8 de septiembre de 2019

Jáuregui, la jubilación de una figura clave en la política vasca.

 
 
El exdirigente del PSOE repasa sus 40 años en primera línea en Euskadi y España.

Ramón Jáuregui se jubila tras 40 años en primera línea de la política vasca y española. El que fuera vicelehendakari del primer Gobierno vasco de coalición PNV-PSE y ministro confiesa que «el horizonte de un atentado de ETA» siempre formó parte de su vida y repasa su trayectoria con tono autocrítico.
 
 SAN SEBASTIÁN. El pasado lunes, 2 de septiembre, Ramón Jáuregui se despertó en su apartamento de San Sebastián y no supo qué hacer. «Me levanté de la cama y pensé: ‘¿y ahora qué?’». Por primera vez desde los 14 años, cuando descubrió como aprendiz lo lóbrega y sucia que puede ser una fundición, no tenía una responsabilidad que atender. Histórico líder de los socialistas vascos y figura destacada de la política de Euskadi del último medio siglo, se topó con la cruda realidad. «Soy un jubilado».

En marzo de 2018 anunció en un acto del PSE en el Teatro Arriaga que dejaba la política una vez finalizara la legislatura europea. Con 70 años –ahora tiene 71– había llegado la hora de dejarlo. No se presentó a las elecciones de mayo y el lunes, con el arranque del curso político, tomó conciencia de ello. «Lo del Arriaga lo planifiqué muy bien. Quise ser coherente y dejar claro que era yo el que elegía marcharse», explica.

Aquel muchacho de 14 años llegó a ser vicelehendakari del Gobierno vasco, secretario general del PSE, hombre clave del PSOE durante décadas e incluso ministro del Gobierno. Y en realidad, Ramón Jáuregui estaba ‘condenado’ a ser un oficial industrial guipuzcoano. «Soy una persona que se rebeló contra su destino. Fui capaz de cambiarlo. Siempre empujado por mi curiosidad por saber. Y aún hoy, en el atardecer de mi vida, siento esa ansiedad».

La cita es en un hotel donostiarra junto a La Concha. Llega puntual, enérgico, impetuoso. Trae consigo un blog de notas por si le baila alguna fecha. Pero no. No la abrirá en toda la mañana. Como para cualquier jubilado, su concepción del tiempo es elástica, y lo que iba a ser un encuentro de dos horas se convierte en uno de casi cuatro. Dice estar en forma. Y no miente. Corre, anda en bici, nada. Está ágil.

Primer requiebro al destino. Estudia Ingeniería Técnica y Derecho por la noche para poder salir de la fundición. Se convierte en un abogado laboralista que con su Seat 850 recorre Gipuzkoa para ayudar a los obreros. Es el ‘abogado de la UGT’, sindicato que llegaría a dirigir en Euskadi tres años a comienzos de los 80. Estaba llamado a hacer carrera sindical y Nicolás Redondo le llegó a ver como su sucesor. Pero no. «Nicolás siempre me reprochó que no siguiera. Nunca asumió que me fuera», recuerda.

Ahí llegó el segundo regate al destino. El sindicalismo le apasionaba pero ya había probado las mieles de la política. Tal vez por herencia paterna, que en la intimidad familiar les hablaba de los ideales del socialismo, se había afiliado al PSOE pese a que su cuadrilla del barrio era abertzale. Mucho. «Varios acabaron en ETA». Asistió con 26 años al congreso de Suresnes, donde conoció a Felipe González –y tuvo tiempo de ir al cine para ver ‘Emmanuelle’–, y asumió su primera responsabilidad institucional en la Transición, cuando le nombraron, desde Madrid, presidente de la gestora del Ayuntamiento de San Sebastián. Tenía 30 años. «No lo pedí. Nunca he pedido ningún cargo. Jamás. Siempre me han reclamado y he aceptado por lealtad total al partido», explica.

En la política municipal descubrió lo que más tarde sería una constante en su carrera: el gusto amargo de la derrota electoral. Pero pasó rápido página, primero en el Parlamento vasco y, cuando el PSOE ganó las generales del 82, como delegado del Gobierno. Tenía 34 años. «Pocas veces he pensado que estaba preparado para ningún cargo. Y entonces, aún menos. Era muy joven. Pero como nadie se atrevía...».

– ¿Y por qué usted sí aceptó?

– Porque siempre he dicho que sí. Yo soy del PSOE y asumo las responsabilidades que me piden porque me toca. Y eso que probablemente es lo peor que me ha tocado en mi vida.
Fue la época de la reconversión industrial. «Puedo decir con la distancia que da el tiempo que fue una de las grandes cosas que se ha hecho en Euskadi. El país estaba industrialmente achatarrado y lo modernizamos. Estoy orgulloso de todo aquello».

