5 de febrero de 2006

Toda la verdad sobre el Estatut

Casi nadie conoce a fondo el Estatut. Es normal. Leerse casi doscientos treinta artículos de un farragoso texto legal es un suplicio de muy pocos. Pero admitida la mayor, acéptese en consecuencia la imposibilidad de tener una opinión formada, teniendo en cuenta además que la controversia jurídica sobre muchos de los artículos exige conocer jurisprudencia constitucional y Derecho administrativo en considerables proporciones. Sin embargo, es mi trabajo y eso me permite tener una opinión. Es, desde luego, una opinión subjetiva, pero también lo es fundada, es decir, estudiada y razonada, y creo mi deber contársela a ustedes, ahora que las negociaciones han terminado y nos disponemos a formalizar su tramitación parlamentaria. Lo haré, contestando a algunas preguntas esenciales que nos ayudarán a clarificar tan enrevesado asunto.

¿Por qué se plantea esta reforma?

Desde hace ya varios años la mayoría de los partidos catalanes vienen planteando en sus programas electorales la necesidad de abordar la reforma del Estatut. Existe en Cataluña un amplio sentimiento de agravio autonómico y sobre todo de maltrato económico que se acentúa en los últimos años del Gobierno Aznar (2000-2004). El tripartito se forma con este compromiso y el Parlament de Cataluña estuvo elaborando el proyecto de reforma desde mediados de 2004 hasta septiembre de 2005, con la participación de todos los partidos, incluido el PP, aunque no llegó a votar el texto final.

La Comunidad Valenciana había aprobado con anterioridad su propia reforma y en poco tiempo lo harán Canarias, Andalucía, Baleares, Aragón, etcétera. Las reformas autonómicas no son pues un invento de Maragall o una presión de los nacionalistas. Es una necesidad técnica y política de nuestra agenda autonómica.

¿Era constitucional el proyecto?

Varios de sus artículos vulneraban claramente la Constitución. Su preámbulo era de una inspiración nacionalista absoluta. Su articulado recogía la definición de 'nación' (incompatible con el art.2 de la Constitución); sustentaba el autogobierno en sus derechos históricos (incompatible con el fundamento constitucional del autogobierno). Había preceptos inconstitucionales en la regulación de las competencias, en las relaciones bilaterales con el Gobierno del Estado, en la acción exterior, en las relaciones con la UE, en la regulación de la Justicia autonómica y en bastantes disposiciones transitorias o adicionales. Además, proponía un modelo de relación financiera con el Estado que se parecía mucho al Concierto Económico vasco y navarro.

¿Es constitucional el texto acordado?

Creemos que sí. La negociación de estos dos meses ha ido dirigida a corregir estos excesos, que, en opinión de la mayoría de los expertos, podían eludirse con correcciones de redacción, enmiendas de supresión o adición. Conviene precisar que la técnica utilizada no ha sido la de suprimir las disposiciones, como pretendía el PP, sino adecuar los artículos del Estatut a la Constitución española y a la jurisprudencia constitucional. La base han sido las enmiendas socialistas que, presentadas el 27 de diciembre pasado, afectaban a más de cien artículos del proyecto.

¿Es solidario el modelo económico pactado?

Para empezar hay que decir que el modelo es generalizable a todas las comunidades y, de hecho, lo será cuando se acuerde así en el Consejo de Política Fiscal y Financiera. El Estado se ha negado a un modelo de financiación semejante al Concierto Económico vasco y navarro (recaudación plena de todos los impuestos y pago de un cupo al Estado por las funciones no transferidas) porque no sería generalizable y porque destruye la Hacienda estatal. Se han pactado unas mejoras de la autonomía financiera de la comunidad (aumentando la participación en los impuestos concertados: IRPF, IVA e impuestos especiales) y se han comprometido inversiones estatales que equilibren la inversión pública del Estado a las de otras comunidades (acercándose al peso del PIB catalán en la economía española).

