8 de abril de 2024

Ardanza, un hombre de otro tiempo.

 “Ardanza fue ese hombre que, llamado por su partido para resolver las crisis internas, lideró un nuevo y pragmático PNV. Llamado a liderar el rechazo del nacionalismo vasco a la vía armada y al terror, lo hizo con convicción y firmeza. Llamado a gobernar con los socialistas vascos, expresó la pluralidad identitaria de la sociedad vasca”

Hay una injusta tendencia, estrategia mejor diríamos, a descalificar gran parte de nuestra Transición y a devaluar los frutos de aquellos primeros años de nuestra democracia. José Antonio Ardanza pertenecía a aquella generación que construyó nuestra democracia y nuestro autogobierno.

Fue alcalde de su pueblo, Mondragón, en las primeras elecciones democráticas de 1979. Y, poco tiempo después, diputado general en Gipuzkoa. De pronto, el mundo interno de uno de los partidos más sólidos del país se fracturó, se escindió y el viejo Partido Nacionalista Vasco se dividió en dos fuerzas enfrentadas: el PNV de Xabier Arzallus y la EA de Garaikoetxea. El terremoto coloca a Ardanza como lehendakari en 1985, gobernando con un grupo parlamentario dividido. Pocos recuerdan lo que sufrió.

En 1986 convocó elecciones y las perdió. El PSE tuvo 19 diputados y el PNV 17. Se negocia una coalición y los socialistas cedemos la presidencia. ¿Por qué? Nos lo preguntaban todos. Porque necesitábamos un gran pacto de todas las fuerzas democráticas contra la violencia y porque era imprescindible que el PNV fuera el líder de la deslegitimación política y social de la violencia.

Vuelvo a las críticas al pasado. España estaba sufriendo un ataque a su democracia sistemático, provocador y masivo, con atentados día sí y día también y su respuesta al terrorismo era deficiente y solitaria. El Estado estaba aislado y la espiral acción-represión ideada y practicada por ETA la estaban ganando los ideólogos de la violencia. El pacto de Ajuria Enea fue la gran consecuencia de aquel Gobierno de coalición. Desde entonces, el lehendakari Ardanza se convirtió en el presidente de un Gobierno vasco que convocaba y vertebraba la reacción social al terrorismo y lideraba a todas las fuerzas políticas vascas, a todos los partidos políticos vascos democráticos, en su unidad contra la violencia.

Ardanza fue ese hombre que, llamado por su partido para resolver las crisis internas, lideró un nuevo y pragmático PNV. Llamado a liderar el rechazo del nacionalismo vasco a la vía armada y al terror, lo hizo con convicción y firmeza. Llamado a gobernar con los socialistas vascos, expresó la pluralidad identitaria de la sociedad vasca, pactando con nosotros tres Gobiernos de coalición durante casi doce años.

Él protagonizó, además, los años del desarrollo autonómico más importante: la llamada segunda fase del autogobierno vasco, cuando se transfirió la Sanidad (Osakidetza), se fijaron los cálculos del Cupo, se culminó la implantación de la Ertzaintza en todo el territorio del país, etcétera. Su acción política nacionalista siempre estuvo dentro del Estatuto de autonomía y de la Constitución.

Su pragmatismo le llevó a gestionar los intereses del país con una mirada moderna y eficiente. Él siempre supo que el futuro de la comunidad tenía que superar el monocultivo del hierro para pasar a manejar la fibra de carbono y los centros tecnológicos. Por eso, puede ser calificado también como el constructor de la Euskadi moderna de hoy. Muchas de las críticas de aquel pasado no suelen tener en cuenta las circunstancias y los problemas de aquel pasado. Por eso hay que recordarlas, para apreciar a los hombres buenos que hicieron posible lo que hoy tenemos.

Ardanza fue uno de ellos.

Agur Lehendakari.

Publicado en El Diario.es Euskadi 8/04/2024

3 de abril de 2024

Más abertzales que izquierdas.

Todos los analistas coinciden en que el crecimiento electoral de Bildu se debe a tres factores principales:

 1) Han aprovechado muy bien sus oportunidades para ser una fuerza principal de las coaliciones progresistas de la política española en estos últimos años (2018-2024). Sus apoyos al bloque de izquierdas han sido constantes, plenos e incondicionados, lo que les ha proporcionado un incuestionable perfil social y un protagonismo evidente en el freno a las derechas en España. 

