2 de julio de 2006
¿Empresas solidarias?
Hace unos días que visité la obra social de una gran empresa española en ese poblado. Mil cien niños que acuden a una escuela pública, en parte financiada por un programa de apoyo escolar-educativo y que permite a muchos de ellos aprender a tocar instrumentos musicales, a cantar, a coser, a gestionar pequeñas empresas y a mil cosas más que les preparen para ser útiles en la vida. Muchos niños perdieron a sus padres en la guerilla colombiana, otros muchos viven solos porque sus padres trabajan largas temporadas en Venezuela. Todos son pobres de solemnidad.
Fue emocionante verles en aquellas pobres aulas, uniformados, sonrientes, agradecidos. Aprendiéndolo todo, anhelantes de progreso y de vida. Por cierto, dirigidos por una monja vitoriana, misionera cristiana del Divino Maestro, como otros muchos vascos que recorren el mundo predicando su religión con el ejemplo de su vida entregada a los demás. ¿Sabían ustedes que la mitad de los misioneros de la Iglesia católica en el mundo entero son del País Vasco y Navarra?
La izquierda siempre ha despreciado la caridad. Embelesados por el Estado, e imbuidos de la trascendencia de nuestra tarea transformadora, hemos sido deudores del Boletín Oficial y del Presupuesto público, convirtiéndolos en monopolio de la redistribución social, en el único ‘Leviatán’ de la justicia y la solidaridad. Hace ya mucho tiempo que descubrimos que incluso la mejor política social necesita los tentáculos del voluntariado, de las ONG de miles y miles de ciudadanos, que bien movidos por su fe o por sus principios y valores personales, llegan hasta el último rincón de la necesidad y del excluido. Hace ya mucho tiempo que sabemos que una sociedad cohesionada, cálida, amable, es aquella en la que, a través de múltiples instrumentos, los ciudadanos somos algo más que vecinos y compañeros de trabajo y nos comprometemos con causas ajenas, vertebrando valores de convivencia, expresiones de solidaridad y de interés por los demás, que acaban determinando la calidad ética de nuestras sociedades.
Pues bien, más allá de estas evidencias, la conmovedora experiencia de ‘Nelson Mandela’ nos permite reflexionar sobre el papel de las empresas en la extensión de la solidaridad social. ¿Es que las empresas pueden ser solidarias?¿No es ello ajeno y hasta contradictorio con su naturaleza y con sus fines?
Desde hace unos años, el debate sobre la responsabilidad social de las empresas no ha dejado de crecer. Impulsado por las profundas transformaciones que están teniendo lugar en torno a esta vieja y renovada ecuación que es la relación entre la empresa y la sociedad, este nuevo concepto va tomando cuerpo en la mayoría de los países y en la casi totalidad de las compañías multinacionales. Cada día hay más razones para que las empresas mejoren sus relaciones con su entorno humano, institucional y ecológico, desarrollando políticas sostenibles a través de un diálogo fluido y leal con sus grupos de interés (’stake-holders’) En este amplio e interesante tema de la RSE, la acción social de las empresas, constituye un capítulo de especial importancia.
Por volver al ejemplo de las multinacionales españolas en América Latina, puede decirse que todas ellas (hablamos de las treinta grandes empresas españolas que todos conocemos) realizan una serie de actividades sociales de enorme impacto. Miles de jóvenes licenciados latinoamericanos hacen gratis en España sus cursos de postgrado. Obras de infraestructura pública que el Estado no realiza, se construyen con el trabajo voluntario de los empleados de algunas empresas. En colaboración con ONG españolas o latinoamericanas se llevan a cabo múltiples actividades educativas y sociales. La experiencia de ‘Nelson Mandela’ es una de ellas.
Es verdad que algunas empresas pretenden ocultar con el márketing de sus actividades sociales otras realidades menos presentables en el campo de sus relaciones laborales o en el compromiso medioambiental. Pero no les durará mucho. Las exigencias de la RSE no permiten esos engaños porque hoy en día son muchos los observadores que analizan el comportamiento de las empresas. En la sociedad de la comunicación, las empresas son como invernaderos: todos las miramos y todo se ve. Después, la red de Internet, los múltiples sistemas de información, móviles, televisiones, medios escritos especializados, etcétera, se encargan de transmitirlo todo. Bueno, casi todo.
