Hay razones para pensar que la Unión Europea ha dado otro importante paso en su consolidación como proyecto de integración. La elección rápida y unánime del Presidente del Consejo y de su Alto Representante y vicepresidente de la Comisión, son, en sí mismos, muy positivos. El desacuerdo o la división en estos nombramientos habrían significado un fracaso de la Unión en un delicado momento de su historia.
El equilibrio ideológico es el otro éxito. Que los socialistas europeos ostenten esta importantísima función en el tridente institucional (Consejo-Comisión-Ministerio de Exteriores) es un logro político para la familia socialista que, además, revalúa y da coherencia a esta misión desarrollada con un esfuerzo y un éxito memorables por parte de Javier Solana, los últimos diez años.
Que sea una mujer, es otro importante dato a destacar. La gran revolución feminista que se vive en el mundo no podría tener un retroceso en Europa, vanguardia de libertad y de igualdad humana para el resto del mundo.
Sin duda, el precio de los nombramientos es su bajo perfil político. Pero, en mi opinión, se trata una crítica demasiado fácil y poco fundada, dadas las circunstancias en las que se está construyendo Europa estos años, puesto que no conviene olvidar los fracasos producidos en el proceso constitucional europeo a mediados de esta década, la crisis económica que estamos viviendo y los efectos políticos de la ampliación al Este en la solidez política de la integración. Que se trate de nombres desconocidos en la escena internacional es una consecuencia lógica de todo lo anterior, mucho más si se tiene en cuenta que alguna candidatura para la Presidencia del Consejo internacionalmente conocida, resultaba políticamente muy controvertida y peligrosamente euro-escéptica.
El problema no es que sean desconocidos hoy, sino que lo sigan siendo mañana. Eso sí será grave y para evitarlo, hace falta voluntad política de hacer Europa. Eso se evita si los 27 les dejan hacer su función, les otorgan poderes que necesitan para ser los líderes que Europa necesita y si los grandes ceden intereses nacionales para que haya una voz unida y fuerte en nombre de todos.
20 de noviembre de 2009
Comunicado conjuntamente con Juan Fernando López Aguilar.
¿Se acuerdan ustedes de aquel folletín mexicano que atrapó a los seguidores de las telenovelas? Yo no he visto ninguno de sus capítulos, pero me imagino la cantidad de desgracias que tendrían que sufrir sus protagonistas para dar sentido al título de la serie. Comentando con un amigo la situación económica del mundo, y en concreto las dificultades de los países para recaudar, entre las rentas más altas, grandes fortunas y bancos, la devolución de las enormes aportaciones financieras públicas hechas para evitar el "crash" de 2008, me respondía con esa coletilla al título de la telenovela: «Sí, los ricos también lloran... pero de risa».
Confieso que es un comentario un poco maniqueo, tirando a demagógico, pero convendrán conmigo en que resulta bastante adecuado para provocar una reflexión bien evidente. Es ésta: los presupuestos públicos de la mayoría de los países han tenido que hacer un esfuerzo económico enorme durante los años 2008-2009, y probablemente 2010, para combatir una crisis creada por la irresponsabilidad del mundo financiero; y ahora que quieren compensar sus altos déficits, reclaman esfuerzos fiscales... a los de siempre, es decir, a todos.
Con esas aportaciones públicas se han garantizado los depósitos de los contribuyentes, se han salvado cajas y bancos, aseguradoras y empresas privadas. Se ha inyectado dinero a las entidades crediticias para que lo presten y circule, evitando la parálisis financiera. Se han instrumentado avales, descuentos fiscales, subvenciones varias a sectores estratégicos, etcétera, etcétera. El esfuerzo financiero de los países se ha hecho con el dinero de los contribuyentes -mejor dicho, con los préstamos que nos hacen las generaciones futuras- y así se han generado déficits enormes en las cuentas públicas de casi todo el mundo. España, por ejemplo, terminará este año con un déficit fiscal de entre el 10% y el 12% del PIB, es decir, emitimos deuda pública por valor de más de cien mil millones de euros para cubrir un presupuesto cuyos ingresos fiscales apenas sobrepasan al 60% del total de lo que gastamos. EE UU y Reino Unido andan en cifras similares. El año que viene y el siguiente, continuaremos aumentando nuestra deuda pública acumulada hasta llegar a cifras alarmantes: ¿El 80%-90% de nuestro PIB? Veremos, pero muy probablemente toda Europa y casi todos los países de la OCDE vamos a alcanzar niveles de deuda estructural muy altos, gravando nuestras cuentas públicas todos los años con importantísimas cifras de pago de intereses y amortización que no podremos aplicar a políticas de gasto en inversión, o productivo. De manera que los peligrosos efectos de una altísima deuda pública en la economía pública (y en la privada por el encarecimiento del dinero prestado) son previsibles e inevitables.