Pero sobre todo, fueron los años del plomo. ETA asesinaba casi a diario. Entró en la Delegación del Gobierno en Vitoria el 1 de enero de 1983 y desde ese día vivió con escolta. 30 años con ‘sombras de la guarda’. Hasta 2013. «Cuando en el 84 matan a Enrique (Casas) nace nuestro tercer hijo, le llamamos Enrique por él. Desde muy niños les enseñamos a no abrir la puerta a extraños (...). Tras el asesinato de José María Lidón, a mi mujer, que era jueza en Vitoria, le ponen también escolta. Y en 2008 su nombre aparece en los papeles de un comando detenido. Y un hermano mío tuvo que cambiar de casa porque la vecina de arriba era de otro comando y le había señalado. Siempre pensé que el horizonte del atentado formaba parte de mi vida».

Jáuregui se yergue en su asiento cuando habla de ETA. No es incomodidad. Es un sentimiento más primario. «Asesinaron a muchos amigos, algunos casi hermanos. Fernando Buesa, Fernando Múgica, Enrique Casas... Es increíble pero llegó a formar parte del paisaje. Sabías que podía ocurrir. Si no era uno, era otro. Y si no, tú». De hecho –tercera finta al destino–, sólo la torpeza de un ‘talde’, que confundió la Nochevieja con la Nochebuena, evitó que atentaran contra él en la sociedad gastronómica donostiarra en la que celebraba la Navidad con su familia.

Hablar de ETA es hacerlo de las «páginas negras de nuestra trágica historia». «Es verdad que hubo torturas y actuaciones policiales fuera de la ley. Claro. Pero también una Iglesia sin compasión por las víctimas. Y políticos que decían que ‘mientras unos mueven el árbol, otros cogemos las nueces’; un país, Francia, que miraba para otro lado; y una sociedad acobardada que bajo el manto del ‘algo habrá hecho’ intenta aceptar que se mate al semejante. ¡Una sociedad entera!», lamenta. «Debemos hacer la misma reflexión que hicieron los alemanes tras la guerra: ¿cómo fuimos capaces? Los jóvenes de ahora tienen que mirar a sus padres y preguntarles: ¿cómo fuisteis capaces?».

Durante su etapa como delegado del Gobierno, la guerra sucia contra ETA ofreció alguno de los episodios más sórdidos y sanguinarios. «Fue un horror y un error de quien lo concibiera».

– ¿Algo de lo que se arrepienta de aquella época?

– Yo no estuve en la primera línea del tema antiterrorista, era una tarea de los gobiernos civiles. Sólo puedo decir que jamás, jamás ha habido la más mínima implicación jurídica en ninguno de esos hechos. Yo me miro al espejo cada mañana y me siento digno y honesto», afirma con seriedad, mientras prefiere pasar de largo por el incidente protagonizado por Mikel Zubimendi (HB), quien tiro una bolsa de cal viva sobre el escaño del dirigente socialista. «Fue uno de los momentos más amargos de mi vida política».

Jáuregui siempre pensó que «estábamos condenados a un empate infinito» con ETA. Pero en octubre de 2011, la «fecha más maravillosa de la historia de Euskadi», llegó el fin del terrorismo. Lo celebró tomando copas por Vitoria con Emilio Olabarria (PNV) y Alfonso Alonso (PP), con quienes ese día compartía un debate electoral. Fue una «victoria clamorosa», pero no de la sociedad vasca, con quien el socialista es muy crítico, sino de la «democracia vasca, de los políticos y partidos vascos, de los valientes, de Gesto por la Paz, de los manifestantes...».

Ardanza, «mi amigo»

Un porcentaje de aquella victoria, el «punto de inflexión» que marcó el inicio del fin de ETA, tuvo a Txiki Benegas y Jáuregui como impulsores y artífices: el Pacto de Ajuria Enea. El PSE había ganado en escaños (19 frente a 17 del PNV) las elecciones autonómicas de finales de 1986 y tras fracasar las negociaciones con EA y Euskadiko Ezkerra para gobernar, los socialistas cambian de estrategia y pactan con el PNV. Acuerdan ceder la Lehendakaritza a José Antonio Ardanza, «algo que mucha gente no entendió». «Renunciamos porque el objetivo final era lo que se firmó unos meses después, el Pacto de Ajuria Enea. Darle la vuelta a la situación. Acabar con la fractura total entre partidos y construir la unidad democrática frente a la violencia. Y trasladar al PNV la responsabilidad y el liderazgo en la lucha por la deslegitimación de la violencia», rememora con viveza el socialista, quien ocupó la vicepresidencia de aquel Ejecutivo, al mismo tiempo que ejercía de secretario general del PSE.

