28 de junio de 2015

De la RSE a la economía del bien común

¿Ha agotado la RSE, todas sus posibilidades como teoría transformadora del papel de las empresas en la construcción social del Siglo XXI? Me parece una pregunta crucial en el debate ideológico que atraviesa el mundo socioeconómico después de la larga y profunda crisis económica y financiera que estamos viviendo desde 2007.
Naturalmente, esta es una pregunta ociosa, yo diría que incluso pretenciosa `para quiénes nunca vieron en la RSE -y son legión- una vocación innovadora sobre el papel y las responsabilidades sociales de la empresa en la nueva sociedad globalizada e integrada por sus stake holders. Pero también hemos sido muchos los que hemos impulsado esta nueva función social de la empresa con una ambiciosa mirada en sus potencialidades para contribuir a la sostenibilidad medioambiental, a la dignidad y justicia del trabajo y de las relaciones laborales y para hacerlas partícipes en la superación de los problemas sociales de su entorno: desempleo, exclusión, formación, etc.
Para quienes hemos sostenido esta idea como motor o impulso de una RSE integral y exigente, el desarrollo de esta teoría sobre la empresa del futuro y, sobre todo, su aplicación práctica, ha llegado a un punto muerto.
El mundo empresarial, el mediático, las escuelas de negocios y, desde luego, muchísimos ámbitos de la administración pública nacional y europea, conciben la RSE como un mero instrumento de gestión de la empresa ligado a sus crecientes espacios de interconexión con la sociedad de la comunicación, los consumidores, el medio ambiente, las crecientes demandas de información y transparencia desde los mercados financieros y la reputación corporativa en general que reclaman las marcas en el Siglo XXI.
Casi todos ellos se quedan ahí. Inclusive mucha de la investigación y de la docencia universitaria sobre esta materia, se limitan a extraer de este nuevo marco de relaciones de la empresa con sus stake holders, todo un conjunto de técnicas y de instrumentos para suavizar los impactos sociales y  medioambientales de las empresas y favorecer la reputación corporativa de las compañías, lo que ha acabado por convertir a la RSE de la mayoría de ellas, en un elemento instrumental, sectorial y colateral de la gestión empresarial.
En su origen, la RSE era solo eso. Pero muchos creíamos -y seguimos haciéndolo- que la empresa impulsada por esas nuevas realidades y exigencias de la nueva sociedad, se acabaría sumando así a los esfuerzos que los poderes públicos y la sociedad realizan a favor de una economía generadora de empleo y bienestar y de una sociedad sostenible y cohesionada. Quizás fuera ingenua esta pretensión pero, una RSE sin esa ambición se convierte en una simple técnica de gestión sin interés social.
Esta concepción “técnica” de la RSE, desprovista de una carga ideológica y filosófica sobre la función social de la empresa y el insuficiente desarrollo práctico de la idea, están en el origen de un nuevo debate que pretende trascender la RSE, superarle podríamos decir, y trasladar la idea central de la ética y de la responsabilidad en las empresas, a una dimensión más amplia: el mercado (los productos y servicios) y la economía en general, bajo la denominación de “La economía del bien común”, en expresión inglesa de sus promotores: Economy for the Common Good (ECG).
Junto a este intento de superación de la RSE, con un concepto más ambicioso y profundo, el fundamento de la idea surge de los enormes descontentos sociales que han provocado la crisis económica y la creciente exigencia social medioambiental y, concretamente de lucha contra el cambio climático. Efectivamente, muchos señalan el deterioro de los pilares del Estado del Bienestar en Europa como el preámbulo de una cierta ruptura del contrato social que legitima incluso, el sistema democrático. Unido todo ello a la crisis política de las instituciones democráticas afectadas gravemente por la corrupción, el desgaste de los partidos políticos y la imposición fáctica de los mercados financieros a las decisiones políticas, han acabado por generar una verdadera crisis sistémica.
