26 de enero de 2026

UE-Mercosur: un acuerdo bloqueado.

"Europa está perdiendo una oportunidad irrepetible de dar una muestra al mundo de su apuesta por el libre comercio y las relaciones económicas reguladas frente a las guerras tarifarias y la unilateralidad. Cuando la presencia norteamericana resulta más imperiosa y dominante que nunca en América Latina, Europa tenía en su mano la oferta de la cooperación y el diálogo, la política del acuerdo y el respeto, la bandera de la fraternidad para el continente hermano"

LA decisión del Parlamento Europeo de paralizar la tramitación del procedimiento para la ratificación del Acuerdo UE-Mercosur, firmado el pasado día 17 en Asunción (Paraguay), es de una extraordinaria gravedad para Europa. No se trata de cuestionar el derecho del Parlamento Europeo a que el Tribunal de Justicia de la Unión (TJUE) examine la compatibilidad del acuerdo con la ley europea, puesto que tal potestad está contemplada en los tratados. Sin embargo, en este caso, es legítimo interpretar que los solicitantes de ese informe previo pretendían, sobre todo, retrasar y bloquear la aprobación del tratado mediante una maniobra que interrumpe el procedimiento tasado del Parlamento para su ratificación. En términos prácticos, y tomando como referencia otros casos planteados en semejantes circunstancias (el tratado con Canadá, por ejemplo), este trámite nos obliga a esperar entre uno y dos años para que el tribunal confirme lo obvio: que el acuerdo no es contrario al Derecho europeo, entre otras cosas porque lo ha negociado la Comisión durante veinticinco años largos, y lo ha hecho asesorada por unos servicios jurídicos que revisan, hasta la exageración, cada uno de los aspectos negociados y cada uno de los párrafos del acuerdo.

¿Qué pasará en este plazo? Pasarán muchas cosas, pero todas malas. El Consejo, a petición de la Comisión, tiene la capacidad de decidir la aplicación provisional de las disposiciones que no son objeto del dictamen solicitado, pero mucho me temo que no lo hará. Tiene una fuerte oposición interna de los países que votaron contra el acuerdo en el Consejo: Francia, Polonia, Hungría, Irlanda y Austria. Se le sumará Bélgica, que se abstuvo, podrían sumarse otros, como Italia, que solo a última hora decidió apoyar el acuerdo, y otros que, aún estando a favor del mismo, no querrán un conflicto con el Parlamento ante las dudas sobre su ratificación posterior. Incluso un partido tan importante como el PP español, de un país clave para evaluar los apoyos del acuerdo, acaba de anunciar que habrá que esperar a conocer la resolución del TJUE. Todos sabemos a qué obedece este último giro de Núñez Feijóo: el temor electoral a Vox en el mundo rural. La conclusión no puede ser más triste: el campo derrota a Europa.

Mucho me sorprendería que el Consejo, liderado por Alemania, España, Suecia, Portugal, etcétera, impusiera por mayoría la aplicación provisional en un acto que acabaría siendo interpretado como despectivo hacia el Parlamento y que puede provocar una oposición política posterior mayor a la ratificación del acuerdo. Porque, digámoslo claramente, los 334 votos favorables a la paralización del procedimiento parlamentario pueden muy bien expresar una mayoría premonitoria del rechazo a la ratificación en su momento. Teóricamente, la suma de populares, socialistas y liberales podría ser mayoría (aproximadamente 400 diputados), pero el voto nacional se impone en este caso y los diputados franceses, polacos, etcétera, de los grupos mayoritarios rechazarán la consigna de sus respectivos grupos políticos, lo que explica la mayoría de 334 votos contra los 324 de la votación del Parlamento y hace temer una votación semejante cuando el tribunal devuelva el asunto a la Eurocámara, diciendo que no hay objeción jurídica al Tratado. Seguramente la Comisión y el Consejo opten por esperar al tribunal e instar una resolución rápida del contencioso, pero el tribunal tiene sus plazos y sus tiempos son tan soberanos como sus propias resoluciones.