Salvo dos circunstancias: Que la economía se recupere pronto, crezca mucho y la recaudación fiscal nos permita amortizar deuda con superávit de ingresos. ¿Es eso verosímil a corto-medio plazo? Todo el mundo dice que no. Son muchos los que, a este respecto, nos anuncian que los problemas ocultos de algunos bancos no han acabado y que -en todo caso- las políticas de estímulo a una economía átona y desconfiada deben mantenerse todavía algún tiempo. La otra circunstancia sería que nos planteáramos una recaudación extraordinaria de las rentas del capital, de las rentas más altas y de los beneficios de los sectores económicos ayudados por el Estado. La fuerza moral de este planteamiento es incuestionable. La justicia social así lo reclama y la lógica macroeconómica no admite discusión. ¿Por qué no es posible hacerlo?
No les descubro nada si les explico las razones que ustedes, queridos lectores, intuyen: porque los ricos no se dejan. Pongamos un ejemplo que todos conocemos. Las SICAV. Estas sociedades de inversión mobiliaria son un artificio creado para que las grandes fortunas tributen al 1% y no al 18% al que tributan los dividendos de las inversiones de capital. Pues bien, quiero creer que ese artilugio fiscal se inventó en su día para evitar que grandes fortunas nacionales huyeran a paraísos fiscales. Y cuando una hacienda pública -como al parecer van a hacer las diputaciones forales vascas- decide aumentar la fiscalidad de las SICAV, automáticamente las perderá todas. Efectivamente, una información de este periódico del 24 de octubre era titulada así: «Las diputaciones dan por hecho que todas las SICAV huirán del País Vasco».
Lo mismo podemos decir del incremento de la fiscalidad al ahorro o de las ingeniosas figuras fiscales inventadas para que las rentas altas huyan del IRPF, cuando se incrementa la tarifa que grava los ingresos más altos. Imagínense ustedes las dificultades legales y económicas que encontraríamos si se nos ocurriese algún tipo de gravamen a los beneficios de los bancos, agencias de 'rating', 'hedge-funds' y demás operadores financieros, siquiera fuese transitorio, para compensar los daños sufridos por la economía mundial, mezcla de avaricia e irresponsabilidad de muchos de ellos. Es lo que ha ocurrido cuando nada menos que el G-20 ha querido poner límites a los bonos y blindajes multimillonarios de los ejecutivos de los bancos y operadores financieros. Reino Unido se ha opuesto por temor a que la masa gris de la "city" londinense huya a países sin esos controles. ¡Siempre hay alguna razón fiscal para gravar a los que más tienen!
De manera que resulta literalmente imposible rehacer lo que es moralmente justo y económicamente bueno, es decir, conseguir una contribución especial y transitoria de quienes más tienen, o de quienes han generado el problema para abordar los enormes déficits públicos creados por la crisis. De hecho, los llamamientos fiscales a esa contribución han acabado en los impuestos indirectos: IVA, hidrocarburos, alcoholes, etcétera, porque parece que sólo de ellos se obtienen recursos seguros (a pesar de que resulten inconvenientes para favorecer la reactivación de la economía) y aunque eso sea a costa de que los paguemos todos.
