10 de septiembre de 2018

"De Franco, el Valle y los cementerios."

 «El valle no se toca». Esa fue la pintada con la que me encontré en las paredes de mi casa cuando se publicó el Informe sobre la 'Resignificación del Valle de los Caídos' que había encargado a una Comisión de expertos siendo Ministro de la Presidencia de Rodríguez Zapatero. Algunos franquistas hicieron con esa frase una campaña más nostálgica que reivindicativa.

Otros querían demoler la Cruz, la Basílica y el Valle. Incluso oí hace unos días al portavoz del PNV, Aitor Esteban, expresarse en esa idea. Olvidando, entre otras muchas consideraciones, que allí se encuentran los restos de 33.000 españoles, aproximadamente 11.000 de ellos procedentes del Ejército de Franco muertos en la guerra (para quienes en su origen se construyó el Valle) y 22.000 republicanos fusilados por el régimen franquista después de la guerra, la mayoría de ellos en las paredes de los cementerios de pueblos y ciudades de toda España, cuyos restos fueron trasladados al Valle a partir 1959.

Resignificar el Valle era una operación ambiciosa, aunque quizás utópica. Se trataba de transformar ese lugar en una especie de Memorial de esa parte de nuestra historia incluyendo un museo explicativo de cómo y porqué se construyó el Valle, de quienes murieron en esa obra, de quienes están enterrados en la Basílica, etc. y reconvertir la hostería que gestiona la Comunidad benedictina, en un centro para investigadores e historiadores relacionado con la Paz.

La Plaza debería incluir un Monumento escultórico que recogiera los nombres de todos los allí enterrados (semejante, por ejemplo, al memorial de Washington por los americanos muertos en Vietnam) y el lugar se convertiría así en un espacio de memoria reconciliada y de homenaje común y por igual a todos los allí enterrados. Resignificar el Valle era, en definitiva, convertir el mayor símbolo franquista de la guerra en un memorial de Paz y homenaje a todos los que sufrieron la violencia de la contienda y la represión cruel del franquismo.

Naturalmente, eso exigía sacar a Franco de la Basílica. Su exhumación era condición necesaria de la transformación del Valle. De la misma manera que es necesario dignificar las criptas-osarios en las que se encuentran amontonados y mezclados los restos humanos, identificando en sus puertas los nombres de los allí enterrados. Información que afortunadamente poseemos.

Hasta aquí el proyecto de 2011. Cuando hice el traspaso de poderes del Ministerio a la nueva ministra y vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, le trasladé el informe y le pedí que continuaran con la gestión de la Ley de Memoria Histórica, a la que pertenecía este proyecto. Es cierto que la crisis económica de esos años no era el mejor contexto, pero lo cierto es que este informe durmió el sueño de los justos (nunca mejor dicho) en los cajones del gobierno del PP durante los seis años largos transcurridos hasta hoy.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha priorizado la exhumación de Franco y es curioso cómo cambian los contextos y la opinión publicada. Hoy se acepta como natural y necesario lo que entonces se consideraba absurdo y «guerra-civilista». Afortunadamente parece haber consenso para hacer lo que este país debió hacer hace ya mucho tiempo.

Durante aquellos años, junto a Carlos García de Andoin, el mejor experto en este tema, hicimos gestiones diversas ante la Iglesia, la Comunidad benedictina y la familia Franco, para proceder a la exhumación de común acuerdo entre todos. No lo logramos entonces y ahora el Gobierno ha adoptado un procedimiento urgente para dotarse de apoyo legal en sus actuaciones.

Si la familia de Franco no quiere recibir los restos del dictador, el Gobierno realizará la exhumación y trasladará el féretro, probablemente, a la tumba de su familia en el cementerio de El Pardo, donde está enterrada su esposa Carmen Polo. Si se mantiene el Culto de la Basílica, el cementerio son las Criptas y en la explanada del Valle puede y debe hacerse un proyecto arquitectónico de Memorial a los allí enterrados.

Puede prescindirse del resto de actuaciones porque quizás el Valle nunca será un lugar de todos. En eso quizás fuimos utópicos al pretender que a allí acudieran todos –unos y otros– en señal de la sociedad reconciliada que ya somos. Pero por ahora, esa actuación puede ser suficiente para honrar nuestra memoria y para dar justicia y dar honor a quienes allí quedaron.
 
Publicado en El Diario Vasco, 10/09/2018

7 de septiembre de 2018

Presentación Libro: "Memoria de Euskadi" en Castilla - La Mancha.

Esta tarde, se ha presentado mi libro "Memoria de Euskadi: El relato de la paz" en la Biblioteca de Castilla la Mancha, (Toledo).

La presentación ha sido realizada por Emiliano García-Page, Presidente de Castilla-La Mancha.




 
 

6 de septiembre de 2018

1 de septiembre de 2018

No es solo xenofobia.


