25 de marzo de 2017

América Latina, la gran oportunidad para el comercio europeo.


Los últimos meses han traído consigo más de una parada brusca para la política comercial europea. A lo largo de 2016 hemos presenciado la congelación del TTIP y, más recientemente las polémicas sobre el CETA (los dos tratados comerciales con EEUU y Canadá, respectivamente). Con el trasfondo de la salida de Gran Bretaña de la UE y la elección de Donald Trump a la Casa Blanca, desde luego el cuadro no resulta reconfortante. Frente a los desafíos globales, con frecuencia Europa ha parecido replegarse sobre sí misma y dejarse tentar por la vuelta a los proteccionismos nacionales. Y sin embargo, precisamente a partir de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa Europa está mejor pertrechada que nunca para hacer frente a esos desafíos, porque ve reforzada su capacidad negociadora.

País por país, no somos nada. En cambio, todos juntos somos la comunidad supranacional más acabada del mundo y la primera economía en términos de PIB, con un mercado de más de quinientos millones de habitantes y un enorme potencial inversor, innovador y generador de riqueza. Seguimos siendo una potencia política y económica, aunque parece que últimamente se nos olvida.

En este escenario hay al menos una buena noticia que destacar: tras un paréntesis de cuatro años se han retomado las negociaciones entre la UE y Mercosur. Mercosur es el mercado común de América Latina e incluye entre sus propios miembros a los mayores países de ese continente, empezando por Argentina, Brasil y Uruguay. En el mes de octubre las delegaciones europea y sudamericana han recuperado oficialmente el diálogo por primera vez desde octubre de 2012. Son muchos los temas que están sobre la mesa, desde la reducción de cargas administrativas para las empresas, a la normativa sobre contratos públicos, pasando por el capítulo del desarrollo sostenible. Lo que caracteriza a un buen acuerdo comercial, en efecto, son los retornos positivos que puede traer no sólo a las empresas de los países que son parte –empezando por las PYMES– sino también para los trabajadores y consumidores.

Más allá de los aspectos aún por afinar, que son muchos, no podemos por menos de saludar con satisfacción la recuperación del diálogo entre la UE y Mercosur, lo cual demuestra que si hay una voluntad política firme el acuerdo siempre es posible. La próxima ronda de negociaciones tendrá lugar en marzo de este 2017 en Buenos Aires. Un acuerdo equilibrado y ambicioso entre las dos zonas constituiría una excelente oportunidad de crecimiento en ambas orillas del Atlántico.

Los países de América Latina en su conjunto se cuentan entre los socios más importantes para Europa a nivel global. Esto vale especialmente para Italia, España y Portugal, y no sólo por raíces históricas comunes y por las profundas conexiones culturales que unen a estos pueblos. Nos vinculan al gran subcontinente latinoamericano también consideraciones de naturaleza económica. Las empresas europeas están entre los principales inversores en la región. En 2013 (último año con cifras consolidadas), la UE exportó a América Latina bienes y servicios por valor de 56.956 millones de euros, mientras que el valor de sus importaciones alcanzó los 47.112 millones de euros.

Más concretamente, Mercosur constituye el décimo mayor mercado exportador para los bienes europeos. Pensemos en Italia: los países de Mercosur representan un peso importante en nuestra balanza comercial extracomunitaria. El mercado extracomunitario es importante, ya que en los primeros once meses de 2016 ha visto subir el saldo comercial de las exportaciones italianas a 34,2 billones de euros, marcando un signo positivo con respecto al año anterior.

Por lo que respecta a España, entre 2004 y 2014 las exportaciones españolas a América Latina crecieron un 235%, y la inversión directa acumulada en la región en 2014 alcanzó los 130.571 millones de euros. Si consideramos sólo la zona Mercosur, veremos que el 30% de las exportaciones españolas tienen por destino alguno de sus países miembros, y que en 2015 esos intercambios se tradujeron en 5.000 millones de euros de beneficio para la economía española.

Aunque Portugal es un país de menor escala que España y Italia, hay que tener en cuenta sus vínculos históricos, culturales y incluso lingüísticos con la mayor economía de América Latina, Brasil, la cual representa más de dos tercios de toda la populación de Mercosur y el 80% del conjunto de hablantes de portugués en el mundo. Por lo tanto, Portugal se encuentra en una posición privilegiada para actuar como enlace y interlocutor con el sector empresarial y industrial en Brasil, país con el que tiene una larga y fructífera historia de cooperación en diversas áreas. Por otra parte, si bien América Latina representa hoy el 10% del total de las exportaciones portuguesas extracomunitarias, este porcentaje podrá aumentar sustancialmente si se alcanza un acuerdo con Mercosur.

Con la llegada de Donald Trump y el retorno a la escena global de los instintos proteccionistas, la importancia de la reapertura del diálogo con Mercosur es aún mayor y puede llegar a adquirir más valor político, al contribuir a desbloquear los otros frentes en los cuales se ha empantanado la política comercial comunitaria.