Hoy en día considera a Ardanza un «amigo» por todo lo que pasaron juntos, con Felipe González y el ministro Corcuera supervisándolo todo desde Madrid. Aquel Gobierno de coalición, el primero de la democracia y ejemplo de transversalidad y entendimiento, no sólo construyó un consenso político sin precedentes contra el terrorismo; también trajo la estabilidad, la cultura de la convivencia entre identidades distintas y la modernización económica del país.

 «Es el momento de mi carrera del que estoy más orgulloso. Las coaliciones han sido muy beneficiosas para el País Vasco. Las apoyé en su día y las sigo apoyando», se sincera. «Tengo la convicción de que el PSE ha sido muy útil para este país. Y eso es lo mejor que se puede decir de un partido», añade.

El destino, al que tantas veces había burlado, le tenía reservada entonces una mala jugada. Jáuregui fue candidato a lehendakari en 1994 con la convicción personal de que iba a ganar. El PSE se había fusionado con Euskadiko Ezkerra y el año anterior había arrasado en las generales en Euskadi. Incluso había rechazado ser ministro con González.

 «Me llamó Narcís Serra y le dije que no, que iba a ser lehendakari», cuenta ahora entre risas. «¡Qué momento tan duro! La mayor decepción de mi carrera. Interpreté muy mal los resultados de las generales y nos dimos un batacazo. En campaña el PNV nos metió un escándalo de Osakidetza de por medio. Fue penoso. Muy doloroso. Tenía tanta ilusión».

Por primera vez, tuvo la tentación de dejar la política. Aguantó dos años más en Euskadi. El suficiente para dar el relevo en el PSE a Nicolás Redondo Terreros.

«Almunia me llamó cuando sustituyó a Felipe. Yo necesitaba angustiosamente respirar otro oxígeno. La política en Euskadi era una noria, siempre lo mismo. Era agobiante».

– ¿Qué sintió cuando vio a Patxi López llegar a la Lehendakaritza?

– Me dio un poco de envidia sana, por qué no reconocerlo. Pero sobre todo orgullo y alegría.

– ¿Le hubiera gustado formar parte de aquel Ejecutivo?

– Ya no me correspondía. Pero tampoco me llamaron.

Contactos secretos con Rajoy

Pero su futuro le aguardaba con sorpresas. Tras una década como diputado, con un paso decepcionante por la docencia universitaria incluido, le proponen ser candidato al Parlamento Europeo, reto que le «apasiona». Se va a Bruselas en lo que muchos interpretan un retiro dorado pero poco más de un año después recibe una llamada nocturna. Era Zapatero, con quien entonces no tenía buen ‘feeling’. Le quería de ministro. «Mi mujer me dijo que no aceptara. Mi hija también. Pero no podía decirle que no».

Se convirtió en ministro de la Presidencia. «Aquella experiencia fue un shock. Siempre he pensado que el BOE es el gran instrumento del poder. Pero cuando llegué descubrí que era la prima de riesgo. Cada mañana estábamos literalmente acojonados con los mercados». Aquel Ejecutivo, herido de muerte por la crisis, evitó in extremis el rescate para poder pagar a funcionarios y pensionistas «negociando en secreto con el Banco Central y con Rajoy». Entonces Jáuregui conoció de cerca el abismo de la responsabilidad. «A veces escuchas a pequeños empresarios preocupados porque tienen que pagar a final de mes la nómina de 13 empleados, por ejemplo. Ahí nosotros teníamos que lograr pagársela a 12 millones de personas», explica.

– ¿Le gustó ser ministro?

– Sí. Pero le cuento. Yo solía llevar la nómina como ministro en el bolsillo de la chaqueta porque mucha gente me decía que me estaba haciendo rico. Y no. Se la enseñaba. Cobraba 3.500 euros al mes.

– ¿Soñó con ser presidente del Gobierno?  

Cuando Felipe sorprende en el congreso del 97 y dice que se va, nadie lo sabía. Durante los dos días siguientes el partido estuvo en ebullición por saber quién le iba a sustituir. Él nunca dijo a quién quería. Pero algunos interpretaron que sus reflexiones podían referirse a mí. Esto nunca lo he contado, pero el caso es que, en algún momento de ese congreso, me puse a escribir algunas líneas por si era elegido secretario general del PSOE. Pudo ocurrir pero la mayoría decidió que fuese Joaquín (Almunia).

– Cuarenta años en política. Algunos dirán de usted que es ‘casta’.

