21 de febrero de 2015

¿Para qué lo mataron?

Fernando Buesa no dio su vida, se la quitaron. Los que le asesinaron no lograron nada, solo contaminar y arruinar su propia causa.

Fue un político de vida honesta. Ejemplar en su vida pública y personal y, eso, ya es mucho decir en estos tiempos. Sin ambiciones extraordinarias. Nunca quiso dejar el País Vasco para ocupar otros cargos y siempre se sintió cómodo en su liderazgo alavés y en los puestos institucionales de la Diputación y el Gobierno vasco. Llegó a la política en los albores de la democracia y encontró en el Partido Socialista la organización política más cercana, más próxima a sus ideas y a sus proyectos para el país. Se mantuvo fiel a nuestra causa, de principio a fin. Fue un líder político completo. Tan es así que, su desaparición nos causó un vacío imposible de cubrir. Muy parecido al que nos provocó el asesinato de Enrique Casas en Guipúzcoa, en 1985. Sus dos mejores características profesionales eran, de una parte, su rigor intelectual y su coherencia argumental, y de otra, su sentido del equilibrio y del pacto entre las posiciones encontradas que acompañan todo debate y toda decisión.

Lo mataron una tarde cuando venía de casa al partido por los jardines de la universidad. A él y a su escolta, un ertzaina llamado Jorge Díez. Era el año 2000 y ETA había roto la tregua de Lizarra de 1999 y había vuelto con más ímpetu asesino todavía que el que ya nos había mostrado a lo largo de los treinta años anteriores. Ahora se trataba de matar a los dirigentes vascos del PSE y del PP, los que nos oponíamos a su proyecto totalitario. El razonamiento de aquel ímpetu era simple: eliminar al adversario. Eliminarlo físicamente. Que desaparezcan los enemigos de la Euskadi libre, independiente y euskaldun. Matamos a sus dirigentes y se irán como conejos. Algo así pensaban estos desalmados.

Por eso fueron a por la cúpula del PP vasco en el cementerio de Zarautz cuando recordaban a Iruretagoyena, su militante asesinado. Por eso mataban concejales del PP o del PSOE en Rentería o Lasarte. Por eso mataron a Lluch o a Fernando Múgica o, a Juan Mari Jáuregui. Fernando Buesa fue el primero de ellos. Otros nos salvamos por la advertencia que representó su asesinato. Fernando no dio su vida. Se la quitaron, solía decir Nati, su viuda.

¿Qué quedó de todo aquello? Los recuerdos de aquella tragedia. El abrazo con Ardanza en la sede del partido. Las lágrimas de los compañeros. La visita a Nati, en la casa de Fernando, junto a Mayor Oreja, la misma tarde del asesinato. La manifestación enorme el día del funeral. La contramanifestación del PNV en defensa de Ibarretxe. Solo unos días después, hubo elecciones generales y el PP arrasó en España y también en Álava. Al año siguiente hubo elecciones en el País Vasco y ganó ampliamente el PNV.

¿Qué queda de todo aquello? Queda todo y no fue nada. Quedan esos recuerdos de uno de los momentos más graves en las relaciones con el PNV en la lucha antiterrorista. Veníamos de la ruptura del Pacto de Ajuria-Enea, condición previa al acuerdo de Lizarra. Veníamos de una tregua tramposa en la que ETA engañó al PNV. Teníamos un lehendakari apoyado por el partido que apoyaba a ETA y nos encontramos con que la banda rompe la tregua y mata al jefe de la oposición política en el Parlamento a ese lehendakari.

Todavía recuerdo la mirada soberbia de Arzallus a los compañeros dolientes de Fernando, sobre su capilla ardiente en el Parlamento vasco. Todavía recuerdo aquel griterío peneuvista arropando a su lehendakari, en vez de sumarse a nuestra ira aquel sábado por la tarde en Vitoria.

Fue grave, pero nada queda. Solo el dolor de sus amigos y el desconsuelo eterno para Nati y sus hijos. Como con tantas víc timas de esta tragedia maldita que hemos vivido casi toda nuestra vida, solo quedan el dolor y el recuerdo de tanta gente que perdió su vida (mejor, que se la quitaron), por una guerra inútil.

