9 de febrero de 2010

¿Es de derechas la Responsabilidad Social?

Muy en la línea de la ideología conservadora, Cameron, el candidato de la derecha inglesa predica, en vísperas de la campaña electoral del próximo mes de junio, una especie de sueño colectivo para sus conciudadanos, al que llama “Gran Sociedad”. No les aburriré con sus propuestas, pero todas ellas descansan en una idea machaconamente repetida sobre la educación y “la responsabilidad social e individual”. No es difícil relacionar esa filosofía política con la Responsabilidad Social de las Empresas (RSE), si incluimos a la misma en un concepto amplio y político de responsabilidad social como parece hacer Cameron. Por eso, y no les oculto que un poco preocupado, me he preguntado ¿Es de derechas la Responsabilidad Social?.

Porque, cuando un concepto como la RSE es utilizado a diestro y siniestro, es decir por derechas e izquierdas indistintamente, ¿es legítimo preguntarse por su verdadera adscripción ideológica? ¿Es oportuno hacerlo? ¿Es útil?


En la derecha, como en todas partes, hay gente para todo. Pero, analizada globalmente, ofrece dos maneras de enfocar la RSE. Hay una derecha política que no cree en la RSE. Seguidora de las políticas más ultraliberales en lo económico, ferviente defensora del libre Mercado; cree que el beneficio empresarial es el alfa y omega de la actividad económica, del emprendimiento y del espíritu empresarial. Desprecian este concepto y cualquier connotación de responsabilidad empresarial distinta de la que se derive del cumplimiento de las leyes y la obtención del máximo beneficio. Aceptan, eso sí, una acción social voluntaria más próxima a la cultura paternalista que a las exigencias de su implicación social. Como mucho, integran esa acción social en una política de publicidad o de marketing social.


Hay también una derecha política que, sin embargo cree en la RSE, pero a su manera. Como una técnica de gestión empresarial necesaria en los tiempos de la economía del conocimiento, para mejorar la productividad de su talento y de sus equipos, para incorporar valor reputacional a su marca, para dar confianza a los inversores, como consecuencia de sus diálogos con sus grupos de interés, etc. Es una derecha política que pretende “humanizar el capitalismo” en los tiempos en los que la sociedad se pregunta cuál será el modelo resultante de estas dos grandes crisis ideológicas que se han producido tras la caída del Muro en 1989 y tras la escandalosa crisis producida en 2008 en el corazón del capitalismo: el sistema financiero global. Es una derecha que tiene una visión utilitarista, técnica, instrumental y oportunista de la RSE. Su apuesta ideológica por la RSE responde más bien al viejo principio de Lampedussa: “Cambiar para que nada cambie”.

En mi opinión, ni la una ni la otra son visiones despreciables. La primera puede ser un poderoso contribuyente a grandes causas humanas, y si ni contáramos con la segunda, el desarrollo de la RSE de estos últimos diez años, sencillamente no habría tenido lugar.

Pero también hay una izquierda política que no cree en la RSE. Anclada en los viejos principios de la lucha de clases, deudora del antagonismo social entre capital y trabajo y con una fe, (negada por la realidad), en la dialéctica reivindicativa del sindicalismo organizado, considera que la RSE es un sustitutivo edulcorante de la Ley, de la Intervención del Estado y de la negociación colectiva. Es una izquierda que considera contradictoria en sus propios términos, imposible por naturaleza, que la empresa sea social, que el capital no especule con el máximo beneficio y que el interés de la empresa por sus trabajadores, no sea sencillamente explotador.