La Economía del Bien Común recoge este descontento y lo transforma en un modelo de economía alternativo, no tanto cuestionando el mercado y sus reglas, sino introduciendo en su funcionamiento una especie de exigencia social para primar los productos, los servicios y las empresas que respondan a un modelo auditado de modelo económico que puede contribuir con éxito a la Estrategia Europa 2020, en particular:
 - Impulsando la tasa de empleo y mejorando la calidad de los puestos de trabajo existentes (la "dignidad humana" y los valores de "justicia social");
 - Fomentando la innovación social en la sociedad civil y en la empresa y las esferas políticas (valores "de participación y democracia");
 - Reduciendo las emisiones de CO2, promoviendo las energías renovables, mejorando la eficiencia energética y reduciendo el consumo de energía ("sostenibilidad ecológica");
 - Disminuyendo la población en riesgo de pobreza o que sufre exclusión social ("justicia social" y "solidaridad")
La idea se refuerza en que la demanda social en torno a estas ideas está creciendo en todo el mundo y que una economía basada en estos valores, está además recogida en el espíritu y en la letra de las Constituciones democráticas, lo que la convierte en una demanda legitimada por las leyes. La concreción de la estrategia para el desarrollo de la EBC, se sustenta en un Modelo de Balance o de Memoria que evalúa los conceptos que la integran en los diferentes ámbitos antes citados, con la particularidad de que el Balance debe ser obligatorio y debe ser: 1. Universal; 2. Medible en los puntos neutrales; 3. Comparable entre compañías; 4. Comprensible para las partes interesadas, 5. Pública 6. Auditada externamente 7. Obligatoria 8. Legalmente vinculante.
A partir de aquí, lo ya sabido: Un “Label ético” certifica a los productos, a los servicios y a las empresas; una autoridad pública para otorgarlo y hacerlo homologable y cierto. Premios para sus poseedores, castigos de mercado para quienes no los posean, etc. etc., hasta llegar a crear una banca ética como modelo financiero alternativo.
¿Tiene futuro la Economía del Bien común? Debería. Pero, mucho me temo que parecidos problemas a los que ha tenido la RSE en su desarrollo, le serán aplicables. Por ejemplo:
  • La dificultad para expandir socialmente esta experiencia social y convertirla en una verdadera palanca de influencia en el consumo y, por lo tanto, en los resultados económicos de las compañías.
  • La insuficiente formación académica de los directivos en estas ideas y la falta de conciencia social en los líderes empresariales. No podemos olvidar que la mayoría de los esfuerzos de las empresas para adquirir este "label ético", representan incremento de costes económicos en  sus cuentas de resultados.
  • La dificultad de homologar el balance (Memoria) sobre conceptos relativos y abstractos, con mediaciones precisas y en sectores económicos muy diferentes.
  • Los enormes problemas que suscita la creación de un Mercado Preferencial para la “ética del Bien común”, en un mercado globalizado que cada día camina más aceleradamente hacia la liberación de proteccionismos fiscales (o éticos en este caso).
Expongo estas objeciones como una contribución sincera a un debate en el que participo constructivamente y a una idea que personalmente me agrada y suscribo. Pero, la experiencia del desarrollo de la RSE, me obliga a hacer estas precisiones para que seamos capaces de superarlas y para que trabajemos en la buena orientación.
Personalmente estoy más cerca de la Economía del Bien Común, que de aquellos que proclaman el fin de la Economía de Mercado, incluso del capitalismo mismo, pero no son capaces de ofrecernos un modelo alternativo para la economía del mundo global. Por lo menos, un modelo conocido y de éxito. Ya somos muy mayores para creer en los panfletos o en las consignas de protesta sin alternativas.
La izquierda socialdemócrata tiene la necesidad de renovar su proyecto para hacer compatible productividad y cohesión social y no está siendo fácil hacerlo, todo hay que decirlo. Pero esas aspiraciones de Igualdad en la Libertad que atraviesan nuestra historia, son más factibles con la intervención pública sobre los mercados que, con su supresión y la Economía del Bien Común, camina en esa dirección, incorporando al Mercado valores que deseamos y por los que luchamos. Bienvenidos pues y ¡A por ello!
Publicado en Diario Responsable, 28/06/2015

26 de junio de 2015

Del drama griego a la cruda realidad.