Cuando miro hacia atrás y contemplo esos recuerdos, me asaltan dos sensaciones. La primera es una emoción enorme por la paz conseguida, por la victoria democrática que celebramos desde hace más de tres años. La segunda es una pregunta insistente, que me hago con frecuencia: ¿Para qué tanto sufrimiento? La pretensión de hacer de todo esto un relato lleno de móviles políticos y de épica patriótica es, simplemente, patética. Solo produjeron dolor y muerte. No lograron nada sino contaminar y arruinar su propia causa. Solo nos queda el recuerdo de tanto sufrimiento, el de todos, incluido el suyo, para nada. Un poco como en el estrambote del soneto de Cervantes … «miró al soslayo, fuese y no hubo nada». Solo dolor, añado yo. Recuerdos doloridos de Fernando y tantos más. ¿Para qué lo mataron?

Publicado en El Correo, 21-02-2015

16 de febrero de 2015

Obama a la nación. ¿Y Europa?

Los EEUU de Obama nos han dado una lección. Siete años después de que se iniciara precisamente allí, en el corazón del capitalismo financiero, en Wall Street, la crisis más grave de la historia de la economía financiera global, ellos, los americanos ya cantan victoria, mientras los europeos seguimos sumergidos en el desempleo, el estancamiento y la deflación. Realmente las diferencias en el tratamiento de la crisis, entre los EEUU y la Unión Europea se estudiarán en los tratados de economía durante mucho tiempo porque, a la acción del gobierno y a la estrategia económica se deben muchas de las explicaciones de resultados tan dispares.
En esencia y para hacerlo sencillo, ellos han contado con una Política monetaria de su Reserva Federal que ha hecho política anti cíclica (a la depresión le ha inyectado liquidez), han saneado sus buques insignia en la banca (salvo Lehmans), y en la industria, han dinamizado su potente sector creativo de pequeñas empresas, están invirtiendo en energías renovables y se han convertido en el primer productor de energía del mundo. Y, sobre todo, se han comportado como lo que son: una Nación.

Desgraciadamente, a los problemas intrínsecos de la crisis europea, dependencia energética, demografía adversa, baja competitividad en la globalización, etc., nosotros hemos añadido dos errores que están resultando letales. El primero es la orientación pro cíclica de la política económica impuesta por FMI, la Comisión Europea y el Banco Central, hasta hace solo unos meses. (El Banco Central desde el verano pasado y mucho más ahora, han cambiado esa orientación aunque, no sabemos si será tarde). La política de contracción fiscal exigida por los altos niveles de deuda y de déficit de los países europeos, está provocando un estancamiento económico del que nadie sabe bien cómo ni cuándo saldremos.

Pero el segundo y no menos importante, es la incapacidad europea de comportarnos como un país. Sabemos que no lo somos. Que somos la suma de muchas naciones. Y sabíamos también que la gobernanza de una moneda común, exigiría una coordinación muy difícil de lograr. Pero la verdad es que Europa sigue sangrando por la misma herida de sus intereses antagónicos entre economías divergentes y países con necesidades encontradas.

Obama compareció ante el Congreso de Representantes de su país. Su discurso es memorable, directo, valiente, comprensible, un poco triunfalista (en gran parte con razones para ello) y todo él, muy brillante. Lo primero que destaca de su oratoria es la brevedad y la contundencia de algunos de sus anuncios: “La sombra de la crisis ha pasado y la Unión está fuerte”. O esta otra: “Esta noche vamos a dar un giro” (a quince años de terror, guerras y crisis). Su discurso es llano, directo, fácil de entender. No se enreda en terminología de técnica económica o política. Habla a la gente, aunque se dirija a los diputados. Es más, habla a la clase media americana a quien dirige todo su discurso. De manera constante les habla a ellos y, para que le entiendan mejor, personaliza en una familia de Minneapolis (Rebekah y Ben Erles, camarera ella y empleado de la construcción él, con dos hijos), la evolución económica y los problemas del país. La pareja, aparece en el discurso cada vez que el presidente quiere hablar de la crisis, del empleo, de la formación para renovar las cualificaciones, del cuidado y educación de los niños, del seguro de enfermedad, de las pensiones.

Obama fue valiente porque retó a las nuevas mayorías republicanas en el Senado y en el Congreso, a aprobar las leyes que enviará al Parlamento para aumentar la protección social de los americanos y les anunció que si las cámaras tomaban iniciativas para volver atrás en sus políticas de Sanidad Pública, Inmigración, Fiscalidad progresiva, etc., él vetaría esas leyes. También lo fue al anunciar una ley para logar la igualdad salarial de mujeres y hombres, el cobro de las horas extraordinarias y el aumento del salario mínimo.

¿Quién dijo que Obama está acabado? El golpe de efecto que ha dado con la reanudación de las relaciones con Cuba y los cambios geopolíticos que se están produciendo con la bajada del precio del petróleo (a lo que él no es ajeno), son de una dimensión enorme.