Basta echar un vistazo a la historia para constatar que el proteccionismo y el repliegue en las fronteras nacionales acaba en guerras comerciales, en el mejor de los casos. Por el contrario, el comercio internacional trae prosperidad a los pueblos, sobre todo si está bien regulado. La prueba de ello es que en los últimos 30 años la desigualdad se ha reducido a nivel mundial, beneficiando sobre todo las regiones más pobres del mundo. Millones de personas han salido de la miseria extrema en África y Asia, y a día de hoy la mayoría de los países latinoamericanos son considerados de renta media. Estamos muy lejos de vivir en un mundo igualitario, pero está claro que el aislamiento no es el camino para alcanzarlo.

Una izquierda moderna debe ser capaz de impulsar las regulaciones necesarias para que el comercio internacional dé sus mejores frutos al tiempo que se liman los aspectos más problemáticos.
Sobre la base de esa agenda progresista para el mundo, la izquierda europea debe además aprovechar este momento de cambio para reubicarse ante América Latina: donde otros muestran unilateralismo, desprecio y agresividad, nosotros debemos mostrar respeto y voluntad de diálogo multilateral. Mercosur es la puerta que resituará a Europa en el centro del tablero económico y político de América Latina.


Publicado en  el diario.es

21 de marzo de 2017

Intervención Comisión AFCO. 21/03/2017 #Brexit.

Relación constitucional del Reino Unido con la UE: Los derechos de los ciudadanos. Estudio de Antonio Fernández Tomás y Diego López Garrido.






18 de marzo de 2017

Pasos Pendientes.

La entrega de las armas es el segundo paso de la paz. El primero fue el cese de la actividad armada un venturoso día 20 de octubre de 2011. ¿Cuáles son los siguientes? El tercero será la disolución de la banda. En términos operativos, esos pasos son definitivos e irreversibles y acreditarán el fin de ETA y de su trágica historia.Tarde pero bien. 

Esa era, es y será la única forma en que tenía que acabar esta pesadilla de casi 50 años. La democracia venció esta anacrónica y fanática apuesta por la violencia que hicieron algunos nacionalistas vascos al final del franquismo y, más precisamente, en los difíciles comienzos de la democracia y de la autonomía vasca. Porque, no es ocioso repetirlo, ETA no fue una organización antifranquista, sino una banda criminal contra España, su democracia y su pluralismo político. 

¿Qué viene ahora? Su disolución como condición necesaria de dos actitudes posteriores que recorriendo. La primera es la justicia. Quedan 300 asesinatos sin aclarar y la contribución a su esclarecimiento ayudaría enormemente a crear un clima de generosidad para con quienes colaboraran en ello. Hay enormes posibilidades legales de ser generosos en el cumplimiento de sus penas y, personalmente, creo que eso sería inteligente. No digo que fuera justo, digo que la generosidad es la virtud del vencedor y la democracia española puede serlo. 

La segunda actitud es la exigencia de la verdad en el relato del pasado. 
Solo hay un relato posible y nada ni nadie puede perturbarlo con falsas equidistancias o apelando a esotéricos contextos. 
Son las víctimas de ETA quienes protagonizan ese relato y ellas son la única verdad de esta historia triste.

Publicado para la Razón, 18/03/2017 

16 de marzo de 2017

La democracia en línea: la digitalización de la Administración pública.

Democracia digital en la UE: posibilidades y retos.15/03/2017

Democracia digital en la UE: posibilidades y retos.
Ponente: Ramón Jáuregui. Presentación y conclusiones.

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Enlace al debate completo.

Decepción.


La Comisión parió un ratón. El esperado Libro Blanco que la Comisión Europea anunció para orientar el debate del futuro de Europa ha sido un decepcionante ‘paper’ que presenta cinco opciones a la reflexión de los estados Miembros y del Parlamento europeo con el fin de que en septiembre de este año, el presidente Juncker nos ofrezca las conclusiones y su propio proyecto. Muy resumidamente, el Libro Blanco sugiere debatir sobre cinco escenarios. El primero, titulado ‘Seguir adelante’, propone continuar como hasta ahora sin grandes cambios. El segundo, ‘Nada excepto el Mercado Único’ propone priorizar la profundización del Mercado Único respecto al resto de iniciativas políticas. El tercer escenario, el que Juncker y Merkel parecen apoyar, se llama ‘Los que quieran pueden hacer más’ y propone una suerte de Europa de varias velocidades. El cuarto se titula ‘Hacer menos de forma más eficiente’ y el quinto, ‘Hacer mucho más juntos’.

En las fechas en las que celebramos el 60 aniversario del Tratado de Roma, en el mes en el que Reino Unido notificará su decisión de abandonar la Unión Europea dando comienzo a unas negociaciones tan difíciles como decisivas, en plena multicrisis europea que afecta a nuestra economía, al empleo, a los retos migratorios o al antieuropeismo de Trump, la Comisión nos entrega una especie de manual para estudiantes, un folleto tan lleno de pedagógicas explicaciones como ausente de soluciones. No, no es eso lo que esperábamos ni lo que necesita Europa. La Comisión no es un Think Tank, es el Gobierno de Europa y su presidente es el presidente de la Unión.