Una postergación tan prolongada de la entrada en vigor del acuerdo y unas dudas tan grandes sobre su ratificación pueden llevar a alguno de los países –Brasil, por ejemplo– a olvidarse de Europa y plantear su política comercial mirando a otras partes del mundo. Inclusive, el conjunto de Mercosur puede hacer ese giro dando por muerto un acuerdo que ha tardado veinticinco años en negociarse y que, después de múltiples anexos y correcciones a peticiones sucesivas de Europa, es rechazado finalmente por el propio Parlamento Europeo. La influencia china y norteamericana crecerá y la nuestra se reducirá. Puedo pecar de pesimista, pero prefiero equivocarme y provocar reacciones que seguir proclamando las excelencias y parabienes de un acuerdo que está al borde del abismo y cuyo bloqueo representa un fracaso político enorme para Europa, en uno de sus momentos más oscuros.

Europa está perdiendo una oportunidad irrepetible de dar una muestra al mundo de su apuesta por el libre comercio y las relaciones económicas reguladas frente a las guerras tarifarias y la unilateralidad. Cuando la presencia norteamericana resulta más imperiosa y dominante que nunca en América Latina, Europa tenía en su mano la oferta de la cooperación y el diálogo, la política del acuerdo y el respeto, la bandera de la fraternidad para el continente hermano. Europa está perdiendo la oportunidad de formalizar el mayor tratado comercial del mundo en un contexto de crisis institucional del comercio mundial. Europa pierde su acceso al espacio económico más importante de América Latina (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) y renuncia a los beneficios de una asociación vital para nuestra autonomía estratégica, para las inversiones en la cadena de suministro y para sus mercados exteriores.

Con Mercosur, Europa tendría al 92 por ciento de la población latinoamericana en su radar comercial bajo el principio de la regulación y de la liberación de aranceles. Sin Mercosur, nuestra política comercial y de asociación con América Latina tiene un enorme agujero negro en el espacio físico, poblacional y político de la Amazonía y de toda América del Sur.

Por último, el daño a la credibilidad internacional de Europa es demoledor. Somos poca cosa en muchos foros del mundo. Nuestro poder blando no es poder en la selva de la ley de la fuerza. El comercio era y es una de las bases del lenguaje del poder que mantenemos todavía, porque somos un mercado único de casi 500 millones de personas con alto valor de consumo. Pero si los acuerdos que nuestro Gobierno –la Comisión y el Consejo– negocian en nombre de los Veintisiete no los ratificamos o tardamos decenios en hacerlo, como ocurrió con América Central, ¿quién confiará en nosotros? Si Europa no ratifica un acuerdo negociado durante veintiséis años y adaptado a múltiples y reiteradas garantías para nuestro agro ¿qué pensarán nuestros interlocutores? Porque y de esto no se habla, pero no debemos olvidarlo. Aunque el acuerdo se apruebe definitivamente en el Parlamento Europeo y se ponga en vigor el apartado comercial y de inversiones, el resto del acuerdo, de asociación política y cooperación, debe ser ratificado por los 27 parlamentos nacionales y nadie duda de que tal ratificación no pasará el filtro de los parlamentos nacionales de los países que se han opuesto de manera firme al Tratado.

Error, tremendo error.

Publicado en ABC, 26/01/2026

Tecnología y sociedad

Nunca, en la historia de la Humanidad, las innovaciones tecnológicas han tenido tanta influencia en la configuración social como la están teniendo hoy. Es muy conocida la metáfora que utilizó Vasily Leontief (Nobel en 1973), refiriéndose al inicio de la informática e internet: «Los ordenadores harán a los trabajadores de cuello blanco lo que el tractor hizo a los caballos en la agricultura». Pues bien, la progresión geométrica que se está produciendo en múltiples innovaciones en nuestros tiempos presenta nuevos y considerables desafíos sociales. La Inteligencia Artificial y la ciencia de datos, la biotecnología, la nanotecnología y las tecnologías cuánticas están alterando de raíz nuestro mundo y nuestra sociedad. Permítanme señalar, solo a modo de concepto, algunos de los retos sociales que debemos abordar como consecuencia de esos impactos:

1. Los países que lideran la innovación tecnológica controlan al resto del mundo. Cada día es más evidente que el dominio de las tecnologías aumenta considerablemente el poder geopolítico y económico de los países en las múltiples mesas negociadoras en las que se determina el futuro de sus poblaciones. Los nuevos imperios y sus grandes multinacionales gestionan infraestructuras esenciales para los servicios públicos, militares y financieros. Son además dueños de los datos que definen mercados y su escala les permite crear economías de red y, a su vez, liderar la innovación. Estados Unidos y China están al frente de ese ranking, letal para el resto.