– Cuando fui a arreglar los papeles a la Seguridad Social, me dijeron: ‘tiene usted 56 años cotizados’. ¡Oiga, 56 años! Desde los 14 a los 70. Cobré mi primera pensión el 28 de julio.

– ¿Es una pensión digna?

– Sí, la máxima. 2.150 euros netos.

– Los jubilados se manifiestan.

– Siento decirlo, pero no hay para más. El país da lo que da. Vamos a ser sinceros.

– ¿Qué políticos le han marcado?

– Txiki (Benegas), Felipe (González), Alfredo (Pérez Rubalcaba), cuya muerte me tocó mucho...

– ¿Qué opina de Pedro Sánchez? Usted no le apoyó en las primarias.

– ¿Sánchez? (silencio) Me ha sorprendido. Lo veo mucho más puesto de lo que creía. Tiene formas, madera. Apoyé a Susana Díaz porque no estaba de acuerdo con lo que Pedro quería hacer con el ‘no es el no’. Defendí la decisión de la gestora. Al hacerlo discrepé de Pedro y seguramente eso no me lo ha perdonado.

– ¿Cómo ve la política española?

– Los líderes actuales no están menos cualificados que nosotros. Lo que ocurre es que el sistema político español ha sufrido una transformación brutal en poco tiempo y no estamos siendo capaces de administrar ese cambio.

– ¿Habrá elecciones?

– No es razonable que un país tenga cuatro elecciones en tres años. Aquí el principal responsable es Cs, que no cumple el papel de bisagra que le han atribuido los ciudadanos. En términos políticos, si uno viene de Marte y analiza la situación, se preguntará por qué no se entienden Cs y PSOE.

– ¿Y Euskadi? ¿Ve amenazas en el futuro?

– Euskadi está leyendo de manera inteligente lo que está pasando en Cataluña y estamos muy vacunados. No veo esa tentación. El PNV no va a tirar por la borda su posición aunque eso le obligue a renunciar a sus objetivos ideológicos. Y así tiene que ser. Ha aprendido que aquí estamos para entendernos.

– Algunos no se fían.

– El PNV ha seguido siempre sus intereses y ha tenido una doctrina confusa y un péndulo patriótico, ya sabe, tentaciones independentistas. Cuando pacta, se hace un partido mayoritario y estable; y cuando se radicaliza y busca la independencia, lo estropea todo. Ahí está el plan Ibarretxe. Mire, con Patxi López como lehendakari nosotros hicimos bien las cosas. Y los nacionalistas aprendieron mucho de aquello. El PNV de ahora es consecuencia de aquel gobierno.

Leña el árbol caído

– ¿Y del terrorismo?

– Reivindico que la paz no fue negociada, no hubo concesiones políticas y se hizo con justicia. Es una paz limpia, plena, completa e irreversible. Es verdad que faltan pasos por dar. Falta autocrítica, por ejemplo, (de la izquierda abertzale) como los ‘ongi etorris’. Está en juego que la sociedad vasca acabe estableciendo un código del bien y del mal equivocado.

– ¿Ha tenido enemigos?

– Probablemente el más fuerte en el PSE fue (Ricardo García) Damborenea en su tiempo. Fueron años difíciles.¿Externos? Prefiero callármelos.
 
 Hay uno en el PNV que nunca me ha querido, pero afortunadamente en su partido es pasado. – ¿Qué borraría de estos años?
 
 – Los errores que cometí. Declaraciones equivocadas, como unas contra Garaikoetxea cuando se marchó. Hice leña del árbol caído y me equivoqué. Aún me acuerdo. La memoria es muy hija de...
 
 – ¿Algo más?
 
 – Negociando fui demasiado blando. En momentos, los acuerdos con el PNV fueron muy dolorosos. Por ejemplo, en el proceso de euskaldunización de los profesores. Me he encontrado en pueblos de Cantabria o Burgos con algunos que tuvieron que marcharse por el euskera. Lo pactamos nosotros. Y me lo han reprochado. O en el 85 el PNV vetó en las listas para la Ertzaintza a socialistas. Yo estaba en el Gobierno, con Retolaza (consejero de Interior) al lado. Y tragué. Quizás tragué demasiado.
 
 – ¿Cómo ha vivido su familia su carrera?
 
 – Me han ayudado y acompañado. Mi mujer fue generosa y renunció a su propia carrera. Creo que mis tres hijos están discretamente orgullosos de mí aunque no lo digan. Ahora tengo tres nietos.
 
– ¿Cómo ve su futuro?
 