Lo que necesitamos en un momento tan serio como el que vivimos es un diagnóstico certero de lo que está pasando, una autocrítica sobre nuestros fallos, sobre lo que funciona y lo que no, y, en consecuencia con todo ello, un conjunto de soluciones y de caminos para afrontar los graves desafíos de hoy en Europa, empezando por la negociación del ‘Brexit’, las peligrosas tendencias populistas, la crisis migratoria, la política económica para el crecimiento, que arrastra casi diez años de estancamiento, y los problemas de seguridad interior (terrorismo yihadista) y de vecindad, tanto con Rusia como en el Mediterráneo y Oriente Próximo, entre otros.

 La decepción es evidente si interpretamos la presentación oficial de esos cinco horizontes como la constatación de una división más que grave en el seno de la propia Unión, respecto a la Europa del futuro. Consciente la Comisión de que entre sus 27 miembros, hay tendencias nacionales tan fuertes y con un interés europeo tan débil, los redactores del informe han querido situarse en una especie de arbitraje, señalando cinco escenarios diferentes sobre las distintas vías de construir el futuro. Pero al hacerlo, además de renunciar a liderar ninguna de las posiciones, la Comisión ha constatado y solemnizado lo más evidente: que el proyecto común no existe.

Añadamos por último otro signo de alarma. En uno de los escenarios, el segundo, la Comisión plantea la vuelta al Mercado Único como exclusiva aspiración de la integración futura. Pero hay que recordar que eso significaría literalmente desandar todo lo construido por la Unión en los últimos años, para establecer una comunidad económica y comercial sin ningún soporte político-democrático, ni ciudadanía europea, ni defensa común, ni política exterior y abandonando los pilares de la cohesión territorial interna, los programas comunes en las grandes áreas de energía, I+D, digital, industria, transportes, etc. Sería como volver veinte años atrás hasta la Comunidad Económica Europea previa al Tratado de Maastricht de 1992.

Semejante marcha atrás no es ni siquiera imaginable y me parece de una gravedad sin límites que aparezca cono una hipótesis, aunque la intención de la Comisión haya sido planteada a efectos meramente teóricos o con la intención manifiesta de conducir al lector hacia las otras tres formas e integración por natural deducción. El próximo día 25, toda Europa celebrará en Roma el 60 aniversario de un tratado que dio lugar a los mejores años de nuestra vida. Europa tiene 60 años de paz y progreso, ha construido la democracia supranacional más importante del mundo, integrando y compartiendo soberanías nacionales de 28 estados históricamente enfrentados. No hay en el mundo nadie que defienda más y mejor las libertades, la democracia, los derechos humanos, el Estado de Derecho y la protección social. Nadie ha construido un Estado del Bienestar como el que disfrutamos los europeos. Es más, conviene recordar que junto a los enormes desafíos que tenemos, en todo el mundo se mira con admiración a Europa.

Esta Europa que tenemos no tiene marcha atrás. Solo podemos avanzar, como las bicicletas y para eso hay que dar pedales en este momento de «crisis existencial de Europa», expresión del propio Juncker en el último debate sobre el Estado de la Unión. Pero no podemos equivocar el sentido de la marcha. Europa solo vencerá sus importantes desafíos y sus graves diferencias, con un inteligente y flexible pragmatismo hacia una mayor integración política y económica, No hay vuelta atrás.

Los líderes de los cuatro estados más importantes de Europa, reunidos en París a los pocos días de la presentación del ‘White Paper’, han afirmado esta misma idea. Su mensajes fueron: Queremos avanzar en la integración europea; tenemos que hacerlo urgentemente en la seguridad y la defensa y en la gobernanza económica; y estamos dispuestos a hacerlo sumando a los que quieran, lo que significan círculos concéntricos de diferente intensidad en la integración o dicho de otra forma, la única Europa posible es aquella que se construye a diferentes velocidades. No es lo mejor, pero es lo que hay.
 
Publicado en El Correo, 16/03/2017

Posibilidades y riesgos de la democracia digital.

La revolución tecnológica ligada al fenómeno de la globalización y al avance de Internet no solo plantea enormes desafíos al mundo del trabajo sino que provoca también profundos cambios en las sociedades modernas. Uno de ellos, es el que afecta a la información y la comunicación (TICs) que ha inundado la vida cotidiana de los ciudadanos. De hecho, es probable que usted esté leyendo este artículo desde un ordenador, una tableta o incluso desde su propio móvil.
El ámbito de la política ha escapado a la influencia y el potencial de las TIC. Desde hace una década, el porcentaje de ciudadanos que utiliza internet para informarse sobre cuestiones políticas se ha duplicado, en particular entre los más jóvenes, y las iniciativas de participación electrónica a nivel nacional, regional y local que conectan a los ciudadanos con sus administraciones siguen multiplicándose. El DNI electrónico y las consultas promovidas por los Ayuntamientos de Madrid o Sevilla son algunos ejemplos de cómo las TIC han sustituido a los canales tradicionales de comunicación entre ciudadanos e instituciones políticas.
    