La conclusión es clara. La política fiscal debe revisarse en profundidad y de esa revisión extraigo dos conclusiones de urgencia para nuestra agenda política. La primera tiene que ver con una vieja y perentoria necesidad: Acabar con los paraísos fiscales para que el dinero no huya a ellos. La transparencia bancaria y el acoso a los espacios fiscales opacos y ventajistas es una de las grandes lecciones de la crisis y una de las mayores y mejores oportunidades de su superación. Sin paraísos fiscales es posible pensar en una tasa fiscal transnacional a los movimientos de capital, como la famosa Tasa Tobin, del Premio Nobel de Economía de 1981, hoy reivindicada por el presidente de la Bolsa inglesa (Lord Turner), o por el último ministro de finanzas alemán (Peer Steinbrück). Pongamos que se estableciera un 0,005% a los movimientos internacionales del capital. Estaríamos ante una inmensa cuantía para abordar crisis económicas coyunturales como ésta o grandes causas de la Humanidad todavía lamentables y tristemente pendientes. Es técnicamente muy complejo, pero los beneficios serían tan altos que no entiendo cómo no estamos reivindicando esto en las calles de todo el mundo.
La segunda es más coyuntural. Hay que estudiar un ingreso fiscal especial al beneficio de los operadores financieros para compensar los gastos públicos de la crisis. Preferentemente con carácter internacional, pero sin descartar su implantación europea o nacional con carácter transitorio. Es una contribución justa para los enormes perjuicios que han causado. ¿Es tanto pedir que los accionistas de estas entidades reduzcan su beneficio los próximos años? Devolver lo recibido del erario público y compensar los esfuerzos financieros de los contribuyentes es tan legítimo como justo.
Son medidas que corresponden a la gobernanza del mundo que se está iniciando en las grandes cumbres del G-20 y otras. Pero son medidas que reclaman los ciudadanos. Son propuestas tan complejas como justas. Tan radicales como necesarias. Está bien que los ricos se rían... pero no de nosotros.
Si ayer jueves, terminaba la semana en el Parlamento Europeo recibiendo a la delegación del PSM encabezada por Tomas Gómez, en Bruselas, hoy hemos tenido en Vitoria el Primer Encuentro Interparlamentario entre diputados, senadores, europarlamentarios y parlamentarios de la Cámara Vasca, así como miembros de la Ejecutiva del PSE.
Algunos temas tratados en este primer encuentro, han sido sobre coordinación para el Concierto Económico, el Tren de Alta Velocidad, el soterramiento ferroviario o los presupuestos vascos.
Ha sido, sin duda, un interesante encuentro que esperamos tenga continuidad en el tiempo.
Fotos: Facebook Tomas Gómez y PSE-EE (PSOE) Socialistas Vascos.
A veces me pregunto si las bases filosóficas sobre las que se está construyendo la cultura empresarial de la RSE son sólidas, o si por el contrario, ni el consumo, ni la inversión, ni la información, ni la sociedad en general valoran en el fondo los esfuerzos empresariales por la sostenibilidad y la responsabilidad social. Porque -digámoslo claramente- si el mercado no premia las respuestas de las empresas a las demandas de sus stakeholders, si los costes de la RSE no son recompensados por los resultados económicos -sean estos financieros, reputacionales, etc.- el futuro de la RSE es más dudoso que cierto y más utópico que real.
Pero, como todo en la vida, nada es blanco ni negro. La evolución de la RSE es potente en muchos aspectos y débil en otros. Hay certeza en la implantación progresiva de esta estrategia empresarial en las principales empresas del mundo. Sabemos que su desarrollo está inspirado y avalado por las principales instituciones internacionales (Naciones Unidas, OCDE, G-20, Unión Europea, etc.) y que se perfeccionan e internacionalizan día a día los sistemas de reporte y la transparencia informativa de la RSE. Funcionan con creciente impacto las índices bursátiles de sostenibilidad y eso alimenta la inversión socialmente responsable, hoy el principal estímulo de la RSE en las grandes empresas. Es notable el progreso formativo de la RSE en los círculos de formación de ejecutivos y la expansión científica y divulgativa de la RSE. Son conocidas las numerosas organizaciones cívicas y sociales interesadas en empujar y exigir desde la sociedad una cultura crítica hacia las empresas, desde el consumo a los medios de comunicación, desde las ONG’s a los sindicatos. Son evidentes estos y otros progresos, pero, ¿es suficiente? Señalaré a continuación algunos caminos que debemos recorrer para que este castillo no sea de naipes y para que el futuro de la RSE no se construya sólo con nuestros sueños.
1) La incorporación de la RSE a la agenda política del Siglo XXI.