No hay discriminación porque todas las comunidades autónomas accederán al mismo sistema económico. No hay ruptura de solidaridad porque los mecanismos y los fondos de nivelación y de compensación quedan en manos del Estado. El acuerdo económico con Cataluña, verdadero corazón de la negociación, es bueno para Cataluña, bueno para el resto de las comunidades autónomas y razonable para el Estado, que estaba obligado a dar un nuevo paso en la reformulación financiera de nuestras autonomías.

¿Qué gana Cataluña?

Cataluña ha reformulado su Estatuto de autonomía. Ha incluido, por ejemplo, en su título I una amplia descripción de derechos, deberes y principios rectores, definiendo así un modelo de país avanzado social y políticamente, con garantías de bienestar al conjunto de su ciudadanía.

Aumenta su autogobierno al incorporar algunas nuevas competencias (inmigración, nuevas tecnologías, puertos de interés general y justicia, entre otras) y al definir las funciones del Estado y de la comunidad autónoma en cada una de las materias. También mejora su autogobierno al delimitar las potenciales invasiones del Estado en las competencias autonómicas. El nuevo Estatuto formaliza una relación bilateral de Cataluña con el Estado en el marco de las relaciones multilaterales de éste con las comunidades autónomas. Igualmente se regulan facultades autonómicas en relación con la Unión Europea y con la acción exterior. Por último, Cataluña ha mejorado su sistema de financiación, sin perjuicio del resto de comunidades, ni del interés general de España.

En resumen, el nuevo Estatuto de Cataluña es un texto jurídico muy completo, una especie de norma institucional básica que define los grandes parámetros de su autogobierno y de los principios políticos que rigen su convivencia pública.

¿Qué ha ganado España?

El acuerdo ya es en sí mismo un éxito porque la retirada del Estatut habría representado una gravísima quiebra en el delicado mundo de relaciones entre Cataluña y el conjunto de España. El encaje institucional de Cataluña se consolida para varias generaciones, sobre un modelo jurídico-político plenamente constitucional. Se discutirá si tal o cual precepto bordea o no los límites de nuestra Carta Magna, pero nadie podrá discutir que Cataluña es una comunidad autónoma española que configura su autogobierno con arreglo al Título VIII de nuestra Constitución.

El modelo de autogobierno de Cataluña es profundamente respetuoso con la identidad catalana, con sus hechos diferenciales (lengua, cultura, historia, etcétera) y con sus singularidades políticas e institucionales. Se ha aceptado el término 'nación' en el Preámbulo como una afirmación del Parlament, meramente descriptiva, con cita inmediata al artículo 2 de la Constitución, definiéndose como 'nacionalidad' en el art.1 tal como la definió el Estatuto de 1979. Es impecable. Se han delimitado los efectos singulares de los derechos históricos y, respecto al catalán, el Estatuto se ha limitado a trasponer la Ley de Normalización del Catalán de 1998, ley, por cierto, no recurrida en su día por el Gobierno del PP.

¿Es éste el modelo de autogobierno para Euskadi?

La reforma del Estatuto vasco se parecerá mucho al Estatuto catalán, aunque diferirá en aspectos esenciales. Por ejemplo la financiación. También serán diferentes el preámbulo y otros capítulos propios de nuestra historia y de nuestra singularidad. Desde el punto de vista del nivel de autogobierno, el techo definido en Cataluña está muy cerca del máximo que puede permitirse un Estado que funcione. Las próximas reformas: Andalucía, Canarias, etcétera, con variantes y singularidades propias (el Guadalquivir en Andalucía, la insularidad archipielágica en las islas) se aproximará mucho a esta descripción competencial del autogobierno. Euskadi también. Dicho quede como referencia para quienes quieran aprovechar otras mesas en la discusión de nuestro modelo de autogobierno.

¿Hay razones para la alarma sobre la unidad de España?