En definitiva, una nueva forma de comunicación, debate y participación social en los asuntos públicos ha llegado y, parece que, para quedarse si, además, observamos el creciente desafecto y desconfianza de amplias capas de la sociedad hacia las formas clásicas del juego político y las instituciones representativas. Los ciudadanos reclaman a la Unión Europea y a los Estados más transparencia interna y mayores mecanismos de control democrático. Quieren incrementar su participación en la toma de decisiones y ampliar las posibilidades de interacción entre política y ciudadanía, y la democracia digital se presenta así como un instrumento nuevo para ayudar a resolver las carencias del funcionamiento actual de los sistemas democráticos.
    
El Parlamento Europeo ha aprobado esta semana un informe, del cual he sido ponente, que destaca las potencialidades de las TIC para mejorar la democracia tradicional y fomentar una ciudadanía más activa, pero que también aborda los riesgos que esconde la aplicación de estos nuevos instrumentos electrónicos. El texto advierte en primer lugar de que el objetivo de estas nuevas herramientas de comunicación digital no es establecer un sistema democrático alternativo basado en la democracia directa frente a la democracia representativa, sino ofrecer nuevos instrumentos para enriquecerla y perfeccionarla. Entre otras, plantea varias propuestas para ampliar la implantación de la democracia digital a nivel europeo y nacional.
    
Primero, desarrollar el enorme potencial de la administración digital y fomentar el uso de datos abiertos y de herramientas de las TIC basadas en código abierto y software libre en las instituciones europeas y en los Estados miembros.
Segundo, pedir a los Estados miembros y a la Unión que proporcionen medios educativos y técnicos para potenciar el empoderamiento democrático ciudadano y la participación digital mediante un acceso y una alfabetización digital equitativa e inclusiva a fin de colmar la brecha digital. La creación de redes de colaboración con las universidades, la inclusión de las capacidades digitales en los planes de estudio escolares y en el aprendizaje permanente son algunas de las iniciativas que deben ponerse en marcha.
Tercero, establecer plataformas digitales, con el fin de incrementar la eficiencia y la trasparencia de la comunicación entre las instituciones europeas y los representantes políticos y la ciudadanía y de promover la participación de los ciudadanos en la adopción de decisiones democráticas y el acceso a la legislación, las peticiones, las consultas públicas y las evaluaciones de impacto, la Iniciativa Ciudadana Europea y la ciudadanía digital, etc. Cuarto, utilizar las nuevas tecnologías para ofrecer a los partidos políticos nuevos instrumentos de apertura y conexión con sus afiliados y simpatizantes y fomentar la escucha activa y el debate.
Estas son solo algunas de las más de cuarenta recomendaciones del Informe que se centran en las potencialidades de la democracia digital. Pero no podemos obviar que detrás de las mismas también se esconden varios riesgos, en particular en torno a tres cuestiones: la votación digital y la protección de los datos personales y de la intimidad, que están intrínsecamente ligadas.
 
La votación electrónica y la votación a distancia por internet presentan, a primera vista, enormes posibilidades para incrementar la participación en los procesos democráticos, en especial la de las personas con movilidad reducida, las personas mayores y los ciudadanos que viven o trabajan permanente o temporalmente en un Estado miembro del que no son nacionales o en un tercer país, etc. Pero demandan, más allá de una exigencia máxima del cumplimiento de los principios de igualdad y secreto de la votación y de libertad de sufragio, una continua actualización para garantizar la seguridad y luchar contra los ciberataques. Esta cuestión está de actualidad tras la polémica causada por las presuntas actividades rusas de hackeo en la campaña presidencial de EE.UU. Las dudas que se plantean han llevado a Holanda a renunciar al cómputo de votación electrónico las elecciones legislativas de marzo y a Francia a descartar este sistema para los franceses residentes en el extranjero en las elecciones presidenciales, que precisamente se celebrarán en abril y mayo de este año.
 
En relación a la protección de la intimidad y de los datos personales, es la condición sine qua non no solo para garantizar la votación electrónica, sino para el éxito de las otras vertientes de la democracia digital: la administración electrónica, la gobernanza electrónica, la deliberación electrónica y la participación electrónica. Fomentar un entorno más seguro en Internet y garantizar, entre otra cuestiones, el derecho al olvido y la creación de registros públicos digitales seguros y de sistemas de validación de las firmas electrónicas así como la lucha contra robots de spam, la elaboración anónima de perfiles y la usurpación de identidad, son aspectos claves que determinarán la supervivencia de la democracia digital.
Para concluir, debo confesar que, en mi opinión, las innovaciones tecnológicas por sí mismas no son una pócima milagrosa que logre eliminar la desafección política de los ciudadanos y provoque una transformación sustantiva de nuestras democracias. Las razones de esta crisis son profundas y están relacionadas con las políticas, con los procesos crecientes de mundialización y con una insatisfacción creciente de los ciudadanos con los efectos de la globalización, especialmente en los espacios sociales del trabajo no cualificado.
En definitiva, la revolución digital requiere una observación constante de sus utilidades reales para mejorar la democracia, hacerla transparente, favorecer la participación ciudadana, empoderar la sociedad y someter a la acción pública a un proceso deliberativo abierto y plural. Pero al mismo tiempo deberemos prevenir contra el espejismo acerca de sus ventajas para superar los problemas que hoy presenta la democracia parlamentaria, y también para evitar la creación de problemas nuevos que las propias TIC no sean capaces de resolver.
 