La pregunta por tanto es: ¿Debemos potenciar y estimular la acción social de las empresas o debemos censurarla como un engañoso telón de fondo de simple reputación corporativa? Para mí la respuesta no puede ser sino la primera. No sólo porque sus iniciativas son objetivamente buenas y producen resultados positivos en multitud de campos a donde no ha llegado la acción del Estado (en el caso latinoamericano de forma evidente, pero también en nuestro país, por ejemplo, con la inserción laboral de la discapacidad). También porque esas iniciativas potencian a las ONG, aportándoles recursos y profesionales muy valiosos y porque muchos proyectos se realizan con el voluntario esfuerzo de los propios empleados de la empresa, lo que extiende muy positivamente el sentido de la solidaridad y del trabajo por los demás, a las grandes plantillas de las grandes empresas.
Hay un dato que corrobora esta argumentación. La inversión de las empresas extranjeras en el Tercer Mundo ha cuadriplicado la ayuda oficial al desarrollo. El famoso 0,7% que ningún país cumple se está sobrepasando si contamos las acciones sociales de las empresas. Si todas las empresas con presencia internacional se comprometen con su entorno y desarrollan programas de cooperación al desarrollo en los países del mundo menos desarrollado, ¿se imaginan ustedes el formidable volumen de ayuda que estaremos gestionando? Si la colaboración de las empresas con las ONG y con los gobiernos locales se generaliza, ¿somos conscientes de la extraordinaria dimensión de solidaridad y de políticas redistributivas que pueden conseguirse? No olvidemos que hablamos de países con infraestructuras públicas muy deficientes; con sistemas fiscales muy rudimentarios, Estados del bienestar inexistentes; con insuficientes sistemas educativos o sanitarios. Son países llenos de necesidades. Si todas las empresas que operan en ellos desarrollan tareas de acción social hacia sus ciudadanos, los beneficios colectivos pueden ser enormes.
Alguien me podría recordar el proverbio de la caña y los peces. ‘Enséñales a pescar y no les des peces’, se dice. Pues justamente de eso estamos hablando. La educación de niños, la formación profesional, los cursos de cualificación postgrado, generan poblaciones capaces de desarrollar esos países, hoy atrasados. Algo parecido a lo que ha venido ocurriendo en España con los cuadros directivos de nuestras empresas en los últimos treinta años y que les han convertido en directivos muy competitivos en todo el mundo. Ignasi Carreras, ex director de Intermón Oxfam, una de las ONG de la cooperación al desarrollo más internacional, señalaba recientemente la importancia de la colaboración entre ONG y empresas en la gestión de la solidaridad y las numerosas sinergias que surgen de ella. «Unas aportan consultoría, las otras experiencia en políticas de RSE», decía. Y añadía: «Hay una presión social creciente para que las empresas tengan beneficios compatibles con los derechos fundamentales y medioambientales. El consumidor está dispuesto a castigarlas. Cada vez habrá más rankings de empresas donde se valore su RSE. La empresa no arriesgará el valor de su marca con actos que puedan desprestigiarla».
El Correo, 2/07/2006
4 de junio de 2006
Bermeo es la anécdota, la clave es la libertad.
Aterricé desde un helicóptero en el campo de fútbol de Bermeo en plenas inundaciones de 1983. El pueblo estaba arrasado por el agua que en caudalosas torrenteras cayó por sus estrechas y empinadas calles hacia los muelles y el puerto pesquero. Yo era entonces delegado del Gobierno y todavía recuerdo el enorme esfuerzo económico que hizo el Gobierno del Estado para ayudar a Vizcaya en aquellos dramáticos años, de catástrofes, terrorismo y crisis industrial.
Del artículo que mi compañero diputado Josu Erkoreka escribía en estas mismas páginas hace unos días obtengo pues una primera conclusión. Aunque en Bermeo no nos quieran, lo cierto es que los socialistas hemos hecho mucho por ese pueblo y más por sus habitantes. Prieto en la República hizo el gran espigón que permitió el desarrollo posterior de su actividad pesquera; el Gobierno de Felipe González se volcó con los miles de damnificados en 1983-1984 y todavía puede añadirse, incluso, que durante los años de la coalición PNV-PSE en el Gobierno vasco fuimos también los socialistas quienes impulsamos las grandes reformas del puerto comercial de Bermeo.