Mucho me temo que los problemas europeos no han terminado con el acuerdo que parece va a alcanzarse con Grecia en las angustiosas horas de esta semana final de junio. Los problemas con Grecia no han terminado, aunque hayamos evitado el desastre de la guerra del gallina, esa en la que gana el que frena al borde del barranco mientras el otro se despeña. En nuestro caso, era una guerra en la que solo podía haber dos vencedores o, dos perdedores. Afortunadamente hemos frenado juntos y al mismo tiempo y ahora toca rehacer la economía griega, modernizarla y cumplir con los compromisos asumidos. No habrá más oportunidades para un partido, Syriza, que tiene sobre sus espaldas la enorme responsabilidad de hacer funcionar un Estado sobre sus propias realidades, al margen de promesas electorales infinanciables. Esa es para mí la tarea de esta nueva izquierda que recoge un país sin hacer y que debe demostrar su filosofía social haciendo un Estado moderno y construyendo una economía competitiva, única forma de hacer socialismo con la redistribución de la riqueza generada. 
Pero los problemas europeos no acaban ahí. Tres noticias consecutivas nos han devuelto al peligroso antieuropeísmo que padecemos. La primera es la creación de un nuevo grupo parlamentario liderado por la ultraderechista francesa Marine Le Pen, que ha conseguido aglutinar 25 diputados de, por lo menos, siete países, con parecidos objetivos políticos en el Norte de Italia, Flandes, Holanda, Polonia, etc., bajo el nombre Europa de las Naciones y de las Libertades. Muchos creerán que ésta es una cuestión reglamentaria menor, pero se equivocan si no dimensionan la enorme proyección política que proporciona tener un grupo parlamentario propio. En este caso, además se sumará a otros tres grupos cuyo componente antieuropeo es bastante alto, empezando por los conservadores británicos (ECR), siguiendo por el grupo Europa de la Libertad y de la Democracia Directa (EFDD), que agrupa a los muy antieuropeos del UKIP de Nigel Farage y a los asamblearios de Cinco Estrellas y terminando en el grupo de los No Inscritos, que es una mezcla heterogénea de diputados aislados, bastante poco europeísta. 
A todos ellos se sumará ahora Mme. Le Pen, que elevará su voz nacionalista contra el euro, la Unión, la inmigración y reivindicará el franco, las fronteras y la ‘grandeur’ francesa en una campaña presidencial adelantada hasta 2017.
 La segunda noticia viene de Dinamarca. Quizás el país, junto al Reino Unido, más abiertamente euroescéptico. No es casualidad que haya rechazado entrar en el euro. Pues bien, en las elecciones celebradas hace quince días, el Partido del Pueblo Danés (DPP) se ha convertido en la segunda fuerza, tras los socialdemócratas, duplicando su cuota electoral hasta el 21% y convirtiéndose en llave de un gobierno de centro derecha (liberales) que, aun siendo tercera fuerza, gobernará con el apoyo de un partido populista, antiinmigración y euroescéptico. ¿Qué vendrá de ese nuevo gobierno de Dinamarca en la escalada derechista y antieuropea que sufrimos en la Unión? Sin duda menos Europa, más subsidiariedad nacional, más intergubernamentalismo y menos integración económica y social. 
Algo parecido ocurre con la peor de las noticias que nos ha traído la actualidad europea en las últimas semanas. El vencedor de las elecciones británicas, el Sr. Cameron, cumpliendo una promesa electoral, ha presentado ya el proyecto de ley para la convocatoria de un referéndum en 2017. Inicialmente la convocatoria es para que los ciudadanos digan si quieren seguir o no en la UE, pero, ante el temor al ‘no’, el premier británico se ha apresurado a explicar a los 27 países del club que desea renegociar el statu quo de su pertenencia. El objetivo, no oculto, de esa apresurada negociación es ganar el referéndum con una presencia ‘light’ del Reino Unido en una Europa con instituciones más débiles, con menos competencias, por supuesto mucho más intergubernamental que federal y en la que queden excluidas cualquier intervención europea en las áreas sensibles para los ingleses de la política europea: defensa, política social, inmigración, política internacional... Esta es la idea que trae el primer ministro británico al Consejo Europeo de junio y que inicia un camino de negociación con los Veintisiete y con el Parlamento para retocar esta Europa doliente de la crisis. Lo grave es que la negociación que nos plantean británicos y daneses es en la dirección opuesta a la Europa federal en la que muchos creemos y que prometimos en nuestros discursos electorales. 