Publicado para  Huffington Post, 16/03/2017
 
 

15 de marzo de 2017

Sesión Plenaria. Defensa y seguridad de la UE. 15/03/2017

Repercusiones constitucionales, jurídicas e institucionales de una política común de seguridad y defensa: posibilidades que ofrece el tratado de Lisboa.

 

Intervención Pleno. Financiación de partidos y fundaciones políticas en Europa.15/03/2017

Revisión del Reglamento sobre el estatuto y la financiación de los partidos políticos europeos y las fundaciones políticas europeas.


 

Intervención Sesión Plenaria. 15/03/2017


Conclusiones de la reunión del Consejo Europeo de los días 9 y 10 de marzo de 2017.



En la Unión Europea, es lo que hay.

Imaginen un barco que navega por aguas turbulentas. La tripulación vuelve la mirada hacia el capitán y pide instrucciones. Este se lo piensa un rato, toma la palabra y dice: "He estado analizando la situación y veo que hay varias opciones, así que yo se las cuento y ustedes verán". Eso es lo que ha hecho el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, que acaba de presentar su esperado Libro Blanco sobre el futuro de la Unión Europea. En él, Juncker plantea cinco posibilidades a elegir, como un menú para que cada comensal decida según sus preferencias: seguir adelante como hasta ahora; eliminar todo, excepto el Mercado Único; los que quieran más, que hagan más, es decir, la Europa a varias velocidades; hacer menos de forma más eficiente; y por último, hacer mucho más juntos.

La primera es la parálisis, y la segunda no debería ni siquiera plantearse. Volver 25 años atrás, a los tiempos anteriores al Tratado de Maastricht, no es deseable, pero sobre todo, no es posible. Europa no puede ser de nuevo un mercado único y nada más, sin ciudadanía europea, sin políticas comunes y sin los programas de cohesión territorial que han llevado a países como el nuestro a la senda de la modernidad, el bienestar y el progreso económico. Este mes se cumplen 60 años del Tratado de Roma que dio origen a la construcción europea, y con ella, al mejor tiempo de nuestra historia. Nunca, en ningún lugar del mundo, se ha dado una etapa tan larga de prosperidad, libertad y democracia como la que tenemos en estos momentos. Con nuestros problemas, evidentemente. Con los fracasos y amenazas que padecemos, sobre todo desde el comienzo de la Gran Recesión, por supuesto. Con el terrorismo metido en el corazón de nuestro territorio. Con el brexit llamando a nuestra puerta. Con Trump y su antieuropeísmo declarado. Con la insoportable crisis humanitaria instalada en nuestras fronteras, que contemplamos preocupados sin darle solución. Es verdad. No estamos en nuestro mejor momento, pero todo el mundo mira con envidia a Europa, y la mayoría de la población del mundo quisiera vivir como nosotros. Precisamente por eso necesitamos liderazgo y rumbo, y este, sin ninguna duda, debe ser hacia adelante. Los socialistas europeos consideramos imprescindible desarrollar un Pilar Social en la Unión Europea, que responda a las necesidades más urgentes de los ciudadanos golpeados por la crisis, que establezca un salario mínimo europeo, un seguro de desempleo y un suelo común de condiciones laborales dignas.

Es justo que la prosperidad se reparta, pero además, es la única vía por la que podemos engancharles de nuevo al proyecto europeísta y alejar la tentación del populismo. Queremos profundizar en la unión económica y monetaria, y lanzar una política expansiva, que empuje el crecimiento y la creación de empleo. Y creemos imprescindible una acción decidida en la lucha contra el fraude y la evasión fiscal. Por eso los socialistas creemos en la Europa federal, en progresar hacia cotas cada vez mayores de integración. Pero somos realistas y a corto plazo no nos queda más remedio que jugar a lo posible. Pocos días después de la presentación del Libro Blanco de Juncker, los líderes de los cuatro principales países de la Unión Europea se reunieron en Versalles y, ellos sí, optaron por una de las cinco vías, la de la Europa a distintas velocidades. Es un alivio, al menos, constatar que la locomotora franco-alemana sigue tirando del carro europeo, dispuesta a un mayor compromiso con los que quieran sumarse. Quien quiera avanzar, que avance, y quien no, que no lo impida. No es lo más deseable, pero al menos marca un camino en la dirección correcta. Y de momento, es lo que hay.
 
Publicado en 20minutos, 15/03/2017
 

9 de marzo de 2017

¿Cañones o mantequilla?


Como en los viejos debates de los ochenta, cuando el mundo se dividía a derecha e izquierda según sus prioridades en defensa y gasto militar, los primeros, y en políticas sociales los segundos, la defensa europea y la creación de un “ejército europeo, ha reabierto el tema en términos no muy diferentes, aunque con importantes matices. En efecto, que la UE deberá impulsar su sistema de seguridad y defensa e integrar sus unidades militares, su industria, investigación y mando, hacia lo que los padres fundadores quisieron para Europa allá por los años sesenta del pasado siglo, es evidente e incuestionable.