El Estatut es un importante avance en el autogobierno, pero no rompe nada. Consolida un modelo territorial que se diseñó y se ha desarrollado con éxito en estos veinticinco años y favorece esa gran tarea histórica que iniciamos con la Constitución de 1978 para forjar un Estado integrador de su diversidad, una España, tantas veces dividida por sus territorios o sus ideologías, que se forja y se aglutina desde su pluralidad de pueblos y de proyectos políticos

Algunos se quejan de que los nacionalismos ganan siempre, se blindan, dicen otros y nunca renuncian a sus mitos identitarios y a sus pretensiones. Quiero creer que la reforma del Estatut de Cataluña no es una concesión a los nacionalistas sino a un 90% largo de catalanes que quieren más autogobierno y mejor financiación dentro de España, sintiéndose a la vez catalanes y españoles. Sinceramente, pienso que España está blindada por su realidad histórica, política, social, económica, mediática y legal y por su incuestionable voluntad de ser y que cada día que pasa estamos haciendo más y mejor la única España posible. Estoy convencido de que la dialéctica democrática con los nacionalismos periféricos la van a ganar los ciudadanos del siglo XXI, mucho menos esencialistas y excluyentes que los del siglo pasado, mucho menos nacionalistas en suma, porque la sociedad a la que vamos será mestiza y gozará de pluralidad de identidades. Confieso que no sé cómo será España en 2050, aunque creo que no se diferenciará mucho de lo que es hoy en su modelo territorial. Tampoco sé si seguirá habiendo nacionalistas vascos y catalanes y cuál será su fuerza electoral. Lo que sí sé es cómo estaríamos si nuestra política fuera la del Aznar de 2000 a 2004 y la de Rajoy recogiendo firmas contra el Estatuto catalán. Simplemente, creo que habríamos conseguido no poder vivir juntos.

El Correo, 5/2/2006

22 de enero de 2006

Te encontré...pero sigo sin verte.


No tengo fe. Viví , con la emoción de esa edad, una adolescencia y una juventud de entusiasmo religioso. Creía entonces en un Dios de justicia y de igualdad, en una religión generadora de virtudes personales, en un Evangelio como fuente de emancipación humana. Tradición religiosa, educación cristiana y una Iglesia abierta a la protesta antifranquista de aquellos años sesenta me acogieron bajo sus faldas para darme formación, amigos, conciencia y argumentos, motivación moral en aquella juventud reprimida y limitada en tantas cosas, al tiempo que rebosante de tantas otras, como plena de ilusiones y esperanzas.

Viví entonces la fe. Creí en un Dios alfa y omega de la vida, en un Dios protector y exigente, referencia moral de mis actos y de mi conducta, espacio obligado de mi espiritualidad. Intenté ajustarme a las normas de una vida religiosa honesta, lo que no era fácil a aquella edad y me mantuve fiel y coherente con esas creencias y sus consecuencias hasta bien entrada mi madurez.

Pero poco a poco dejé de creer en Ti. Una narración histórica incomprensible. Una explicación teológica abstracta y esotérica. Una visión del mundo acientífica e irreconciliables dentro de la misma Iglesia. Una pluraridad de fes y de vivencias religiosas tan antagónicas como irreconciliables dentro de la misma Iglesia. Una Iglesia oficial y otra jerárquica alejada y distante, amiga de mis enemigos. ¡Tantas cosas! Pero, sobre todas ellas, lo que me alejó de Ti fue la política. No, no digo la política tal como la conocemos hoy, con sus estructuras orgánicas y administrativas, con sus cargos representativos y toda la liturgia que acompaña a la democracia.

No. Hablo de la política en su estado puro. Hablo de la militancia antifranquista de finales de los sesenta, el sindicalismo en la fábrica, la épica de las actividades clandestinas, la cárcel, la solidaridad, el panfleto, la pegatina, la multicopista, la reunión secreta, las manifestaciones por la libertad y los derechos humanos. Hablo de una fuerza irresistible cargada de justicia y de emoción para superar la España franquista, la Euskadi oprimida y la justicia pisoteada.
Allá por el sesenta y ocho, cuando yo tenía veinte años , la política y el sindicalismo empezaron a ocupar mi corazón, es decir, mis inquietudes, mis aspiraciones, mis nuevas referencias morales. Eran cosas palpables, comprensibles, necesarias, como los sindicatos, los derechos, la democracia. Era un proceso que evolucionaba en un discurrir irrefrenable hacía el fin de la dictadura y el amanecer de la libertad y la democracia. Era la solidaridad en su máxima y mas emocionante expresión, como cuando había que parar la fábrica en el Proceso de Burgos contra el fusilamiento de los condenados por el tribunal militar. Todo eso me atrajo y me comprometió para siempre.