Lo grave es que demasiadas voces en el Parlamento son insoportablemente antieuropeas y nacionalistas. Lo triste es que, con demasiada frecuencia, la realidad pone en evidencia la falta de solidaridad interna o la vuelta atrás de Schengen, como cuando recuperamos y cerramos fronteras a la inmigración en Ventimiglia para que los que huyen de la guerra en Siria, Irak y Libia y han conseguido llegar a Lampedusa, no pasen a Francia. Lo inexplicable es que la Comisión Europea nos proponga un reparto de cuotas de inmigración y que los Estados nos neguemos a acoger entre 500 millones de personas a 40.000 pertenecientes a esas familias asoladas por la guerra. Más que inexplicable, es sencillamente miserable. Así está Europa. Casi todo por hacer.

Publicado para El Correo, 26/06/2015

16 de junio de 2015

No somos nadie.

La pérdida de influencia de España en América Latina es triste y preocupante. Triste, porque es el ámbito internacional en el que más y mejor podemos influir y, preocupante, porque muchos intereses ciudadanos y económicos españoles no están siendo debidamente representados y protegidos.

Es vedad que el peso internacional no tiene baremos ni unidades de medida. No sabemos muy bien quién es quién en el oscuro mundo de las decisiones internacionales pero, múltiples indicios nos hacen ver a España con una insoportable levedad en la mayoría de los ámbitos latinoamericanos, siguiendo una peligrosa estela europea estos últimos años de abandono geopolítico de la zona.

Nuestro principal logro estos últimos días ha sido la anulación por parte de la Unión Europea de las visas obligatorias para ciudadanos de Perú y Colombia. Pero más allá de ese gesto, importante todo hay que decirlo, nuestra política internacional en el continente hermano, brilla por su ausencia. No nos hemos recuperado en Argentina de la expropiación de REPSOL, y la difícil situación macroeconómica de ese país en los mercados internacionales, tampoco nos ayuda a ser socios de su inestabilidad. Tampoco nos quieren demasiado, esa es la verdad, y así nos dejamos llevar a la inanidad en un país clave en Mercosur, puesto que nuestra influencia en Brasil es menor por razones lingüísticas, culturales y políticas.

En Venezuela nos hemos puesto de perfil. La Casa Blanca y el Vaticano hablan con Felipe González para influir allí y, hasta Colombia le pone un avión para salir del país. Pero nuestro temor a la reacción histérica de Maduro contra las empresas españolas nos condena a la irrelevancia.

En Colombia se negocia la paz. ¿Juega España algún papel en un proceso tan importante, en un país tan amigo? Que yo sepa, ninguno. Por supuesto, Cuba y Noruega son claves en La Habana y no pretendo semejante protagonismo. Pero un país como España, con tantas afinidades y experiencias en estos temas, debería ser un aliado internacional principal del presidente Santos en su valiente lucha por la paz.

