7 de octubre de 2023

La comunidad política europea.

La cumbre celebrada en Granada, la tercera después de Budapest y Moldavia, configura una especie de círculo concéntrico a la Unión Europea, en el que sea posible articular políticas comunes a Europa y a sus países vecinos no miembros, para afrontar retos comunes. Esta idea, surgida de la capacidad propositiva del presidente francés en 4044, ha cobrado fuerza en el marco de otra reflexión, surgida también con gran intensidad, sobre la ampliación de la Unión a nueve países más, entre los que se incluyen los de los Balcanes occidentales, Ucrania, Moldavia y Georgia. 

Curiosamente, fue el Brexit lo que impulsó la creación de una alianza supranacional europea para compensar las enormes ausencias que nos creó la marcha de Reino Unido. En el fondo, se buscaban sinergias a una vecindad que nos demanda inexorablemente acuerdos en múltiples planos de nuestra realidad: en el ámbito comercial, en el de las grandes infraestructuras tecnológicas, aéreas y espaciales, en las políticas climáticas, entre otras. Estamos obligados a cooperar y a consensuar políticas públicas en defensa de intereses comunes. 

A eso se añaden riesgos estratégicos cada vez más importantes en materia de suministros energéticos, materiales esenciales, cadenas logísticas, incluso combate de catástrofes climáticas o geológicas. Por último, la defensa: Reino Unido es la segunda potencia naval y la tercera potencia militar del mundo y sus contribuciones a la seguridad europea no son solo historia, sino también presente. Que se lo pregunten a los ucranianos.

Todo ello ha impulsado la creación de esta comunidad política que integra junto a la UE a Reino Unido, Noruega, Suiza y todos los países de la vecindad europea hasta un número cercano al medio centenar. La denominada Comunidad Política Europea tiene también otra misión no explícita, pero de máximo interés. Se trata de una especie de ‘sala de espera’ para los países que están en fase de adhesión a la Unión, pero no cumplen las condiciones democráticas y económicas para poder conseguirlo. De pronto, la ampliación de la UE hasta 58 miembros se ha abierto con un horizonte plausible (2030-2035).

¿Por qué? Porque la pandemia y la guerra de Rusia han cambiado drásticamente nuestra ubicación geoestratégica. Europa, que ha sido capaz de reaccionar ante estas dos catástrofes con un grado de unidad y de integración inusitadas (vacunas, fondos Next Generation, el instrumento de apoyo al empleo SURE, sanciones a Rusia, solidaridad con Ucrania), ha descubierto sus dependencias e inseguridades en múltiples planos: energía, defensa, relocalizaciones industriales, minerales básicos... lo que se ha dado en llamar la seguridad económica de amplio espectro. A su vez, el riesgo de ser abducido por el duopolio EE UU-China en los planos tecnológicos, militares, comerciales y económicos nos puede privar de un rol en el tablero internacional imprescindible para defender nuestros valores e intereses. Europa necesita hacerse grande, hacerse más fuerte, aumentar su mercado interior, asegurar la estabilidad de su vecindad y convertirse en un tercer polo en el mundo geopolítico que viene. Y eso nos obliga a incorporar a nuestros vecinos, a los que quieren ser europeos, aunque ello haga más compleja y más difícil nuestra gobernanza. Es verdad que se trata de una ampliación difícil, pero si no lo hacemos nosotros, otros ocuparán ese espacio: Rusia en Serbia y China en todos ellos. 

En los últimos veinte años, Europa ha digerido la ampliación del Este. Se han dicho y se dicen muchas tonterías sobre la incorporación de estos países, aludiendo a las dificultades que sufrimos para gestionar una unión intergubernamental de 47 Estados. Fue difícil, sí, y lo sigue siendo con las tentaciones iliberales de Hungría y Polonia. Pero ¿alguien cree posible una Europa sin Praga o sin Varsovia o sin los países bálticos? 

La gran ecuación es la ampliación y la integración; es decir, avanzar en dos direcciones que objetivamente se contraponen, porque ocultar que la gobernanza de una Unión a 58 es más difícil que a 47 es cerrar los ojos para negar la luz. La Unión de hoy necesita ya reformas para mejorar su funcionamiento. Sustituir la unanimidad por mayorías reforzadas, facilitar la gobernanza económica completando la unión bancaria y la de capitales o avanzar en la unidad monetaria incorporando al euro a los seis países que lo tienen comprometido, excepto Dinamarca, son algunos ejemplos de pasos necesarios que tendremos que abordar antes de la ampliación. Es más, la ampliación demandará otros no menos importantes: reducir las carteras de la Comisión, aumentar los poderes del Parlamento sin incrementar su composición, flexibilizar algunas condiciones de entrada, establecer mecanismos de control democrático más fuertes, entre otros. 

Enormes retos, es verdad, pero quedarnos quietos es condenarnos a la irrelevancia y a las dependencias de otros, y eso en el siglo XXI es condenarnos a dejar a nuestros hijos un parque temático en vez de un país para vivir.