Pero nunca dejé de pensar en el cristianismo como referencia moral y compromiso. Respeté sus enseñanzas y reconocí a quienes desde su fe, proclamaban ideales de justicia y trabajaban honrada y desprendidamente por los demás. Es más, encontré más y mejores socialistas que en mi propia casa en aquellos voluntarios cristianos que, desde un compromiso evangélico profundo y auténtico, ejercían la solidaridad con los parados, con las familias desestructuradas, con los enfermos de sida o con los jóvenes que habían fracasado en la escuela. Cristianos jóvenes trabajando por la paz, por el desarrollo del Tercer Mundo, luchando contra la exclusión y educando a quienes más lo necesitaban. Ahí volví a encontrarte.

Te encontré en mis amigos socialistas cristianos o cristianos socialistas, con los que tendí puentes para unir dos conceptos y dos mundos afines y complementarios, absurdamente separados por la historia española y por un siglo XX de enfrentamientos y desencuentros entre izquierda e Iglesia o, quizá mejor, entre Iglesia e izquierda. Te encontré en una multitud de compañeros que se acercaron al partido por su fe y que militan en la izquierda de muchos países como consecuencia de su compromiso evangélico.

Te encontré en países pobres en forma de teología liberadora. Te encontré en barrios marginales en forma de múltiples organizaciones que prestan sus brazos al Estado del bienestar y ejercen la solidaridad personal con un sacrificio desconocido en estos tiempos de individualismo y consumismo egoísta.

Te encontré, pero sigo sin verte. Las mismas dudas de entonces. La misma incapacidad para comprender tu relato histórico. La misma perplejidad ante la abstracción de la fe. Sigo amarrado al realismo de la sociedad que me rodea. Angustiado ante las nuevas necesidades. Motivado por nuevas exigencias desde la misma aspiración de justicia y de cohesión social en la libertad.

No te veo, pero te tengo por un aliado. La alianza personal que he tejido estos últimos años con uno de los tuyos. Uno de los mejores, Carlos García de Andoin, querido y admirado amigo de quien prestada su espléndida cita de Weber y Bobbio: “Entre la maldita costumbre de la Biblia de ponerse del lado de los pobres (Max Weber) y la estrella polar de la izquierda, la igualdad (Bobbio), no solo hay compatibilidad, sino una gran afinidad.
Los viejos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad que configuran el universo cultural del socialismo nacieron del humanismo cristiano, de una convergencia prepolítica entre nuestros dos mundos. El socialismo de hoy necesita una sociedad educada en esos mismos valores, en esa concepción desprendida del buen samaritano, en esa actitud solidaria del voluntario cristiano, en esa aspiración profunda de paz y tolerancia que emerge del Evangelio. Esa moral cívica siempre será la base cultural del socialismo. Por eso, otro admirado amigo del a doble militancia cristiana y socialista, Rafael Díaz Salazar, acostumbra a decir que el cristianismo, con toda su carga de austeridad y de entrega, debe fecundar y ayudar a la renovación de la izquierda.

No soy creyente. Lo fui. Ahora solo soy socialista, pero siempre he creído que en el cristianismo hay una profunda raíz de compromiso con la justicia y con la emancipación humana.

Te deseo lo mejor.

"50 Cartas a Dios".Enero 2006.

16 de enero de 2006

Inercias del pasado

La política vasca está lastrada por su pasado. Las esperanzas del presente se enturbian ante las inercias que nos imponen los acontecimientos pasados y las enormes heridas que abrieron la violencia y sus derivadas. Si la expectativa del final de ETA se consolida, si el acuerdo de convivencia entre vascos se abre paso, si de verdad se abre un tiempo nuevo, serán necesarios muchos esfuerzos y mucha generosidad, innumerables gestos mutuos de mundos antagónicos, interminables diálogos entre quienes hoy ni se conocen ni se reconocen. Me pregunto si seremos capaces de recorrer ese camino, si las inercias del pasado no serán demasiado pesadas y si no acabará siendo más cómodo refugiarnos en los sólidos y confortables muros de nuestros sentimientos y de nuestras estrategias. Me asaltan estas reflexiones al observar dos acontecimientos recientes de nuestra actualidad y al sentirme, yo mismo, objeto de esas inercias.

