6 de diciembre de 2018

Juego limpio.


La reforma constitucional debe ser puntual, limitada y pactada, permitiendo así decidir sobre Monarquía, autogobierno, nuevos derechos sociales e igualdad.

Es absolutamente injusta la descalificación política de nuestra Constitución en base al porcentaje electoral que la apoyó en el País Vasco en 1978. Se suele argumentar que obtuvo tan solo un 30,8% de síes sobre el total del censo. Y es verdad. Pero también lo es que la abstención fue muy elevada (solo participó un 44,7% del censo) y que el 69,1% de las personas que emitieron su voto la respaldaron. Y digo que es injusto, primero, porque las reglas son las reglas y el cómputo era nacional y no local o regional. De la misma manera que en Reino Unido nadie cuestiona el resultado favorable al ‘Brexit’, aunque en Escocia y en Irlanda del Norte el voto fuera mayoritario contra él. De la misma manera que nadie cuestiona la legitimidad democrática del presidente de Estados Unidos, aunque el porcentaje de participación electoral en su elección ronde el 50%. Y es bueno recordar que el 6 de diciembre de 1978 el 87,9% de los españoles votó sí a la Constitución. Segundo, porque la abstención no equivale a rechazo, y en aquel referéndum, en el País Vasco, los votos afirmativos fueron el tripe que los negativos (497.295 frente a 163.191). La abstención no deslegitima ni legal ni políticamente aquel texto porque, si se hubiese pretendido esa deslegitimación política, el PNV, principal impulsor de esa abstención, habría recomendado el voto negativo. Y no lo hizo.

 No lo hizo porque sabía que aquella Constitución devolvería al País Vasco tres instituciones fundamentales: la autonomía, el Concierto y los derechos históricos. No lo hizo porque sabía que allí había instrumentos para desarrollar un autogobierno como nunca tuvimos y que el marco de libertades y democracia que se configuraban en España era homologable al de las mejores constituciones del mundo. No lo hizo por ese calculado juego a la ambigüedad que con tanta habilidad practica el PNV.

De hecho, sus previsiones resultaron plenamente cumplidas. Ha gobernado el país durante cuarenta años desde las instituciones surgidas y creadas por la Constitución. Hemos construido un nivel de autonomía financiera, competencial y política como nunca tuvo el País Vasco (cualquier comparación con épocas históricas pasadas pone en evidencia la simplicidad de las instituciones forales del Viejo Régimen) y como pocas regiones autónomas tienen en el mundo (cualquier comparación con los cantones suizos, los länders alemanes o avanzados modelos de descentralización territorial, deja al País Vasco en los primeros lugares del ranking del autogobierno). Hemos convivido en un marco de libertades, en una democracia pluralista, en un Estado de Derecho, en un modelo social de mercado, en un sistema de protección a las minorías y de bienestar social que jamás conoció España ni, por supuesto, tampoco el País Vasco.

Me entristece, por eso, asistir de nuevo a ese discurso destructivo de nuestros nacionalistas sobre este periodo histórico pasado, empeñados en negar las virtudes de nuestro marco constitucional y estatutario. Es totalmente injusto e incoherente con la realidad que disfrutamos.

Es absolutamente cínico apelar a la Carta Magna para las reivindicaciones competenciales y descalificar al mismo tiempo la Constitución. O reclamar una nueva amparándose en la potencialidad de los derechos históricos que garantiza, precisamente, la actual.
Es bastante paradójico escuchar a la izquierda abertzale sus críticas a una Constitución que, en su momento, sus amigos combatieron a sangre y fuego. Ojalá las hubieran hecho en 1978 en lugar de matar a casi cien personas cada uno de aquellos años en su fanático combate a la democracia española y al autogobierno vasco. Yo recuerdo muy bien la soledad de socialistas y comunistas (PSE y PCE) defendiendo la Constitución en las calles vascas. En fin, por la paz, un Ave María. Es infantil y propio de novatos irresponsables defender un nuevo periodo constituyente para hacer una Constitución nueva en la España de hoy. Una Constitución es un marco de convivencia, un ordenamiento básico sobre los parámetros de la alternancia democrática, un consenso básico sobre las reglas del juego. Reclama un acuerdo con casi todos. También con las derechas políticas, también con los monárquicos, con los nacionalismos, con las izquierdas, con la laicidad, con nuevas exigencias sociales y medioambientales, con la igualdad en todas sus expresiones, con las libertades, con Europa, con la economía globalizada... ¿Alguien cree conveniente un periodo constituyente poniendo patas arriba un marco que, con todos las imperfecciones, ha sido válido para todas las opciones ideológicas y ha permitido desarrollar los mejores cuarenta años de nuestra historia contemporánea? ¿Alguien cree posible un consenso sobre todas esas cuestiones en el fragmentado sistema político español de hoy?