2. Hay dos leyes ineludibles. La primera es que la tecnología asegura el crecimiento económico y la segunda, que las innovaciones destruyen empleos. Respecto a esta última, no hay datos para especular sobre la destrucción de empleos que generarán las nuevas tecnologías, pero sí hay una experiencia: la historia de las innovaciones tecnológicas de los últimos dos siglos demuestra que los 'gaps' en el empleo por la aparición de esos avances han sido siempre superados por los nuevos puestos creados en sectores económicos derivados, y que estos han sido de más calidad laboral.

3. El dominio de las nuevas tecnologías genera una nueva división en el seno del mundo laboral. Una primera clasificación la establece la pertenencia a lo que se llaman los «trabajadores del conocimiento» (30% de la población laboral); es decir, aquellos que aportan a su desempeño una base intelectual de información y formación previas. El resto son los «trabajadores contingentados», que realizan tareas más primarias, repetitivas o no cualificadas (70% de la población laboral). A su vez , en el primer nivel, hay entre un 5% (en Europa) y un 10%(en Estados Unidos y China) de empleados con altas cualificaciones tecnológicas que tienen los salarios más altos por su elevada productividad. Finalmente, otra de las consecuencias de estas tendencias clasificatorias en el mundo laboral es la creciente exigencia de formación más cualificada para los más formados, para los que ocupan los niveles más altos de la escala, de manera que se acentúan los efectos y las distancias del abanico sociolaboral.

4. Las empresas tecnológicas, plataformas, IA, software, chips, semiconductores, etcétera son nueve de las diez mayores empresas del mundo por capitalización bursátil. La mayoría de ellas son cuasimonopolios y están en manos de un propietario principal. Estos nuevos oligopolios tecnológicos han creado una élite mundial de oligarcas poderosos, capaces de imponer al mundo entero sus reglas más salvajes: desregulación y desfiscalización. La foto de su presencia en la toma de posesión de Trump en la Casa Blanca es buena muestra de su inmenso poder. Es más, algunos de ellos son líderes ideológicos de la 'nueva derecha' y precursores de una nueva sociedad iliberal y reaccionaria.

5. Necesitamos establecer normas regulatorias universales contra estos oligopolios. La IA, las redes y las plataformas están llenas de riesgos para los derechos fundamentales de las personas, para los consumidores, para la deliberación pública, para la información... En fin, para la democracia y la convivencia mismas. Los intentos regulatorios de Europa -protección de datos, Inteligencia Artificial, etcétera- chocan con el poder inmenso de estas compañías y hasta Trump nos amenaza con nuevos y mayores aranceles por ese razonable intento. Tampoco hemos conseguido que otros países del mundo presionen en la misma dirección regulatoria.

Este es el panorama. Tan provocativo como realista. Dos conclusiones son claras. Una, Europa está perdiendo la batalla tecnológica y cuanto más tardemos en reaccionar, más difícil será alcanzar a las otras dos potencias. Y dos, tenemos tamaño y nivel para hacerlo, pero solo si integramos nuestra política de innovación y aumentamos su dimensión.

Publicado en El Correo, 26/01/2026

5 de enero de 2026

Entrevista para "El Correo" 5/01/2026

Es una de las mentes más brillantes y sagaces de la política vasca del último medio siglo. Sindicalista de cuna y líder del PSE durante una década, ocupó cargos institucionales clave desde lo local a Europa, pasando por el Gobierno vasco y el Consejo de Ministros. Ahora, alejado de la primera línea, Ramón Jáuregui (San Sebastián, 77 años) observa la actualidad con la misma pasión y capacidad analítica de siempre.


- ¿Qué conclusiones saca de los resultados electorales de Extremadura?