La escena es fácil de imaginar: la Sala de Vistas de la Audiencia Nacional. Juzgan a uno de los miembros del comando que mató a Fernando Buesa y a su escolta, Jorge Díez Elorza. El acusado se niega a declarar, y se retira abstraído y ajeno a su banquillo en el interior de la cabina blindada. Comparecen dos testigos, sus compañeros de comando, que ya han sido condenados en firme por ese asesinato. Con una naturalidad que raya en la imbecilidad, describen los pormenores del atentado: cómo integraron el comando; cómo hicieron los seguimientos; dónde prepararon la bomba; cómo colocaron el coche y cómo los mataron. Más que malos, me parecen idiotas morales.

Mientras los veo y los oigo, no dejo de preguntarme: ¿Qué hacemos con esta gente? Nunca he dejado que crezca mi sentimiento de venganza, aunque ese legítimo deseo ha golpeado mi conciencia en numerosas ocasiones. Tantas como nos ha golpeado el terrorismo arrebatándonos a tantos amigos y compañeros, matando siempre injustamente a tanta pobre gente, policías y guardias sobre todo, venidos de pobres pueblos de España. Me resisto a desearles la cárcel de por vida, pero también me digo que rechazaré el perdón para quienes describen y sienten sus fechorías con la naturalidad del deber cumplido, como mera expresión del 'conflicto', casi sintiéndose orgullosos y protagonistas de una lucha ejemplar. No estoy dispuesto a que el final de la violencia lleve aparejada la injusticia del perdón para quienes no piden perdón.

Pero la escena no acaba ahí. Detrás de los primeros bancos en los que seguimos la vista están los familiares del acusado. No les miro, pero supongo lo que piensan y sienten. Afortunadamente, en este caso, se mantienen discretamente, detrás, en el segundo plano que les corresponde en este drama. Un leve gesto de saludo del acusado y poco más. Hemos evitado que los amigos y familiares de los acusados conviertan el juicio en un acto de exaltación de los asesinos, como desgraciadamente ha ocurrido tantas veces en otras ocasiones.

A mi lado, en mi misma trinchera, un grupo de militantes de un foro cívico que reivindica a las víctimas mantiene sus distancias. Pocos saludos. Frialdad al encontrarse con el PSE. Hay incluso alguna mirada hostil. Algún reproche expreso a la dirección de mi partido. También aquí me pregunto por qué algunos se consideran más legitimados para reivindicar a las víctimas, si ninguno de ellos es objetivamente más víctima que nosotros. Vuelvo a un viejo razonamiento que he exteriorizado con frecuencia: la sociedad organizada en torno a las víctimas, especialmente a partir de 1997, ha sido fundamental para colocarlas en el primer plano de nuestras exigencias y de nuestras políticas, como debieron estarlo en todo momento y como desgraciadamente no estuvieron en los veinte años anteriores. De las muchas cosas que personalmente me autocritico cuando echo la mirada atrás, ésta es la que más me duele. Pero, a continuación, no dejo de exigir que sea la política y los partidos políticos, los partidos que representan a todos, con todos sus intereses contrapuestos, con todos sus filtros, con todas sus responsabilidades, cruzadas, heterogéneas y hasta contradictorias, los que hagan la política para la paz.

El otro acontecimiento provocador de estas reflexiones sobre nuestro pasado me la generó un ácido comentario de un dirigente del PP vasco a propósito de la actitud del PSE-EE en el presupuesto para la CAV en 2006: «Pacto vergonzante, que renuncia a ser alternativa política y reedita los peores momentos de la historia socialista, como aquél en que fue incapaz de gobernar a pesar de haber ganado en escaños y de ser el tonto útil durante la década de los noventa». Más allá de la retórica partidista del caso, me alarmaron dos cosas. La primera es el falseamiento de la realidad hasta el punto de que una mentira mil veces contada pueda convertirse en verdad histórica. Cuando el PSE-PSOE obtuvo la mayoría de diputados en el Parlamento vasco, en 1986, tenía 19 escaños. Es verdad que no conseguimos la Lehendekaritza, pero no es cierto que fuera por nuestra renuncia, sino porque no había mayoría posible para ello y para gobernar, al negarse todos los partidos nacionalistas a votar la investidura de un lehendakari socialista. Recuérdese que en el bloque constitucionalista sólo había cuatro escaños más: dos de AP-PP y dos del CDS. A los que alimentan esta mentira histórica, conviene recordarles que en aquel Parlamento había 23 escaños no nacionalistas sobre 75 y que los nacionalistas sumaban 52 (PNV, 17; EA, 13; HB, 13 y EE, 9).

