18 de septiembre de 2014

"Es necesario un código de conducta para las empresas europeas"




DW: De la legislatura (2009-2010) que terminó en julio de este año, salieron varias resoluciones interesantes con respecto a feminicidios, materias primas, corrupción, responsabilidad social. Este tema es especialmente importante ahora que el leitmotiventre la UE y América Latina intensifica la presencia de inversiones y empresas europeas. Y cuando se detectan muchos conflictos por materias primas y grandes proyectos de infraestructura. ¿Qué puede hacer concretamente esta asamblea para que la responsabilidad social salga del papel y sea algo tangible?

Jáuregui: Podemos desarrollar la idea y tratar de establecer un código de conducta de las empresas europeas en América Latina, por ejemplo. La idea de la responsabilidad social empresarial es una idea reciente, sólo lleva diez o doce años. Pero en un mundo globalizado que externaliza la producción a todos los rincones del planeta, extender una ley universal de comportamiento con el medio ambiente y sobre todo con las personas es fundamental.

Pienso que Europa tiene ese plus, ese valor añadido de que en nuestra cultura democrática, las empresas o son socialmente responsables o no deben de serlo. Creo que queda mucho camino por recorrer, ciertamente. A mí me gustaría que una de las señas de identidad, precisamente, del comportamiento de las empresas europeas en América Latina –y hay muchas- sea precisamente tener una responsabilidad social que nos pemita ser aceptadas por la población de América Latina como corresponsables con sus países.

Los códigos de conducta existen, sin embargo, la diferencia está en que sean vinculantes... ¿Cree usted que al final de esta legislatura logremos decir que hemos avanzado en la creación de una herramienta que permita, al intensificar las relaciones económicas, aportar al bienestar de la gente en América Latina y en Europa?

Yo me voy a dedicar a eso. En España, modestamente, soy uno de los promotores de la idea de responsabilidad social. Me gustaría que el círculo de conexión que tenemos –cultural, histórico entre europeos y latinoamericanos- se cierre precisamente en el ámbito de calidad laboral y ambiental.

Usted pregunta, con razón, si no debiéramos dar el salto a que la responsabilidad social sea obligatoria por la ley. No lo haremos fácilmente porque la responsabilidad social más que una norma es una cultura, una conducta colectiva transversal horizontal. Y no puede estar plasmada en una sola ley. Pero sí soy partidario de que algunas leyes vayan obligando por ejemplo en el ejercicio de la información de las empresas a ser mucho más transparentes.

 Pienso que se seguirá avanzando –según la idea del Informe Reggi de Naciones Unidas- en la obligatoriedad y el establecimiento de la denuncia a las empresas dentro de su propio país ante los tribunales de su propio país por comportamientos vulneradores de derechos humanos, en materia medioambiental y sobre todo en materia de derechos laborales, a la sindicación, a la negociación colectiva, a los mínimos laborales. Yo me empeñaré en que la responsabilidad social de las empresas sea uno de los temas centrales de estos cinco años de cooperación.

Otro tema, el acuerdo que se prepara entre la UE y Estados Unidos, ¿tendría repercusiones negativas para los países de América Latina que tienen acuerdos con Europa?

No lo creo. Si llega a buen puerto el acuerdo comercial entre Estados Unidos y la UE no creo que perjudique. Sé que hay miedo en América Latina a que este acuerdo pueda perjudicar otros que de libre comercio tiene Estados Unidos, por ejemplo, con México. Porque puede ser una competencia. Pero creo que estamos ya en un mundo que compite y que por el contrario los beneficios de un mercado único abierto en Europa con los Estados Unidos puede favorecer los acuerdos que en América Latina se tiene con los Estados Unidos.

Se ha logrado un acuerdos con América Central, con Colombia, Perú, Ecuador. Se espera avances con Mercosur. En el brillante mapa de las actuales relaciones UE-América Latina, Christian Leffler, el director general para las relaciones con las Américas, habló de que quedan algún puntos oscuros: Venezuela, Cuba. Y Bolivia, cuya ley del trabajo infantil estuvo a debate esta semana en el pleno del Parlamento en Estrasburgo. ¿Cómo lo ve usted?