Y qué decir de Cuba. Hace casi vente años, en 1995 -me contaba recientemente Felipe González-, España era el interlocutor de Europa para un acuerdo que, finalmente, frustró el propio Fidel. Luego llegó la famosa Posición Común que encabezó Aznar y perdimos todas las opciones de seguir siendo la cabeza europea en Cuba. Ahora, todos ponen allí sus miradas e intereses. Los EEUU que buscan recomponer su papel en toda América Latina ante la creciente presencia china y rusa. La UE que negocia un acuerdo a toda prisa. Hollande, que ha visitado Cuba como primer mandatario europeo. Todo el mundo cree que España es el puente en Cuba. Por idioma, por afectos, por presencia empresarial. Pero, ¿dónde está nuestro gobierno?

Tampoco la izquierda socialdemócrata y, en particular el PSOE nos libramos de estas ausencias. Tenemos pocos contactos políticos con las nuevas izquierdas del Alba. Es cierto que los principales de esta nueva izquierda latinoamericana prefieren relacionarse con los grupos comunistas clásicos o con los nuevos partidos de izquierda populista pero, es la socialdemocracia europea la que debe ofrecer a Correa en Ecuador -principal y más sólido líder de las nuevas izquierdas latinoamericanas- un marco de entendimiento futuro sobre un proyecto ideológico que -salvando las enormes distancias de origen- no puede diferenciarse mucho del Estado de bienestar que ambos defendemos.

Se ha dicho hasta la saciedad que Europa ha perdido pie, peso e influencia en América Latina, a pesar de seguir siendo el primer país cooperante y el primer socio comercial. La Cumbre UE-CELAC de primeros de junio quería enmendar esa ausencia de estos últimos años pero, no lo hará si España no pesa en Europa y consigue que las miradas internacionales de la UE, además de a Ucrania y el Mediterráneo se dirijan también a América Latina. Porque, por graves que sean -y lo son- los problemas en el Este y en el Sur de la Unión, las oportunidades políticas y económicas que tenemos en América Latina son inmensas y las potencialidades de esa Alianza Estratégica en la gobernanza mundial, son formidables e inaplazables.

Para eso, además hace falta una España fuerte en América Latina y, lamento decirlo, ahora no somos nadie. La presencia, bastante anodina de nuestro presidente Rajoy en la Cumbre de Bruselas del pasado diez de junio, lo certificó, a mi juicio.

Publicado 16/06/15 The Huffington Post

12 de junio de 2015

Una alianza por hacer

Como si se tratara de una novela de García Márquez, la realidad política y económica de América Latina no ha dejado de evolucionar en estos últimos 15 años, y especialmente en estos últimos 15 meses. Cuba es un buen ejemplo de cambio en la buena dirección, y Venezuela, en dirección opuesta. Una dictadura se abre a la democracia y una democracia se cierra hacia la dictadura, me dijo Felipe González, comentando la situación en ambos países.
Pero no son sólo ellos. Colombia camina hacia la paz en un proceso de diálogo extraordinariamente difícil para acabar con la violencia interior. Panamá abrirá otro canal, cien años después de la apertura del primero, para conectar el Atlántico y el Pacífico, y quizá Nicaragua abra un tercero en los próximos diez años. Chile, Perú, Colombia y México construyen una Alianza para el Pacífico, llena de significación geoeconómica.

Las elecciones democráticas han legitimado el poder político y el Estado de Derecho en todo el continente por primera vez en la historia. Gobiernos populares comienzan una larga tarea de redistribución social en países con enormes masas de población pobre, intentando construir servicios públicos sostenibles en educación y sanidad.

Desde los primeros años de este siglo, América Latina ha tenido una evolución económica muy notable. El crecimiento medio del 4% ha permitido modernizar las estructuras económicas latinoamericanas y reducir la pobreza mediante un fuerte aumento del gasto social. América Latina sigue siendo muy desigual, con un problema estructural gravísimo de inequidad, pero lo es mucho menos que hace 15 años: más de 60 millones de personas abandonaron la pobreza, y algo más de 80 millones se sumaron a la llamada clase media.

América Latina se mueve, y los grandes actores políticos no son ajenos. China está invirtiendo cerca de 200.000 millones de dólares en la región, y el acercamiento de Obama a Cuba también busca recomponer la figura de los EE UU en el continente. La Unión Europea sigue siendo el primer socio comercial, pero en los últimos años hemos perdido pie, presencia e influencia en la región.