2) Su pasado no les pesa, especialmente entre el electorado joven. Es más, bien puede decirse que sus votantes premian su apuesta por la política y olvidan sus responsabilidades históricas en la violencia. 

3) Con intencionado cálculo han hecho desaparecer de su programa el objetivo independentista de su proyecto. Es notable el lenguaje moderado en los planos identitarios del discurso político abertzale.

Cada uno de estos argumentos merecería muchos matices, pero me voy a detener en las contradicciones que surgen de la combinación de sus dos características principales: ser abertzales y de izquierdas. Quienes peinamos canas en la política vasca sabemos bien que todas las tensiones ideológicas que ha sufrido ese movimiento, genéricamente llamado izquierda abertzale, han sido precisamente por la dialéctica entre esas dos banderas: la roja del socialismo y la verde de la patria.

Pues bien, desde la década de los 60 hasta aquí, todos los debates entre ambas opciones y todas las escisiones producidas en ETA han sido para imponer la corriente nacionalista a la de izquierdas. Todos los movimientos ideológicos de izquierda: ETA VI, LKI, EMK, Euskadiko Ezkerra, etcétera, fueron sucesivamente derrotados y expulsados, hasta que ETA y Batasuna impusieron el objetivo independentista como santo y seña de su lucha en los años ochenta. Hasta hoy.

Es verdad que «ahora no estamos en eso» (en la independencia), «pero no renunciamos a ella», dicen los líderes de Bildu estos días. Es un hábil ejercicio de pragmatismo (entre otras razones porque el apoyo al independentismo, hoy, no llega al 15% de la población vasca), pero quienes les votan deben ser conscientes de ese taimado gradualismo y del objetivo final que les guía.

Bildu muestra en sus mensajes a personas procedentes de la izquierda vasca que, al parecer, asumen la compatibilidad de sus aspiraciones de justicia social e igualdad, de fraternidad de clase y de europeísmo, con un proyecto independentista. A mi juicio esas cualidades políticas y humanas no caben en el independentismo vasco.

¿Cómo es posible ser independientes y construir Europa? Seamos claros: en la Europa de hoy -y más en la de mañana- no caben regiones europeas desprendidas de sus Estados-nación. La Europa de hoy está amenazada y todos nuestros esfuerzos futuros exigen armonizar veintisiete Estados en sus múltiples desafíos de competitividad, defensa, mercados, entre otros. Desde el independentismo no se hace Europa, se la destruye.

¿Cuál será nuestra solidaridad con los territorios de nuestros orígenes: Extremadura, Castilla, Galicia, Andalucía... cuando nos independicemos de España? ¿Nos importarán algo su sistema de pensiones o sus infraestructuras o su nivel educativo o sanitario cuando reclamemos separarnos de España? Porque nadie debería olvidar que si un día tuviéramos que negociar nuestra independencia, estos temas estarían sobre la mesa.

«Euskadi necesita recuperar soberanía, porque cuando hubo una pandemia no podíamos decidir muchas cosas». Esta declaración reciente del candidato de Bildu descubre bien las contradicciones del independentismo con la izquierda.¿Qué habríamos decidido solos? ¿Contra quiénes irían nuestras supuestas decisiones soberanas? Ridículo, por no decir patético.

El independentismo impone una concepción pacata, limitada, insolidaria, para nada fraterna con el resto de españoles, con quienes convivimos y compartimos historia y aspiraciones. El proyecto independentista nos exige renunciar a una identidad cultural y política española, presente en nuestras vidas y condición de cosmopolitismo, europeísmo y solidaridad con nuestros conciudadanos.

Aceptar su calculado pragmatismo de hoy, sabiendo -porque eso sí reconocen- que su verdadero y sentido proyecto es separarse y construir un Estado independiente, es aceptar una estrategia engañosa que contradice los sentimientos y aspiraciones de muchos votantes que se sienten de izquierdas y no comparten el objetivo independentista. Yo no niego el derecho a declararse de izquierdas a quienes son independentistas pero la clarificación electoral nos demanda no llamar izquierda al independentismo. Abertzales, sí, pero la izquierda no es eso.

Publicado en el Correo, 3/04/2024

12 de marzo de 2024

Francia, tan cerca, tan lejos.

"El partido de Marine Le Pen recoge el cabreo social y, de cara a las elecciones europeas, engaña con una falsa e inaplicable propuesta contra la inmigración."