Otra conclusión que debo reconocer es que Don Inda nunca dio un mitin en Bermeo, un error histórico que seguramente he confundido con la famosa y concurrida visita que hizo al pueblo como ministro de Obras Públicas. Y sin embargo los bermeanos cantaban, al parecer, una fea canción contra él. No sé si el ministro del rompeolas de Bermeo se extralimitó en la suspensión gubernativa del Ayuntamiento de la villa, ni cuáles fueron las causas alegadas, pero ya se sabe que de nuestros próceres del siglo pasado no debemos admirarlo todo. Un ejercicio de sana autocrítica debería llevarnos a censurarlos sin complejos en lo que objetivamente se equivocaron. Por ejemplo, como lo hacen el PNV y sus dirigentes con su fundador Sabino Arana, al que, como ustedes saben, critican sin complejos su xenofobia despectiva y clasista para con los pobres obreros 'maquetos' que poblaban las minas de la margen izquierda, su maniqueísmo burdo contra lo español o su retórica racista de la pureza de la sangre vasca.
Pero vayamos al grano. El origen de mi alegato, que provocó la puntillosa historia bermeana del artículo de Erkoreka, es la afirmación de que los no nacionalistas no hemos tenido, ni tenemos todavía, igualdad de condiciones de libertad para defender nuestras ideas y nuestro proyecto para y en Euskadi. Y aunque mi natural conciliador suele llevarme a aceptar razones y matices de mis adversarios, aquí no, aquí me planto y reafirmo la cruel persecución de la que hemos sido objeto y la hostilidad social en la que con mucha frecuencia y en muchos lugares hemos tenido que desenvolvernos. ¿Hace falta que ponga ejemplos? ¿Hace falta que recuerde lo que han pasado tantos y tantos cargos públicos y orgánicos del PP y del PSE-EE hasta hace cuatro días?
Desde principios de los noventa, ETA puso en marcha una estrategia llamada 'oldartzen' (extender el sufrimiento) con la que se pretendía asustar, perseguir y amedrentar a quienes nos oponíamos a sus pretensiones. El anecdotario de las coacciones, ataques personales, amenazas a las familias y al domicilio de concejales socialistas y populares es infinito. Durante los años noventa, la 'kale borroka' fue increíblemente intensa. Incluso durante la tregua de 1998 sufrimos una violencia callejera inusitada y constante. Especialmente en los pueblos de Euskadi. No reivindico para el PSOE y para el PP la exclusividad de las víctimas, pero sí exijo el reconocimiento de que eran ellos los principales blancos de los ataques. Recordar todo aquello puede parecer superfluo a algunos y victimista a otros, pero nadie lo podrá negar. Hay miles de ejemplos de resistencia democrática a esa larga noche de los cristales rotos que asoló Euskadi durante esos años. En aquel periodo, muchos se fueron. Otros abandonaron la política. Nadie se acercaba para militar en las filas de una resistencia heroica, llena de riesgos. Hacer listas municipales era como esculpir en el mármol. Visitar algunas localidades era un ejercicio de logística policial. Dar mítines en algunos sitios era sencillamente impensable. Imposible.
Es a esto, querido amigo, a lo que me refiero cuando hablo de una igualdad de condiciones que todavía no hemos conocido. A un partido que tenía que cerrar sus sedes porque los fascistas nos las quemaban con la gente dentro, como por ejemplo en Rentería casi una docena de veces. Un partido que por miedo, no encontraba a nadie para regentar el bar abierto al público en sus casas del pueblo. Un partido que se vio obligado a cerrar su sede en el casco viejo de Mondragón porque no nos admitían allí y se 'refugió' en una sede ubicada en un barrio de la periferia, donde viven inmigrantes extremeños o castellanos. Unos militantes que no podían recorrer determinadas calles de Hernani, o de Algorta o de la parte vieja donostiarra. Un partido que se veía atacado en sus símbolos, en sus sedes, en las personas que lo representan y que acaba refugiándose en su cascarón protegido por la Ertzaintza y aislado así de la ciudadanía. Un partido acosado por carteles, panfletos, calumnias, llamadas telefónicas, cócteles molotov. ¿Quieren que siga?
