas perspectivas, el ruido actual se suavizará, habrá transcurrido la mitad de la legislatura y después, cabe todo. Incluso una convocatoria anticipada por nuestro rechazo a la autodeterminación. 

Pero, claro, hay otro horizonte porque en estos pactos juegan todos. También puede ocurrir que los nacionalistas, unos y otros, exijan la concreción de sus pretensiones en los pactos y el PSOE esté dispuesto a negociar marcos autodeterministas o confederales con ellos, transformando por la vía de hecho (puesto que no podría alcanzar reformas constitucionales sin el Partido Popular), la naturaleza de nuestro modelo autonómico y alterando así las bases del pacto territorial que ha guiado la política autonómica a lo largo de toda la democracia. Quiero creer que esto no será posible y que el PSOE no lo hará, aun a riesgo de cuestionar la continuidad de la legislatura. 

Una última reflexión. El clima de polarización política, de enfrentamiento partidario y de deterioro institucional es grave. En las democracias de todo el mundo cabalga un caballo de Troya que desprecia la separación de poderes, que cuestiona los sistemas electorales, que destruye la confianza en las instituciones. Ni PP ni PSOE pueden favorecer esa cabalgada populista y autoritaria desde un frentismo, buscado o aceptado. España no es ajena a esa peligrosa deriva internacional. Además muchas cosas de nuestro futuro sólo pueden abordarse mediante pactos transversales, no frentistas, como los de ahora. La OCDE nos acaba de alertar: España en 2060 perderá diez posiciones en la clasificación de PIB per cápita. Nos adelantará Portugal, Eslovaquia, Polonia... Tenemos baja inversión en capital, envejecimiento demográfico y baja productividad. ¿Nos ponemos a ello o seguimos cavando nuestras trincheras? 

Publicado en El Correo, 24/12/2023




23 de noviembre de 2023

"Somos nación", ¿...Y?

El año que viene habrá elecciones autonómicas y previsiblemente las dos fuerzas nacionalistas se disputarán el liderazgo político del país. Una de ellas acaba de protagonizar una manifestación en Bilbao bajo el eslogan de ‘Somos nación’. La otra ha centrado su negociación de la investidura con el PSOE en «el reconocimiento nacional de Euskadi». De ambos eslóganes no podemos deducir gran cosa. Somos nación, ¿y qué?, podríamos añadir. Porque la plurinacionalidad de España ya se contempla en la Constitución cuando se establece que el Estado está integrado por naciones (nacionalidades dice la Constitución) y por regiones. Eso significa que se acepta a Euskadi como nación, que España también lo es, constituyendo su Estado como una nación ‘con’ naciones y no ‘de’ naciones. No somos una confederación de pueblos originarios y soberanos que se agrupan voluntariamente, sino una nación construida desde hace siglos, en la que existen pueblos con una identidad nacional propia.

Para atender a esas identidades construimos un modelo de autogobierno que nos permite asegurar la pervivencia de las señas culturales, históricas y políticas de nuestra identidad y nos garantiza un autogobierno más amplio que el que tiene cualquier Estado federal del mundo. Es más, un autogobierno financiado con un Concierto que permite la recaudación de todos los impuestos, pagando un Cupo al Estado por las competencias estatales, generosamente calculado a nuestro favor. Los problemas surgen cuando a la nación le atribuimos inexorablemente la creación de un Estado y para conseguirlo establecemos el camino de la autodeterminación a través de un referéndum. Hay miles de pueblos originarios con identidad nacional. Si la ecuación identidad y lengua propia es nación y a cada nación le corresponde un Estado, el mundo se fragmenta sin remedio. Basta mirar al viejo Imperio Austrohúngaro para comprobarlo.