La nueva gobernanza del mundo, incipiente todavía, pero irreversible, tiene que incorporar la RSE a la cultura de la empresa en la nueva arquitectura económica que surge de la crisis de 2007/2008. Nadie sabe muy bien cómo será ese nuevo capitalismo que nos anunciaba Sarkozy, pero mucho más probablemente, la exigencia de cambio derivadas de las muchas irresponsabilidades que se han producido antes y durante la crisis financiera, redundarán en un marco regulatorio más exigente y en una cultura empresarial más responsable y sostenible con los crecientes impactos económicos, sociales y medioambientales de su actividad.
La política está despreciando -incomprensiblemente en mi opinión- este poderoso instrumento de acción en la conformación de una sociedad más cohesionada y comprometida con los grandes problemas humanos: desde el respeto a los Derechos Humanos, al combate a la pobreza, o al cambio climático. Las empresas tienen una creciente importancia en la configuración de la sociedad, en los avances de las grandes causas de la humanidad. El discurso político, la agenda pública, debiera liderar este cambio cultural de nuestras organizaciones empresariales en el que la responsabilidad, la gran lección de la crisis, fuera alfa y omega de su existencia y de sus fines.
2) Las políticas de fomento en la RSE deben generalizarse e incrementarse.
Soy abiertamente partidario de que las políticas públicas fomenten y estimulen las buenas prácticas de RSE. De hecho, serían un impulso formidable para quienes están progresando en esta materia. El conjunto de las compras y de las adjudicaciones públicas representa un volumen cercano al 20% del PIB nacional. Que éstas valoren y primen a las empresas como “responsables socialmente”, ayudaría considerablemente a avanzar en el camino de la RSE.
Las políticas de fomento pueden extenderse a múltiples aspectos: Difusión de buenas prácticas, formación de ejecutivos, financiación de consultoras para asesoría a PYMES y para extender los métodos de aplicación de la RSE, planes de desarrollo sectorial o local de la RSE. Guiadas por el consenso multi-stakeholders, estas políticas son útiles y favorecen tanto la integración social de las empresas, como sus mejoras de productividad y competitividad.
3) Unificar el Reporte de RSE y homologar las Etiquetas Sociales.
La SEC de la bolsa norteamericana está a punto de pronunciarse en este tema, requerida por la competencia leal y la transparencia que reclaman empresas, agencias y operadores financieros. La Unión Europea, a través de la Comisión (Departamento de Empresas) está realizando consultas para unificar las legislaciones de Suecia/Dinamarca/Reino Unido y Francia en materia de Reporting RSE. ISO está a punto de emitir su guía 26000, GRI perfecciona día a día su modelo universal. No comparto ese criterio de los que dicen que el mercado ya seleccionará el mejor. Una ordenación regulada es necesaria. Lo mismo que una clarificación de etiquetas más o menos sociales o medioambientales que pululan por doquier. Al igual que la calidad acabó imponiendo unas cuantas referencias internacionales de procedimientos y métodos de evaluación acreditados, la RSE debe avanzar hacia unos certificados universales, unificados y prestigiados.
¿Es esto todo lo que falta? No, claro.
El camino de la RSE es largo y complejo. No hay una meta, hay un camino.
El verso de una canción de Joaquín Sabina "Y cada vez más tú, Y cada vez más yo. Sin rastro de nosotros" sirve de buen comienzo para la entrevista que me han realizado esta mañana en RNE. La he elegido para hablar de la situación de Europa porque define en el momento en que se encuentra: "en desamor " pero han sido muchos los temas tratados, de los que dejo un breve resumen:
La última propuesta de la izquierda abertzale puede calificarse como "más de lo mismo"y no es ni valiente ni capaz de entender que el único camino es que ETA deje las armas.
El sistema democrático tiene que ser inteligente y, si me apura, generoso para que cuando ETA deje la violencia intentemos cerrar todas estas heridas, pero tiene que ser después.
Ya no vale nada, tienen que dejar las armas y abandonar definitivamente la violencia y a partir de ahí tendremos que hablar y resolver todas las derivas humanas y políticas que hay en esta trágica página de nuestra historia.