Porque lo peor estaba por venir. Hasta el año 2000 la presión era asfixiante. Pero después del Pacto de Estella, la presión fue asesina. Simplemente decidieron matarnos. Eliminarnos físicamente porque estorbábamos a sus planes totalitarios. Empezaron por Fernando Buesa y terminaron con un pobre jubilado de Orio, Juan Priede. Hubo un día en que pretendieron matar a toda la cúpula del PP vasco. En el cementerio de Zarautz quisieron asesinarlos a todos mientras recordaban a un compañero concejal de aquel municipio asesinado un año antes. ¿Hace falta explicar lo que supuso esto para estos partidos? ¿Es que no lo sabe todo el mundo? Miles de escoltas día y noche; sedes blindadas; tensiones familiares; cambios de ciudad, abandonos, aislamiento, sufrimiento.
Pueden recordarse anécdotas y puntualizaciones históricas de Bermeo, pero de ahí a negar la consistencia, la veracidad y la justicia de mi argumento, hay un trecho infranqueable. Quienes no somos nacionalistas hemos sufrido una persecución cruel y una hostilidad social insoportable. Basta ya de mentiras sobre conflictos históricos de hace mil años y sobre mitos victimistas de opresión a Euskadi. Aquí el único pueblo que desde hace muchos años sufre 'apartheid', discriminación social, dictadura y ocupación militar, (palabras todas ellas muy queridas y manoseadas por algunos nacionalistas) son las víctimas que han sufrido el desgarro de la violencia y quienes sienten la presión terrorista.
Otra cosa es saber si en igualdad de condiciones, la sociedad vasca, después de la violencia, será más o menos nacionalista. Si, como yo digo, el gradiente identitario se templará o no. Acepto que esto es una incógnita. Pero, ¿por qué no esperamos a verlo? Si tan seguros están los que alegan una mayoría favorable a la independencia (tipo Montenegro) ¿por qué quieren obtenerla en la mesa de partidos y asegurarla después en una consulta tramposa, preñadas ambas del precio a la paz? ¿Por qué no esperar a que los ciudadanos se sientan libres de verdad, sin esa tentación acomodaticia a ubicarse bajo el paraguas protector de un nacionalismo dominante del poder político y social? Ya lo dijo Kafka, «en tu lucha contra el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo».
No, querido Erkoreka, no pretendo evitar, ni me importa, que Bermeo siga siendo nacionalista toda su vida. Lo que quiero es que conquistemos la paz y con ella la libertad igual para todos. Y después, que hablen las urnas muchos, muchos años y que seamos lo que el pueblo quiera.
El Correo, 4/06/2006
21 de mayo de 2006
Navarra en el corazón.
La cuestión Navarra fue tratada, en la configuración autonómica y constitucional, con especial delicadeza. El equilibrio final se logró mediante una modernización del régimen foral navarro que la constituyó en comunidad autónoma propia, equiparada al primer nivel del autogobierno de las comunidades mal llamadas históricas (art. 151 de la Constitución espñola). Paralelamente, a través de una disposición transitoria, se contempló la posibilidad de incorporación de Navarra a una Comunidad Autónoma Vasca ampliada, si en una consulta expresa a la ciudadanía navarra, convocada por el Gobierno foral, así se decidiera. De manera que los constituyentes contemplaron una posibilidad potencial de unión vasco-navarra, si la evolución de un proceso, desconocido entonces, lo hacía aconsejable o necesario con sujeción a unas reglas tan democráticas como excepcionales.
¿Qué ha ocurrido desde entonces? En esencia, dos grandes pulsiones antagónicas han ido configurando la realidad actual. De una parte, el nacionalismo vasco no ha ocultado su aspiración de integración de Navarra en Euskadi, con mil gestos, algunos cargados de significado simbólico -como aquella previsión de escaños en el Parlamento vasco para los futuros parlamentarios navarros-, y diferentes propuestas de relación institucional que favorecieran la integración social y cultural como adelanto de la integración política. La punta de lanza de esta estrategia la ha sostenido ETA, con una acción terrorista encaminada a conseguir ese objetivo a través del chantaje, la extorsión y el asesinato de quienes se oponían a sus pretensiones. No hace falta decir que el anexionismo nacionalista vasco ha sido respondido en Navarra con un reforzamiento navarrista, que ha ido cristalizando en una amplia mayoría ciudadana, opuesta a cualquier consideración política unitaria de ambas comunidades.
Lo cierto es que, veinticinco años después de esta experiencia, las pulsiones políticas antagónicas siguen tan vivas como siempre y la sociedad navarra sigue atravesada por esta cuestión nuclear. Esto se ha puesto de manifiesto en el cruce de declaraciones que ha suscitado el 'alto el fuego' de ETA. Quien primero ha alzado la voz ha sido el presidente navarro, Miguel Sanz, que parece decidido a liderar un navarrismo foral, tan legítimo como el vasquista, pero cargado, en esta ocasión, de oportunismo y extremismo políticos. Me explicaré.