¿Fue triunfalista al decir que han reconstruido la economía americana sobre una nueva base? Quizás, pero han creado 11 millones de empleos en cinco años, tienen la tasa de paro más baja que antes de la crisis y, crecen al 3%. Como dijo: “La economía de la clase media, funciona”.

Un último rasgo de su discurso es la constante apelación al pueblo americano como sujeto activo del país. Todo lo hace el pueblo y todo es para el pueblo. Con una apelación muy reiterada a la corresponsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos y a las “oportunidades justas” para todos ellos. El discurso político americano, desde Kennedy con su famosa frase (“No te preguntes qué puede hacer América por ti, pregúntate qué puedes hacer tu por América”), se fundamenta en una ciudadanía corporativa, una idea de pertenencia y de comunidad muy presente en su simbología nacional pero, también muy compartida por todos los líderes políticos y sociales del país. Lo que en tiempos de crisis como los que vivimos, no es un valor menor.

Los europeos siempre hemos mirado con cierta distancia, a veces despectiva, a la democracia americana y, sobre todo, a su sistema social. Pero hay muchas cosas que las están haciendo mejor y debemos aprender.

Me pregunto si Europa está obteniendo las lecciones adecuadas de lo que nos está pasando y descubro con temor que, no solo no es así, sino que, al contrario, está fomentando sus nacionalismos interiores fragmentando aún más el proyecto federal de la Unión: es decir, el de un proyecto de ciudadanía y solidaridad europeas, imprescindibles para afrontar los dificilísimos retos de nuestro siglo.

Publicado en El Correo, Febrero 2015.

13 de febrero de 2015

La investigación del escándalo fiscal luxemburgués Luxleaks.

La denuncia, el pasado mes de noviembre, del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación de las prácticas para favorecer la evasión fiscal llevadas a cabo durante años por el Gobierno luxemburgués puso entre las cuerdas al recién nombrado Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El máximo responsable del Ejecutivo comunitario, que ejerció el cargo de primer ministro luxemburgués durante 18 años y que, presuntamente, habría tolerado las operaciones de ingeniería fiscal para favorecer la evasión, tuvo que apresurarse a comparecer en el Parlamento Europeo para apresurarse a condenar dichas prácticas y así evitar la aprobación de una moción de censura.

Las prácticas del gobierno de Luxemburgo para atraer la inversión de las multinacionales y conocidas como "LuxLeaks" no son un caso aislado. Holanda, Bélgica e Irlanda también han sido protagonistas de investigaciones formales y varios estados han sido interpelados por la Dirección General de Competencia de la Comisión Europea por prácticas similares que infringen las normas europeas sobre ayudas a los Estados. Normas que, precisamente, están orientadas a prohibir ventajas que puedan distorsionar la competencia en el mercado.

Muchos ciudadanos nos preguntamos, ¿cómo es posible que este tipo de esquemas fiscales hayan podido ser legales desde el punto de vista formal pese a su evidente carácter fraudulento y a las continuas llamadas de atención del ejecutivo comunitario?

Con la aprobación ayer en la Eurocámara de la constitución de una Comisión Especial sobre los Acuerdos Fiscales y Otras Medidas de Naturaleza o Efectos Similares, el Parlamento Europeo se dota de los instrumentos necesarios para examinar la aplicación de la legislación de la Unión Europea sobre fiscalidad y ayudas estatales desde 1991 en relación con los acuerdos fiscales y otras medidas similares adoptadas por los Estados miembros. Asimismo, la nueva comisión analizará el cumplimiento de las obligaciones establecidas en la legislación europea en materia de información sobre acuerdos fiscales a otros Estados miembros, determinará el impacto negativo de la planificación fiscal agresiva sobre las finanzas públicas y planteará recomendaciones para el futuro.

Finalmente, se ha optado por la creación de una comisión especial y no de investigación -cuya reglamentación, de la que soy Ponente, está actualmente en fase de revisión tras los nuevos poderes que otorga el Tratado de Lisboa al Parlamento Europeo- en base a la recomendación del servicio jurídico del Parlamento Europeo. No cabe duda de que ello limita los poderes de la Eurocámara pero también garantiza que en el caso de que se inicie un procedimiento jurisdiccional con idéntico objeto (excepción sub judice), la comisión especial no quedará suspendida.