Estoy en esa otra izquierda que algunos llaman posibilista, pero no menos transformadora, añado yo. Es una izquierda que no quiere dar la espalda a la empresa. Primero, porque dentro del concepto empresa se incluye una amplia gama de entidades, desde la microempresa hasta la gran multinacional, con diferentes necesidades y preocupaciones y que exigen, por tanto, distintas respuestas por parte de los poderes públicos. Segundo, porque a pesar de su variada dimensión, todas ellas contribuyen a generar empleo y a aumentar la riqueza de nuestro país. Es decir, contribuyen a incrementar el nivel de bienestar de los ciudadanos, lo que siempre ha sido uno de los principales objetivos de las políticas progresistas. Pero también, porque hace tiempo que sabemos que es la empresa la que crea espacios determinados de progreso o de esclavitud, de respeto o de desprecio al medio ambiente, de respeto a los Derechos humanos y a los principios universales de dignidad laboral o lo contrario. Su influencia en esos parámetros, en una economía globalizada, en un marco de reducción del peso del Estado, de la ley y de los sindicatos, es determinante del hábitat socioeconómico, laboral y medioambiental creado.

Esa izquierda no reivindica la exclusiva de la RSE. Acepta que a esos objetivos de excelencia se llegue desde ópticas personales o ideológicas diferentes. Pero es exigente con la expansión de la RSE, con su calidad, con su honestidad e integridad. Se opone a los engaños. Denuncia la falsa RSE. Censura a los oportunistas y a los predicadores que no dan trigo. La reivindica desde una concepción social e intenta involucrar a consumidores, ONG, medios de comunicación, inversores, fondos de pensiones, etc. Es una izquierda que pretende la máxima involucración de la sociedad en una cultura de exigencia social a las empresas. Es una izquierda que impregna sus políticas hacia la empresa de una estrategia que favorece y estimula la RSE. Es una izquierda que integra en su proyecto de sociedad una empresa que busca la excelencia en su comportamiento con los stakeholders. Que basa su competitividad en unas relaciones laborales avanzadas en las que la inserción de la discapacidad, la igualdad de sexos, la estabilidad laboral, la formación profesional continua, la participación en beneficios y capital de los empleados o la conciliación familiar y laboral, entre otras muchas cosas, pueden ser exhibidas como una etiqueta de prestigio social. Una excelencia que se traslada a su comportamiento respetuoso con las exigencias ecológicas, que se asegura del cumplimiento de los Derechos Humanos, de las Convenciones Internacionales Sindicales y de la dignidad laboral en todas sus instalaciones internacionales, o que revisa regularmente las condiciones de trabajo de su cadena de proveedores, en cualquier rincón del mundo. Es una izquierda que quiere construir una sociedad viva y vertebrada, como condición necesaria a esa cultura empresarial. Una sociedad con una opinión pública sensata y madura que ejerce su enorme poder. De unas organizaciones cívicas poderosas. De unos medios de comunicación independientes y críticos. De unos órganos reguladores severos y honestos. De una política que profundiza la democracia y fortalece la ciudadanía. De una política que anime e impulse la Responsabilidad Social de las Empresas.

Es una izquierda que cree en la política. La política con mayúsculas. Eso implica gobiernos que lideren un discurso a la sociedad, que eduquen en colegios y universidades promoviendo esa cultura, que fortalezcan organismos internacionales y etiquetas homologables, que fomenten esta estrategia entre sus empresarios, que la incorporen a la negociación colectiva de acuerdo con los sindicatos, que la exijan a las empresas en sus balances sociales y a las que obtienen créditos para la cooperación al desarrollo o concursan en grandes obras públicas o en grandes servicios públicos.

La RSE será lo que una sociedad democrática, educada, avanzada, consciente y moderna quiera que sea. Pero todo eso no se consigue bajo el fácil y engañoso “dejar hacer”. Para que la RSE sea una herramienta de cambio, no la panacea ni la pócima milagrosa de la injusticia laboral o social, sino un buen instrumento a favor de un avance en la causa de la justicia y de la igualdad, necesita de la política. Y sólo la izquierda puede y quiere dar a esta cultura de estrategia social de las empresas, la dimensión y el horizonte que su potencialidad demanda.


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