Creo que debemos ser respetuosos con esos países. Dije en mi intervención a propósito de la ley de los niños trabajadores en Bolivia que los países latinoamericanos no aceptan lecciones democráticas de los europeos y por tanto tenemos que ser muy respetuosos de lo que son las decisiones políticas de esos países. A mí me pueden gustar más unos u otros, pero igual pienso que tenemos que ayudar. Por ejemplo en ese terreno, la recuperación de un acuerdo con Cuba me parece de especial significación. Que hayamos empezado a negociar con Cuba un acuerdo después de más 15 años de posición común europea de no tratar con Cuba nada, me parece un logro.

En ese terreno me parece bueno que seamos respetuosos y que no tratemos ideológicamente a nuestros adversarios trasladando una dialéctica derecha izquierda en Europa, a los gobiernos latinoamericanos. Porque eso destruirá un marco de relación, si la derecha europea toma como referente para la crítica a Venezuela o a Cuba, y al revés si desde la izquierda europea tomamos a Chile o a Colombia como países de otro signo ideológico estaremos introduciendo en un marco de relaciones que debe estar guiado por el respeto, un debate ideológico que no nos va a ayudar.

* Político español del País Vasco, ingeniero y abogado. Fue ministro de la presidencia de España (2010-2011), vicelehendakari del gobierno vasco (1987-1991), eurodiputado entre 2009 y 2010, cuando participó en la delegación para las relaciones UE-México. Actualmente, presidente de la Asamblea Eurolat y miembro de la delegación para las relaciones con los países andinos.


Publicado en DW
Autor Mirra Banchón (EL)

Intervención Sesión Plenaria 18/09/2014 Estrasburgo

Informe anual de la UE sobre los derechos humanos y la democracia en el mundo.

 

16 de septiembre de 2014

Partido de país

El congreso que celebra el socialismo vasco los próximos 20 y 21 de septiembre no tiene como principal objetivo formalizar la sustitución de Patxi López por Idoia Mendia, por importante y significativo que sea –y lo es– que por primera vez una mujer dirija la centenaria organización obrera del país. Más allá del simbolismo del cambio y de la potencialidad que desarrolle la nueva líder, el socialismo vasco debate su estrategia y su futuro en un escenario difícil.

Soy de los que creen que el Gobierno de Patxi López no tuvo el respaldo electoral que merecieron sus muy notables logros. El fin de ETA por sí solo, ya mereció mejor premio a un protagonismo incuestionable de los principales dirigentes de aquel Gobierno. Pero junto a él, la gestión sanitaria de Osakidetza, la apuesta modernizadora de la escuela y la universidad vascas, el fuerte impulso a las infraestructuras de la alta velocidad, la política industrial, etc. acreditaron una gestión solvente y eficaz de la cosa pública, en un país en el que la mitología nacionalista había establecido el principio de que sólo el PNV podía gobernar Euskadi. El primer Gobierno vasco del PSE-EE fue un buen gobierno y sus consejeros mostraron un dignísimo proceder y un excelente nivel.

Pero, como en otros momentos de nuestra historia, el efecto PSOE nos dejó en 2012 en una cuota electoral baja (16 diputados), muy alejados de las opciones de gobierno. Tampoco las municipales de 2011 nos fueron bien. Por primera vez en mucho tiempo, los socialistas vascos estamos fuera del Gobierno en las tres capitales, en las tres diputaciones y en el Gobierno vasco.

Las expectativas sociológico-electorales son adversas. La socialdemocracia que representamos sufre una larga crisis de adaptación a las limitaciones y contradicciones que nos imponen la globalización económica, los mercados financieros y la superación del Estado-nación como espacio posible de la redistribución social. En España, a su vez, los efectos de la crisis han ido produciendo una desafección creciente con la política y un enfado general con los partidos de gobierno, más acusado en el descontento de los votantes de la izquierda. En ese contexto fluido e incierto irrumpen nuevas fuerzas políticas y populismos de todo signo, mientras el panorama de las encuestas hace tambalear nuestros suelos.