En definitiva, el Parlamento Europeo, y en particular los miembros, entre los que me encuentro, de esta nueva comisión especial, tenemos una importante tarea que desarrollar en los próximos meses para investigar y combatir la elusión fiscal y erradicar el secreto bancario.

Pero en paralelo esta tarea debe ir acompañada de avances en materia de armonización fiscal europea y en particular en relación a la creación de un impuesto de sociedades común para la Unión Europea, tal y como llevo reivindicando desde hace años. Sólo así reconquistaremos la confianza de los ciudadanos.


Rámón Jáuregui fue nombrado ayer, en Sesión Plenaria del Europarlamento, miembro titular de la comisión especial contra la evasión, el fraude y la competencia fiscal en la UE a raíz del caso Luxleaks

6 de febrero de 2015

Si Podemos es el rival del PP, gana el PP.

Esta es mi triste conclusión de la encuesta del CIS de enero, y esta es también mi opinión, antagónica a la que expresaba hace unos días Pablo Iglesias, el líder de Podemos: "sólo Podemos puede ganar las elecciones al Partido Popular". Precisamente es al revés. Si Podemos lidera la izquierda española, la izquierda nunca ganará en España.

Mi razonamiento es claro. Un partido percibido por la sociedad española como de extrema izquierda nunca alcanzará porcentajes electorales suficientes como para parar a la única opción de la derecha: el PP. Es más, una parte importante del voto de centro (el de aquellos que votan alternativamente PSOE / PP y que se sitúan en el espectro del 4 al 6 del gradiente del voto ideológico) se irá al PP aunque no fuera esa su opción electoral en este año 2015. En definitiva, no se fiarán o temerán a Podemos y votarán "conservador" ante la posibilidad de la victoria de Podemos.

Dicho de otra manera, Podemos no tiene capacidad de atraer al centro sociológico y nunca llegará a ser fuerza mayoritaria. Puede atraer mucho voto útil de la izquierda (quitándoselo al PSOE), pero nunca será mayoritario en España.

Es por eso que el mensaje de Pablo Iglesias es inteligente pero falso de raíz. Es inteligente porque busca el voto útil contra la derecha y persigue vaciar al PSOE de ese cartel. Pero es falso porque él nunca ganará al PP. Al PP puede ganarle el PSOE, pero Podemos no.


El problema es que este debate les viene muy bien a los dos, al PP y a Podemos. A Podemos para ganar al PSOE, su verdadero objetivo. Y al PP, para ganar las elecciones.

29 de enero de 2015

Partido de país

Asusta poner en manos desconocidas la recomposición del entramado territorial, económico y social

Decir que el PSOE vive una encrucijada delicada, es tan evidente como decirlo del país. La crisis del sistema político y partidario español es, solo uno —aunque no el menor— de los problemas de España. Lo que asusta es poner en manos desconocidas la ingente tarea de recomposición de nuestro entramado territorial, económico y social. Lo que aterra es encargar esa delicada tarea, que exigirá recuperar los consensos políticos que son necesarios para una reforma acotada de nuestra Carta Magna, a quienes quieren demoler el edificio barriendo —literalmente— la Constitución.

A lo largo de 40 años militando en el PSOE, he vivido todo tipo de situaciones difíciles pero, siempre hubo un horizonte, una meta, un proyecto de país y para el país. La conquista de la democracia en los setenta, la Constitución, modernizar el país, la reconversión industrial, entrar en Europa, construir el Estado del bienestar, el empleo, los derechos… Esos objetivos fueron incluso épicos, en algunos casos. Acabar con la violencia y conquistar la paz ha sido como una larga marcha llena de dolor y de tragedias, felizmente ganada por la democracia española.

El PSOE siempre tuvo un relato de su acción política, coincidiendo con las necesidades del país y ha sido arquitecto principal de la formidable transformación española. Éramos, solíamos decir, el partido que más se parece a España porque representábamos las aspiraciones mayoritarias de la sociedad española y porque respondíamos, con aciertos y errores, claro, a esas demandas. Fuimos siempre un partido del país y para el país. Nunca perdimos nuestra aspiración de mayoría, es decir, fuimos siempre un partido de Gobierno que adaptaba sus propuestas y perfiles políticos, a las aspiraciones de un espectro social muy amplio.

Aunque la crisis y el enfado con la corrupción han desplazado a la izquierda el centro sociológico, la mayoría sigue estando en el centro izquierda y, el PSOE no debe abandonarlo por complejos con el pasado ni por una competencia con otros grupos, que nunca ganaremos. Hoy debemos recuperar ese papel central de la política española y luchar contra ese pronóstico fatal que quiere convertirnos en pasado, ni siquiera glorioso. Pero evitar ese destino requiere acertar en la estrategia y mantenernos serenos y unidos.