Así llegamos a la II Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno entre la Unión Europea y la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC), que se ha celebrado en Bruselas los días 10 y 11 de junio. ¿Qué han hecho nuestros mandatarios?

La Cumbre quería, en primer lugar, reforzar la Alianza Estratégica Birregional, para que la Unión Europea y América Latina y Caribe configuren un poder internacional articulado y coherente en las muy diferentes mesas de gobernación del mundo. Desde la Cumbre de París sobre el cambio climático, a las Naciones Unidas. Desde la coordinación de esfuerzos y de políticas frente al narcotráfico y el terrorismo, a la regulación financiera y al combate contra los paraísos fiscales. Compartimos valores comunes, aspiraciones democráticas y de justicia social bastante similares. Estamos pues llamados a hacer juntos más y mejores cosas. A influir sobre las múltiples necesidades de gobernanza global con una fuerza incrementada por la suma de dos continentes.

En segundo lugar, la Cumbre ha dado nuevos impulsos a los procesos de negociación ya en curso, con el fin de culminar o modernizar los acuerdos entre la Unión Europea y distintos países de América Latina. Es el caso de Ecuador, que está esforzándose por finalizar su incorporación al Acuerdo Comercial Multipartes que ya vincula a Colombia y Perú. También es el caso de México y Chile, que reclaman la actualización de sus Acuerdos de Asociación con Europa, desde el convencimiento de que un instrumento de esta naturaleza es más útil cuanto mejor se adapte a los tiempos.

Es posible que se retomen las negociaciones con Mercosur y un acuerdo amplio con Cuba se alcanzará probablemente este año próximo. En ese mismo plano, colombianos y peruanos conseguirán venir a Europa sin necesidad de visado previo. Y, por último, Europa seguirá siendo el socio fundamental en la cooperación con Centroamérica, especialmente en la lucha por la seguridad ciudadana en países donde la criminalidad alcanza cifras insufribles.

Paralelamente a la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno se han producido otras: la Parlamentaria, que se ha reunido en Panamá, Riga y Bruselas para elevar mensajes políticos a los mandatarios de ambos continentes; la empresarial, reunida en Bruselas y en Milán; la Académica, reunida en Bruselas y Lovaina. También la sociedad civil se reunió con el patrocinio del Comité Económico y Social Europeo en el mes de abril.

¿Cuál es el mensaje de todas ellas? Hay una constatación común de crítica a la falta de desarrollo en nuestras relaciones estos últimos años. Hay un deseo unánime de mejorar nuestros acuerdos y de reforzar la alianza estratégica global. Y junto a todo ello, hay una reivindicación de que unamos nuestras sociedades. Unir es enlazar con cable de banda ancha nuestros continentes, multiplicar nuestros Erasmus, aceptar sin trabas la movilidad laboral y la inmigración entre las dos regiones, ayudar a las PYMES a pasar de uno al otro lado del océano, poner en comunicación nuestras universidades y a nuestros investigadores, compartir el conocimiento...

Hay un círculo histórico, cultural, económico y humano entre América Latina, Caribe y Europa, y no lo hemos cerrado. Es todavía una Alianza por hacer, si conseguimos evitar que Europa sólo mire al Este o al Mediterráneo y que América Latina gire su mirada definitivamente hacia el Pacífico, dándonos la espalda. Estos riesgos no son teóricos. Desgraciadamente, se están produciendo actualmente, y a muchos nos preocupa que lleguemos demasiado tarde.

Publicado en El País, 11/06/2015

9 de junio de 2015

Homenaje a Ernest Lluch, para el Acto "Para la salud juntos y mejor"



"Ernest Lluch construyó la sanidad española desde perspectiva de un servicio público universal y gratuito y creó un derecho, el de los españoles a ser curados por un sistema público, el mejor, el de máxima calidad frente a la red privada."



 
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Foto: SANTOS CIRILO
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