“Es mi héroe”, dijo Orbán, el Primer Ministro húngaro, sobre Matteo Salvini cuando le visitó en Milán el pasado 28 de agosto. No es sólo una alianza antiinmigración. Es mucho más peligroso todavía. Están construyendo una plataforma política antieuropea de cara a las próximas elecciones europeas de mayo de 2019. Su objetivo: “Dar un giro a Europa, excluir a la izquierda y a los socialistas, llevar al centro las identidades, defender las fronteras con mano dura”. Expresiones como estas, en boca de las nuevas derechas europeas confirman un proyecto europeo alternativo a las bases sobre las que hemos construido la UE desde el tratado de Roma, hace ya sesenta años.

Es un proyecto que reivindica la Nación frente a la Unión. Los Estados frente a la Confederación. Enarbola las fronteras como símbolo de una soberanía que creíamos compartida y en gran parte superada por una organización confederal. Es un paso atrás gravísimo para los derechos ciudadanos, el Mercado Interior y para la cultura europea, porque destruye Schengen y nos traslada, en el túnel del tiempo, a los controles fronterizos en el seno de la Unión.

Bajo la ampulosa denominación de las Naciones Libres de Europa, se esconde la creación de un potente grupo parlamentario integrado por grupos de extrema derecha europea en diferentes países que pretenden, en forma y fondo, cambiar de raíz el proyecto europeo para convertirlo en una alianza económica y comercial, destruyendo los valores ciudadanos y constitucionales de la Unión Política creada en las últimas décadas. Se trata de una respuesta populista y extrema del debate que artificialmente se alimenta entre Nación y Europa, entre nuestras realidades nacionales y la construcción supranacional, como si ambas resultaran incompatibles. Es un debate que atraviesa aspectos técnicos (subsidiariedad, proporcionalidad, reparto competencial, etc.) pero, en los últimos años, no solo. Un nuevo nacionalismo, muchas veces abiertamente antieuropeo, reivindica el Estado-Nación como único espacio de democracia y niega así la grandeza del proyecto europeo y la democracia europea misma. Nos priva de la ciudadanía europea que, junto a la Unión Monetaria, constituyen los grandes avances de la construcción europea de finales del siglo pasado.
Detrás de esta idea están partidos que hoy pertenecen al PP europeo como es el caso de Fidesz, el partido de Orbán en Hungría y otros asociados a gobiernos del PP en otros países, como el FPÖ en Austria que gobierna junto al Partido Popular Austriaco (ÖVP).

No, no se trata de una reunión más de fascistas europeos. La planificación de una gran alianza populista y antieuropea está en marcha. Recibe inspiraciones ideológicas de quienes ayudaron a ganar a Trump (Bannon) y ayuda económica de muy distintas y sorprendentes fuentes (es decir, de todas aquellas potencias interesadas en una Europa rota y débil, desde Rusia a los EEUU de Trump). Se presencia es ya muy fuerte en diez países europeos: Italia (17,4%), Alemania (13,1%), Hungría (mayoría absoluta desde 2010), Polonia (mayoría absoluta desde 2015), Francia (34% en la 2ª vuelta presidencial), Países Bajos (13,5%), Austria (26%), Dinamarca (21,1%), Reino Unido (15,6% en las elecciones europeas) y Suecia (12,9%).
Lo peor no son las cifras de apoyo electoral que muestran, sino sus ideas y algunas de ellas prenden como las llamas en la paja. El individuo por encima de lo colectivo, menos estado, menos impuestos, menos gasto público, menos solidaridad, nacionalistas extremos, xenófobos contra el diferente y la inmigración, contrarios al libre comercio y por eso proteccionistas de nuevo cuño, antieuropeos, con valores morales reaccionarios, ajenos a los problemas del mundo, insensibles a las tragedias de otros, desprecian las libertades y las conquistas sociales, cuestionan los Derechos Humanos y el multilateralismo ....

Europa se enfrenta a un peligro real, a la atracción que suponen las soluciones simples de problemas complejos, a la tentación tan humana de moverse en el terreno de las pasiones viscerales que tanto daño hicieron en la historia. Especialmente nosotros los europeos que hemos sufrido guerras y destrucciones terribles por esos sentimientos incendiados, que se crean en torno a las religiones, a las razas, a las naciones, hábilmente manipulados por poderes y convicciones malvadas.
Creíamos que la victoria de Macron sobre Le Pen en Francia sería el final de la pesadilla, pero más bien parece el principio de una larga marcha. Una batalla de ideas, de principios, de política, de valores, de moral publica ... que debemos ganar sí o sí.

Publicado en El Confidencial, 1-9-2018

29 de julio de 2018

Difícil, pero no imposible.

Los partidos del Parlamento vasco deben rectificar las bases del nuevo Estatuto acordadas por PNV y EH-Bildu, y construir otras sobre las que quepa de verdad un consenso de mínimos.