Oportunismo político es especular, sin base alguna, sobre un supuesto acuerdo con ETA en torno a Navarra, entre las condiciones del cese de la violencia. Eso es ponerse una aparatosa venda sobre una herida inexistente. No niego que Navarra vaya a ser objeto de diálogo, porque sería ingenuo hacerlo. Pero, con la misma objetividad, aseguro que nadie ha pactado nada y afirmo que es imposible hacerlo sobre Navarra, en sentido contrario a la realidad sociopolítica Navarra. El presidente navarro y la coalición política que representa han hecho una sobreactuación política, cargada de interés partidario, para nuclear en sus siglas la opción navarrista, intentando, de paso, sembrar dudas, en terreno tan sensible, sobre su oposición socialista.
Pero hay también una tendencia extrema en esta actitud que se expresa con antinatural beligerancia hacia lo vasco en Navarra. Somos comunidades vecinas y como todas las que lo son, tenemos intereses comunes en múltiples materias: infraestructuras, medio ambiente, proyección exterior, economía, etcétera. Tenemos una historia muy próxima de recuerdos, y eventos que nos marcaron por igual. Migraciones mutuas que construyen realidades familiares cruzadas, impactos culturales mutuos, una lengua común, además del castellano y un futuro por hacer desde el respeto y el reconocimiento recíproco, pero también desde una comunidad de intereses incuestionables. Enarbolar las banderas de una Navarra negadora de esta evidencia es tan injusto como poco inteligente. Lo uno porque condena al silencio a una parte del país, aunque sea muy minoritaria, y lo segundo porque enquista la fractura sociopolítica de la comunidad.
Sin embargo, al presidente navarro le han acabado dando un poco la razón sus adversarios políticos más extremos. Efectivamente, Batasuna ha hecho pública su propuesta sobre Navarra, en un ceremonioso acto en Pamplona, el sábado 6 de mayo, situando 'la cuestión navarra' en el corazón de sus reivindicaciones. Lo mismo que hacía, por cierto, José Elorrieta -secretario general de ELA-, en una entrevista en EL CORREO ese mismo fin de semana. La pretensión de integrar a Navarra en Euskadi es legítima, pero imposible. La razón es clara, una mayoría abrumadora de los navarros (entre un 70% y 80%) quiere ser comunidad foral. Contra esto no hay razón ni negociación alguna.
Los que pretenden que el PSOE cambie su posición y recomiende esa integración, como consecuencia de no sé qué intereses ó negociación futura, no comprenden que un partido no puede hacer lo contrario de lo que demandan sus electores, a riesgo de suicidarse. Tampoco valen trucos de malabarismo político como los que proponen algunos. Hacer una única mesa de diálogo político, incluyendo la representación política de Navarra, es meter artificiosamente, como tema central del diálogo político, lo que es una reivindicación de parte, en un foro en el que las fuerzas políticas vascas no puedan decidir porque no tienen ninguna legitimidad democrática para ello. Tampoco es posible 'la consulta', como la pretenden estos malabaristas tramposos. El futuro de Navarra sólo les corresponde a los ciudadanos navarros en una consulta que sólo puede convocar el Ejecutivo foral y en la que sólo deben y pueden participar los ciudadanos de Navarra. No caben 'consultas' como consecuencia del fin de la violencia, es decir, que impregnen de un precio político a la paz, ni mucho menos, en el conjunto de la población del País Vasco y Navarra, con objeto de diluir y aplastar el 'no' navarro con el 'sí' nacionalista vasco. Aquí nadie se chupa el dedo y ya somos muy mayores como para que pretendan engañarnos con esos trucos.
Yo soy hijo de navarros, como muchos vascos. Confieso un afecto muy especial a Navarra y a los navarros. Me gustaría que la paz abriera un espacio a la colaboración y al entendimiento, desde el reconocimiento mutuo, de nuestras dos comunidades. Es más, acepto cualquier destino en el futuro y considero razonable dejar abiertas las puertas a todas las posibilidades. Pero exijo el respeto a las reglas y a la democracia. Navarra en el corazón, sí, pero respetando a los navarros, por favor.