Es bueno exponer las razones de quienes nos oponemos a este proyecto para clarificar posiciones preelectorales. Primero, con total sinceridad: esa independencia no es posible. Europa nunca admitirá un país escindido de un Estado miembro y fuera de Europa no es posible ser ni estar. Segundo, la independencia de Euskadi sería inmensamente peor para sus ciudadanos que el autogobierno actual. Los costes de un Estado propio serían enormes, lo que elevaría nuestras contribuciones fiscales. Las repercusiones económicas en nuestro tejido empresarial serían muy negativas. Nuestro sistema de pensiones sería insostenible (recaudamos 4.000 millones menos que lo que ingresamos por cuotas de la Seguridad Social). Y nuestra capacidad de defender nuestros intereses en las mesas globales (es decir, casi todas) sería nula.
Entonces, me dirán algunos, ¿por qué no votamos? Porque no podemos votar solos lo que corresponde decidir a todos (somos parte de un Estado en el que el resto de ciudadanos y sus instituciones también tienen derecho a decidir). Porque el referéndum nos obliga a una opción binaria independencia sí o no, y creemos que la política debe encontrar otras soluciones más complejas a nuestro acomodo o encaje territorial y que el referéndum queda para que el pueblo acepte o no esa solución. Porque la fractura social producida por un proceso de esa naturaleza arruina la convivencia interior por mucho tiempo. Porque la experiencia nos demuestra que los referendos decisorios son fácilmente instrumentados por razones de coyuntura y frecuentemente falseados por ‘fakes’ que mueven potencias ajenas. Los resultados del Brexit para Reino Unido están a la vista de todos.

Miremos la experiencia internacional reciente. El Tribunal Supremo de Reino Unido negó a Escocia la convocatoria unilateral de un nuevo referéndum, alegando que su pertenencia al reino no les permite decidir a ellos solos lo que afecta al conjunto del Estado. Por otra parte, las experiencias de Quebec y de Escocia, que votaron en su día y donde perdieron las opciones de independencia, nos demuestran que el daño económico y social de esos procesos en esas regiones es irreversible. Toronto se ha llevado gran parte de la economía de Quebec y Escocia siente esos mismos efectos, mucho más después del Brexit.

 De manera que el reconocimiento nacional de Euskadi puede y debe proyectarse en una nación autogobernada dentro de un Estado que reconoce para ello su identidad cultural y política. Esa es la mejor forma de ser nación. De hecho, no hay otra, por mucho que les pese a muchos conciudadanos a los que me gustaría convencer de que sus sentimientos tienen que adaptarse a la realidad y a la conveniencia de todos. El consenso interior de un pueblo importa mucho más que la victoria de unos sobre otros.

Publicado en El correo, 23/11/2023

10 de noviembre de 2023

UE-CELAC: Una Cumbre con nuevos retos.

 Tienen razón quienes dicen que la Cumbre UE-CELAC de julio en Bruselas fue un éxito y la tienen también quienes dicen que solo fue un comienzo, un puerto de salida de una navegación por hacer. 

Fue un éxito por celebrarse, después de ocho años de suspensión. Por el nivel de las asistencias (y por pactar las ausencias, que también son importantes), por celebrarse en Bruselas, recordando a todas las cancillerías europeas que América Latina no es una cuestión Iberoamericana y por la resolución adoptada por acuerdo de cincuenta y nueve de los 60 países presentes (33 de CELAC y 27 de la UE). La negativa de Nicaragua a firmar la declaración por la tenue referencia a la agresión rusa a Ucrania, fue patética y aumentó el valor de la unidad entre países tan distintos como Polonia y Cuba o como Italia y Venezuela. Un ¡¡Bravo¡¡, pues al servicio exterior de la Unión Europea por sus méritos en esta negociación difícil y al gobierno español por la iniciativa en convocar la Cumbre. También fue un éxito por la Cumbre Económica que protagonizaron en la mañana del 17 de julio la Sra. Von der Leyen, presidenta de la Comisión europea, Lula y Sánchez, presidentes de Brasil y España respectivamente, abriendo la puerta a una esperanzadora Agenda Global Gateway, dotada con cuarenta y cinco mil millones de euros, de inversiones europeas en América Latina a desarrollar en los próximos años. 

Pero la Cumbre ya fue. La foto ya es solo un recuerdo. Los presidentes volvieron a sus países y sus respectivas agendas, llenas de urgencias y de particulares conflictos -los que la política genera cada día- absorberán sus actos y sus preocupaciones. Los europeos vuelven su mirada al Este, a la guerra de Rusia en Ucrania, se angustian por la inflación o por la recesión económica, se reúnen para abordar una complejísima ampliación con los Balcanes Occidentales o se sumergen en agudas crisis políticas internas. Lo mismo ocurre con los presidentes latinoamericanos, todos ellos agobiados por un horizonte económico de bajo crecimiento y enfrentados a problemas estructurales de larga data: informalidad laboral, baja productividad, desigualdades sociales, limitados márgenes fiscales para hacer políticas sociales y para impulsar el crecimiento y problemas políticos de todo tipo, en cada uno de sus países. 