- Que son malos de solemnidad. Eso no se puede negar. Y hago tres reflexiones. La primera, que el candidato fue elegido en primarias, que es un sistema que le otorga tal legitimidad de origen que luego deja al partido sin margen de maniobra. La segunda es que hay una alta abstención del PSOE y eso implica que nuestro suelo electoral es mucho más alto. Y, por último, hay que reflexionar sobre el efecto que tienen en algunas comunidades autónomas nuestros pactos con los nacionalistas.

- ¿Y el desgaste de Pedro Sánchez y la corrupción?

- No podemos dejar de reconocer que tienen un efecto. Mi impresión es que nunca unos pocos hicieron tanto daño a tantos. Pero hay que dejar claro que el PSOE es un partido honesto y este Gobierno, también. Incluso en relación con los aspectos más cutres de las acusaciones de acoso y machismo.

- ¿Está girando la sociedad española a la derecha?

- Sí, y es algo peligroso. Sobre todo desde el punto de vista del PP, que no se ha dado cuenta de que Vox representa a la nueva derecha, esa que tiene enormes apoyos, sobre todo en Estados Unidos, y es reaccionaria, iliberal, antieuropea, patriotera y tiene una enorme querencia por los líderes autoritarios. Pues esa nueva derecha viene a sustituirles. El PP no quiere verlo y se está volcando en una alianza muy peligrosa para ellos y para todos.

- ¿Y entonces cómo se debe tratar a Vox?

- Soy claramente partidario de evitar que entren en los gobiernos. En esto soy tajante. Y para eso, mi fórmula, que es un poco utópica, es evitar el 'bloquismo' de trincheras. España está estancada entre dos bloques que no dialogan. Y la única solución para evitarlo es cambiar el sistema de investidura. Es decir, permitir el gobierno de la minoría mayoritaria en segunda vuelta. Eso devolvería a la política española a la geometría variable de pactos con todos.

- Visto el ambiente político actual, sí que es utópico.

- Ya, pero es que además se generaría una sana rivalidad entre PSOE y PP por ser la primera fuerza. Y eso tendría réditos electorales para ambos.

- Pero a corto plazo, ¿apoyaría que el PSOE facilitara con su abstención la investidura de María Guardiola?

- Si lo pide el PP, yo lo veo bien. Pero no creo que esté dispuesto a ello porque Guardiola está negociando claramente con Vox en una apuesta de carácter nacional. Se vio en Valencia y va a suceder en todas partes.

- Sin Presupuestos, sin mayoría parlamentaria y con resultados electorales muy negativos, ¿habrá elecciones en 2026?

- No merece la pena especular sobre eso porque sólo el presidente lo sabe. Sí hay que reconocer que gobernar sin el apoyo del Legislativo es anómalo, pero en fin, poder se puede. Pero también hay que evidenciar que la gestión de este Gobierno en materia económica y social es muy notable.

- La situación es la que es.

- Sí, de bloqueo. Y lo que más me preocupa, pensando en España, es que esto nos está impidiendo acometer pactos de Estado que necesitamos urgentemente en vivienda, defensa, energía, innovación, inmigración y la UE. Somos un pequeño país en una Europa muy debilitada y un mundo hostil. Y esa preocupación mía se transforma en alarma pensando que los próximos cuatro años o más van a seguir los bloques enfrentados.

Sánchez, candidato

- ¿Qué le aconsejaría a Sánchez?

- Que convoque elecciones en el mejor momento para que seamos esa minoría mayoritaria. Quiero un PSOE con vocación de mayoría y no un PSOE como mera argamasa de una heterogénea suma de fuerzas que ya está finiquitada. En ese bloque que lideramos, las contradicciones internas a nuestra izquierda son muy fuertes, con un Podemos que quiere abiertamente correr solo, y los nacionalismos que no son de izquierdas van a plantear pretensiones inasumibles para el PSOE.

- Lo tiene muy claro.

- Es que quien crea ingenuamente que porque Puigdemont vuelva a España la cuestión nacionalista catalana se ha resuelto, que mire la fotografía de Otegi con Puigdemont en Waterloo y perciba cuáles son las próximas reivindicaciones de algunos nacionalismos.