Son tiempos difíciles para un partido que, sin embargo, sigue teniendo funciones claras en el futuro del País Vasco. Misiones que pocos pueden hacer o que nadie puede hacer mejor. Por ejemplo, ninguna otra fuerza política puede liderar la defensa del modelo autonómico y constitucional con el mismo énfasis y convicción. Nadie mejor que el PSEEE para garantizar una convivencia basada en la igualdad de derechos, libertades y obligaciones de la ciudadanía vasca, que es esencialmente plural, más allá de sentimientos identitarios o de singularidades culturales. El PSE-EE ha sido por todo esto una fuerza clave del statu quo político actual de Euskadi. Por cierto, nunca tuvimos tanto autogobierno ni disfrutamos de una condición económica tan ventajosa como la que hemos alcanzado con el concierto y con el actual cupo.

Hemos sido claves en todos los momentos históricos de la Euskadi actual, y me atrevo a decir que sólo el PSE-EE puede asegurar que no haya saltos al vacío, aventuras raras o fugas independentistas por parte del nacionalismo vasco. En caso de plantearse una opción de esa naturaleza, el PSE rompería los acuerdos básicos, para evitar la consumación de una fractura territorial y social que abocaría a Euskadi al desastre.

La historia democrática de Euskadi no se puede explicar sin el papel de rótula y de equilibrio desempeñado por el socialismo vasco, que ha sido un pilar básico en la defensa de las instituciones básicas de nuestra convivencia; Estatuto, Concierto, lengua, autogobierno, cultura han ido unidos en nuestros pactos con el PNV desde hace más de treinta años, con modernidad, industria, infraestructuras, empleo y bienestar. Siempre hemos sido un partido de país y para el país. Clave en su convivencia, respetuosos de sus instituciones, fundamentales en las coaliciones de gobierno, generosos en pactos para la gobernación en momentos difíciles, como ahora mismo.

La defensa del modelo social de bienestar es otra de nuestras marcas distintivas. La defensa de una fiscalidad progresiva, de un empleo de calidad, de unos servicios sociales dignos y de una educación y sanidad excelentes nos han caracterizado en todos los puestos, en todos los ayuntamientos y en todos los gobiernos, especialmente en el de Patxi López.

El congreso no cuestionará el acuerdo presupuestario con el Gobierno Urkullu, pero me atrevo a pronosticar que endurecerá sus exigencias de cumplimiento de los compromisos que el PNV se resiste a implementar. Especialmente en materia de empleo y en la exigencia de una fiscalidad progresiva. Bien haría el PNV en tomarse más en serio estos acuerdos si quiere ver renovada la mayoría para el presupuesto de 2015. Y bien harán Urkullu y Ortuzar en tratar a Idoia Mendia con la consideración que corresponde a un socio preferente. De lo contrario habrá sorpresas.

¿Qué harán los socialistas en todo caso a lo largo de este congreso? Lo primero, renovarse a fondo. Con Idoia viene otro equipo, me atrevo a decir que otra generación y otros referentes. Otra mujer dirigiendo el socialismo alavés y un cambio profundo también en Bizkaia. Renovar equipos, cargarse de nuevos proyectos e ilusiones, modernizar la base ideológica junto al PSOE de Pedro Sánchez, abrirse a estos nuevos tiempos de redes sociales, de más transparencia, de regeneración política y ética, de renovación de la democracia y relegitimación de la política.

Los retos no son fáciles. Lo único seguro es que en tiempos tan dinámicos, tan fluidos, en momentos de múltiples crisis que cambian los escenarios sociopolíticos abruptamente, el PSE-EE tiene mucho que decir y que ofrecer a esta Euskadi incierta y preocupada que es hoy nuestro país.

Publicado en El Correo, 16/09/2014

15 de septiembre de 2014

Intervención Sesión Plenaria 15/09/2014. Estrasburgo.




 SPG+ (Sistema de Preferencias Generalizadas) y cumplimiento del Convenio sobre la edad mínima: el caso de Bolivia

25 de julio de 2014

Señor Juncker: queremos otra Europa.