Francia ha sido, para muchos de nosotros, refugio de libertad, en su tiempo, y fuente de inspiración ideológica, casi siempre. En los primeros años 70 pasábamos ‘al otro lado’ para comprar libros, ver películas y algunas cosas más. El dinero que recibíamos de nuestros partidos hermanos de Alemania y Suecia estaba depositado en un pequeño banco al otro lado del puente sobre el Bidasoa y mi tarea era recogerlo y trasladarlo a Madrid en el tren nocturno que unía San Sebastián con la capital.

Durante los años 80 y 90 tuvimos fuertes lazos orgánicos con el Partido Socialista Francés de Aquitania y con cargos locales de los pueblos fronterizos. Al principio, tratábamos de explicarles nuestra democracia constitucional y la realidad de nuestro modelo autonómico, especialmente la dimensión del autogobierno vasco, que desgraciadamente desconocían bien entrados los años 80. Pero más tarde los debates ideológicos de la izquierda francesa estuvieron muy cerca y nos resultaron siempre muy próximos.

Recuerdo, con especial afecto, la ola de reformas sociales en la Francia de Mitterrand (la elevación del salario mínimo, la reducción de la jornada laboral a 39 horas, la regularización de inmigrantes, las ayudas a la familia...), el europeísmo social de Jacques Delors, el debate sobre el reparto del tiempo de trabajo de su hija, Martine Aubry, y tantos otros.
Incluso estos mismos días, con la incorporación del derecho al aborto a la Constitución francesa, con una amplia mayoría y esa solemnidad que solo ellos son capaces de establecer para las grandes decisiones.

La tensión ideológica democrática de Francia ha estado siempre en la primera línea política europea y la fuerza de algunos de sus líderes políticos ha influido poderosamente tanto en la derecha como en la izquierda políticas de nuestro país. El proyecto europeo nació de sus grandes hombres (Jean Monnet, Robert Schumann) y hoy recibe los impulsos de un euro- peísta extraordinario, su presidente Macron. Desde la Revolución Francesa, Francia ha sido vanguardia progresista del mundo.

Por eso resulta tan sorprendente como lamentable observar el debate previo a las elecciones europeas y encontrar a la ciudadanía francesa tan atrapada por los viejos demonios nacionalistas, que lidera un partido de ultraderecha que puede ser la primera fuerza política del país, amenazando seriamente la presidencia de la República en los próximos comicios presidenciales.

Jordan Bardella, 28 años y líder de Reagrupación Nacional en las próximas elecciones a la Eurocámara, representa, y esto asusta todavía más, una masa electoral en la que abundan los jóvenes patriotas, henchidos de orgullo nacional y convencidos del viejo proteccionismo antieuropeo. El grito ultra es, como siempre, antimigratorio –«On est chez nous» (estamos en nuestra casa)– y la propuesta, un referéndum contra la inmigración (se supone que para decidir que no entren más). Por cierto, en las presidenciales de 2017, su jefa, la señora Le Pen, también propuso otro para salir del euro, siguiendo la estela del Bre- xit. Son técnicas populistas , recoger el cabreo social y engañar con una respuesta falsa e inaplicable (las fronteras no se cierran con leyes). Abanderar una supuesta soberanía popu- lar mediante el referéndum es también muy socorrido por estas ideologías ultras.

Ver a Francia tan lejos de la encrucijada europea produce pena y enorme preocupación. Cuando toda Europa vive angustiada por la guerra, cuando todos los analistas nos advierten de que tenemos que reforzar nuestra defensa europea, más si gana Trump. Cuando la revo- lución tecnológica, la crisis energética, la competitividad, el cambio climático, la justicia fiscal reclaman más y mejor integración europea. Cuando la defensa de nuestro modelo de vida y de nuestros valores de convivencia depende de nuestra capacidad de influencia en un mundo tan hostil al multilateralismo. Cuando todas estas amenazas son tan evidentes como próximas… la gran Francia se deja seducir por ese nacionalismo anacrónico que rei- vindica la «Francia de los 1.000 años, frente a los 60 años de Europa». ¡Que triste!

Ahora resulta que lo que une a los franceses es el amor por Francia y por sus tradiciones. Bruselas es la burocracia, la que oprime a los agricultores, la que desprotege a la industria y a los productos franceses, la que acelera las medidas ecológicas perjudicando a los productores nacionales… Quiero creer que los franceses no se dejarán seducir por tantas mentiras y por semejante manipulación y que el europeísmo progresista de Francia seguirá liderando una integración y una ampliación europeas más necesarias que nunca.

Publicado en El correo, 12/03/2024