A la vista del acuerdo PNV-EH Bildu sobre la reforma del Estatuto, han quedado claras algunas cosas. Primera: que en el PNV se ha impuesto su proyecto más nacionalista, el que parte de una concepción soberanista de Euskadi, articula su relación con España en términos de bilateralidad confederal y configura un derecho a la autodeterminación para la independencia cuando convenga. En la nebulosa se dibuja el sueño sabiniano del ‘zazpiak bat’, cuando el futuro lo haga posible. Segunda: que su aliado para ese proyecto y ese tránsito es EH Bildu, la izquierda abertzale a quien redime de su pasado y la incorpora así a un nuevo marco jurídico-político vasco. Tercera: que esa nueva mayoría deprecia a la minoría no nacionalista y destruye el consenso del Estatuto de Gernika sobre el que hemos construido nuestro pacto de pluralidad estos últimos cuarenta años, sin discusión posible, los más fructíferos y prósperos en términos de autogobierno y de progreso económico de toda nuestra historia. Y cuarto: que ese proyecto de nuevo Estatuto, cualquiera que sea la redacción de los expertos convocados a desarrollar las bases políticas acordadas, no será aprobado por las Cortes y se generará un conflicto político sin solución, en el que muy probablemente ocurrirán cosas parecidas a las que están sucediendo en el conflicto catalán.

Tanto el Gobierno vasco como el líder del PNV están mandando señales de moderación y pacto, pero son solo eso, señales, que se contradicen con la contundencia de la opción tomada por Egibar y los suyos. Señales, a veces equivocadas, como esa apelación de Ortúzar a Sánchez recordándole su apoyo a la moción de censura y pidiéndole «correspondencia», como si en materia de principios y modelos políticos pudiera haber un mercadeo como el sugerido por el burukide.

No está fácil el consenso sobre estas bases. Es más, me temo, y conste que me duele decirlo, que es imposible. El nuevo estatus no es autonómico, es independentista. Es una mutación radical de las bases constitucionales de un Estado, que ni siguiera una reforma de la Carta Magna podrá nunca incorporar. Dos soberanías originales e iguales, una bilateralidad sin jerarquía normativa, un referéndum previo al envío del texto a las Cortes con el único objetivo de hacer imposible la negociación sobre un texto «ya aprobado por los vascos», un reconocimiento del derecho a la independencia «a la carta», para ser ejercido cuándo y cómo convenga… Sin entrar en otras materias sobre la ciudadanía y la identidad nacional de los vascos, ruptura de la Seguridad Social, competencias, etc.

Por eso me pregunto qué podemos hacer para encontrarnos y para que este tema no nos lleve de nuevo a los infiernos del viejo conflicto. Me pregunto cómo buscará el PNV atraernos al consenso a quienes siempre estuvimos en él y a quienes hemos acreditado hasta el extremo nuestra voluntad de hacer Euskadi juntos.

Siempre pensé que esta reforma estatutaria era una oportunidad extraordinaria de superar la brecha que el terrorismo generó entre nosotros con un preámbulo sincero, de mutuo reconocimiento sobre nuestra reciente historia, que permitiera a la izquierda abertzale cerrar su círculo, una vez terminada la etapa violenta. Pero siempre creí también que ese relato exigía ratificar nuestra apuesta de convivencia plural en un autogobierno moderno y actualizado en España frente a una globalización que exige compartir espacios pactados de soberanía (federalismo) y participar en una gobernanza de la globalización, desde una Europa fuerte para construir así un mundo mejor. Nunca pensé que facilitar a la izquierda abertzale ese tránsito tuviera que hacerse produciendo tan grave fractura de la sociedad vasca, imponiendo identidad a la ciudadanía y asumiendo un proyecto tan arcaico, y una mirada tan reaccionaria sobre nuestro pasado que toma la tradición y la historia manipuladas como base de construcción del futuro de Euskadi y de un país que debe ser de todos.

Oímos con frecuencia voces de víctimas de ETA (y no sólo) diciendo que la presencia de la izquierda abertzale en la política es el triunfo de la violencia. ETA fue derrotada y ponerlo en duda es un error. Hacen política porque la democracia admite la pluralidad con la palabra y sin pistolas. «O votos o bombas», decíamos, y así ha sido y así es. Pero me pregunto si podríamos seguir sosteniendo ese relato si el nuevo Estatuto cristaliza el proyecto político de quienes mataron por la autodeterminación. En realidad es una pregunta que traslado al PNV.

En definitiva no se trata de encargar a los expertos el milagro de convertir el agua en vino, como en el Evangelio. Las bases aprobadas no pueden alterarse de tal manera salvo que violenten los principios en los que se han encontrado PNV y EH-Bildu. Tampoco se trata de pedir al PSE y a Podemos (sin despreciar al PP, que son tan ciudadanos vascos como el que más) que ‘se muevan’, sino de rectificar esas bases y construir otras sobre las que quepa de verdad un consenso de mínimos para todos que no nos violente a ninguno. Todavía es posible. Difícil, pero no imposible.

Publicado en El Correo, 29/07/2018
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Foto: SANTOS CIRILO
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