Las razones son poderosas. Trump amenaza con abandonar la OTAN o cobrarnos los costes de su alianza. No creo que eso llegue muy lejos, pero todo el Este de Europa se ha echado a temblar ante la crítica situación que vivimos con Rusia en Ucrania después de la invasión de Crimea. El Reino Unido se irá de Europa en dos años y su peso militar equivale a la cuarta parte de la defensa europea. Muy probablemente, Reino Unido y la UE firmarán después un acuerdo de alianza defensiva pero lo cierto es que el Brexit nos coloca en una debilidad militar delicada. A todo ello se añaden necesidades imperiosas de presencia en la escena internacional para la UE, que solo puede materializarse si cuentas con un sistema militar y operativo capaz de respaldar y comprometer su estrategia internacional.
Hace años que estos argumentos, especialmente el último, vienen rondando las cancillerías europeas y el propio debate europeísta, pero han adquirido materialidad como consecuencia de tres hechos. El primero, el anuncio de Juncker, el Presidente de la Comisión, de impulsar en esta legislatura la unidad militar europea. El segundo, el acuerdo Merkel-Hollande, en plena escalada terrorista del año pasado, de estructurar la estrategia de seguridad y defensa europeas, con un fuerte esfuerzo inversor de Alemania y la unificación de la industria e investigación militar europea. Por cierto, que al eje franco-alemán se sumaron después los ministros de defensa de Italia y España. Por último y tercero, el Parlamento Europeo acaba de aprobar un informe defendiendo sin eufemismos, la creación de un ejército europeo. El texto pide incrementar el gasto en defensa en aproximadamente 100.000 millones de euros de aquí a finales de la próxima década para alcanzar el 2% del PIB comunitario.

Hasta aquí las razones y las exigencias de una necesidad que no se discute. Mis objeciones vienen cuando establecemos el debate sobre el gasto y las prioridades. Abiertamente digo que los socialistas no podemos avalar el incremento del gasto militar después de años de recortes en el gasto social que han dejado maltrecho nuestro Estado del Bienestar. ¿Cómo hacerlo entonces? Se me ocurren tres soluciones:

Primera: Reducir las inversiones necesarias con sinergias producidas por la fusión de los ejércitos. En 2014, los 27 países de la UE que pertenecen a la Agencia Europea de Defensa -todos los estados de la UE excepto Dinamarca- invirtieron alrededor de 35.000 millones de euros en defensa, tanto en equipamiento como en investigación y desarrollo. Europa podría ahorrar casi un tercio de lo que gasta en material militar si los gobiernos europeos coordinaran la inversión y la compra de armas.

Segunda: Centrar en Alemania la mayor parte del esfuerzo inversor. Alemania es un país con superávit en sus cuentas públicas y sus inversiones públicas ayudan a la economía europea y favorecen las convergencias macroeconómicas en Europa. Su sistema defensivo es débil, por razones históricas de todos conocidas, y ellos son los primeros en reconocer que su peso en política internacional, en el Este de Europa principalmente, necesita de un ejército más potente. Ambas circunstancias favorecen, pues, que sea Alemania quien lidere ese gasto.

Tercera: La revisión de nuestras amenazas y riesgos aconseja una transformación mayúscula del “nuevo ejército europeo”. Dicho de otra manera, el terrorismo y las guerras cibernéticas aconsejan una defensa con menos soldados y tanques y más informáticos e inteligencia militar.

Este debate solo acaba de empezar, pero como socialista me inclino por una firme defensa de nuestras propuestas sociales frente a un “desembarco” en el gasto miliar. Sobran razones para ello.
 
Publicado en Lo que Europa decide, 9/03/2017

Entrevista RNE 9/03/2017

2 de marzo de 2017

Encuentros: Ramón Jáuregui y Fernando Vidal. 2/03/2017




Ramón Jáuregui, portavoz del PSOE en el Parlamento Europeo, conversa con Fernando Vidal (director del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia de Comillas) sobre la crisis de la socialdemocracia, los retos de la globalización y las difíciles relaciones de la Iglesia con los socialistas cuando aparecen en la agenda asuntos como el aborto.
Desde que se afilió, en 1973, no ha habido período en el que Ramón Jáuregui (San Sebastián, 1948) no haya desempeñado algún papel protagonista en el PSOE. A sus 68 años es hoy portavoz de los socialistas españoles en el Parlamento Europeo y uno de los encargados de la ponencia política en el 39 congreso que celebrará su partido en junio. No es creyente, pero ha sido siempre uno de los grandes valedores de la corriente Cristianos Socialistas. Fue ministro de la Presidencia con José Luis Rodríguez Zapatero, durante uno de los períodos de mayores desavenencias entre la Iglesia y el PSOE.

Le une una amistad de muchos años a Fernando Vidal (Vigo, 1967). El presidente de la Fundación RAIS, la mayor organización de ayuda a las personas sin hogar en España, es además director del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia de Comillas.