¿Se puede ser generoso? Es una cuestión que debería plantearse en su momento, pero creo que es una circunstancia unida a la inteligencia que si hay un abandono definitivo de la violencia puede exigir de la democracia, ¿por qué no?
El entorno de Batasuna sigue inventando trucos para seguir como están y eludir la presión policial.
Están presentado fórmulas del pasado. Es verdad que en ese mundo se especula, busca, investiga maneras de terminar (hay que decirlo), pero no son valientes ni capaces de entender que la única manera de terminar es dejando las armas.
La condición sine qua non, es que ETA pare definitivamente la violencia y entregue irreversiblemente las armas.
Esta condición ya no es modificable.
Todo lo que se haga alrededor sin asumir este compromiso, es artificio, artilugio, truco, trampa, etc...
Respecto a la Convención del pasado fin de semana del PP creo que ha supuesto una puesta en escena, una liturgia mediática y propagandística para intentar resolver los problemas de las últimas semanas.
Rajoy no es un líder sólido y el PP no es un partido valiente porque reclama confianza y está esperando la mayoría electoral en España pensando que la crisis va a acabar con el PSOE, pero no hace nada para tener esa confianza.
Rajoy tiene problemas de confianza interna y externa, tiene problemas de credibilidad en su propio seno y, por supuesto, ha habido demasiados problemas en Madrid y Valencia como para que todas las tensiones internas le resulten fáciles de solucionar en un fin de semana.
Sobre la fotografía que apareció publicada en varios medios de comunicación del presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, conduciendo Ferrari junto a la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá y el piloto de Fórmula 1, Fernando Alonso, por la cual se perdió el discurso de Rajoy, hay que añadir que esta foto del Ferrari, le comió la foto a Barcelona, y los que pasaron meses intentando organizar esta especie de gran espectáculo se deben estar tirando de los pelos.
Respecto a la corrupción, hay que señalar que forma parte de la naturaleza humana, pero creo que no hay que dramatizar sino que es necesario demostrarle al país que el sistema judicial funciona y que, por tanto, se evita que se extienda.
Asi, como consecuencia de la alarma provocada, hay conciencia dentro de los partidos políticos para extremar los esfuerzos y evitar más casos similares.
Respaldo las palabras de ayer de Rajoy cuando aseguraba que hay que reivindicar la política como una función noble y como un servicio público. Además, este tipo de informaciones demuestran que en España hay un sistema que funciona.
Respecto a Europa, en otro orden de cosas, sería estupendo que Felipe González fuese el presidente de la Unión Europea. Ojalá fuera una sorpresa de última hora. Creo que si a última hora surge en el Consejo Europeo una dificultad insuperable para decidir quién será el presidente, podrían llamar a la puerta de Felipe.
La situación actual de la Unión, está en un debate crucial, en un debate hamletiano del ser o no ser. Se empieza a hablar de un G2 entre Estados Unidos y China y el problema se deriva de que Europa no tiene una voz unida ni una voz fuerte en esas mesas.
Somos el cinco por ciento de la población del mundo, aunque la gran potencia económica del mundial, nuestro reto es ser o no ser, es decir, o estamos ahí, o no somos y, por tanto, no contamos en esa nueva gobernanza del mundo.
Este pasado viernes, continuando con los actos de la campaña, "con Nuevas Energías", he compartido acto público con Guillermo Fernández Vara, Juan Ramón Ferreira y la alcaldesa de Plasencia, Elia María Blanco.
De nuevo, el principal mensaje que he querido transmitir es que es necesario trasladar en estos momentos, que el Gobierno de España está haciendo lo que hay que hacer frente a la crisis y que, probablemente, nadie ha hecho más ni algo mejor.
Se ha evitado ya lo peor de tal forma que empieza a percibirse una sensación de que la recuperación es posible y que al año que viene, lentamente, el país va a tirar para arriba.
Con todo, aun es necesario seguir manteniendo un mensaje a los españoles de esfuerzo colectivo, y de necesidad de "apriete" en el trabajo y en la formación.
Creo, que mucho más que políticas macroeconómicas, a veces un país sale si su gente es capaz de hacer el esfuerzo que se reclama y yo creo que en España tenemos varios años de esfuerzo colectivo para volver a ser un país con un paro soportable, porque nuestra cifra es insoportable.