La Unión Europea se está muriendo”, escribió el politólogo norteamericano Charles Kupchan en 2010, en el arranque de la crisis del euro. “No una muerte súbita, sino una tan lenta y constante que un día nos daremos cuenta de que la integración europea dada por hecha durante el último medio siglo ya no es”. Cuatro años después, tras las últimas elecciones, el diagnóstico de Kupchan es más creíble. Y no hacía falta esperar al resultado para saber que la crisis es más político-institucional que económica. Fue la opción política deliberada de responder a la crisis financiera con un enfoque nacional y no europeo —la fatal decisión de Angela Merkel de imponer rescates nacionales a la banca y al sector automovilístico en 2009— la que abrió las grietas de la división nacional, principal hándicap que nos impide salir del agujero. Consecuencia: un conjunto de políticas erróneas —austeridad indiscriminada para todos, un Banco Central maniatado— que han precipitado a Europa en su mayor crisis en 60 años. Resultado: deslegitimación de las instituciones europeas y desprestigio de la idea de Europa. Con un efecto político perverso: dejar inermes, ante una ciudadanía perpleja y enfadada, también a las democracias nacionales, que han visto cómo sus Parlamentos y sus votos no cuentan.

La experiencia europea demuestra que el “keynesianismo en un solo país” no es posible. La política de gestión de la demanda no es viable en el marco de una economía abierta pequeña o mediana que no controla la política monetaria. ¿Puede, en cambio, la zona euro —350 millones de ciudadanos con la segunda moneda de reserva del mundo, y un comercio interno muy superior al exterior— aplicar políticas de estímulo monetario y fiscal? Por supuesto que sí. Pero hay que reformar reglas e instituciones, y reconciliar intereses económicos de unos y otros. Lo que requiere un gran cambio político e institucional. De lo contrario, estamos abocados, primero, alsíndrome japonés: década de crecimiento anémico; y después, con muy poco desfase, al síndrome de Weimar: descomposición política.

En este panorama, la elección de Juncker como presidente de la Comisión por el Parlamento Europeo es un modesto signo de esperanza. Viejo zorro en el bosque institucional europeo, Juncker ha ofrecido un programa posibilista de moderada ambición: 300.000 millones de euros para redes transeuropeas (energía, transporte, telecos) e I+D, apuntando a la reindustrialización del continente (del 16% al 20% del PIB); completar el mercado único en servicios, y un mercado único digital en telecomunicaciones e Internet, sin fronteras técnicas y regulatorias; una impostergable unión energética; y, crucialmente, una modesta capacidad fiscal europea. Es un programa serio, prudente, enfocado al corto y medio plazo (dos o tres años). Pero excesivamente técnico: una serie de proyectos complejos, difíciles e importantes no suman una visión de futuro para Europa. Falta ambición política: la unión fiscal y la unión política ni siquiera se mencionan. Quizá, recién estrenado, Juncker no pueda hacer otra cosa.

Sin embargo, la Unión necesita generar recursos propios (una capacidad fiscal / impositiva común) para un presupuesto con peso específico como para ser anticíclico: estimular la economía a escala europea, reducir el desempleo y reequilibrar los choques asimétricos (cuando la crisis afecta a unos más que a otros).

Un impuesto europeo (un 2%-3% del IRPF pagado a las arcas europeas), tasas a las transacciones financieras y sobre las emisiones de carbono, o las tarifas arancelarias, nutrirían un Tesoro europeo. Tendría, además, valor simbólico y político: forzaría el interés popular por la representación (europea). ¿Para qué objetivos? Una Europa del 5% del PIB, frente al raquítico presupuesto actual del 1%. Una Europa federal dotada de un centro de gravedad económico y político con capacidad para redistribuir y reequilibrar. No es un sistema de transferencias fiscales que genere dependencia. Es invertir en el futuro común europeo, para generar las condiciones básicas que aceleren la convergencia en productividad, competitividad y renta. La unión monetaria no aguantará sin una unión fiscal. Esta no puede ser entendida a la alemana, solo como conjunto de reglas (límites de déficit y deuda) para países aún muy desiguales. Sin instituciones y capacidades comunes que ayuden a igualar las condiciones de partida, la convergencia no será.

Eventualmente, si queremos recuperar la confianza popular, tendremos que converger también en políticas sociales y laborales. La unión social tiene que complementar la unión económica y monetaria: hay que armonizar los mercados de trabajo, hay que modernizar y actualizar el derecho del trabajo en un gran pacto social que garantice derechos mínimos de los trabajadores europeos y la flexibilidad necesaria para la competitividad de las empresas. Si pretendemos fomentar la movilidad laboral intra-europea seamos consecuentes: creemos una Agencia Europea de Empleo que la facilite, casando oferta y demanda, ayudando con la vivienda y la adaptación cultural, con cursos de idiomas, formación, etcétera. La consecuencia natural de esta movilidad será un subsidio de desempleo europeo. Un incipiente mercado laboral europeo (objetivo en 10 años: 10% de trabajadores no nacionales de origen comunitario) necesitará un sistema europeo de protección social y pensiones, que no dependa exclusivamente de los Estados.