La conversación –celebrada el 25 de febrero en el Congreso de los Diputados– comienza con la situación interna del PSOE. Jáuregui la achaca a la «gestión de la crisis económica» y a que «la transición desde Zapatero no ha sido precisamente un éxito», especialmente en el último año, en el que «hemos gestionado muy mal la derrota electoral». Fernando Vidal apunta a limitaciones estructurales que afectan a todas las corrientes ideológicas en Europa, aunque de manera especial a la socialdemocracia, fruto de la dificultad de seguir financiando determinados servicios sociales. «Todo lo que alabemos al Estado del bienestar es poco, pero necesitamos ir más allá, que la sociedad civil se haga cargo de gestionar bienes públicos a través de conciertos, de convenios, de autogestión…». «Los partidos, ¿han sido capaces de integrar a la sociedad civil?», se pregunta. «¿Qué pasa con las familias, con las empresas, con la comunidad católica (que es el 70 % de este país)?»

Ambos señalan con preocupación «el desafecto hacia el sistema democrático», con el agravante de la ausencia de un debate serio sobre los problemas actuales. «Con las redes sociales se han multiplicado por millones los comunicadores, pero se ha banalizado el debate político, y esto hace extraordinariamente difícil la pedagogía ante decisiones políticas complejas en un mundo que está hiperinformado pero solo epidérmicamente», constata el político vasco. Llegamos así al auge de los populismos.

¿Trump es un síntoma definitivo de la crisis del sistema surgido tras la II Guerra Mundial?

Ramón Jáuregui: Nadie lo sabe, pero yo soy de los que cree que es un peligro importante. 2017 en Europa no va a ser tan catastrófico. Pienso que Le Pen no va a ganar en Francia y que va a haber un Gobierno europeísta y democrático en Holanda. Pero las tentaciones populistas y las tendencias electorales son enormemente peligrosas.

Fernando Vidal: La solución a la mayor parte de problemas que estamos viendo es unir a la sociedad civil en un gran contrato. Eso es apostar por el vínculo, mientras los populismos representan nostalgias de volver al control: al poder de la nación, al poder de una sola etnia blanca… Y eso genera división. Pero lo decisivo no es hoy tener más poder, sino mayor capacidad de vinculación, lo cual requiere llegar a acuerdos, reconocimiento del otro…

Le han criticado, Ramón, por ser uno de los grandes defensores en el Parlamento Europeo del CETA, el acuerdo de libre comercio con Canadá.
R.J.: Hay muchos jóvenes de izquierdas que son muy antiguos. Creo que la izquierda moderna debe tener una agenda no contra la globalización, sino para regularla. ¿Que el CETA es imperfecto? Probablemente, pero deja muy atrás la Ronda de Doha con nuevos estándares sociolaborales, medioambientales, de defensa de la justicia pública… Yo sinceramente creo que marca el primer paso de una regulación progresista del comercio internacional. Hay otros retos pendientes en la gobernanza de la globalización, como el control de los movimientos de capitales, involucrar a las empresas en el respeto a los derechos humanos en todo el mundo, la cooperación al desarrollo y el cambio climático. Para mí esta es la manera de afrontar la globalización, no convertirnos en luditas que se oponen a la máquina.

Eso es casi doctrina social de la Iglesia.

F.V.: Sí, estoy muy de acuerdo. Y señalaría también una crisis de la democracia sentimental, de la vinculación emocional al proyecto político. Frente a lo cual necesitamos alianzas con las comunidades religiosas y otros grupos, sin olvidar un factor tan importante como la incorporación de las clases medias de Latinoamérica, África y Asia. Van a cambiar la sociedad civil global y necesitamos establecer puentes con la ciudadanía de estos lugares.


R.J.: Eso es muy importante. Con los movimientos migratorios no es que hayamos fracasado en Europa –que por supuesto lo hemos hecho–, es que ni siquiera nos hemos planteado cómo resolver esta cuestión. Es como un señor que se sienta a ver un documental del National Geographic en su butaca diciendo: «Qué interesante todo esto que está pasando», sin comprender que se están removiendo los cimientos del suelo en que nos encontramos.

¿Hablamos de cristianos y socialistas? Fernando ponía antes en valor la «capacidad de vinculación». Usted, Ramón, ha reclamado que en su partido los cristianos «puedan expresarse con libertad sin perder su compromiso con la fe».
R.J.: Lo primero que quiero aclarar es que no soy persona de fe, aunque en mi partido me han puesto esa etiqueta.

En el libro 50 cartas a Dios, escribió usted: «No te veo, pero te tengo por un aliado».

R.J.: Yo pienso que el cristianismo es una fuente de enriquecimiento de nuestra ideología y diría incluso que de autentificación, porque quienes desde el Evangelio se incorporan al PSOE vienen con la pureza y la grandeza de convicción de estar con los humildes. Por eso he pretendido superar la peligrosa confusión histórica de un partido anticlerical y antirreligioso. Esta es mi convicción, pero inclusive desde una perspectiva más táctica creo que esta es una conexión sociológica que no debemos perder.