Publicado en El Correo y Diario Vasco, 7-10-2023

2 de septiembre de 2023

Podemos decir "no".

Todo parece indicar que solo habrá Gobierno si el PSOE y los nacionalistas se ponen de acuerdo en que lo haya y en el programa que lo sostenga. El PP no conseguirá la abstención de ninguna de las fuerzas nacionalistas y su fracaso en la investidura será el colofón de su fracaso electoral. Apostó por sumar con Vox como único aliado y se equivocó, perdiendo cualquier posibilidad de diálogo con el resto de fuerzas del arco parlamentario. Lo ha hecho fatal y su líder es el principal responsable. 

A pesar de que Junts y ERC han perdido siete escaños y solo suman 14 de los 48 diputados elegidos en Cataluña, tienen más poder negociador que nunca. Ellos cuentan con la llave de la gobernabilidad de España, un Estado que quieren abandonar. La suma de votantes no nacionalistas en Cataluña dobla la suma de votantes de Junts y ERC, pero la agenda de la negociación será la que imponga esa minoría. Se dice que se trata de una coalición progresista, pero no se habla de vivienda, o de empleo o de protección social, sino de amnistía y autodeterminación. Son solo algunas de las muchas paradojas a las que nos ha condenado este tablero maldito surgido del 23 -J.

Hay quienes ven en un nuevo Gobierno PSOE-Sumar, con apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, una enmienda al régimen surgido del 78 y, con ella, la oportunidad de construir una especie de pacto plurinacional superador del Estado autonómico, en el que el reconocimiento de esas naciones lleve aparejado un derecho a decidir en determinadas circunstancias y condiciones. Se trataría de cambiar la naturaleza federal de nuestro modelo autonómico, tal como lo concibe el título VIII de la Constitución, por un modelo confederal en el que la pertenencia al Estado se sostiene en la voluntariedad previa de esas naciones. 

Es fácil prever la coincidencia de todos los grupos nacionalistas en esa pretensión, aunque su materialización se posponga o se condicione en el tiempo. Bastaría reconocer el eufemístico derecho a decidir en base a una consulta jurídicamente no vinculante –cuyo poder político sería insoslayable– o simplemente considerar legal todo lo producido en el ‘procés’ catalán, incluido el referéndum convocado en su día. También es previsible que Sumar avance en esa dirección, conocida la posición de los comunes en Cataluña , dada su influencia en esa coalición y vistas las prisas de la señora Yolanda Díaz por materializar cuanto antes y al precio que sea un nuevo Gobierno de coalición PSOE-Sumar. 

La inteligente calma de Bildu en este escenario es suficientemente indicativa de su coincidencia con este planteamiento. Todos sabemos que ese derecho de autodeterminación encubierto responde a su reivindicación histórica y ellos saben bien que no conviene recordar en estos momentos que otros mataron por eso. 

La propuesta del PNV y de Urkullu sobre un nuevo «estatus», aunque más suave en las formas, tampoco se distancia mucho de esta filosofía confederal. La «unión voluntaria» o la «bilateralidad efectiva» y la «capacidad de decidir pactada» responden a un modelo de Estado en el que quienes deciden su desintegración son los ciudadanos de sus nacionalidades, no los del conjunto del país.

 Yo creo que el diálogo con los nacionalistas es necesario. También creo que el Estado autonómico necesita desarrollo y reformas, incluso constitucionales. Pero creo que el PSOE no puede negociar sobre la agenda soberanista de la autodeterminación o sobre reformas confederales de nuestro modelo autonómico, a riesgo de producir un quebranto nacional irreversible y a riesgo de fracturar seriamente nuestra cohesión interna. La pretensión de la consulta autodeterminista esconde una espada de Damocles letal sobre la unidad de nuestro país. Los nacionalistas la necesitan para alimentar y estimular su proyecto independentista ofreciendo a sus electores ese horizonte político. Ahora no cabe, lo saben, pero esperarán el momento adecuado para intentarlo. Por eso reiteran: «Ho tornarem a fer».

Podemos y debemos ofrecer un marco de diálogo en el desarrollo de nuestro Estado compuesto. Hay márgenes para mejorar el autogobierno, para negociar la financiación, para hacer compartida la gobernación con las comunidades autónomas en España y Europa, para reformar los estatutos, incluso para reformar la Constitución en sentido federal. Hay que intentar integrar al PP en esa tarea porque gobierna muchas comunidades autónomas, porque su contribución es necesaria en estas reformas y porque el propio Partido Popular necesitará recuperar el diálogo con los nacionalistas si quiere gobernar España. 

Esa debe ser nuestra agenda. Si la minoría nacionalista exige lo imposible, digamos ‘no’. Un PSOE que se mantenga firme en la defensa de la España autonómica y constitucional no debe temer la repetición electoral. Muy al contrario, el desenlace de los próximos meses bajo este escenario reforzará nuestras opciones y nuestra vocación de mayoría.

