La abrumadora mayoría política del nacionalismo (PNV+Bildu) que expresa la ciudadanía vasca en las elecciones autonómicas refleja una voluntad identitaria incuestionable. Es verdad que las elecciones generales dibujan un escenario más atenuado, lo que relativiza mucho esa pulsión nacionalista. Recordemos: la suma de PNV y Bildu ocupa 54 escaños de 75 en el Parlamento vasco y un 68% de los votos escrutados en las elecciones autonómicas de 2024, pero esos mismos partidos totalizaron sin embargo un 48% de los votos en las generales de 2023, con el PSOE como primera fuerza con el 25%.
Vienen estas referencias a cuento de nuestro eterno debate sobre el ‘estatus’ vasco y las pretensiones, directas o solapadas, de independencia del País Vasco en el mundo que se está dibujando con el señor Trump al mando. Puede parecer oportunista esta conexión, pero me parece totalmente legítimo y necesario abordarla, teniendo en cuenta que tanto el PNV como Bildu tienen fijados sus objetivos estratégicos de esta legislatura en la negociación de un nuevo estatuto que contemple caminos hacia esa independencia, aunque sean graduales o procedimentales.
Dejo para otros análisis la gravedad de las quiebras que se están produciendo en nuestros parámetros morales y éticos, democráticos y humanitarios, con la irrupción trumpiana, y me centraré simplemente en lo que está sucediendo en el marco geopolítico, no solo por la influencia del nuevo presidente estadounidense, sino por los efectos que generó la pandemia años antes, haciendo saltar por los aires las bases de una globalización desordenada y desgobernada.
Basta seguir las informaciones diarias para comprobar que lo internacional ha penetrado en nuestros análisis y que todo, absolutamente todo, depende de acontecimientos que vienen de fuera de nuestra pequeña aldea. Afortunadamente, la centralidad informativa que fuimos en tiempos trágicos ha desaparecido. Nuestro debate político interno, incluido el que surge de nuestro Parlamento vasco, palidece ante la dimensión no solo de la política nacional española, sino que resulta anecdótico y banal ante la gravedad de los retos europeos, en un mundo cada vez más hostil y cada vez más competitivo con nuestros intereses.
Todos los días comprobamos que las grandes decisiones empresariales dependen de centros de poder y de intereses económicos y tecnológicos que son ajenos a los nuestros. En nuestras familias se producen exilios laborales forzosos, porque los salarios, las posibilidades profesionales y las aspiraciones de nuestros licenciados les llevan hacia capitales (no solo Madrid) que atraen el talento y concentran las sedes directivas de las compañías. Las decisiones que determinan el horizonte estratégico de las empresas –la financiación, el coste de la energía, la normativa del mercado interior– sitúan nuestro entramado económico bajo dependencias nacionales o europeas como mínimo. Todo el debate sobre la autonomía estratégica, el que afecta a las cadenas de suministro, al transporte internacional, a los materiales críticos, al suministro de bienes esenciales, a las condiciones del mercado internacional (tasas y gravámenes de exportación) tan de actualidad desgraciadamente, todo eso y mucho más depende de nuestro lugar en el mundo.
¿Y cuál es nuestro lugar? Es Europa. Estamos en el mapa con España y en Europa. No hay otro lugar y somos muy poco. Europa es pequeña en el mundo de los nuevos imperios que se reparten minerales, energía, comercio, tecnología, y que quieren convertirnos en vasallos y siervos de los poderosos, ya lo sean por su población, por su extensión, por sus riquezas, por su economía, su liderazgo tecnológico o su poder militar y nuclear.
Trump ha roto el tablero de nuestro viejo mundo, nuestra seguridad, nuestras alianzas, y nos impone un campo de juego salvaje, con amenazas bélicas, sanciones comerciales, ‘gaps’ tecnológicos y competencia normativa e ideológica. Estados Unidos, que alentó y ayudó a la construcción de Europa, se ha convertido en nuestro competidor y bien podríamos decir que en nuestro enemigo, si todo sigue así. Puede parecer fuerte este adjetivo, pero su estrategia con Rusia y Ucrania lo acredita.
Vuelvo al principio. ¿Es razonable pensar en la independencia teniendo en cuenta estos parámetros de nuestra realidad? ¿Tiene algún sentido que el partido en ascenso electoral en Euskadi, el que aspira, legítimamente, a la mayoría y a gobernar nuestro país, tenga un proyecto tan anacrónico como irracional, tan absurdo como perjudicial, en esta Europa de 2025? ¿Seremos capaces de superar esta contradicción insalvable?
Publicado en El correo.