F.V.: Hay varias cuestiones en juego en la relación con el PSOE o cualquier partido: la comunidad y la familia, la libertad en la educación… Y una agenda de asuntos éticos no resueltos en la sociedad, como la eutanasia, la maternidad subrogada, el aborto… La política puede alcanzar soluciones momentáneas, pero es en la cultura donde tenemos que dar la batalla. Mientras tanto, para que las cosas funcionen, deben resolverse estas controversias desde la prudencia. Dicho esto, los católicos son ideológicamente muy plurales, y la Iglesia debe ser capaz de acompañarlos como madre y animarlos a la participación política en todas las opciones legítimas.

¿Qué pasa con esos temas más polémicos, como el aborto?
R.J.: Yo reivindico como Habermas que la Iglesia tenga libertad de expresión. Acepto y agradezco su punto de vista, siempre que ella acepte el límite de que solo expresa su propia moral y no puede imponérsela al conjunto de la sociedad. Y creo que en eso hemos avanzado bastante, porque en los primeros años de los gobiernos de Zapatero la Iglesia adoptó una posición beligerante contra el derecho del Parlamento a decidir sobre ese tipo de cuestiones. En cuanto a los cristianos en el PSOE, les dimos la oportunidad de enriquecer nuestro propio debate, lo hicieron fantásticamente bien y después no han sido correspondidos desde el partido. Yo siento una cierta frustración por todo eso.

No es antidemocrático criticar decisiones de una mayoría parlamentaria, como tampoco es antidemocrático criticar a Trump, un presidente democráticamente elegido.

R.J.: Siempre que no se cuestione que el poder legislativo tiene el derecho de elaborar una ley.

F.V.: Creo que a veces hemos optado más por estrategias de poder que por generar comunidad. Esto no solo ha generado una reacción negativa en el ámbito socialista, sino que dentro de la comunidad católica hemos sufrido una ruptura fuerte, que todavía no se ha conseguido coser. Se dilapidó el legado de la Iglesia de la Transición con toda esa idea del encuentro.

R.J.: Yo recuerdo cruzarme con manifestaciones, esos sábados en los años duros del Gobierno de Zapatero, en la que los manifestantes lo mismo estaban contra el matrimonio homosexual que contra el estatuto de Cataluña, con mucha gente traída en autobuses desde parroquias.

F.V.: Esto conecta con algo que ocurrió en EE. UU. a finales de los 70, cuando se produce una concertación de las iglesias evangelistas, pentecostalistas y parte del mundo católico, y se termina asumiendo que la sociedad no se va a cambiar por una convicción o por la vía de expandir una espiritualidad, sino que hay que hacerlo al asalto. Eso llevó al poder a Reagan, pero también a que la nación más teísta del mundo esté en estos momentos en las mayores tasas de laicismo de su historia, y con enormes fracturas sociales.

R.J.: Un paréntesis: en la profunda crisis que vivimos en España, en los sectores más pobres, la Iglesia es un agente fundamental, ya sea con los comedores o con la red de Cáritas.

¿Habría algún posible punto de entendimiento en el aborto, por ejemplo en el trabajo para evitar que ninguna mujer se vea abocada a ello?

R.J.: No creo que tengamos dificultad en encontrarnos en eso. Yo no estoy en contra de las políticas pronatalidad. Ni creo que nadie quiera el aborto, ni siquiera las más acérrimas defensoras. No veo problemas en eso.

F.V.: El problema no está en la política, sino en la cultura. Yo estoy totalmente en contra del aborto, pero tengo que reconocer que hoy parece existir un gran consenso en el Parlamento. Por eso creo hay que profundizar en todas estas cuestiones. Y para eso necesitamos sentarnos juntos. Si no tenemos la comensalidad, si se ha dividido tanto la población en bandos que parecen irreconciliables, se hace imposible el diálogo. Puede haber diferencias, pero nunca se puede romper la fraternidad. No puedes hacerte una caricatura y disparar tus balas contra una gente que ni conoces, y esto va por una parte y por la otra. Aquí, al lado del Congreso, a 100 metros, hemos tenido una instalación donde los diputados podían ver todos los días un gran póster de un niño colgando de una mano y abajo una dentadura de cocodrilo. ¿Quien pasara por ahí iba a sensibilizarse, o a sentirse insultado?

Fernando mencionó antes la educación concertada, donde el acuerdo político tampoco es siempre fácil.
F.V.: La concertación es posiblemente la fórmula más acabada de colaboración de lo público con la sociedad civil. También en esto hay que huir de caricaturas que presentan una imagen elitista de la escuela concertada. Y nos falta perspectiva. En Francia hay más alumnos concertados que en España, lo que debería llevarnos a quitarnos ese complejo de una laicidad negativa para ir hacia una laicidad participativa.

R.J.: Estoy bastante de acuerdo.
 
 
 
Entrevista para Alfa & Omega.2/03/2017
Fotos: María Pazos Carretero.

1 de marzo de 2017

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Foto: SANTOS CIRILO
Videos: PARLAMENTO EUROPEO.