26 de agosto de 2025

"La libertad, ¿para qué?": para ser libres.

Hay una vieja anécdota que ilustra bien el compromiso del socialismo español con la democracia y la libertad.

En el fragor del debate ideológico surgido en todos los partidos de la izquierda europea por el triunfo de la revolución soviética, una delegación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se entrevistó con Lenin en 1920 y, en el curso de la conversación, Fernando de los Ríos le preguntó cuándo recuperarían la libertad los ciudadanos rusos.

"La libertad, ¿para qué?", fue la respuesta del líder comunista, lo que provocó el rechazo del PSOE a entrar en la Tercera Internacional y motivó la escisión y creación del Partido Comunista de España (PCE).

Fernando de los Ríos adornó la narración de este diálogo con una respuesta que nos marcó para siempre: "¿Para qué?, la libertad para ser libres".

La ecuación entre la izquierda política y la democracia y libertad no ha sido pacífica. Demasiado tiempo, en demasiados sitios, hubo una izquierda que consideraba la democracia solo un medio para llegar a una sociedad más justa.

Demasiadas experiencias políticas han sacrificado la libertad en el altar de la igualdad. En este proceso, una pretenciosa 'democracia real' se sobreponía a una denostada 'democracia formal'.

Hubo un tiempo en que esa concepción instrumental de la democracia al servicio de un ideal igualitario tuvo su explicación en el contexto geopolítico de la Guerra Fría, y/o en los países en los que se luchaba por la dignidad humana y la justicia contra tiranías que negaban, a sangre y fuego, los más elementales derechos humanos.

Era el siglo XX y el muro cayó. Los golpes militares desaparecieron afortunadamente. El mito de Lenin se derrumbó y la crueldad del gulag y Stalin no admiten ya dudas.

Sin embargo, las tentaciones autocráticas y antidemocráticas tienen demasiada presencia en ciertas izquierdas latinoamericanas.

Todavía quedan tres regímenes políticos en América Latina que se proclaman de izquierdas y oprimen, a su vez, a sus pueblos negándoles la libertad y la democracia, y se perpetúan en el poder mediante la represión. No hace falta citarlos.

También deben preocuparnos las tentaciones populistas de algunas propuestas, que se envuelven en la llamada 'democracia directa', y, sin embargo, pueden atacar las bases del Estado de derecho.

Puentear a las cámaras legislativas cuando estas rechazan los proyectos de ley del Ejecutivo, y amenazar con la convocatoria de un referéndum para que la ciudadanía apruebe o no esos proyectos, es una de ellas.

Quien tiene la legitimidad para aprobar las leyes es el Legislativo, no el pueblo. Este ya eligió a sus representantes para esa función, y apelar a él para puentear a las cámaras es destruir una de las más importantes reglas del Estado de derecho: la separación de poderes y, en este caso, las funciones del Legislativo.

Elegir a los jueces en elecciones supuestamente democráticas, con un nivel de participación inferior al 15% del censo, en listas elaboradas o patrocinadas por los partidos políticos, es otra peligrosa tendencia populista que lesiona y puede destruir otro de los pilares del Estado de derecho: la independencia del poder judicial.

La justicia emana del pueblo, sí, pero se constituye en poder arbitral de las contiendas, legitimada por la independencia de cada uno de los jueces que dictan las sentencias, libres de cualquier presión o dependencia política o social.

La dependencia electoral no hace a los jueces más independientes, sino menos porque son elegidos por una minoría ciudadana sobre propuestas partidarias.

Sabemos bien que las fronteras entre los poderes son difusas y conflictivas. Conocemos los problemas que sufren los presidentes elegidos por el pueblo, quienes a su vez no disponen de mayorías parlamentarias.

Cierto es que hay jueces conservadores, y que a veces hay abusos inquisitoriales y cierta politización de la justicia.

En todas las democracias hay poderes mediáticos polarizantes al servicio de proyectos partidarios.

Hay ciertas manipulaciones y falseamientos tecnológicos de la verdad. Hay muchas fuerzas que conspiran contra la democracia y muchas imperfecciones en este sistema político.

Sabemos todo esto, pero nosotros, la izquierda política, debemos ser, precisamente por eso, los principales defensores de sus reglas y principios.

No tenemos otro instrumento de acción política transformadora. No hay socialismo sin libertad. No hay igualdad social sin democracia. La democracia no es un medio, es un fin. No hay una 'democracia real' sin 'una democracia formal'.

La democracia es imperfecta, lo sabemos, pero si en ella no hay libertad, ni derechos, ni ciudadanía, ni elecciones libres, ni igualdad ante la ley, ni Estado de derecho, ni derechos humanos, ni dignidad humana…

Esas aspiraciones son la esencia de los proyectos socialdemócratas; en mi opinión, la mejor fusión de libertad e igualdad.

La izquierda no puede sostenerse en las dictaduras y la represión de su pueblo. Eso es la autocracia y el totalitarismo.

No hay nada que justifique la represión y la persecución de la gente. Nunca habrá una razón suficiente para falsear la voluntad del pueblo en elecciones fraudulentas.

Desgraciadamente, muchas amenazas a la democracia provienen de proyectos extremistas y populistas situados en la derecha política.

Pero, en América Latina, la izquierda, más que en otros sitios, necesita sobreponerse a esas experiencias totalitarias y acreditar su compromiso con la libertad y la democracia como santo y seña de su proyecto político. Ahí estará también la mayoría de sus pueblos.

Publicado en El Español, 26/08/2025