 – Mi mujer dice que los jubilados somos como una lavadora en el pasillo y yo no quiero serlo. Ya he encontrado muchas oportunidades para hacer cosas ‘gratis et amore’ y devolver a la sociedad lo que me ha dado. Soy presidente de la Fundación Euroamérica, quiero trabajar con un ‘think tank’ sobre globalización, Europa... voy a dar clases en algún MBA sobre esto. Viviré a caballo entre Madrid y Donostia.
 
 – Así que estará activo.
 
– Tengo miedo a perder los nutrientes, las fuentes, la información, lo que te mantiene vivo. Sin ellas, pierdes valor. Llegará el momento de pasear porque la biología tiene leyes que acepto. Pero aún falta un poco.

EN PRIMERA PERSONA.

Aprendiz a los 14 años.


Nací el 1 de septiembre de 1948 en el barrio obrero de Herrera de San Sebastián. Último de 12 hermanos, mi madre murió cuando yo tenía 7 años y me criaron mis cinco hermanas mayores. Empecé a trabajar de aprendiz a los 14 años en una fundición. Me saqué dos carreras estudiando por la noche. Entré en política por compromiso. Tiraba panfletos, pegaba pegatinas en los baños y pasaba a Hendaya a recoger el dinero que nos mandaban los socialistas alemanes y suecos. Dejé mi trabajo y un buen sueldo para ejercer de abogado laboralista. Tuve despacho en Eibar y Rentería. Estaba superrealizado. Es la etapa de mi vida en la que más sentí que lo que hacía, servía. Me convertí en el ‘abogado de UGT’, sindicato que construí en Gipuzkoa.

Delegado del Gobierno en los años de plomo de ETA.



Mi llegada a las instituciones fue como presidente de la gestora del Ayuntamiento de San Sebastián. Ejercía de alcalde con 30 años. Me presenté a las primeras elecciones municipales y perdí. En 1980 doy el salto al Parlamento vasco y de ahí, en 1982, a la delegación del Gobierno en Euskadi. Fue una etapa de sufrimiento y aprendizaje. Pasé de la UGT a defender al Gobierno de la reconversión industrial. Me fui literalmente al otro lado de la trinchera. Ingenuamente traté de entenderme con mis antiguos compañeros. Era mi gente. ETA mató a varios de mis amigos.Asistí a más de 300 funerales y acompañé los féretros de guardia civiles en aviones militares. Vivíamos oprimidos.

Primer gobierno de coalición de la democracia



En 1987 fui uno de los impulsores del acuerdo de gobierno entre el PSE y el PNV. Negocié en secreto con Juan Ramón Guevara. Pese a tener más parlamentarios, cedimos la Lehendakaritza al nacionalista José Antonio Ardanza. Yo fui vicelehendakari. Lo hicimos por generosidad y para impulsar el Pacto de Ajuria Enea, que fue el inicio de una etapa dorada y espléndida del País Vasco. En 1988 fui elegido secretario general de los socialistas vascos. También fue muy duro porque el PSE estaba dividido y hubo una lucha personal, de poder interno y de concepción de país. El partido me daba mucho sufrimiento. Al final me liberé de esa ‘carga’ en 1997. Fui candidato a lehendakari y perdí.

Salto a la política nacional.

En 2000 soy elegido diputado por Álava, cargo en el que permanecí 14 años. Tuve un paréntesis de dos años en el que me marché a Bruselas y luego fui ministro. En la Cámara baja fui portavoz de la comisión constitucional y posteriormente me encargué del proceso de reformas estatutarias. Di clases en la Universidad Carlos III.

Regreso para pilotar el PSE

En 2002 regresé temporalmente a Euskadi para presidir la gestora del PSE tras la dimisión de Nicolás Redondo Terreros. El partido estaba muy muy fracturado. El día antes del congreso que eligió a Patxi López nuevo secretario general, ETA asesinó a Juan Priede. Zapatero planteó prorrogar un año la gestora, pero un sector del PSE no quiso.

Ministro con Zapatero.



Era octubre de 2010. Fue la primera vez en mi vida que me vi preparado para el cargo que me tocaba desempeñar. Pero fue duro. Estábamos en plena crisis, con la prima de riesgo disparada pero evitamos el rescate.

Descubriendo Bruselas.

Me eligieron eurodiputado en 2009 pero tuve que regresar tras la llamada de Zapatero. Volví a Bruselas en 2014 y allí he permanecido estos últimos cinco años. Estoy muy satisfecho de esta etapa de mi vida. Es lo único que ahora añoro de la política. En marzo de 2018 anuncié que no volvería a presentarme. Me acabo de jubilar.



Publicado en  El Correo,  8/09/2019
Foto: SANTOS CIRILO
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