 Yo creo en la reforma constitucional precisamente porque defiendo la Constitución de 1978. Es una reforma puntual, limitada y pactada, y defiendo que sea refrendada por el pueblo español, permitiendo así, decidir sobre Monarquía, autogobierno, nuevos derechos sociales, igualdad... Pero reclamo un proceso legal y lógico: primero un acuerdo político amplio y luego la consulta popular sobre ese texto seguido de elecciones generales. Ese es el camino. Eso es jugar limpio.
Publicado en El Correo, 6/12/2018

Intervención Comisión AFCO. 6/12/2018

Creación del Fondo Monetario Europeo.




3 de diciembre de 2018

Las empresas digitales tienen que pagar impuestos.

 El tiempo se agota. Cuando los ministros de Finanzas europeos se reúnan este martes, deberían adoptar el impuesto sobre servicios digitales: un gravamen sobre el volumen de negocio de las grandes empresas digitales como Google, Apple, Facebook, Amazon, Booking y Spotify. Esto podría generar hasta 10.000 millones de euros de ingresos públicos anuales, muy necesarios para promover el crecimiento económico sostenible, la creación de empleo y la prestación de servicios públicos esenciales.

Mientras que los ciudadanos y las pequeñas empresas pagan sus impuestos donde viven y trabajan, las grandes multinacionales digitales prácticamente no pagan nada. El pasado mes de marzo, la Comisión Europea reveló que el sector digital tenía un gravamen del 9,5% del impuesto de sociedades, mientras que los sectores tradicionales contribuyen con una media del 23%, más del doble. Sólo en 2017, Amazon obtuvo unos ingresos de aproximadamente 25.000 millones de euros en Europa, pero consiguió tributar casi cero impuestos.

Los regímenes fiscales actuales están desfasados debido a la globalización y la digitalización. Diseñados a principios del siglo XX para una economía de ladrillos y cemento, ya no funcionan en nuestra economía cada vez más digitalizada. Además, las divergencias entre las normas fiscales nacionales y las lagunas legales hacen que la evasión y el fraude sean prácticamente un juego de niños. Las revelaciones de los Papeles del Paraíso han mostrado cómo las multinacionales capitalizan estos vacíos jurídicos empleando elaboradas construcciones que les permiten trasladar los beneficios a paraísos fiscales donde los tipos impositivos son bajos o incluso nulos.

Las compañías digitales son particularmente propensas a esto. Se benefician de una escasa presencia física en Europa y, por lo tanto, pueden enviar los beneficios al Estado más favorable a sus intereses. De este modo, están impulsando la competencia entre los Estados miembros y liderando una carrera a la baja en la tributación de las empresas.

A menos que se cambien las reglas del juego, continuarán los impuestos injustos y las tasas impositivas decrecientes. Tomar las medidas y hacer las reformas necesarias requiere tiempo, pero lo más importante es el liderazgo, en este caso, el liderazgo europeo.

Nuestra mejor forma de fomentar el debate internacional en esta materia es mediante una iniciativa europea que garantice que las empresas digitales paguen los impuestos que les corresponden cuanto antes. La mejor opción sería adoptar el impuesto sobre los servicios digitales tal y como propone la Comisión Europea y, preferiblemente, con una tasa superior al 5% en un ámbito amplio, que incluya ingresos procedentes de contenidos digitales como Netflix y el comercio electrónico de Amazon.

La segunda mejor opción sería decidir ahora sobre una solución de contingencia, que entraría automáticamente en vigor si las negociaciones internacionales en la OCDE no logran imponer impuestos a la economía digital y que podría unir las posiciones de Francia y Alemania. Garantizar que entrará en vigor un impuesto europeo sobre servicios digitales en diciembre de 2020 como fecha límite es necesario para presionar en el ineficaz proceso de regulación global. Solo la amenaza creíble de una respuesta regulatoria traerá a Estados Unidos a la mesa de la OCDE y logrará una solución multilateral sobre la fiscalidad de la economía digital.

Nos arriesgamos a perder la oportunidad de que la UE pueda gravar a las empresas digitales. Posponer una decisión otros dos años no es una opción. Exigimos acciones para detener esta injusticia que consiste en una baja o nula tributación sobre los beneficios obtenidos por estas empresas en Europa.

Pedimos a los ministros de Finanzas europeos que ofrezcan una solución. Ahora. Para asegurar que la digitalización de la economía no conlleve una mayor carga fiscal para los empleados o las pequeñas empresas. Europa necesita recuperar su soberanía fiscal. La equidad está en juego.
 

Ramón Jáuregui, Jonás Fernández, Udo Bullman, Paul Tang -

Eurodiputados socialistas para El Diario.es 3/12/2018