El segundo comentario es más personal, pero no menos político. La coalición de los socialistas vascos con el PNV duró doce años (1987-1998) y en ellos se produjeron grandes acontecimientos que marcaron, para mí, la mejor etapa de la política vasca en los últimos treinta años. El pacto de Ajuria Enea; el desarrollo del autogobierno con la Ertzaintza y Osakidetza, entre otras grandes transferencias; la consolidación del Cupo y del Concierto; las grandes inversiones que cambiaron el país: el superpuerto, el metro y el nuevo aeropuerto de Bilbao, el Guggenheim y las infraestructuras industriales y tecnológicas, entre otras. El pacto PNV-PSE fue de todo menos intrascendente o inútil. Las bases de la política vasca cambiaron de tal manera que la traición de Lizarra, en parte, lo fue porque una corriente interna del PNV creía que se diluía su proyecto en el pluralismo sociológico y en la moderación política de la coalición con los socialistas (y como prueba me remito a la progresiva equiparación electoral entre nacionalistas y no nacionalistas que se produce precisamente en este periodo). Resulta particularmente injusto que un destacado miembro del PP de entonces y dirigente actual haga un comentario tan despectivo y mendaz. Entre otras razones, porque la emergencia del PP vasco se produjo precisamente a partir de la coalición PNV-PSE, que instauró un clima de reconocimiento político a la pluralidad no nacionalista, legitimó al PP vasco y le dejó franco el espacio no nacionalista.

Ahora, después de la negra experiencia del pacto de Estella y del plan Ibarretxe, siete años después de la aventura soberanista, la macropolítica vasca ha empezado a cambiar. No es casualidad, sino fruto de una política consistente. Dijimos 'no' al plan del Estado libre asociado, y lo derrotamos en las Cortes y en las urnas. El Gobierno vasco ya no tiene un plan de ruptura con España, aunque el lehendakari lo reivindique en Nochevieja, prisionero, él más que nadie, de las inercias del pasado. El PNV colabora lealmente con el Gobierno de Zapatero en uno de los momentos históricos más esperanzadores para el fin de ETA. Importantes problemas pendientes (Ertzaintza, 'Prestige', Cupo, etcétera) se han resuelto. Se han acordado grandes y significativas inversiones del Estado ('Y vasca', Bahía de Pasajes, investigación) y nuevas fórmulas de colaboración del Gobierno vasco en su ejecución. El PNV apoya al PSOE en los Presupuestos del Estado y el presidente del EBB del PNV mantiene una muy buena relación personal con el presidente del Gobierno y con el PSOE. Y cuando, en ese marco de cambios tan significativos e importantes, el PSE-EE logra un acuerdo para el Presupuesto vasco, vuelven las inercias del pasado, y propios y extraños lo condenan con gravísimas descalificaciones. Seguramente, en el acuerdo faltan y sobran cosas y, sobre todo, puede explicarse mejor, pero con todo lo que importa es constatar de nuevo las enormes resistencias que acumula la política vasca para que todo siga igual, es decir, empantanados, bloqueados y divididos.

Suele decirse que la política no es sólo querer. Eso es la utopía. Es también hacer. No hay seguridad plena de que nuestros movimientos sean certeros y de que nuestras decisiones políticas gusten a todos. Eso ya es imposible en las sociedades complejas y ante la complejidad de los problemas, pero mi conclusión es que el pasado no nos puede encadenar cuando es tanto lo que está en juego.
El Correo, 16/01/2006