Lo primero que debemos hacer es ofrecer a los españoles un proyecto de renovación profunda de nuestro entramado político institucional, que incluya la reforma constitucional para abordar el tema territorial, los derechos sociales, la reforma del Senado, la ley electoral, el sistema de partidos, etcétera. Nuestra propuesta de cambio político en España debe huir de esa idea peregrina y peligrosa que atribuye a nuestra Transición democrática, el origen de todos los males y pretende una construcción ex novo del edificio constitucional.

Debe ser una oferta de cambio profundo. Democráticamente radical y regeneracionista, pero abierta al pacto. Al pacto con todos. Desde luego a la derecha política —entre otras cosas, porque una reforma constitucional no es posible hacerla sin ellos— pero, también a la izquierda y a los nacionalistas. Nosotros podemos pactar con todos, suele decir Pedro Sánchez. Debemos enarbolar esa bandera con más convicción y menos complejos. Tender la mano a los pactos, y hacer gala de ello, no equivale a proponer alianzas electorales o coaliciones de gobierno. Simplemente, muestra una actitud ofrece una disposición a los grandes acuerdos que, una determinada coyuntura histórica (política y económica), reclaman. En el fondo, es marcar una identidad de transversalidad, una idea de tolerancia democrática y una generosidad partidaria, muy lejos de la chulería que han definido las mayorías absolutas, desde Aznar a Rajoy, y de la soberbia intelectual que aventura Podemos.

Debemos ofrecer una alternativa económica solvente, creíble, seria, centrada, europea. La tentación rupturista con el statu quo es comprensible por la disconformidad social con la gestión de la crisis y el sufrimiento de la mayoría con ella. Por eso es más importante que nunca ofrecer al país un equipo económico renovado y capaz, con crédito en el medio y entre los expertos y con un proyecto de política económica realizable y pragmático, porque los electores están hartos de promesas incumplidas. Nosotros somos los únicos que podemos ofrecer una verdadera oferta socialdemócrata contra el paro y la desigualdad, aunque tengamos que admitir límites a nuestros deseos y asumir el largo plazo de muchas soluciones. Hay márgenes para una política económica alternativa en Europa y en España que los socialdemócratas debemos clarificar y explicar. Pero harán falta novedades en nuestras recetas. Innovar en fiscalidad, aprovechando que Europa se ha lanzado a la coordinación supranacional y al combate a la elusión y al fraude después del escándalo Lux-leaks, es una pieza capital en el camino a la igualdad social. Modernizar el marco de nuestras relaciones laborales con un 30% de empleo eventual, el 50% de nuestros jóvenes en paro y múltiples dualismos internos, exigirá revisar muchos capítulos del estatuto laboral del siglo pasado. Revisar la fiscalidad del empleo en un país con cinco millones de parados es imprescindible. Esas y otras son las ofertas que debemos concretar pronto y bien.

No es necesario desdecirse del pasado. Las rectificaciones más sonoras no nos ayudan. No tenemos que insistir en pedir perdón. Primero, porque todo lo que tuvimos que hacer, había que hacerlo a riesgo del rescate o del impago. No explicar ni defender la gestión de los Gobiernos socialistas, ha sido nuestro principal error estos últimos años. Segundo, porque insistir en el pasado no añade nada y los intentos de desmarcarse de él, solo lo recuerdan.

Por último, la unidad. Hemos elegido en primarias, hace solo seis meses, a un nuevo líder del partido. Fue una elección novedosa, masiva, plenamente democrática. Como es natural, el líder busca consolidarse y convertirse en un activo que añada votos a las siglas. Su liderazgo orgánico quiere convertirlo en liderazgo social y electoral. Así ha sido siempre y así lo ven y lo quieren los ciudadanos. Tiene un año para hacerlo. No es mucho tiempo. La obligación de todos nosotros es ayudarle con lealtad y trabajo.

El momento que atravesamos —como partido y como país— no admite divisiones ni dudas de nosotros mismos. Solo podremos ser la alternativa al PP en otoño de 2015, si el partido es lo que siempre fue: una comunidad de ideas, orgullosa de su historia, y unida por el afecto y por la ambición irrenunciable de hacer progresar a los que menos tienen.

Ramón Jáuregui es diputado del PSOE en el Parlamento Europeo.

Publicado en "El País" 29/01/2015
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Foto: SANTOS CIRILO
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