20 de abril de 2017

Portazo de Erdogan a la UE.

Hubo un tiempo en el que parecía que los caminos avanzaban, en general, hacia adelante. Más allá de los enormes problemas y dificultades que siempre han acompañado a la humanidad, daba la sensación de que en términos generales nos dirigíamos hacia mayores cotas de libertad, bienestar y respeto a los derechos humanos. No hay que ir muy lejos. En la década pasada, comenzaba el siglo cuando la Unión Europea ampliaba sus fronteras como nunca, pasaba de 15 a 27 miembros y comenzaba a negociar la largamente perseguida (y difícil) incorporación de Turquía al club europeísta. Por aquellos años también, al otro lado del Atlántico Barack Obama ganaba las elecciones con el discurso más inusitadamente esperanzador y progresista que podríamos imaginar de la primera potencia del mundo.

No quiero ser derrotista en absoluto. No me malinterpreten. Mi hipótesis es siempre que el género humano ha ido encontrando, más bien que mal, soluciones a sus problemas. Pero estarán de acuerdo conmigo en que desde aquellos albores del siglo XXI hasta hoy han pasado tantas cosas que el mundo parece otro. Y diría que parece peor. 

Reconozcamos que la entrada de Turquía en la Unión Europea no era tarea fácil. Sin embargo, en aquellos años, parecía un objetivo posible: fundamental para nosotros, desde el punto de vista estratégico; necesario para ellos, desde la perspectiva económica. Suficientemente viable como para intentarlo.
 
Hoy, en cambio, la puerta se cierra por la deriva autoritaria de Tayip Erdogan. Desde el fallido golpe de Estado del año 2016, se calcula que han sido purgados 150.000 empleados públicos, entre ellos miles de profesores, médicos, jueces y fiscales; decenas de miles de ciudadanos han sido detenidos; más de 2.000 periodistas despedidos y decenas de medios de comunicación prohibidos y clausurados. En los últimos meses, el panorama no dejaba albergar muchas esperanzas sobre el camino emprendido por el régimen. Pero el referéndum del pasado domingo marca un hito inasumible en la escalada autoritaria.
 
La celebración de una consulta para ampliar los poderes del presidente mientras se mantiene el estado de excepción y se intimida a los opositores; en un marco legal 'inadecuado', según los observadores de la OSCE; con unos resultados impugnados por el principal partido de la oposición; y ya el colmo, la amenaza de volver a implantar en el país la pena de muerte, plantean un panorama tan radicalmente alejado de los valores europeos que parece dar la impresión de que el presidente turco ha pretendido deliberadamente dar un portazo a la entrada del país en la UE. O al menos, no le ha importado hacerlo.

La situación debería hacernos reflexionar sobre la proliferación de líderes en negativo, políticos elegidos democráticamente, como Trump, que airean una belicosidad alarmante, con la palabra guerra cada día más presente en las páginas de los periódicos; primeros ministros, como Cameron, que llevan a sus ciudadanos a tomar decisiones perjudiciales para sí mismos; o presidentes, como Tayip Erdogan, que han convertido un país casi europeo en un régimen personal autoritario con una población dividida por la mitad.
 
Más allá de la lógica diplomática de los gobiernos europeos, que llaman al diálogo y al consenso con todas las fuerzas políticas, es una evidencia que Turquía ha desandado su camino y se sitúa hoy a años luz de donde estaba en 2004 cuando comenzó oficialmente el proceso para su adhesión a la UE. El Parlamento Europeo pidió ya en noviembre pasado que la candidatura turca se paralizara y hoy, con más motivos todavía, los socialistas exigimos que las negociaciones se suspendan. No podemos seguir planteando un futuro común con un país que ha tomado una ruta inaceptable. No deseamos tener como socio a un líder que recorta libertades, reprime a la oposición y divide a su propio país. Ha sido él, y no nosotros, quien ha cerrado la puerta.

Publicado en 20minutos, 20/04/2017