Publicado en El Correo, 3/09/2023

19 de julio de 2023

¿Valores comunes entre América Latina y Europa?

Intencionadamente coloco los interrogantes sobre una afirmación común en nuestras conversaciones sobre las relaciones entre América Latina y Europa. Casi un lugar común. Lo hago porque las coincidencias en valores no son suficientes para obtener convergencias estratégicas y geopolíticas en un mundo cada vez más adverso y complejo.

No basta con tener una misma concepción de la libertad, del Estado de derecho, de la dignidad humana o de la protección social para construir alianzas sobre temas en los que el interés nacional supera esas coincidencias. No basta aspirar a un mismo orden internacional, a unas mismas organizaciones supranacionales para la gobernanza de la globalización, si previamente no se negocia y se dialoga sobre los conflictos que atraviesan el tablero multinacional.

Viene esto a cuento de la retórica con que Europa –y España desde luego– enfoca mu- chas veces nuestras relaciones con América Latina, sin comprender que desde el otro lado del Atlántico, sus intereses y sus posiciones geopolíticas responden a razones propias y a objetivos que, a veces, no compartimos, no comprendemos o, peor, desconocemos.

Voces europeas se enfadan, por ejemplo, ante algunas abstenciones latinoamericanas en la resolución de condena a Rusia por su invasión a Ucrania en Naciones Unidas, sin haber hecho previamente nada, ni dialogado con nadie antes de esas votaciones. Las posiciones comunes en las mesas globales tienen que ser negociadas previamente con los países amigos con quienes compartimos “valores comunes”. Tenemos que ser conscientes de que el Sur Global no acepta ubicarse en nuestro bloque occidental, frente al otro polo, porque las relaciones económicas y comerciales de muchos de ellos dependen más de China que de Estados Unidos. Tenemos que ser conscientes que hay un ”virus anticolonial” que circula en determinados discursos políticos de la América Latina actual y que eso requiere delicadas aproximaciones culturales y políticas. Tenemos que ser conscientes de que China y Rusia utilizan determinados países de América Latina para moverse hábilmente en su influencia geopolítica en la región.

Estuve a finales de abril en el Parlamento Europeo para explicar a la Comisión de Comercio Internacional la importancia de los acuerdos UE-LATAM y, en especial, para recordarle la enorme trascendencia de los futuros acuerdos con México y Mercosur. Les dije muy claramente que Europa ha perdido presencia económica y política en América Latina, que China aumenta exponencialmente su comercio e inversiones allí y que nuestros rivales geopolíticos, Rusia y China, influyen cada vez más en ese tablero. Les dije que hay algo peor que el hecho de que la señal de América Latina no se vea en el radar de la política exterior europea, y es que América Latina también deje de emitir señales hacia nosotros y dirija sus miradas hacia el Pacífico. Les dije que si no firmamos con Mercosur, Brasil y Uruguay lo harán con China individualmente. Les dije que se olvidaran de liderar la transición ecológica si todo el litio del triángulo bendecido por este nuevo mineral (Chile, Bolivia y Argentina) acaba en manos del líder  mundial de baterías (China). Les dije que no es posible expandir en el mundo nuestro modelo regulatorio ético de la digitalización si nuestras compañías no desarrollan la transformación digital en América.

Todo parece indicar que hay conciencia europea de todas estas grandes transformaciones de nuestro mundo y de la importancia de América Latina para Europa ante un mundo tan hostil a nuestros intereses. Es muy difícil encontrar en el mundo un espacio geopolítico más afín a Europa que el latinoamericano. De hecho, la Comisión está trabajando seriamente en la preparación de las Cumbres que tendrán lugar a lo largo del semestre de Presidencia española de la UE: la Cumbre empresarial y la Cumbre UE- Celac (julio, Bruselas) y la Cumbre de ministros de Economía (septiembre, Santiago de Compostela).

Como resumen, estos podrían ser tres importantes logros en estos meses trascendentales para nuestras relaciones con América Latina:Celebrar la Cumbre empresarial y la Cumbre política de Jefes de Estado y de Gobierno UE-CELAC con la más alta participación y con resoluciones concretas de avances, como base de una recuperación política para nuestra alianza estratégica.

Elaborar un plan de inversiones en infraestructuras físicas y tecnológicas para América Latina que permita a Europa recuperar presencia e influencia económica en la región a través del Plan Global Gateway. Es importantísimo que dotemos a este plan de apoyo financiero para que nuestras grandes empresas puedan ganar los grandes concursos públicos en materia digital y ecológica.
Aprobar los acuerdos comerciales y de inversión con México y Mercosur como base de una recuperación sólida de nuestras relaciones económicas con la región. Ambos representan dos tercios de la economía de toda América Latina.

Para conseguirlo, hay que moverse bien y gestionar las relaciones con América Latina no sobre la base retórica de nuestra convergencia en valores sino sobre intereses concretos y apuestas comprometidas de inversión y comercio europeo en América Latina.

Revista UNO, Julio 2023