Lograrlo precisa un salto político: la unión política. ¿Qué elementos tendría? 1.Una circunscripción electoral paneuropea con listas transnacionales —junto a las estatales— cuya cabeza de lista sea el candidato de cada familia política a presidir la Comisión Europea. 2. Un Parlamento Europeo con iniciativa legislativa (hoy solo en la Comisión). 3. Una estrategia global común: diplomacia, defensa, relaciones económicas, ayuda al desarrollo. El Servicio Exterior Europeo asumiría la representación única de la UE en las instituciones internacionales; y gestaríamos unas Fuerzas Armada europeas, con industrias de defensa integradas. Las crisis geopolíticas y la constancia de nuestra impotencia nos lo impondrán. 4. Una Comisión Europea más reducida (superando el absurdo del “comisario por país”) y un proceso de decisión más ágil y más comunitario.

Todo esto exigiría lanzar un nuevo proceso constituyente en el que podamos participar todos los europeos: una Convención de instituciones comunitarias, Gobiernos y Parlamentos nacionales. Somos conscientes de la complejidad y los riesgos de un proceso así, cuando el euroescepticismo y el antieuropeísmo están al alza. Pero los partidarios de Europa no podemos estar a la defensiva: tenemos que ser atrevidos, convencidos de la superioridad práctica y moral de nuestras ideas. Las ideas grandes son las semillas del futuro. El sentido de una “Europa del 5%” es crear ciudadanos europeos, con obligaciones fiscales y derechos políticos y sociales europeos. Algunos aducen que no existen “ciudadanos europeos”, sino solo nacionales, y que no hay apoyo popular para una Europa federal. Pero las grandes naciones europeas no preexistieron a los Estados: fueron creadas, en gran medida, por ellos. Igualmente, el demos europeo, no puede preexistir a una verdadera estructura federal europea: será generado por ella en su proceso de construcción. Los ciudadanos españoles, alemanes, italianos, etcétera, se sentirán plenamente europeos cuando paguen algunos de sus impuestos a Europa, reciban inversiones y servicios de Europa, tengan apoyos consulares europeos al viajar fuera, vean a un Ejército europeo defender la paz, y puedan trabajar fácilmente en cualquier parte de la Unión con los mismos derechos laborales y protección social. Con estas premisas, votarán masivamente en elecciones europeas cuando sepan que eligen un verdadero Ejecutivo europeo, plenamente legitimado.

Este ambicioso proyecto de Europa necesita partidos europeos. No una agregación difusa y contradictoria de partidos nacionales. Eso no sirve. Necesitamos estructuras orgánicas y políticas sectoriales europeas. Necesitamos unidad y autonomía política de los grupos parlamentarios europeos primando la disciplina del voto supranacional, sobre las posiciones partidarias nacionales.

Paradójicamente, fue el británico Winston Churchill, conocedor del poder del lenguaje y de las grandes ideas, quien lo esbozó: “Hay un remedio que, si fuera adoptado general y espontáneamente, transformaría, como por un milagro, toda la escena. (…) ¿Y cuál es este remedio? (…) Debemos construir una suerte de Estados Unidos de Europa. (…) El proceso es simple: todo lo que hace falta es la resolución de cientos de millones de hombres y mujeres para hacer lo correcto en lugar de lo incorrecto” (La tragedia de Europa, 1946). Movilizar a los europeístas aletargados, dispersos y desmoralizados —a millones de votantes carentes de referente— y frenar la marea nacionalista exige esbozar el gran diseño institucional y político que encarne esa idea: la unión política de una Europa federal. La Europa del 5%. Menos que eso no evitará que la profecía de Kupchan se cumpla.

Publicado en El País, 25/07/2014, por Ramón Jáuregui, eurodiputado socialista, conjuntamente con Javier de la Puerta, profesor de Política Internacional de la UIMP.
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Foto: SANTOS CIRILO
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