- Pues sin esos apoyos, al PSOE no le darán los números para seguir en La Moncloa, sea cuando sean las elecciones.

- Ahí entramos en un terreno muy especulativo. Lo único que quiero decir es que me preocupa que el bloque ganador sea la suma de PP y Vox. Eso me parece profundamente preocupante porque perpetúa el bloqueo y nos mete en una senda de rasgos reaccionarios, antieuropeos, antimedioambientales... que hay que evitar. ¿Cómo? Insisto, con un PSOE que aspire a la mayoría con una fuerza que nos permita no ser la argamasa de ocho o diez partidos en una ingenua cualificación de plurinacionalidad sin saber muy bien qué significa eso, especialmente en un siguiente ciclo. Es verdad que esto ha funcionado desde la moción de censura. Pero pretender que sea el futuro de España me parece que es ingenuo. Y, sobre todo, peligroso desde la perspectiva de una construcción de un Estado como yo quiero, un Estado federal.

- ¿Ve a Pedro Sánchez siendo el candidato otra vez?

- Sin duda. El partido está con él.

- ¿No ve a nadie con ganas de plantarle cara?

- Puede haber ganas, pero no hay agua en esa piscina. La masa militante del PSOE está muy articulada desde el famoso 'no es no'. Y la dirección y liderazgo de Pedro han sido muy jerárquicos y no veo que nada se mueva. Y lo dice un veterano retirado que no tiene ninguna pretensión.

- Pues hay voces socialistas que...

- Lo que sí creo es que es el momento de reivindicar una mayor pluralidad interna y, sobre todo, mayores debates internos. La socialdemocracia tiene que innovar y replantear nuevas alternativas para afrontar el caos que se está generando en el mundo. El PSOE necesita una gran conferencia política para renovar su caja de herramientas ideológica.

Bailando en el Titanic

- Hablemos de Europa. Es muy pesimista sobre el futuro. Habla de que somos la orquesta del Titanic.

- Es una imagen en la que pienso mucho. No sé si hemos chocado ya contra el iceberg o estamos a punto, pero Europa sigue bailando en el Titanic en medio de una crisis existencial. Estamos amenazados por la guerra, acosados comercialmente, retrasados tecnológicamente... No tenemos poder en un mundo hostil. Quieren una Europa destruida y que los 27 Estados seamos vasallos.

- ¿Qué medidas urgentes habría que adoptar?

- En el ámbito defensivo, crear una industria militar y una estrategia propia sin romper con la OTAN mientras podamos. Y además, armonizar todas nuestras políticas en innovación para poder superar los gaps tecnológicos con Estados Unidos y China; y mejorar nuestro mercado interior y firmar Mercosur.

- Pues no hay muchos líderes europeos centrados en eso.

- Mi única esperanza es que, si algunos países no quieren sumarse a este proceso de integración fuerte de Europa, hay que dejarles que se vayan.

- ¿Habla de Hungría?

- Por ejemplo. Europa no puede ser lastrada por las unanimidades con países que no quieren hacerlo.

- ¿A quién teme más: Trump, Putin o Xi Jinping?

- En el ámbito militar, a Putin, sin duda. En el comercial y político, a Trump. Y en el tecnológico y comercial, también a los chinos. El mundo que se está dibujando vuelve a los grandes imperios. Se han roto todas las reglas, todos los moldes.

- En esa teoría encaja la intervención del sábado en Venezuela.

- Lamentablemente, sí. Se impone la ley de la fuerza y parece que el futuro del mundo pasa por ahí. Me produce pena que el creador del caos aparezca como el salvador. Eso aumenta la querencia por los 'hombres fuertes' y destruye la fe en la democracia de mucha gente.

- ¿Cómo ve el futuro de Venezuela?

- Muy confuso. Me huele que ahí ha habido un pacto, que igual incluye hasta al propio Maduro para que la transición se haga con el propio chavismo y EE UU ponga así su pezuña en el petróleo. De momento está oculto, pero la evolución de los acontecimientos nos lo dirá.

Entrevista realizada por Koldo Domínguez, 5/01/2026