La posibilidad de que la Cumbre pase a un segundo plano en la importancia de lo acordado y a un tercero o cuarto en la urgencia de las respectivas agendas europeas y latinoamericanas, es muy grande. Por eso quisiera puntualizar algunos aspectos que se derivan de los acuerdos de la Cumbre y que merecen atención en el desarrollo de esta Alianza Estratégica renovada entre Europa y América Latina y el Caribe.

 1- Mantener y reforzar nuestro diálogo político.

 Uno de los elementos claves de nuestra alianza estratégica es la búsqueda de posiciones comunes en el complejo tablero internacional y el diálogo mutuo, es decir escuchar y pactar, sobre las posiciones europeas y de América Latina en las mesas de la gobernanza global. 

Partimos de nuestras convergencias culturales y sociopolíticas respecto a valores comunes: democracia, derechos humanos, derecho internacional, gobernanza ordenada de un mundo multipolar, etc. Pero, por encima de esas convergencias, hay intereses contradictorios, a veces antagónicos. Europa y América Latina hemos estado muchos años sin escucharnos y sin fraguar costosos consensos en temas conflictivos de la agenda internacional: cambio climático, justicia fiscal, organización del comercio internacional, sistema financiero internacional, enfrentamientos bélicos en distintos lugares del mundo, funcionamiento de Naciones Unidas, etcétera. Podríamos señalar muchos más. A su vez, algunos conflictos políticos internos de América Latina han provocado la aparición de otros actores globales en su política interna: Cuba y Venezuela principalmente, con sus peculiares relaciones con Estados Unidos, Rusia y China. A todo ello hay que añadir la creciente presencia económica y geopolítica de China en la región latinoamericana que ha ido generando toda una red de dependencias comerciales y económicas que influyen decisivamente en las posiciones de política exterior de muchos de los países latinoamericanos. 

En definitiva, no podemos atribuir a América Latina su pertenencia a Occidente por naturaleza y exigirle en consecuencia su alineamiento con las posiciones geopolíticas del Oeste, por imperativo cultural. Tampoco es Sur Global, como pretenden otros, por su coincidencia con los países en desarrollo. Es una cosa y la otra. Es Occidente y es también Sur Global. En todo caso, ya no vale construir una alianza política sobre la retórica discursiva del pasado de nuestros valores comunes.
No es suficiente. 

Hay que reformular nuestro diálogo y basarlo en dos palabras claves: respeto y escucha. Diálogo y consenso. Por eso ha sido importante que la Cumbre establezca cauces de diálogo fijando un órgano común permanente para que América Latina y Europa puedan abordar la actualidad y tratar de encontrar acuerdos en sus posiciones respectivas ante las mesas globales de la gobernanza del mundo. En la misma dirección, la reunión anual de los Ministros de Asuntos Exteriores y el compromiso de una nueva cumbre cada dos años, son peldaños en la construcción de ese diálogo permanente para una alianza estratégica seria y eficaz. 

2- Poner en marcha la agenda de inversiones global.

 El otro gran Acuerdo de la Cumbre fue el lanzamiento de la Agenda de Inversiones Global Gateway que incluye una larga lista de proyectos sobre los tres grandes pilares de las necesidades de cada país latinoamericano: transición energética y ecológica, transición digital e infraestructuras sociales. 

Pero este ambicioso plan necesita ser ejecutado en los próximos años sobre la base de voluntades compartidas, por múltiples actores y con arreglo a una serie de acuerdos previos entre muchos de ellos. Una buena base de aproximación a esta compleja operación reclama aclarar muchas cosas previamente e implementar después muchas acciones de actores diversos. 

Estas son algunas de ellas:

a) La cifra que la Unión Europea ha anunciado para ayudar a la financiación de las inversiones es de cuarenta y cinco mil millones de euros, pero poco o nada se sabe del origen de esta cifra. ¿Dónde están presupuestadas? Esta cifra corresponde a una suma de diferentes partidas nacionales pero, ¿a qué países y por qué importes? ¿Cuánto de ese dinero procede de programas de cooperación ya existentes? 

Hay una lógica preocupación entre las entidades de la cooperación europeas con América Latina porque temen que parte de los recursos que ellas administran puedan ser empleadas para financiar o apalancar inversiones empresariales. En mi opinión estos extremos debieran ser aclarados previamente y cuanto antes mejor. Soy de los que piensan que las inversiones en proyectos como los que la agenda recoge son claves para el desarrollo económico de los países, pero eso no debiera reducir las ayudas de cooperación y en todo caso la agenda debiera ser presentada sobre una narrativa no tan ligada a las inversiones económicas por sí mismas como ligadas a la voluntad europea de participar en el desarrollo de los países latinoamericanos. Es preciso poner en valor la importancia de muchas de estas inversiones para modernizar el aparato productivo, superar la informalidad, transferir tecnología, formar cuadros, construir cadenas de valor y, por supuesto, muchas de ellas son directamente inversiones sociales como la construcción de infraestructuras sanitarias o educativas. 

b) Es necesario articular la participación financiera de los bancos multilaterales de desarrollo en el plan y en los proyectos concretos. Igualmente se necesitan acciones semejantes de la banca privada para financiar las grandes transiciones antes citadas. 


c) Desarrollar esta Agenda será la mejor forma de construir un marco de relaciones económicas y comerciales más amplio sobre la base de mutuos intereses y siempre en permanente diálogo y colaboración con los gobiernos de América Latina y el Caribe. 
La Agenda ha sido elaborada de abajo hacia arriba para decidir sectores y actividades donde invertir, involucrando a las autoridades gubernativas, organizaciones locales, instituciones regionales, Cámaras de Comercio, etcétera y empresas representativas de diversos sectores económicos y bancos de desarrollo. Por ello, su ejecución reclamará también una amplia participación de esos mismos actores.
 
d) En un contexto donde América Latina y el Caribe muestran dificultades para crecer sostenidamente,
 transformar su estructura e incrementar la productividad en el largo plazo, las inversiones pasan a ser un activo estratégico de las relaciones UE-AL. La baja acumulación de capital fijo y el pobre crecimiento de la productividad en América Latina y el Caribe marcan un claro techo de cristal a la capacidad de la región para reducir la pobreza y la desigualdad. Por eso, las inversiones europeas deben superar la vieja y odiosa concepción extractivista y comportar una verdadera cooperación tecnológica y un compromiso por crear cadenas de valor propias en la región. 

e) Es necesario entender y difundir los incentivos y alcances del Global Gateway a la mayor parte posible del empresariado europeo con el fin de comprometer su participación en la implementación. Reforzar las alianzas público privadas (APPs), entre las dos regiones está en la base de la definición de la Agenda de inversiones y de su implementación. 

f) Es necesario mantener la calidad sociolaboral y medioambiental de las inversiones, lo que ya es un activo ampliamente reconocido de las inversiones de la Unión Europea. La Agenda de inversiones debe contribuir a la diversificación de capacidades productivas y a sostener la industrialización de América Latina. Reindustrializar con sostenibilidad empresarial debe ser un factor cualitativo fundamental de la agenda de inversiones Global Gateway en América Latina y el Caribe. 

g) La institucionalización de un diálogo permanente y representativo de las autoridades económicas de las dos regiones es un aporte a la estabilidad y a la convergencia de las estrategias. Es decisivo institucionalizar un espacio donde se pueda dar seguimiento a la Agenda de inversiones y seguir los temas económicos y estratégicos. Un órgano permanente de coordinación y gestión, no sólo para profundizar la Agenda Global Gateway, sino también para pilotar conjuntamente las dos grandes transiciones del siglo: la ecológica y la digital, haciendo compatibles nuestras respectivas políticas industriales para una reindustrialización compartida de Europa y América Latina. 


Valgan estas recomendaciones, a modo de recordatorio, para que todos, gobiernos, empresas, bancos, nos pongamos a la tarea. Nos jugamos mucho y esta es una Alianza en la que todos debemos y podemos ganar. 

Publicado en esglobal, 10 Noviembre2023